Del gusto y sus peligros: paneos televisivos
Si la televisión se constituye en el principal factor de la formación del gusto popular, se hace imprescindible focalizar sus usos, objetivos e instrumentos. De ahí que no huelguen paneos a sus productos desde puntos de vista que puedan rebasar la inmediatez de la crítica, aunque de ella misma partan.
En la zona del seriado para televisión, se había estado navegando con mejor equilibrio que en la telenovela, al acudir a productos —sobre todo argentinos y españoles— que, empleando con mesura las normas del entretenimiento, llamaban la atención sobre conflictos que el propio receptor aún no ha conseguido resolver. No obstante, y de conjunto con la intención de introducir temas polémicos de actualidad, el seriado se ha visto invadido por producciones estadounidenses de factura varia que, sobre todo en el área juvenil, muy lejos se hallan de nuestra realidad. En este sentido, la producción cubana intentaba salvar los niveles del gusto a través de tres espacios que se vieron perjudicados por la intermitencia de producción y horario: el teatro, el cuento y el teleplay —así mismo llamado entre nosotros y con mayores muestras de desequilibrio—. En este instante, los tres parecen en peligro de extinción, lo cual apunta a un retroceso cultural, cuya envergadura puede hacerse efectiva prontamente.
Por demás, la tendencia a salpicar la programación con espacios de corte policial, sean de producción convencional o mezclados con lo parapsicológico, vicia no solo el posible atemperador estético, sino, además, el axioma del comportamiento en sociedad. Con estos productos, la inteligencia instintiva del tipo duro, obsesivo y pragmático hasta el punto de violar la ley para cumplirla y preservar el orden, supedita al resto de la manifestación de inteligencias. Vi un caso —sin que, de momento, recuerde en cuál capítulo de cuál serie— en el que el guionista se vale de un ejercicio axiomático de la polémica y compleja Game Theory para solucionar uno de esos tipificados argumentos de peligro terrorista. Se trata de un hábil ejercicio de manipulación de la conciencia social mediante el que se justifican los actos de injerencia global imperialista a través de un patrón científico simplificado. No hay, pues, detrás de esos productos, solo simples y banales argumentos, sino, y con marcada importancia, patrones de juicio sociopolítico que inciden en la aceptación conformista del mensaje.
La paradoja informacional que establece como procedimiento la violación de los cánones de comportamiento para conservar el orden social, queda a merced de los patrones que salvan, por sobre todas las importancias ciudadanas, las estructuras jerárquicas del sistema de relaciones sociales y, por extensión, la entropía con que va a chocar el individuo, siempre menos capaz de ser “héroe” que el protagonista. Y este mensaje, reiterativamente colocado en el ámbito de nuestra sensibilidad receptiva, y sin alternativas que contrarresten su efecto, regenera una especie de conformidad acrítica en la conciencia social. Me refiero, desde luego, a alternativas atractivas y de calidad, no a los cansinos teques con que solemos presentar estos productos cuando se nos exige contrarrestar su efecto.
El policiaco hecho en Cuba, aunque lentamente, ha logrado superar con creces el aburrimiento didáctico con el que se inició, e introducir algunos temas polémicos relativos al delito. Sin embargo, apenas consigue rebasar el esquema del realismo mediático —occidental o socialista, pues solo se cambia el orden calificativo de las piezas— donde los buenos no tienen siquiera pensamientos de sana perversión o, si aparecen, son resueltos en menos de un minuto. Tampoco supera el síndrome de industria cultural que los obliga a concebir un producto “de acción” con limitados recursos y mucha menos práctica de oficio que la de sus modelos. Y hasta en algunos casos últimos, asoma el tedioso esquematismo de antaño, con su trama trillada y su mecánica representación de los motivos que producen y reproducen la conducta desviada. Sus puntos de focalización del delito, por otra parte, se desarrollan solo en estratos sociales de más baja índole, sin abordar aún, a pesar de que se trata de un llamado urgente del Estado cubano, y de la propia sociedad civil, la esfera que llaman “de cuello blanco”, es decir, la de los funcionarios de alto rango y, por tanto, de alto nivel de responsabilidades en la transformación social.
Para el sector infantil, tan esencial, se reserva el vicio del esquema en el seriado. Por una parte, series vaciadas en fórmulas que glorifican la fusión de los conceptos de superproducción y de enlatado. La sirenita, Aladino, Timón y Pumba, Hércules, como muchos otros, se han encargado de reproducir descaradamente —y en resortes de simpática parodización anacrónica— el evento industrial de lo que debió ser un producto artístico. Los que en tropel les siguen son apenas sucedáneos de la fórmula, a veces mediada por licencias que el doblaje se toma. Y ello no responde precisamente a un saqueo, como se ha querido ver desde puntos de vista igualmente esquemáticos; sino a un trabajo consciente de manipulación mediatizadora del posible producto artístico. Hoy, después de la caída de muchos mitos que acompañó al derrumbe del socialismo europeo (mal llamado socialismo real) y del ascenso contracultural de las transnacionales del capital, fundamentadas en ideologemas que aparentan haberse desprendido del síndrome ideológico, sabemos que solo en la verdadera cultura se refugia la posibilidad de humanizar los animales instintos que definen como especie al ser humano.
Cuando consumen el episódico de dignidad artística, los niños se enfrentan a un ejercicio de reiteración capaz de saciar todo atractivo y hasta de atrofiar su comprensión. Por obra y gracia del esquema que permite copiar los códigos salvajes de manipulación, su condición de receptor inteligente se reduce a un ejercicio de memoria, pues el acto vacío de repetir el texto se transforma en juego. Se garantiza así, desde la misma infancia, que los valores de cambio de la formación cultural se sobrepongan a los valores de uso. Es, a mi juicio, el más importante de todos los sectores, y debe tenerse en cuenta la necesaria recuperación efectiva del animado de factura nacional.
Ignorar hechos que las transnacionales de la información convierten en suceso sería un acto de torpeza, pero convertirlos en centro focal de la programación no pasa de un ejercicio de fácil conversión. Así, hemos visto cómo, una y otra vez, programas diseñados para un uso inteligente de la farándula mundial, de inmediato quedan sometidos a las normas con que esos mismos fenómenos han sido fabricados. El más digno ejemplo pudiera hallarse en Lucas, que de un valiente, necesario y sabio impulso por promocionar el videoclip cubano ha devenido en una galaxia donde más vale el boleto de efecto banal —con vertiginosa imitación de aquello que en principio fue objeto de su propia sátira—. La involución de este programa demuestra que la manipulación del gusto de las masas es un fenómeno vivo en nuestro panorama cultural, pues el ciudadano identifica su despliegue publicitario con los raseros de calidad. Mal que nos pese a quienes reconocimos en su primera versión una pica a favor de la reflexión inteligente y la sátira firme ante el mal gusto, Lucas aprovechó ese soporte de opinión autorizada para transformarse en la antesala a la sublimación del kitsch en nuestra música. Incluso el segmento de crítica que, mediante la opinión del crítico Rufo Caballero, se le introdujo, estandarizó los valores del consumo. Sus opiniones, más que “pasarle la mano” a la banalidad galopante del videoclip, sublimaron sus deliberadas normas contraculturales, su don de subproducto. Con demasiada frecuencia, la presencia de una sensualidad masculina —por atractivo, don de proyección o músculo en close up— se relacionaba directamente con la calidad, o se le atribuía un don artístico que ni el más elemental de los semiólogos puede sostener. Hubo excepciones, desde luego, pero excepciones fueron.
Descendiendo en esa escala se hallan otros, como 23 y M, Piso 6, los pretendidos estelares del sábado o el domingo en la noche, cuyos nombres cambian sin transformar sus esquemas, y aquellos que en ligeras variantes y evidentes desniveles van poblando la semana nocturna. En ellos, la idea de no ignorar el rumbo universal de la música ligera se convierte en caldo —y no cardo— de soldado para jóvenes, adolescentes y espectadores domésticos que marchan un tanto a ciegas a las pobladas filas de las transnacionales del mal gusto y a la mediatización manual de altas figuras de nuestra profunda vida artística.
Intentos dignos de tener en cuenta, como Cuerda viva y Paréntesis, consiguen un limitado movimiento en la balanza, pues los primeros “salen con ventaja ante la preferencia del público”, al recibir la bondad del spot en los horarios claves y, sobre todo, su retransmisión los fines de semana. ¿Por qué los ejecutivos de dirección de programas en la TV se conforman con ese “voto popular” antes que tomarse el trabajo de consultar a críticos, profesionales especializados e intelectuales conscientes de la formación del gusto en nuestra población? Para ello no es imprescindible salir, cámara en mano, preguntando al tun-tún, para generar un falso estado de opinión pública; basta con marcar su teléfono o colocar la pregunta en su buzón electrónico. No es un secreto para nadie, y menos para los especialistas en comunicación y opinión pública de hoy día, que este tipo de opinión se abstiene de responder a esas convocatorias falsamente masivas a las que los medios convocan con frecuencia. Convocatorias que se producen y se reproducen muy en consonancia con los intereses de alienación cultural que la industria necesita para su sobrevivencia. No es, por consiguiente, un gesto de complacencia ante el mal que no podemos —política y sociológicamente hablando— olvidar, sino un regusto en ese tipo de producto que, por “popular” que sea, es una copia al calco de la industria banal de la massmediación y no un suceso.
Hecho el paneo, parcial y breve, se comprenderá que, en la programación televisiva, la responsabilidad de una formación seria en nuestra cultura popular ha descansado sobre programas de opinión crítica, informativos, documentales y programas de orientación científica, ambiental o histórica. De ahí que penetren con tal facilidad en nuestros medios —y, más que ello, en nuestros hogares— aquellos productos que la industria cultural globalizadora fabrica para garantizar su propio sustento, que no es únicamente comercial, sino, además —y con mayor importancia—, de estandarización del gusto.
