En sus 250 años: José Surí y Águila, espíritu de letras y de ciencias
Entre las ciudades de Santa Clara y Remedios, al centro de la Isla, transcurrió la existencia de un personaje no muy conocido, pero singular de la literatura cubana: José Surí y Águila.
En su Antología de la poesía cubana, José Lezama Lima lo incluye, y tal vez sea ese el mayor reconocimiento que ha recibido el vate viclareño. Allí se le otorga el calificativo de primer poeta cubano, merecimiento que le confirma Enrique Saínz de la Torriente en su texto La literatura cubana en el siglo XVIII. De manera que Surí no es un desconocido, sino más bien un vate semiolvidado —no por los estudiosos, aunque sí por estudiantes y lectores.
Como de la poesía no pretendió vivir, Surí desempeñó una profesión, la de médico y farmacéutico, que le dio prestigio por sus diagnósticos acertados, aun cuando se tratara de un autodidacta en estas materias.
Del Diccionario de Literatura Cubana, que le asigna un espacio, entresacamos algunos apuntes biográficos. Nació el 26 de octubre de 1696 y, muy joven, la familia se mudó de Santa Clara hacia la vecina villa de Remedios. La muerte de los padres lo dejó en situación precaria, abandonó estudios y se puso a trabajar en ocupaciones agrícolas. Hacia 1730 se reinstaló en Santa Clara y comenzó a ejercer la medicina, sin titulación académica, aunque con resultados que le ganaron una buena clientela y el celo de otro colega, que lo denunció de intrusismo profesional.
En La Habana, y ante un tribunal, Surí demostró sólidos conocimientos, por los cuales se le otorgó autorización para continuar el ejercicio de la medicina y la farmacia. Después se le nombró médico cirujano del Hospital de la Caridad de Santa Clara y, años más tarde, Procurador general del Ayuntamiento. Sus conciudadanos lo apreciaban y distinguían con el título de Hermano Surí, por pertenecer a la Hermandad de la Orden Terciaria de San Francisco. Murió en la ciudad natal, el 30 de octubre de 1762, cuatro días después de cumplir 66 años.
Ahora, demos paso al poeta. De su producción se salvaron seis romances, que rescató del olvido Manuel Dionisio González, cuando escribió su memoria histórica de la villa de Santa Clara, en 1858.
“Era un fácil y fecundo improvisador”, apunta de Surí el profesor Max Henríquez Ureña. Juzgada a la luz de nuestros días, no puede ni debe valorarse su obra con demasiadas exigencias, sino reconocérsele la gracia del verso, la facilidad para la rima y las condiciones naturales para la improvisación de un individuo que, cuanto aprendió —idioma latín incluido—, lo hizo sobre la base del esfuerzo individual. He aquí un fragmento de su romance “A Udeliquia”:
Udeliquia siempre hermosa,
A quien por deidad veneran
Sobre alcatifas doradas
En esa mansión febea
Del regio coro de Clío
Las nuevas musas supremas.
Surí y Águila fue —de eso estamos seguros— el primer caso en la historia de la literatura cubana de una dual cualidad que ha arrojado otros ejemplos de ilustres médicos-escritores como Benigno Souza, Miguel de Carrión, Laidi Fernández de Juan y algún que otro caso que escapa a nuestra memoria.
