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La estrella de Cuba (I)
―La formación del concepto de Patria en José María Heredia―

Roberto Méndez Martínez, 19 de octubre de 2012

José María Heredia (1803-1839), el primero de los grandes poetas cubanos, formado en un ambiente de respeto a las leyes y amor a la paz y al estudio, asume, como opción fundamental de su escritura, la defensa intelectual de las virtudes cívicas. Cuando en 1820, radicado en México con su familia, asiste al restablecimiento de la Constitución española, vive un momento de fervor especial. Así lo demuestra la carta que, el 3 de mayo, dirige a su padre para justificar, al parecer, la composición de algunos textos patrióticos, cuyos ecos, deformados por rumores, habían alarmado al jurista:

Sí, padre mío: no es esta la primera vez que encendido en el amor de mi patria la dirijo mis ecos. Al verla gemir bajo el maldito azote de la tiranía, me sentí mil veces arrebatado de un extraño furor, y en lo más escondido de mis delirios la vi correr al campo de la gloria, sacudir el yugo de sus opresores, y fijar para siempre los cimientos de su libertad al eco sólo de mi voz que la reanimaba.

Quizás ha llegado el momento feliz en que pueda escuchar voces más sonoras que las mías: pero esto ni pone traba a mi imaginación y lengua, para dejar de mostrar mis sentimientos, ni tampoco anula obligación que contraje al nacer de manifestar mi gratitud a los verdaderos libertadores de mi patria.

El primero de estos textos es una oda “A la paz”, en la que se exalta al virrey Juan Ruiz de Apodaca, conde del Venadito, amigo de la familia, por haber restaurado la Constitución en México, al calor del éxito del movimiento liberal en la Península. El texto no pasa de ser una ingenua e hiperbólica alegoría, que recuerda las ampulosas pinturas palaciegas de Tiépolo:

Viene la Paz del cielo descendiendo
En carro luminoso:
Con aire noble, de ella a par sentado,
Los caballos rigiendo,
Un héroe generoso
La trae al Anáhuac desventurado.
Apodaca es su nombre:
¡Cantos, himnos sin fin a tan grande hombre!

Un tono semejante tiene el “Himno patriótico” que compone para ser cantado, por el mismo motivo, en el Teatro de México. Heredia, muy al margen de la política real, cree que Fernando VII juró sinceramente la Constitución y que Apodaca será su adalid en Nueva España.

Más interesante resulta la oda “España Libre”, en la cual el poeta procura emular el acento “del cantor de Guzmán y de Padilla”, el bardo Manuel José Quintana, de quien ha tomado, como epígrafe, dos versos de su oda “A España, después de la Revolución de marzo”, escrita en 1808: “¡Antes la muerte / Que consentir jamás ningún tirano!”. El texto herediano, una alabanza al movimiento constitucionalista de Cádiz, al que ve como heredero de las glorias de la guerra de independencia contra los franceses, exalta tanto a Riego y a Quiroga como a Fernando VII.

Desde el punto de vista estilístico, es evidente que la fascinada lectura de las odas de Quintana ha dejado en él huella indeleble. Lamentablemente, del poeta español no solo ha tomado el largo aliento y el vigor de sus composiciones, sino, sobre todo, la elocuencia asociada con el énfasis oratorio, la prolijidad del discurso y la ampulosidad verbal, causada por los excesos en la adjetivación y, especialmente, por la adquisición de un conjunto de lugares comunes que lastrarán su trayectoria poética y la de varias generaciones en América. Llama la atención cómo talento tan singular se fascina con esa grandilocuencia que, una y otra vez, apostrofa ―como desde un escaño senatorial― al “pérfido tirano”, exalta a los “héroes sublimes” y clama al cielo contra la “ignominia fatal”.

El joven poeta no desdeña imitar pasajes sumamente conocidos de la obra de Quintana. Cuando, en su propia oda, escribe:

¡Oh vergüenza! ¡Oh dolor! ¡oh patria mía!
¿Eres la misma acaso que algún día
Tu nombre excelso en alas de la gloria
De polo a polo resonar hiciste?
¿La que tras sí arrastrara la victoria?
¿La que a tus leyes fuerte sometiste
Al árabe feroz, al italiano,
De Lusitania a los valientes hijos,
Al bátavo, al francés, al otomano
De la Europa terror, del orbe asombro?

está prácticamente calcando un pasaje de la oda “A Juan de Padilla”, de Quintana. En ella, la sombra del héroe, en un airado discurso, describe la voracidad imperial de la Corona española:

Y aquella fuerza indómita, impaciente,
En tan estrechos términos no pudo
Contenerse y rompió; como torrente
Llevó tras sí la agitación, la guerra,
Y latigó con crímenes la tierra.
Indignamente hollada
Gimió la dulce Italia, arder el Sena
En discordias se vio, la África esclava,
El Bátavo industrioso
Al hierro dado y devorante fuego.
¿De vuestro orgullo, en su insolencia ciego,
Quién salvarse logró?

Sin embargo, es en este poema donde se produce la eclosión del yo poético de Heredia. Con una notable fuerza expansiva, el joven abandona el terreno del himno de ocasión y el complaciente canto alegórico, para probar sus fuerzas en la oda: va de la mano de Quintana, aún está lejos de haber hallado su propio tono, pero su endecasílabo se ha hecho resistente y fluido, la expresión de las ideas ha ganado en vigor y altura y va encontrando una adecuación entre el asunto y su propio temperamento, entre los desbordamientos de la expresión, que anuncia el romanticismo y el cuidado de los moldes formales concebidos como muros de contención del oleaje verbal. En este decisivo 1820, Heredia pasa de ser un versificador culto a la condición de poeta.

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