Antón Arrufat recuerda a Virgilio Piñera en Artemisa
Luego de muchos años de ausencia, Antón Arrufat regresó a Artemisa –en plena celebración del centenario p
or el natalicio de Virgilio Piñera–, para
conversar sobre la relación personal que sostuvo con el autor de Aire frío: “una larga, laberíntica y peligrosa amistad, como sucede con los escritores, que duró hasta el infarto masivo que se lo llevó inesperadamente”, dijo Arrufat en la tertulia Roble de olor, celebrada en la biblioteca Ciro Redondo.
Ante especialistas literarios, creadores y promotores de los municipios de las provincias Mayabeque y Artemisa, el Premio Nacional de Literatura definió a Piñera como “un escritor hasta cierto desconocido como autor y muy conocido como famoso por algo que le pasó”.
Recordó la solicitud de Virgilio de que firmaran un documento legal en el cual lo nombraba su albacea literario, y manifestó su asombro ante la inmensa e impensable papelería que dejó inédita, aunque sabía que “Piñera jamás dejó de escribir, el silencio no impidió que se levantara todos los días de madrugada a cumplir con un destino irrevocable”.
“Después de un tiempo de marginación para él, para mí y otros escritores cubanos, en un periodo llamado quinquenio gris –ya se sabe que no fue tan quinquenio ni tan gris, fueros muchos años y verdaderamente negros–, empezó luego una lenta rehabilitación para todos los que fuimos condenados sin saber en qué consistía el delito. Entonces, a partir de mi rehabilitación personal pude iniciar con insistencia y resistencia, la publicación de la obra póstuma de Virgilio Piñera”.
Al evaluar la obra piñeriana Arrufat subrayó lo extensa y difícil que resulta de leer. No es una escritura complaciente, aunque late en ella la manera que tenemos los cubanos de ver la vida con un marcado sentido del humor. Quizás a ello se deba, en parte, su sorprendente actualidad y, sobre todo, la vitalidad y frescura que mantienen sus textos.
En un análisis sobre los cuentos cortos que escribiera Virgilio en la década del 40, en La Habana, cuando vivía en la calle Gervasio 121, Arrufat los denomina “ficción súbita”, y entre sus características destaca la carencia de información descriptiva o sociológica, la visualidad, intensidad, ironía feroz y una carga sentimental muy poderosa, una inesperada irradiación.
Textos como “La boda”, “El comercio”, “El parque”, “La batalla”, “La montaña” o “En el insomnio”, por citar algunos, dan testimonio de ese hallazgo piñeriano, quien sintió con el primero de ellos haber encontrado una forma poco usual de narrar, un estilo opuesto al lujo verbal, alejado del peligroso demonio de la ornamentación, añadió Arrufat.
Señaló como otra característica de sus ficciones “la mirada de sus protagonistas”, quienes se dirigen a alguien que no está dentro del tiempo ni del espacio de la narración. Sin dudas, ese alguien es el lector, nosotros mismos convirtiéndonos en una presencia más del relato. Así, sin proponérselo, frío y hasta mesurado, Virgilio Piñera acaba tocando hondo nuestras fibras más hondas.
Su escritura es una puesta ilusoria donde al fin ocurre lo que estaba determinado que ocurriera, escritura donde el hombre le juega a la vida una partida de dados, pero una partida prevista por la fantasía. A cada imposible en la vida, un imposible en la imaginación, esa fue una constante en su trasiego por el laberíntico camino de la literatura, puntualizó Arrufat.
Aunque profesaba horror a las moralejas, en toda su escritura –de manera más o menos explícita– existe una constante reflexión entre el deseo y el fruto de la acción, expresada con cierta ironía, es verdad, pero expresada en definitiva, concluyó.
Además de responder un formulario que el público le tenía reservado, el catedrático además leyó poemas del libro El viejo carpintero, incluido en la antología La huella en la arena, publicada por Ediciones Unión en la colección Contemporáneos, y precedida de un prólogo de la poeta Reina María Rodríguez.
