Legendarias y sublimes transgresoras admiradas en el recuerdo público
La configuración de la sociedad cubana en la época colonial, estipulaba la reclusión de la mujer al interior de la casa. Atender al marido, brindarle herederos saludables, cocinar, fregar, lavar y cuidar de los hijos, eran sus deberes sagrados.
La participación activa y señalada de las mujeres cubanas en la última etapa de la Guerra de Independencia permitió más tarde su incorporación a las lides políticas (derecho al voto, etc.) y también de otras pocas concesiones hasta ese momento, “socialmente reprobables”, con la formación de clubes femeninos pertenecientes al Partido Revolucionario Cubano. Pero, en su mayoría, este tipo de asociaciones seguirían los patrones conservadores de la época. De manera que las féminas proseguirían sus intentos individuales de liberación social.
Estas corrientes feministas comenzaron como tenues brisas al despertar del siglo XX, para luego alcanzar fuerza de huracán al final de la centuria. Antes, durante y después de este período histórico-social, algunas cubanas pragmáticas hicieron la diferencia. Su actitud ante la vida, o los acontecimientos en que se vieron involucradas a causa de esta, les llevaron a convertirse ante la opinión popular en el arquetipo añorado por sus respectivas épocas.
Las curiosas aventuras y desventuras en que se vieron envueltas aquellas “sublimes transgresoras” les colocaron de manera inusitada en el recuerdo público de este controvertido, intuitivo y fusionado pueblo cubano, convirtiéndolas en leyendas.
A continuación intentamos presentar una selección no representativa, abrupta, arriesgada y siempre trunca e incompleta, que brinda una idea del cómo y el por qué llegaron no pocas de ellas a ser estas sublimes transgresoras admiradas en el recuerdo público.
La Madre Melchora
Durante la época colonial y a partir del primer tercio del siglo XVI, los negros africanos escapados de la esclavitud fueron denominados en Cuba peyorativamente jíbaros o cimarrones. A los sitios donde se establecían, siempre en lo más intrincado y agreste del monte, se les llamaban Palenques, y a los que allí convivían, cimarrones “apalencados”.
Existió en el siglo XIX, en la zona de Vuelta Abajo, en la provincia de Pinar del Río, una negra cimarrona, de gran astucia y habilidad que llegó a comandar palenques. Todos le llamaban Madre Melchora y es posible que su nombre verdadero se haya perdido en el tiempo.
Durante varios años mantuvo irreductibles los sitios de vivaqueo de alrededor de cuarenta esclavos apalencados en los lomeríos de la Sierra del Rosario. Por supuesto que debían mudar de ubicación con cierta regularidad su campamento, so pena de ser rastreados por los rancheadores, que eran especializados perseguidores a sueldo de los hacendados.
De Madre Melchora se cuenta que sabía cada rincón de la agreste Sierra; cada oquedad protectora en el lomerío; o recodo del río, o de ojo de agua, de donde se podía recoger el preciado líquido; de los trucos para perderle el rastro a los perros; de las propiedades medicinales de las yerbas para sanar enfermedades y los más ocultos secretos de la manigua.
Así eran comentadas sus hazañas entre los esclavos de las dotaciones pertenecientes a las haciendas pinareñas, aunque en poco tiempo su fama llegó a La Habana. La Madre Melchora nunca fue atrapada, murió en el monte y pasó a ser una de las primeras mujeres transgresoras que en Cuba, se convirtió en leyenda.
Titina
Cuando aún ni siquiera soñábamos con salir del androcentrismo social que regenteó por siglos nuestra Isla, una soleada mañana del 12 de noviembre de 1894, el atrevimiento de Antonia Martínez, más conocida por Titina, sacó de sus casillas al mundillo sociocultural habanero, al hacer uso público de una bicicleta.
Burlas, insultos, groserías y agresiones le llovieron a la primada del pedal en La Habana, pero nadie pudo evitar que otras “adelantadas” sacaran biciclos a la calle e hiciesen gala de su manejo, con desobedientes intenciones. El semanario La Carta del Sábado, colocó en portada una seria advertencia a tan osado libertinaje. Mientras otros órganos de prensa arremetían en furiosa embestida con beligerantes declaraciones contra esta subversiva moda feminista.
Titina, había nacido en Galicia y pasó a ser leyenda en La Habana, pero no por su temprana osadía feminista, sino porque en tono de burla le dedicaron una cancioncilla que se puso de moda, cuyo estribillo decía más o menos así: Titinia, oh Titina/montando bicicleta/al doblar una esquina/se le ponchó una teta…
A partir de 1898, con los primeros intentos de intervención del gobierno de los Estados Unidos en la política y la vida social de los cubanos, la imagen liberal de la mujer norteamericana fue utilizada como antimodelo por las corrientes conservadoras remanentes. Pero la emancipación femenina era ya irrefrenable. Cubanas pragmáticas no solo montaban bicicleta, sino que se cortaban el pelo; mostraban “desvergonzadamente” sus brazos, con blusas de mangas cortas; “escandalosos” zapatos bajos, que dejaban ver los tobillos “descaradamente”; y hasta fumaban cigarrillos en público. Pero pocas de ellas llegaron a ser leyenda con un estribillo tan jacarandoso, como Titina.
Evangelina Cossío Cisneros
La historia de La Cisneros es tan parecida a una película de Hollywood, que algunos dudan de su autenticidad. Pero muchas veces confirmada e investigada, aunque con multitud de variantes en determinados segmentos oscuros, la fuga de Evangelina Cossío Cisneros de la Casa de Recogidas de La Habana San Juan de Nepomuceno, fue total y completamente cierta.
Todo comenzó cuando Evangelina llegó a Isla de Pinos en 1896, haciéndole compañía a su padre, quien había sido deportado por las autoridades españolas. Tenía diecisiete años y era una joven de extraordinaria belleza, lo que despertaba los apetitos lascivos del coronel José Berriz, quien gobernaba la mencionada ínsula, por aquel entonces estrenada como Isla Prisión, al estilo como lo hicieron los británicos con su colonia de Australia.
Unos dicen que Evangelina realmente participaba en una conspiración, que tenía como objetivo tomar de rehén a Berritz, ocupar la Isla y liberar a todos los prisioneros; otros respaldan la idea que el militarote fue a la vivienda de la joven de improvisto, trató de forzarla y a sus gritos acudieron algunos amigos y dominaron al Coronel, quién a viva voz atrajo a los guardias. Todo esto produce un tiroteo donde hay varios heridos. Como resultado, la adolescente fue enjuiciada, hallada culpable y condenada a veinticuatro años de prisión en Ceuta, que no llegó a cumplir, pues estando en la Casa de Recogidas de La Habana, de inusitada forma la prensa norteamericana se hizo eco del asunto y muy pronto altas personalidades de la sociedad norteña, entre ellas la madre del entonces presidente de los Estados Unidos de América, dieron muestras de apoyo.
El señor William Randolph Hearst, dueño de la más importante cadena de periódicos de los EU, percibió la posibilidad de un reportaje formidable y envió en agosto de 1897 al Sr. Karl Decaer con instrucciones de rescatar a Evangelina de la cárcel. Lo que éste llevó a cabo en la madrugada del 7 de octubre de 1897, desde una casa colindante al recito penitenciario, apoyándose en una escalera, dos cómplices y el soborno de varios guardias. Luego Evangelina estuvo escondida en la ciudad por unos días, hasta que logró salir del país vestida de muchacho con nombre y pasaporte falsos, a bordo del vapor Seneca, que la llevó a Nueva York el 13 de octubre del propio año.
Se hizo leyenda internacional su aventura, gracias al surgimiento de un nuevo tipo de periodismo sensacionalista en los Estados Unidos, conocido como “la prensa amarilla”, bajo los auspicios del señor Hearst, quien patrocinó y orquestó el suceso con pericia. También se cuenta que existen documentos probatorios de la participación directa en esta operación, de personal de la embajada norteamericana, Acción magistral que predispuso a la opinión pública norteamericana, en contra del gobierno español y a favor de los patriotas cubanos, preparando el escenario para lo que vendría después.
Entre los protectores de la joven Cossío, que la escondieron a riesgo de sus vidas mientras las tropas de Weiler registraban La Habana de arriba a abajo, estaba Carlos F. Carbonell. Algunos creen que era militar (o se convirtió después), para luego servir bajo las órdenes del General Lee, en los E.U.; para otros, era un dentista radicado en la capital cubana y para algunos más, un poderoso banquero. Según cuentan, la historia termina en la boda de Evangelina con el señor Carbonell. También se afirma que la transgresora heroína falleció a los 98 años y pudo ver el triunfo de la Revolución.
Catalina Laza
Le decían “La maga halagadora” y era una de las mujeres más hermosas y cautivantes de la alta sociedad habanera. En una fiesta de esta aristocracia capitalina, conoce a Pedro Baró, cubano recién llegado de París, quien la cautiva con su mirada profunda y acento francés, al extremo de romper con el equilibrio de su matrimonio. Catalina solicitó la separación a su esposo, Luis Estévez Abreu, hijo del primer vicepresidente de la República. Por supuesto que le fue denegado y, en respuesta, ella decidió irse a vivir con su amado.
El indignado marido hizo que sus abogados levantasen contra ella un expediente judicial donde se la acusó de los peores delitos, entre ellos, el de bigamia. La misma sociedad que antes le mimase, no consintió tal manifestación liberal y le repudiaba en cada lugar de La Habana que llegase la nueva pareja. Se cuenta que una vez fueron al teatro y los asistentes (todos de alta clase social) optaron por retirarse masivamente, con la intención de avergonzarlos. Pero los actores, representaron la obra como si estuviese todo el auditorio. Muchos afirman que Catalina, agradecida, al terminar la función, lanzó todas sus joyas al escenario.
Catalina y Juan Pedro llegaron hasta El Vaticano a entrevistarse con el Papa, a quien hicieron conocer sus desdichas. Se cuenta que el Sumo Pontífice les bendijo y dispuso la anulación por la iglesia, del matrimonio anterior de Catalina. En 1917 el presidente Menocal firmaba la ley del divorcio. Ese mismo año es registrada la separación legal de Catalina con Luís Estévez. Lo que la convirtió en una de las primeras mujeres divorciadas de Cuba.
En el número 406 de la calle Paseo en el Vedado, se encuentra todavía la mansión en la que Pedro Baró invirtió un millón de pesos. Se cuenta que toda la arena para las mezclas cementeras de la casa, fueron traídas desde Egipto. El día de su inauguración Catalina recibió de su nuevo esposo, una rosa que ostentaba sus colores preferidos, el rosa y amarillo, cuyo injerto fuera encargado al jardín El Fénix. La juventud de aquella época idolatraba al ejemplo de mujer rebelde que lo afrontó todo por su amor. La Rosa Catalina sustituyó al tradicional ramo del atuendo nupcial femenino y comenzó a sembrarse en muchos jardines de La Habana, como señal de apoyo a tal actitud.
Pero la felicidad no solo dura poco en casa del pobre, Catalina enfermó de un mal extraño y su belleza se marchitó de tal manera, que, según cuentan, los criados debían salir de la casa para evitar que la vieran cuando bajaba de sus aposentos. Pedro la llevó a Francia, donde a pesar de todos los cuidados falleció el 3 de diciembre de 1930. Otra versión afirma que murió en La Habana. Su amante esposo mandó a embalsamar el cadáver y así fue sepultada en el lujoso panteón frente al monumento de los bomberos, en la Necrópolis del Cementerio de Colón.
Por supuesto que hay muchas más féminas transgresoras admiradas en el recuerdo público que, en su momento, pasaron a ser leyendas. Así como también las hubo santificadas y bendecidas, endemoniadas y maldecidas que aún prevalecen en el recuerdo de la memoria social. Pero eso bien puede ser tema de otro encuentro, con el amplio y nutrido catálogo de seres legendarios del imaginario popular cubano.
Bibliografía