Cirilo Villaverde, el costumbrismo como lienzo social
Lejos de resolver los entuertos que unos pocos críticos e intelectuales han fomentado durante décadas sobre los valores literarios y la calidad de estilo en la prosa de Cirilo Villaverde, su obra cumbre, Cecilia Valdés, es quizás la novela más reveladora sobre la sociedad colonial. A manera de pintoresco lienzo, el autor retrata y descubre el colorido, las texturas y las sombras de un período que, dada sus intensas contradicciones, hizo que brotara en el ideario de los ilustrados de la época la semilla de la nacionalidad cubana. Sin proponérselo conscientemente, el literato estampó en letra impresa un profundo sentimiento antiesclavista.
“Ningún historiador ha podido igualar a Villaverde para dar a conocer aquella época. Nadie ha descrito con mayor seguridad ni más honda emoción humana la vida del esclavo en el ingenio, ni las diferencias sociales entre la privilegiada clase de los amos y la de los desheredados libertos, relegados al más bajo peldaño de la sociedad porque fueron esclavos”, afirma Max Henríquez Ureña en Panorama histórico de la literatura cubana.
En tanto, de Manuel de la Cruz mereció la siguiente valoración: “Cecilia Valdés es un lienzo colosal en que se mueve toda una época, el mundo en miniatura de Cuba, desde 1812 hasta 1831. El adelantado español, general y vicerrey, el magistrado venal, el polizonte, el esclavo rural y el esclavo urbano, el regidor, el capitán pedáneo, el comisario de policía, el párroco, el negrero opulento, consejero oligarca y omnipotente; la dama aristocrática, la mujer envenenada por el virus de la esclavitud y la mujer que, por innata piedad, se ha mantenido libre del funesto contagio; el lacayo blanco, más servil que el esclavo negro; el negro curro o del manglar, antecesor del ñáñigo, el vaquero canario, la rolliza negra vendedora de tortas de maíz; el ingenio y el cafetal, que simbolizan dos sistemas diferentes de servidumbre; el topadero, el tugurio, jolgorio del pueblo bajo; el salón aristocrático; todos los tipos y caracteres que la esclavitud ha conformado como siniestro cirujano vivisector, todos sus productos y engendros sociales; todos los momentos y situaciones en que mejor se manifiesta una etapa de su evolución, han sido llamados a juicio y puestos en movimiento sobre el gran escenario” que significa La Loma del Ángel.
Cecilia Valdés o La Loma del Ángel vio la luz por primera vez, a manera de cuento, en la revista La Siempreviva. El esbozo que ese mismo año, 1839, devendría en obra pulida y extensa, fue reproducido tiempo después en las páginas del magazine Cuba Intelectual, que dirigía José A. Rodríguez García.
Tras la entrega del primer volumen de la obra fue necesario aguardar varias décadas para que Villaverde, quien por contingencias debió apartarse de la actividad literaria —recordemos que su vida discurrió por senderos dignos de la más agitada y revolucionaria novela—, retomara la pluma y diera a la imprenta, en 1879, la segunda parte o culminación de Cecilia Valdés, que se editaría íntegra en 1882, hace exactamente 130 años.
Y si hablamos de aniversarios, debemos obligatoriamente remontarnos a San Diego de Núñez, región de la occidental provincia de Pinar del Río, tierra cuna de Cirilo Villaverde, quien nació el 28 de octubre de 1812, hecho del que celebramos su bicentenario el año en curso.
En su terruño natal, Villaverde cursó sus primeros estudios, los que prosiguió a su llegada a La Habana. Siendo apenas un párvulo que entraba en la adolescencia, matriculó en el Seminario de San Carlos la materia de Filosofía, ejercicio docente que acompañó con lecciones de Dibujo en la Academia de San Alejandro. El bachillerato en Leyes lo obtuvo en 1834, sin embargo, su permanencia en la abogacía sería en extremo breve, casi efímera, pues dos nuevas pasiones afloraron en el joven: el magisterio y la literatura.
A mediados de la centuria decimonónica, transitó por varios colegios privados y publicó algunos textos para la enseñanza escolar: Compendio geográfico de la isla de Cuba y El librito de los cuentos y las conversaciones. Corresponde a esta etapa el inicio de sus actividades en el orden político que, en lo adelante, matizarían su vida en un ir y venir hacia y desde el exilio en los Estados Unidos. Vinculado a la figura de Narciso López, a quien lo unía una estrecha y fecunda amistad, Villaverde fue acusado y condenado a prisión por verse inmiscuido en la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana.
Tras varios meses de cárcel, logró evadir su sentencia y marchar a suelo norteño, donde escribe: “Fuera de Cuba reformé mi género de vida, troqué mis gustos literarios por más altos pensamientos, pasé del mundo de las ilusiones al mundo de las realidades, abandoné en fin, las frívolas ocupaciones del esclavo en tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre. Quedáronse allá mis manuscritos y libros, que si bien recibí algún tiempo después, ya no me fue dado hacer nada con ellos; puesto que primero como redactor de La Verdad, periódico separatista cubano, luego como secretario particular del general Narciso López, llevé vida muy activa y agitada, ajena por demás a los estudios y trabajos sedentarios”.
Los manuscritos y libros a los que se refiere Villaverde corresponden a su período literario de fuerte influencia romántica que, tras su madurez intelectual, rechazó por considerarlos menores y poco logrados. Vale mencionar los relatos breves que aparecieron en varias revistas literarias: “La cueva de Taganana”, “La peña blanca”, “El ave muerta”, “El perjurio” y “El espetón de oro”. A estos seguirían otros de mayor vuelo estilístico como los cuentos “El ciego y su perro”, “Generosidad fraternal”, ambos publicados en el rotativo habanero El Faro Industrial; la obra El penitente y la novela Comunidad de nombres y apellidos.
En Norteamérica, la activista y conspiradora Emilia Casanova cautivó a Cirilo Villaverde. Contraen matrimonio en tiempos difíciles, pues habían fracasado los dos intentos de invasión de 1850 y 1851, en los que fue capturado y ejecutado su amigo Narciso López. En las cercanías de Nueva York, la pareja se consagrará al magisterio.
A la patria amada regresará en 1858, redimido de su condena. Junto a Francisco Calcagno funda la revista La Habana. Nuevamente marcha al exilio y tras estallar la revolución independentista de 1868, se integra a la Junta Revolucionaria establecida en Nueva York, donde colabora denodadamente a favor de la justa causa cubana. En las postrimerías de la década del ochenta volverá a la Mayor de las Antillas, para regresar una vez más a los Estados Unidos, donde le sorprende la muerte el 23 de octubre de 1894.
El Apóstol de nuestra independencia, José Martí, legaría: “De su vida larga y tenaz de patriota entero y escritor útil ha entrado en la muerte, que para él ha de ser el premio merecido, el anciano que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida, y una novela inolvidable”.