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Del gusto que formamos: tres fuentes y tres ámbitos

Jorge Ángel Hernández, 15 de octubre de 2012

Tres son las principales fuentes que determinan la formación del gusto popular en nuestro contexto sociocultural hoy día: primera, y en preponderancia extrema, los medios de comunicación masiva; segunda, y con un crecimiento acelerado, la fiesta popular y el espectáculo recreativo, público o doméstico; y en tercer orden, el arte y la literatura. Es lamentable que la enseñanza elemental quede en el amplio casillero de «otros», pues no es hasta el nivel superior que el estudiante se encuentra con profesores dispuestos a transmitir un criterio formador profundo. Y es natural, y favorable, que el arte y la literatura se hallen en tan privilegiada posición.

Quiero insistir en el grado de principalidad de estas tres fuentes del gusto popular cubano recién enumeradas, pues en verdad existen otras que operan, a la vez, en escalas menores de incidencia. Pónganse por ejemplo el uso de Internet, la relación eventual con fuentes personales que del extranjero proceden, o la mal llamada piratería.

Se trata de una escala jerárquica, cuyos fundamentos polémicos reclaman un verdadero uso de la comprensión y el ejercicio de asimilación de las alteridades, en lugar del desparpajo de fugaz negación que desde sus trincheras se asume. La desaparición de una crítica —y un espectro teórico— en la cual el gusto se aplique como un componente de conocimiento, en vez de la habitual manera de capricho arbitrario, abrió la brecha al anarquismo contracultural que tanta tinta gastara, decapitando casi todo lo que le antecedía, sin que, de pronto, se estime necesario avizorarle su propio final. Cada vez menos de acuerdo, los teóricos optaron por el eje central de un epistema —poder, simulación, melancolía, deconstrucción, etcétera— para solucionar, con poemas pedagógicos, el contrafuerte global de la cultura. La especialización de sus propuestas, si bien propició exploraciones exhaustivas y revelaciones concretas acerca del objeto de estudio, acarreó, de consuno, una fragmentación del saber y, con ello, un importante freno comunicativo desde la teoría misma. En tanto, las fuentes de esos mismos estudios no dejaron de seguir descolocándose, recelosas y aisladas, para ir abonando los campos de compartimentación que, muy pronto, vendrían a desfasarlos. Dicho de un modo más elemental: la parcelación de los estudios en el ámbito de la cultura reveló importantes aristas de sus manifestaciones, pero no contribuyó al freno del deterioro involutivo que la industria global iba imponiendo; más bien le hizo de puente.

De acuerdo con el macluhaniano eslogan de Jean Baudrillard, de que las masas prefieren la mediación antes que el mensaje, se asumió, aun por el revés, como caracterizara al sujeto posmoderno, la conformidad con la entropía mediática. La «hiperconformidad», sin embargo, no se halla solo en el ámbito de lo masivo, sino además, y con mayor peligro, en esos disímiles contextos de la reflexión teórica, en los sujetos que inciden en la definición de los valores culturales. Las preocupaciones socioculturales concretas fueron desplazadas por una especie de conformidad amarga, superior y derrotada, que no dejaba lugar a intervenciones desde la teoría. Y la opinión cubana, siempre a su forma, fue también «víctima» de estas tendencias, sobre todo desde un sector de la crítica que mezcló en un mismo saco lo banal, como parte de la condición humana, y desde aquel otro que consideró la banalidad como requisito del consumo masivo.

Pero si nos importa la existencia de un gusto cultural —fomentado en su nutricia esencia de saber y placer, más que en el imprescindible mecanismo de ganar la existencia—, debemos rebasar tanto el prejuicio de la intolerancia como el orgullo del egocentrismo. Reflexión y debate reclaman algo más que estamentos salpicados de máximas sensacionales. En esta dirección, Jesús Martín-Barbero y Germán Rey asumían tempranamente como «un hecho cultural insoslayable, que las mayorías en América Latina se están incorporando a, y apropiándose de la modernidad sin dejar su cultura oral, esto es, no de la mano del libro, sino desde los géneros y las narrativas, los lenguajes y los saberes, de la industria y la experiencia audiovisual».1 Por consiguiente, el acercamiento al tema de los medios de comunicación en nuestro continente se va convirtiendo en «una cuestión de envergadura antropológica». En esa hegemonía cultural que la televisión pone en uso, se definen, al decir de Martín-Barbero y Rey, «hondas transformaciones en la cultura cotidiana de las mayorías, y especialmente en unas nuevas generaciones que saben leer, pero cuya lectura se halla atravesada por la pluralidad de textos y escrituras que hoy circulan».

En Cuba, donde el saber leer y la escolaridad elemental son un hecho universal, ese espectro plural de oralidades y saberes de escolar procedencia se compenetraba aún más con el discurso que la pequeña pantalla —física y tecnológicamente más amplia, cada vez— encomendaba. Tampoco estamos ajenos a su llamado a «pensar» «la profunda compenetración —complicidad y complejidad de relaciones—» «entre la oralidad que perdura como experiencia cultural primaria de las mayorías y la visualidad tecnológica, esa forma de “oralidad secundaria” que tejen y organizan las gramáticas tecnoperceptivas de la radio y el cine, del vídeo y la televisión». En ese espectro de gramáticas tecnoperceptivas debemos incluir aquello que intenta suplir, en nuestro ámbito cultural, las insatisfacciones de la televisión: el consumo espontáneo de audiovisuales.

En nuestro país, téngase en cuenta, la inmensa mayoría de los hogares, poblados por una familia, en general, relativamente numerosa y de intereses de edad y hasta de educación disímiles, posee un único aparato de televisión y, cuando lo tienen, un único dispositivo de video. Ello obliga a «elegir», con lógica humanista de concesión familiar, tanto por el programa más cercano al orden doméstico como por el que reclaman adolescentes y niños. El humorismo gráfico ha tomado este tema como asunto de sus obras sin que la esencia social del chiste pierda un ápice de vigencia. Por consiguiente, el reto de formar un gusto de esencia cultural profunda —ya que la «calidad» puede estar dada por el efecto especial de manipulación del sentido, el uso de la fotografía y otros elementos tecnológicos que cuanto más de calidad consigan ser, más aptos estarán para estandarizar la formación del gusto— adquiere, entre cubanos, rasgos peculiares, divergentes del síndrome mundial y, a un tiempo, factibles de otras soluciones. No se trata de que seamos excepcionales en el panorama de la reproducción de ese gusto estandarizado que las industrias del entretenimiento fabrican a destajo, sino que, por cuanto son diferentes las condiciones sistémicas sociales, se presenta un diferente contexto de reproducción. Y esto es pasado por alto con frecuencia, tanto desde la perspectiva del juicio, como desde aquella que se responsabiliza institucionalmente con el hecho.

En otro orden, en Cuba, los principales ámbitos en que se desarrolla la formación del gusto son: primero, el espacio doméstico, formal e informal; segundo, las redes de comercialización institucional; y tercero, el medio laboral y escolar.

Un error de percepción en nuestro panorama analítico ha sido separar tajantemente la esfera formal de la informal en el consumo general del público. Se dan, en este caso, varios fenómenos: la televisión cubana transmite de manera formal, masiva, programas que produce la industria cultural y del entretenimiento con fines y esencias consumistas. Así, una televisión creada, desarrollada y financiada para fomentar una cultura de emancipación e independencia social se convierte en instrumento ideológico de una industria del entretenimiento que necesita de la estandarización del gusto para su reproducción. Por esa misma vía, una televisión universalmente pública como la cubana termina siendo un complaciente instrumento del estatuto contracultural que se conforma en virtud de anular sus posibilidades de expansión. Contrariamente a lo que se supone por los patrones de juicio que la ideología mercantil difunde, un mayor número de espectadores no significa, al menos a modo de ecuación, un resultado culturalmente expansivo, sino un importante índice de reducción del alcance cultural de los mensajes. De igual modo, la ampliación de los canales de emisión, lejos de ensanchar la capacidad del mensaje, la reducen, la someten a un mecanismo estricto de estandarización.

La alternativa de búsqueda de espectadores asumida por nuestra programación muestra, además de una conformidad pasiva con el dominio global de las transnacionales mediadoras del gusto, una voluntariosa actitud de adaptación a la cultura alienante del capitalismo. No es un problema político, al menos en primera instancia, sino un fenómeno cultural de suma importancia, que se define en el propio concepto de sistema de relaciones sociales. Si se pretende que la ideología se integre a la cultura, y que esa cultura no sea instrumento de alienación para el sujeto, ha de pensarse el entretenimiento también desde esa perspectiva. Este dilema fue enfrentado por una cultura de socialismo vulgarizador que suponía que bastaba con enumerar, y enunciar, los valores emancipatorios de la cultura para que la masa, explotada y sojuzgada, abandonara en tropel los productos que siempre ha consumido y, sencilla y voluntariosamente, los cambiara por otros de profunda factura. Además de una superficial percepción de las bases marxistas de interpretación de la sociedad y la cultura, hay, en este caso, una ignorancia de los modos en que permanecen y se desarrollan las tradiciones culturales y, sobre todo, las tradiciones perceptivas de la sociedad.

Estos ámbitos, igualmente principales, constituyen un escenario de esencial importancia que, lamentablemente, se está viendo ganado por la abulia, la tergiversación un tanto cínica y, sobre todo, la pérdida del sentido de pertenencia que la transformación social requiere. No es caso, entonces, y teniendo en cuenta las numerosas experiencias fatales precedentes, de cortar a machetazos las medidas, por antisistémicas que sean, sino de introducir variables de orden que consigan ocupar el lugar de las propuestas alienantes. La pseudocultura no se repliega con censura ni con beatas prestidigitaciones de ocultamiento, sino con una cultura raigal que, a la vez que sea agradable, entretenida y eficaz, llame a un salto mejor de desempeño humano. Eso sí: facilitar sus canales de reproducción sin resistencia crítica, e incentivar sus estudiados productos, mina peligrosamente el terreno de la emancipación.

Nota:
1- Jesús Martín-Barbero y Germán Rey: «Oralidad cultural e imaginería popular», en Los ejercicios del ver. Hegemonía audiovisual y ficción televisiva, Gedisa, España, 1999; Cf. revista Contratiempo. Las siguientes citas de estos autores proceden de la misma fuente.

 
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