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Presiones y diamantes o la angustia del ser (I)

Luis Álvarez Álvarez, 01 de noviembre de 2012

Publicada en 1967, Presiones y diamantes es una de las novelas de mayor interés en la obra de Virgilio Piñera. Como muchos de sus cuentos y algunas de sus novelas —en particular La carne de René—, esta novela contiene una atmósfera de aparente irrealidad, que no es más que apariencia. Toda la narración se levanta como una vertiginosa sucesión de metáforas, las cuales giran en torno a un enigmático conflicto. Es un elemento de especial singularidad comprobar que Virgilio Piñera en su poesía utilizó la metáfora con una parquedad que contrasta con el desbordamiento característico del grupo Orígenes; en cambio, su narrativa, e incluso su teatro, contienen una mayor frecuencia de empleo de este tropo. Esa densidad le era necesaria para referirse de manera transmutada a temas esenciales para el autor, el sinsentido de la vida humana, los rictus sociales —en particular los de Cuba y Latinoamérica—, las angustias colectivas.

El propio comienzo de la novela apunta hacia esta dirección. La obra se concentra en la narración de una realidad que es de entraña y no de apariencia: “Nunca se podrá saber cómo empezó la gran conspiración contra la Tierra. Se sabe, sí, que esta conspiración fue urdida por sus propios habitantes; también se sabe que no tomó parte en ella ningún habitante de otro planeta”.1 Véase la primera paradoja, que habrá de ser eje dominante a lo largo de la novela: hay un complot contra la Humanidad, pero no proviene de alienígenas; siendo ello así, la confabulación solo puede estar generada por la Humanidad misma. Lo que anuncia Piñera con semejante principio es el relato de un suicidio colectivo.

La primera característica de estilo en la novela tiene que ver directamente con el lenguaje. A diferencia de otras de sus novelas, el idioma se repliega sobre sí mismo, y Piñera desarrolla la trama a partir de un meta-lenguaje vinculado de manera esencial con el tema mismo de la novela. Así, hasta expresiones banales como las relacionadas con el saludo social, quedan engullidas por el lenguaje especial diseñado por el novelista:

—Perdone, amigo, la confianza. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Gracias —me contestó—. Dígame, ¿cómo lo trata la presión?2

Desde luego, no se trata de la presión arterial, sino de una especialísima, incorpórea, que se va adueñando de una población cada vez más aterrorizada. Se trata, en suma, “De la presión humana, es decir, de la presión de los hombres entre sí”.3 De este modo, desde el inicio mismo de la novela, se pone de manifiesto la temática principal de Virgilio Piñera, uno de los pocos escritores cubanos que, en el s. XX, se concentró en el tema de la existencia misma del ser humano, su agónica y tan a menudo baldía dinámica, encerrada en sus propios círculos concéntricos. ¿Existencialista? La denominación sería facilista y, en el fondo, vulgar. Virgilio era ante todo un buscador de entrañas, algunas angélicas, otras cercanas a la náusea. Lo que le importa, sobre todo en Presiones y diamantes, no es otra cosa que develar la esencia humana; esta es una novela de la agresión y el terror, más violentos por aparencialmente intangibles.

Si bien hay momentos en la novela en que parece percibirse un eco soterrado de aquella frase sartreana sobre que el infierno son los otros, en realidad la novela gira alrededor de cómo una fantasmagoría, una creencia esparcida  —independientemente de su objetividad o su carácter veraz— puede llegar a dominar la atmósfera toda de una sociedad y, ya entronizada, asfixiarla. Así, las presiones intangibles, pero efectivas, que van apoderándose del mundo en el texto de Piñera, provienen de la potencial o efectiva agresividad de los seres humanos entre sí: “Se quedó callado un instante. Por fin dijo: —Y no seré yo su único presionador. Decenas y hasta centenas de presionadores tendrá usted en su vida”.4 Y renglones después añade el protagonista: “—Al fin y al cabo la presión es la vida misma…”.5 Este personaje central se erige como un símbolo extraordinario en el texto. A diferencia del protagonista de La carne de René, que experimentaba flaquezas sin fin, y era sobre todo un ser torturado por un destino implacable, el ser sin nombre de Presiones y diamantes encarna en sí, tal vez, una idea singular de Virgilio acerca de la persona; pues el protagonista, que se dedica al comercio de la joya más preciada, el diamante, es, a su vez, tan duro y traslúcido como este, tanto, que sobrevive, único entre todos, a la gradual posesión del planeta por las invisibles presiones. El protagonista, sin embargo, jamás se deja obnubilar, no ceja nunca en sacudir a quienes lo rodean, para que vean la realidad en su más duro rostro y se enfrenten a ella. Probablemente nunca escribió Virgilio una obra tan altiva y, quizás, tan cercana a sí mismo, pues él fue, sin duda, un sobreviviente indomable frente a todas las presiones de que se vieron rodeados su obra literaria y él mismo como ser humano.

De aquí el magnetismo profundo de Presiones y diamantes: es una novela que, en su breve extensión, levanta una serie de reflexiones que alcanzan la misma intensidad —emotiva y conceptual— de La isla en peso. Aparente divertimento literario, a la vez brillante en su formulación narrativa —el enigma, la persecución imperceptible, el aniquilamiento, en una quintaesenciada, pero profundamente misteriosa evocación inconsciente de La guerra de los mundos— y espléndida en su prosa, que pocas veces resulta tan metálica, pulida, eficaz y despiadada en toda la obra virgiliana. No obstante, Presiones y diamantes está lejos de ser un texto de fuegos fatuos: hay en ella una insondable reflexión sobre la existencia misma: “Aunque nos rompamos la cabeza en mil pedazos las presiones seguirán su marcha triunfal. ¿Así que amén de sufrirlas tendríamos también que filosofar sobre ellas? No, por el cielo. El secreto está en dejarnos gastar por la vida hasta convertirnos en un montón de cenizas”.6

No se piense, sin embargo, que se trata de una novela de meras abstracciones y obsesión conceptual, carente de asidero concreto y contextualización específica. Por el contrario, Piñera habla aquí, con todo el filo que caracterizó su escritura y su palabra vertiginosa de conversador impenitente, del mundo contemporáneo, de la sociedad concreta de Occidente en su declive de una Modernidad fracasada y ya decadente, hacia una Postmodernidad que Piñera no conoció en sus perfiles teóricos, pero que intuyó a plenitud con su clarividencia de artista. De aquí que dé cuenta precisa de la crisis insondable que, desde la segunda postguerra, estaba erosionando la sociedad moderna: “Nunca como ahora parecía mostrar la gente menos temor, mayor indiferencia por el gusano roedor, por el escrúpulo de conciencia, la razón de ser, el problema del alma, el terror de la nada”.7 Y poco más adelante estalla y sobrecoge:

Nunca como ahora un hombre se parecía menos a otro hombre; la comunicación resultaba tan precaria que cada vez más las palabras querían decir menos y ya se notaba el temor de unos y de otros a aventurarse en los abismos de una conversación. Un modo de llenar estas lagunas era la continuada masticación de chiclets. ¿Sería posible que el hombre mismo hubiese fabricado un producto que recordaba la masticación de la vaca? Tal parecía que habiendo sido dicho todo, la gente rumiara su propia soledad y que esa soledad fuera el único capital efectivo con que ir tirando hasta el momento del fin.8

Novela singularísima, voluntariamente alejada de los esquemas tradicionales de la narración, y, sin embargo, no una novela “vanguardista” o “nueva ola”, Presiones y diamantes alcanza una profundidad de expresión personal, de aullido propio del sujeto narrador —portavoz irónico, pero efectivo, del propio Virgilio—, que la convierte posiblemente en la novela más personal de su autor y, sin duda, en uno de los textos más valientes de la literatura cubana sobre el fracaso de la precaria Modernidad insular. Al mismo tiempo, esta obra de un escritor insaciable, a la vez poeta, dramaturgo, creador de novelas, cuentos, ensayos, devela una recóndita desconfianza en la escritura y, sobre todo, en la tendencias de mediados del siglo XX:

Tengo tanta repugnancia en contar estos hechos como en haberlos vivido. Para un escritor esto sería juego de niños; para mí es una obra de romanos. A los escritores de este siglo las hadas en su cuna les otorgaron un don común: horrorizar a sus semejantes, demostrando, de paso, que sus semejantes eran seres horrorosos. Cumplieron al pie de la letra tan horrible cometido, pero se negaron de plano a comentar el último y supremo horror que ha sido el abandono de la Tierra.9

Un eje principal de esta novela se configura a partir de la meditación —la desesperación— relacionada con el destino de la humanidad; este tema trascendente es enunciado de la manera más directa:

Así como un pintor parte de una simple línea para llegar a la totalidad de la figura humana, así también el hombre con una simple línea para llegar a la totalidad de la figura humana, así también el hombre con una simple idea, alocada idea, absurda, pueril y a la vez profunda, puede instaurar la iniquidad. Si el despoblamiento de la Tierra es un hecho consumado, es a los propios mortales a quienes deberá pedirse cuentas. Pero, ¿quién las pedirá? ¿Los árboles, las nubes, los animales? En breve será este un planeta sin seres humanos.10

Como en ningún otro de sus textos, Presiones y diamantes deja transparentar la angustia profunda de Piñera en relación no solo con la vida humana, sino también con la literatura de su tiempo. De aquí que esta narración, que se envuelve de ciertos celajes propios de la literatura fantástica —que había ido cobrando poco a poco una determinada densidad en Cuba y aun en el resto de Latinoamérica—, es, más allá del enigmático pudor en que se envuelve, un aullido de ansiedad y, a la vez, uno de los momentos de más palpable lucidez en la valoración virgiliana sobre la cultura en general y, también, sobre ciertos ángulos de la de su patria. Así, Piñera declara con afilada ironía:

Si alguien llegara a leer estas páginas (en verdad, ¿quedará alguno, la Tierra volverá a ser lo que ha sido?) en las que se adelanta que quien las ha escrito no es un hombre del oficio, sino un iletrado joyero, concederá poca o ninguna importancia a cuanto se narra en ellas. Por supuesto, aceptará los hechos, mas con sonrisa de entendido pensará que han sido deformados por alguien, que sabiendo mucho de joyas, sabía muy poco de las dosis exactas para plasmarlos.11

 

Notas

1 Virgilio Piñera: Presiones y diamantes, Ed. Unión, La Habana, 1967, p. 7.
2 Ibídem, p. 9.
3 Ibíd.
4 Ibíd., p. 10.
5 Ibíd.
6 Ibíd., p. 17.
7 Ibíd., p. 19.
8 Ibíd., p. 20.
9 Ibíd., p. 39.
10 Ibíd., p. 13.
11 Ibíd.

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