Cultura cubana con nombre de mujer: un reencuentro con Cecilia Valdés
Cuba es canto y emociones, trepidación profunda de una tierra orgullosa, emanación de ideas, sentimientos, síntesis de un arte nacido en su suelo y abonado con la herencia de incontables raíces. Cuba también es nombre de mujer; muchas veces se llama Cecilia, y se apellida Valdés. Y es que la protagonista de la más importante novela de Cirilo Villaverde devino símbolo de una época y, al mismo tiempo, reflejo de la esencia de una nación marcada por la mixtura.
Por eso, cuando en el 200 aniversario del nacimiento de Villaverde la Editorial Letras Cubanas brinda al público de la Isla una reedición de la emblemática obra de la centuria decimonónica, no podía escogerse mejor jornada para la presentación del libro que el Día de la Cultura Cubana. Alguna mística conjunción o algún movimiento astrológico parecen haber conspirado para que los principales acontecimientos de la vida del escritor se concentraran en el mes de octubre: el día 28 del décimo mes de 1812 nació en la occidental provincia de Pinar del Río; el 20, de 1848, fue apresado en La Habana y conducido a la cárcel pública, por orden del capitán general de la Isla, Don Federico Roncali, bajo la acusación de conspirar contra el poder colonial de España; y el 23, de 1894, falleció en la ciudad de Nueva York, a donde había emigrado muchos años antes.
Pero no fue solo la coincidencia de efemérides la que llevó a que en la última entrega del Sábado del Libro, cuando los cubanos celebraron los 144 años del nacimiento del Himno de Bayamo, los asistentes al espacio habitual de la calle de Madera, en la Plaza de Armas, tuvieran un reencuentro con la más importante obra del autor pinareño.
En emotiva presentación, el Historiador de la Ciudad de La Habana, Eusebio Leal, manifestó que Cecilia Valdés es algo más que una novela gentil, algo más que el mundo de las costumbres de la época. Para él, el libro “ha animado en gran medida el ser nacional, es el retrato de nuestro gran drama y de nuestra esperanza”.
Con exaltada oratoria recordó la vida y obra de Villaverde, y al margen de interpretaciones que a veces suelen juzgar de forma apresurada y recia el pensamiento anexionista del escritor, trató de colocar la figura en su momento histórico, la trasladó desde el presente a las contradicciones de una época “en la que las ideas políticas estaban en ebullición”.
Por eso recordó los elogios que dedicó nuestro Héroe Nacional, José Martí, al autor de textos como El espetón de oro o El penitente, pues tras el fallecimiento de Villaverde escribió: "De su vida larga y tenaz de patriota entero y escritor útil, ha entrado en la muerte, que para él ha de ser el premio merecido, el anciano que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida, y una inolvidable novela”.
Entonces, en el Día de la Cultura Cubana, el redescubrimiento de Cecilia Valdés constituyó una convocatoria obligada, sobre todo cuando el lanzamiento se realizó en los mismos espacios por los que, dos siglos atrás, transitó la niña “de la boca chica y los labios llenos”, la de “las mejillas llenas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba”, la que poseía tal belleza peregrina, alegría y vivacidad, que “la revestían de una especie de encanto”.
Cerca de la Loma del Ángel, los lectores que vuelven sobre los pasos de Cecilia, o los que recién ahora la descubren, recibieron con la alocución de Leal una atractiva invitación a la lectura de esta nueva entrega de la antológica obra, la cual parece estar hecha para que cada generación de cubanos asista a la cita con el pasado, ese que posee una riqueza que suele trascender las páginas de los libros de Historia o las anécdotas recreadas en fechas importantes.
Al decir del Historiador de la Ciudad de La Habana, el drama de Cecilia Valdés, en cuya tez se descubría como un hecho remoto el carácter mestizo de su sangre, plantea “el drama de una nación que no puede negarse a sí misma y debe mirarse en el espejo con orgullo, independientemente de que tenga o no la gota de sangre africana. Porque sin España y sin África, Cuba no podría tener una explicación correcta”.
Durante la presentación de la novela, recordó además el escenario de la Casa Cuna en la que los niños eran bautizados con el apellido del obispo Jerónimo Valdés, quien lo ofreció para que ningún pequeño quedara sin un nombre. “Es por eso que Cecilia es también, como tantos de nosotros, hija del amor y de un pueblo que aún hoy continúa formándose, estrechándose, viviendo su propio laberinto, saliendo a la expectativa por sus propios caminos, recorriendo su propio extravío”.
En el bicentenario del nacimiento del escritor, Leal lo llamó Príncipe de las Letras y resaltó su importancia trascendental para Cuba. “Cirilo Villaverde merece, por toda su obra, por su Excursión a Vueltabajo, por aquella linda joven de la flecha de oro, por sus obras periodísticas, y por su obra política, un lugar en la historia de nuestra patria”.
