Carta de Rilke a Juana García Abás
Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; opino, por las investigaciones que realicé, que eran solo diez cuartillas, como muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.
París, 17 de febrero de 1903
Estimada Juana García Abás:
Hace algunas semanas recibí su poemario Circunloquio,* donde me invita a meditar sobre el misterio de la poesía —no por azar llegaría este texto a mis manos—. He repasado por estos días sobre la cósmica renovación de la síntesis que en el género se visualiza con gran arraigo y de la cual su texto es un ejemplo inequívoco. Cada página es un manual a favor de una voz que invita a lo ancestral; el tono poético afianza un itinerario por un trasmundo donde se dimensiona increíblemente la existencia, un viaje para encontrarnos con el hombre, con el ser humano más allá de las puertas donde cultiva la tierra y, supuestamente, es feliz. La tiniebla es un camino por delante. La proeza de estos versos está en la existencia misma.
No hay aquí recetas que no sean leer con detenimiento lo que se dice entre líneas, y lo que no se dice, quizás en esos poemas al margen izquierdo que usted ha intentado afianzar dóciles, magnánimos, como capiteles de un reino, para que se vuelvan punzantes, lacónicos y de una gran factura lírica. Cada poema es una especie de estuario al que le sigue. Hay una posible simulación de un canto mayor, que pudiera mantener latente la lectura de estas páginas, pero el poema como filosofía es también un elemento racional para adentrarnos en esos mundos posibles que la mano hace realidad, con sutileza, para golpear la realidad que existe sobre nuestras cabezas, el país.
Perpetuo debe ser el camino para leer, de forma pausada, más de trescientas páginas; para muchos pudiera parecer difícil, insostenible en un poemario. Pero el camino es un viaje mayor, incluso hasta esos sitios donde el hombre no pudiera llegar; allí está también el horizonte de estas páginas que usted ha intercalado con esas bellas imágenes de José Luis Fariñas, alguien que le conoce muy de cerca por ser su hijo. Lo que pudiera resultar denso se convierte en atmósfera de búsquedas conceptuales que bien validan su voz.
Circunloquio es un escenario que, más que disgregar, nos afianza la voz femenina de quien también dibuja ciertas verdades. Pudiera existir en algún que otro poema una referencia al barroquismo lezamiano, a la poesía judía contemporánea, donde el arte de cercenar los cielos de Dios es también una metáfora que se acentúa como un árbol de metonimias… Allí la imagen se corporifica y nos deleita, como en el poema “Piedra de toque”:
Como un dios por estos cauces manifiestos,
lo que está fuera de su lugar, está en exilio.
La sustancia de estas anunciaciones nos hace regresar al inicio, como castigo de Sísifo, como karma que se nos purifica en el encuentro de estas palabras —el sujeto lírico conoce de estos viajes por el trasmundo—. A duras penas, pudiera decir yo, mientras me tomo un té de manzanilla, que es este un libro fabulador, litúrgico, que nos sentencia siempre los destinos y donde el viaje comienza una y otra vez, como necesidad para entender tanto cielo, tanto cosmos detrás de un horizonte.
No hay aquí verdad mayor que la beldad de las palabras que usted nos ofrece. El silencio es una meditación mayor para encontrar, en esta entrega, el verdadero final. Este libro es quizás un texto que nos ayude a corporificar los reales rumbos de la poesía cubana.
Así lo pienso; así le invito a un té.
Mi más alta estima, suyo,
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Nota:
* Letras Cubanas, La Habana, 2006.
