Calígula: el imperio del terror
Teatro El Público llevó a las tablas la reposición de Calígula, obra del novelista, ensayista y dramaturgo francés Albert Camus (1913-1960), Premio Nobel de Literatura, con puesta en escena de Carlos Díaz.
Díaz es impredecible e imprevisible. No piensen los amantes del buen teatro insular que la trama de esa obra, de tema existencialista por excelencia, se desarrolla en la Roma de los Césares, sino que es extrapolada a la contemporaneidad.
Ante todo, habría que aclarar que —según refiere el psiquiatra hispano Vallejo Nájera en el libro Locos egregios— Calígula, magistralmente interpretado por Fernando Hechevarría, presentaba un grave trastorno de la personalidad, asentado en una epilepsia asociada a psicosis.

Por lo tanto, las fuerzas oscuras desencadenadas en el componente instintivo del inconsciente freudiano, donde yace el Füher que el ser humano oculta en los más sórdidos parajes de esa formación psíquica concebida por Sigmund Freud (1856-1939), y liberadas de las férreas ataduras del superyó o código ético-moral que condiciona el comportamiento humano, mediatizaban la aparición de las morbosas excentricidades que mostrara no solo uno de los césares más sanguinarios que registra la Historia de la antigua Roma, sino también cualesquiera de los tiranos que —a través del tiempo— han azotado a la humanidad.
Algunos de los gestos peculiares que caracterizaran al enajenado emperador evocan los signos clínicos de las crisis comiciales que padeciera, y que Hechevarría incorpora a su estilo único e irrepetible con la excelencia profesional que lo identifica en cualquier medio donde se desenvuelve como «pez en el agua».
En ese contexto dramatúrgico, de naturaleza tragicómica, se formula una severa crítica a los gobiernos tiránicos y despóticos, que aún perviven sobre la faz de la tierra. Y al mismo tiempo, se describe una de sus características fundamentales: el miedo agresivo, lo cual lleva al opresor a cometer los más sanguinarios crímenes y a sembrar el luto y el dolor a su alrededor.
Por otra parte, los súbditos de Calígula le temían con todas las fuerzas de su ser, y si bien lo despreciaban por los asesinatos que ordenara cometer, para satisfacer el enfermizo placer de ver correr la sangre con el único objetivo de rendir culto a Tanatos (la muerte), no era menos cierto que también lo censuraban por la conducta psicótica que distinguía las acciones que emprendiera (se autoproclamó —y se creyó— dios del Olimpo), y por el odio que experimentaba hacia la libertad de pensamiento y de espíritu, que es —según José Martí— la verdadera libertad.
El elenco artístico convenció al auditorio de que los actores y actrices, consagrados y noveles, que lo integraron dominan al pie de la letra los recursos básicos indispensables de la técnica dramatúrgica (incluidos el lenguaje verbal y extra-verbal).
Ahora bien, constituye un deber ineludible de la crítica especializada destacar la impecable interpretación que los carismáticos actores Osvaldo Doimeadiós y Lester Martínez, hicieran de los personajes Quereas y Helicón, respectivamente.
Quereas era el jefe de los conspiradores que querían eliminar a Calígula, pero no se atrevían a materializar el hecho… por el miedo que los paralizaba y les impedía actuar; mientras que Helicón, aparentemente, era un incondicional servidor del malvado emperador pero, entre bambalinas, incitaba al poeta Escipión —interpretado por la actriz Broselianda Hernández—, a asesinarlo cuando la ocasión le fuera propicia.
A propósito de Broselianda, esa primerísima actriz, en un momento determinado de la obra, estableció con Fernando Hechevarría un diálogo filosófico existencial que impactó a quienes esa tarde dominical abarrotaban el Trianón.
No obstante prevalecer las escenas trágicas en dicha puesta, cuando subía la tensión emocional del público ante los desmanes de Calígula, se apelaba —sin alterar o forzar, en lo más mínimo, la estructura de la obra— a una situación o frase hilarante con un marcado componente de crítica social que disminuía la tirantez generada al efecto; leitmotiv utilizado con frecuencia por Carlos Díaz quizás con el doble objetivo de provocar la carcajada al tiempo que invita a la reflexión.
El sentido del mensaje que transmite Calígula puede sintetizarse con una frase del escritor finlandés Mika Walkari (1908-1979): «el hombre en su maldad es peor que el cocodrilo del río», mientras que el final es un símbolo que puede interpretarse como un aldabonazo de alerta a la humanidad: «Calígula no ha muerto, sigue vivo». O con otras palabras, la tiranía y el despotismo no han sido extirpados por completo, porque continúan vigentes… hasta que la sociedad contemporánea diga «basta, y eche a andar».