La estrella de Cuba (II)
—La formación del concepto de Patria en José María Heredia—
Hacia 1820, comienza para José María Heredia la maduración de un concepto estrechamente ligado a su poesía: el de Patria. Ni a su Cuba natal, ni a las adoptivas tierras de Santo Domingo, Venezuela y México, había dado él tal título en los tres lustros precedentes de su vida. Ha sido huésped gratamente recibido en todas partes y a todas ellas ha dedicado amables palabras, pero su inquieta condición será impresionada por los sucesos en torno a la lucha entre absolutismo y constitucionalismo en el suelo español, que de allí irradian a Cuba, a México, a la América toda.
Ligado a España por la lengua, la tradición, la historia común, por primera vez se detiene —como la mayoría de sus contemporáneos— a reflexionar sobre la existencia de, al menos, dos Españas: la imperial, conservadora y absolutista, de un lado, y del otro, la liberal, constitucionalista y moderna. Lejos del epicentro del movimiento, no puede juzgar los sucesos y ni siquiera las intenciones de sus protagonistas al detalle; los acontecimientos se le revelan a distancia, como un gran lienzo barroco, dividido en grandes masas de luz y sombra. Formado por su padre en el respeto a las leyes y a las normas éticas sociales y privadas, es capaz de creer que un monarca como Fernando VII, por la sola fuerza espiritual de la Constitución, ha tenido que jurarla y, por tanto, serle fiel, a la vez que, como muchos, aún más maduros que él en asuntos de política americana, confía en que una España libre y constitucional debe traer el fin del sueño imperial y la libertad de América.
Heredia —como Del Monte, Saco e, inclusive, el Varela anterior a 1823— no está preparado para discernir las fallas de un liberalismo que funciona sólo como ficha para el juego del poder local, sin tocar las arcaicas estructuras coloniales. Más aún: ausente siempre, por razones de escasez de fortuna y por temperamento, del juego de los grandes intereses económicos, va a ignorar que en el Nuevo Continente las etiquetas de “absolutista” y “constitucionalista” no tienen demasiado sentido, son simples marbetes de intereses privados: los grandes hacendados y comerciantes asumen uno u otro según las franquicias y rebajas de aranceles concedidas por el gabinete de turno, o por contrabandos y burlas al fisco legitimadas por algún virrey o capitán general, sin mayores escrúpulos morales.
De ahí que, en Heredia, la noción de Patria, aunque temporalmente se denomine así a España, esté fuertemente ligada a una utopía: la Madre Patria lo es porque, ante todo, representa una comunidad ética, en ella se atesoran los ejemplos de Guzmán el Bueno y Padilla, y los excesos del absolutismo han sido lavados con la sangre de los héroes de la Guerra de Independencia y los defensores de la Constitución. Adherirse a ella, en cualquier parte del mundo, es un acto de voluntad moral. Martí ha dicho que Heredia quiso a la libertad “patricia más que francesa”, esta condición nada tiene que ver con la élite de los poderes económicos y políticos de la Nación, sino con la comunidad de los varones selectos que comparten una axiología donde, como entre los romanos de la República, tienen lugar relevante el amor a la verdad, el rechazo a toda forma de despotismo y el alto valor dado al sacrificio personal para salvar la Patria.
Esta Patria es de la que él dice, en “España libre”, que “El morir por la patria es bella muerte”, anticipándose sin saberlo a uno de los versos del Himno de Bayamo; por eso puede dirigirse a los mártires y decirles: “Mi inútil vida por vosotros dando, /A la adorada patria serviría / Conforme a mi anhelar y mi deseo”. Este sueño patricio pretenderá encarnarlo Heredia en el mundo de la élite criolla habanera, así como en el constitucionalismo mexicano. Ambos le decepcionaron profundamente, de ahí que su fin trágico está asociado, más que con la separación geográfica de Cuba, con el imposible de materializar esta utopía y fundir, en un sitio, ética, paisaje, historia, o para decirlo en términos griegos, fundar en él su areté.
El destino de Heredia es el de ser, siempre y en todas partes, el desterrado, porque no puede fundar la Patria soñada, ajena siempre al realismo político y al interés particular. Mas esta misma condición, arrancándola del apego a circunstancias demasiado puntuales, dio fuerza e irradiación a su poesía y permitió que en ella, a lo largo del siglo XIX, encarnaran los sueños de los separatistas cubanos. Nuevamente es Martí, ahora en carta a Enrique Trujillo, quien nos recuerda esa especial condición de mártir del poeta, que ha levantado la Patria a rango universal: “Yo creo en el culto de los mártires. ¿Quién, si no cumple con su deber, leerá el nombre de Heredia sin rubor? ¿Qué cubano no se sabe de memoria algunos de sus versos, ni por quién sino por él y por los hombres de sus ideas, tiene Cuba derecho al respeto universal?”
El regreso de Heredia en 1821 significa el inicio de una brevísima etapa —1821-1823, y la última, por demás— en que toma contacto con la vida pública de la Isla. La temprana euforia constitucionalista que lo marcó en tierras mexicanas va a ceder acá, en contacto con los particulares intereses de la élite criolla, con los que tendrá una fugaz sintonía antes de entrar de lleno en la opción separatista que ocasionará su salida definitiva de Cuba.
La Habana en la que, en febrero de 1821, desembarcan el poeta con su madre y sus hermanas vive en un absoluto caos político. Desde 1815, las riendas del poder habían estado en manos de Alejandro Ramírez, intendente de Hacienda durante las capitanías generales de José Cienfuegos Jovellanos —sobrino del poeta y estadista Gaspar Melchor de Jovellanos— y Juan Manuel de Cagigal. Fernando VII, ansioso por ganarse las simpatías de los hacendados criollos, para garantizar la paz en la colonia y poder concentrarse en la represión de los movimientos de independencia en la América Continental, ha repartido títulos nobiliarios, mercedes y concesiones para las “fuerzas vivas”. Ramírez, con el apoyo de la Sociedad Económica, se encarga del fomento de la agricultura, protege la creación de cátedras de Botánica y Química, estimula el surgimiento de la Academia de Bellas Artes —bautizada como “San Alejandro” en su honor—. Los criollos prominentes del país apuestan, pues, por la opción absolutista que tanto les beneficia.
En el bando contrario, los comerciantes peninsulares, controladores de la burocracia administrativa, ven los cielos abiertos en 1820, cuando se proclama la Constitución en el Reino: es el modo de sacar al intendente del medio, pues su rigor fiscal, al vigilar el pago de impuestos y reprimir el contrabando, afecta el enriquecimiento de estos. Al desembarcar el general Mahy con el mandato constitucional para la Isla, en marzo de 1821, la suerte de Ramírez está echada. Acusado por comerciantes y burócratas de manejos inescrupulosos y con la abierta hostilidad de las nuevas autoridades, renuncia a su cargo a fines de ese mes y fallece súbitamente el 20 de mayo siguiente. La muerte del intendente fue vista por los criollos como una afrenta: se afirmó que había sido causada por el disgusto que le ocasionaron los constitucionalistas y se le homenajeó, mientras lo permitieron las autoridades, como a un mártir.
Exactamente una semana después del deceso de Ramírez, Heredia publica un soneto a su memoria en El Amigo del Pueblo. Allí califica al estadista de “sabio infeliz” y se sitúa en el bando de sus partidarios, ahora en la oposición al gobierno, al asegurar que “su vida hermosa / Eterna debió ser, no así abreviada” y calificar a sus enemigos de “Monstruo fatal que la discordia inspira”. El soneto, escrito en el más convencional lenguaje laudatorio neoclásico, concluye con la apoteosis del intendente, llamado por Dios y elevado al cielo.
El primer vínculo de Heredia con la política práctica lo ha llevado por donde no pensaba: en pocos días pasa, del entusiasmo y la alabanza por la Constitución restablecida en España y en el Nuevo Continente, al rechazo de esta opción en Cuba, de la mano de sus amigos Domingo del Monte y José Antonio Miralla, defensores de Ramírez — Miralla había protegido al intendente de la persecución de que lo hicieron objeto las turbas constitucionalistas y había salvado su integridad física—. No debió resultar muy sencillo para el impetuoso joven comprender que en Cuba todo era diferente: que el pensamiento de Jovellanos lo habían aplicado por acá Ramírez y Francisco de Arango y Parreño a nombre del poder absoluto de Fernando VII, que el liberalismo verdadero era el contrario al de los “liberales” comerciantes de la calle Muralla. Las palabras no tienen correspondencia con los hechos, los símbolos están subvertidos. El entusiasmo poético no encuentra mucho lugar donde todos recomiendan el cálculo prudente.
En menos de dos años, el novel bachiller en Leyes va a procurar su propia opción. No tiene fortuna personal para ser un miembro influyente de la oligarquía insular, su temperamento no le permite dedicarse a complicados manejos políticos en la Sociedad Económica de Amigos del País o en las antecámaras del capitán general. Roto el entusiasmo constitucional, su entusiasmo va hacia aquellos que se rebelan de manera abierta contra las tiranías en cualquier parte del mundo.
