La primera película cubana de zombies la escribió Félix B. Caignet (II)
La ductilidad del cineasta manchego Miguel Morayta, para abordar géneros diversos fue, seguramente, un punto a su favor para acometer la versión para el cine de «Morir para vivir», uno de los más tremebundos novelones surgidos de la febril imaginación de Félix B. Caignet.
El escritor no vaciló esta ocasión en aderezar el melodramático argumento con algunas gotas de vodú haitiano. En La Habana, Beatriz del Muro (Alma Rosa Aguirre), que vive con su madre, la viuda Sofía Duranes (Raquel Revuelta), tiene pesadillas en las que la siguen los ojos de un hombre misterioso que dice que ella vivirá después de morir. El hombre es en realidad un haitiano santero, André (Enrique Alzugaray), contratado por su madre, que le suministra un brebaje a la hija. Fernando del Valle (Ramón Gay), novio de la muchacha, vuelve de los Estados Unidos, pero ella al verlo, grita que no lo quiere y muere sin saber que su novio y su madre son amantes. El doctor Aquiles Ontiveros (Julio Villarreal), descubre en la tumba de la joven que ella se ha convertido en zombie y la resucita. Al forcejear con Evaristo (Ángel Di Stefani), el celador del cementerio, André, muere y es enterrado en lugar de la joven.
El máximo paroxismo es alcanzado por la trama en la segunda parte: a Beatriz le son revelados los amores de Fernando y su madre (que en realidad no lo es) y es escondida por su tío. Fernando, que ya no ama a Sofía, sufre un accidente; ella lo cuida en su casa y descubre que solo lo quiere como un hermano. Beatriz sale a la calle y cambia de nombre para vengarse: será María Victoria del Prado, una mujer sin alma. Sofía anda con el doctor Verales y Fernando, que la ama de nuevo, se siente celoso, y la obliga a jurarle amor eterno ante la tumba de Beatriz. Aleccionada por su vecina, la maestra de piano Eulalia Formosa (Esperanza Issa), que es su verdadera madre, Beatriz triunfa como cantante en un teatro y conquista a Fernando, quien ignora su verdadera identidad. El doctor Aquiles muere cuando la pérfida madrastra lo arroja por las escaleras. Beatriz provoca que al abrir el sarcófago y ver el cadáver de André, su supuesta madre enloquece. La joven perdona al novio en nombre de Dios, pero rechaza su amor.
En Morir por vivir a Caignet se le fue la mano en la dosificación de los ingredientes y Morayta los sirvió en bandeja en un plato difícil de digerir. «En medio de misterio, suspense, secretos, horror y revelaciones, personajes apellidados Del muro, Del Prado o Del Valle, para sugerir aristocracia, practican la gramática como equilibrismo y la solemnidad sin intermitencias —opinó García Riera—. El humor involuntario alcanza niveles notables».
Filmada también totalmente en México, aunque se desarrollara en La Habana, esta vez figuraron en los créditos de esta coproducción solo dos intérpretes cubanos: Raquel Revuelta, que realizó una de sus mejores actuaciones de esta primera etapa en su carrera y Enrique Alzugaray, en una actuación especial. Como en la anterior película, el equipo técnico fue integrado por profesionales de esa nacionalidad. Luis Abadié fue el asistente de dirección de Morayta. De la cosecha musical de Caignet, la banda sonora incorporó las canciones «Te odio» y «Gotas amargas» en la voz de Elizabeth del Río (que dobló a Alma Rosa Aguirre) y el solo de piano «Quiero besarte», con la orquesta de Humberto Suárez.
El estreno mexicano de Morir para vivir se realizaría el 23 de diciembre de 1954 en los cines Ópera y Colonial, en los cuales se proyectó por una semana. En La Habana demoraría hasta el lunes 21 de marzo de 1955 en los teatros Fausto, Reina, Cuatro Caminos, Florencia y Santos Suárez, aunque en el caso de Cuba es difícil determinar el tiempo que permaneció en cartelera, que no debe haber sido mucho mayor.
La distribuidora la promovió con estas frases: «La maldad agita los más turbios sentimientos en el atormentado corazón de una mujer a la que impulsa un amor sacrílego. ¡Pero la luz rompe las tinieblas y se descubre la infamante maldad» y «¿Cómo puede explicarse que una joven y bella mujer ame a un hombre con todo el corazón y al mismo tiempo le odie con la insólita fuerza de su espíritu?».
El equipo de redactores de la Guía Cinematográfica 1955 volvió a ser implacable en su apreciación artística: «Pésima película del peor gusto, dialogada hasta lo infinito. Mal construida, con un guión infame y una desacertada dirección. La fotografía es buena. Algún efecto musical logrado. La interpretación corriente, pero dado el guión, los artistas no pueden hacer otra cosa».
Miguel Morayta Martínez legó a la filmografía caignetiana dos de sus títulos más exaltados: Morir para vivir y, poco después, La fuerza de los humildes, en los cuales manifestó su probada destreza para asumir adaptaciones literarias (en este caso de la radio) con un dominio preciso de los recursos técnicos.
Luciano Castillo
