Presiones y diamantes o la angustia del ser (II)
La lucidez absoluta de Piñera en Presiones y diamantes, su voluntad quirúrgica de analizar su tiempo como un ámbito de horror cotidiano, de presiones infinitas que, ejercidas por los hombres, se destinan a desterrar lo humano del planeta, es el legado principal de Virgilio Piñera, un mensaje angustiado que, en el momento mismo de su centenario, lejos de hacerse cenizas, tiene la dureza, el esplendor y la agudeza que todo diamante verdadero ha tenido siempre como misión sobre la tierra. Las presiones, esa pesantez de los hombres sobre el hombre, aparecen como una pesadilla universal: “Precisamente, lo único que está bien distribuido en la tierra es la presión”.1 Pero no se trata de una ontología intemporal: Virgilio está enfrascado en una radiografía despiadada de los años asfixiantes en que la modernidad, al menos en el sentido clásico que se había constituido en la segunda mitad del s. XIX, halló su consumación. Luego de los ideales deslumbrantes, los proyectos prometedores, la ciega confianza en un progreso sin fin que habían caracterizado a esa centuria, el s. XX, con su proliferación de estallidos bélicos, su perenne crisis económica, sus discursos dogmáticos orientados hacia el despotismo más descarnado, su experiencia terrible del nazismo, cuyas secuelas habrían de prolongarse mucho más allá de la guerra, la sociedad que emerge de esas ruinas literales e ideales le resulta a Piñera una otredad estremecedora:
Parece que vivíamos en un mundo en el que las grandes frases, las actitudes solemnes, los sólidos principios y la fe que mueve montañas fuesen papel mojado. Nunca como ahora parecía mostrar la gente menos temor, mayor indiferencia por el gusano roedor, por el escrúpulo de conciencia, la razón de ser, el problema del alma, el terror de la nada. Y qué decir de las preocupaciones materiales. Si en el terreno de lo espiritual la indiferencia minaba las conciencias más severas, en el campo de lo material esta indiferencia daba una nota más alta. No es que la gente no tuviese altos y bajos apetitos, afán de lujo, terribles deseos de emulación, no es que no siguiesen perpetrándose los crímenes más abominables por llegar, y que trepadores y trepadoras no asestasen sus escaleras en las murallas del castillo universal. Todo ello se daba en nuestro mundo con subidos colores, pero al mismo tiempo se advertía claramente que debajo de la piel de cada uno se escondía la flor marchita, el papel arrugado de la desilusión.2
No creo equivocarme si afirmo que muy, muy pocas veces en la literatura cubana un escritor había afinado tanto la percepción de su época, ni había demostrado una capacidad humanística tan firme en la disección de una realidad obscenamente desprovista de metas fundamentales. Este y otros momentos hacen de Presiones y diamantes no solo una de las grandes novelas insulares, sino también uno de los textos de alto relieve en loa años sesenta en lengua castellana. La denuncia, entre paródica, sarcástica y profundamente ensimismada, de su presente, lo lleva a tocar un tópico principal en el arte occidental de la segunda mitad del s. XX —piénsese, por ejemplo, en el nouveau roman, pero también en el gran cine de Antonioni—; me refiero al tema de lo que Piñera llama “la comunicación simulada”,3 aquella en que se lograba “la ilusión del acercamiento”,4 pero que no hacía sino servir de subterfugio a la convicción de que todo intercambio humano era un sinsentido. Piñera no practica el absurdo, sino la más absoluta sinceridad, al referirse a viajes diseñados para que quien lo emprenda no vea nada; mediante imágenes de esta clase, el novelista nos obliga a focalizar un mundo en el cual el desplome de valores, la sustitución de perspectivas de cambio por estancamientos insondables, ha llegado a adquirir perfiles de un nivel tan alto de alienación, que se diría que el planeta está en manos de una conspiración extraterrestre, cuando, en verdad, no es otra cosa que la proyección de una sociedad deshumanizada y sin fe. De aquí que, en la novela, la invención de un sistema supuestamente criogénico en el que se congelan no materiales, sino seres humanos, no es un juego de absurdo —tantas veces se ha salido del paso considerando formas del absurdo pasajes de Piñera que son de la más estricta lucidez—, sino una manera clarividente de comprender su tiempo: “Viéndolo así, desnudo y azul, callado y monstruoso, comprendí que el aburrimiento, los fracasos del alma, la soledad en compañía, lo habían llevado a la estéril solución del bajo cero”.5
En suma, el novelista intuye que la cultura occidental está al borde del suicidio, y en ello operan no solamente la crisis de valores y de pensamiento conceptual, sino también lo que considera galimatías del arte de su tiempo. La literatura misma no escapa a esta impenitente disección. Piñera, el escritor más alejado del barroco en todo el transcurso de la literatura cubana, no deja de subrayar una vez más su posición al respecto, y en un pasaje de la novela escribe:
Le pregunto si está en cama y me dice que estando sano de cuerpo tiene, en cambio, enfermo el ánimo. Palabras textuales, que se me antojan barrocas y hasta bizantinas…. En el breve diálogo sostenido con Henry me he percatado (y es ahora que lo racionalizo) de que las palabras de Henry brotaban como flores monstruosas de su lengua. Es así que me dijo —ahora lo recuerdo—: los tentáculos del pulpo de la desfachatez succionan, con bríos redoblados, la sangre verde de los hombres-plantas…6
La obra, que se levanta a partir de una conspiración aparentemente imaginada, va creando sin piedad un convencimiento de que en todo caso se trata de una inmensa metáfora para referirse a una crisis fundamental que amenaza a la cultura en sus más hondos cimientos:
Toda conspiración es incorpórea, escurridiza; no bien creemos que ha adoptado una forma definida adopta otra y otra… Y mucho más imposible apresar esta de ahora, que no oculta bombas incendiarias, fusiles, ametralladoras, granadas de mano ni proclamas sediciosas. Por el contrario, esta de ahora —recuérdese que se le ha dado el incalificable nombre de «la última»—, es descubierta por sus propios autores y renace de sus propias cenizas; no, descubierta no, encubierta, como el gato cubre sus propias excretas con tierra.7
La crisis que Piñera busca denunciar, va aumentando gradualmente hacia el final de la novela. Su último grado es la desaparición del lenguaje, y su sustitución por un pseudo-lenguaje, la expresión Rouge Melé (en francés “rojo mezclado”), como única frase para todas las situaciones comunicativas. Esto reduce al protagonista a una soledad absoluta, que él mismo define, y al mismo tiempo establece su diferencia esencial —la clarividencia consciente— con las víctimas de la conspiración que ha destruido hasta el lenguaje como vía de comunicación humana: “Véanme: la conspiración, arrojándome de su infierno, me ha dejado dueño y señor de un paraíso estéril. Los conspiradores me han castigado por omisión. Aquí estoy solo entre solos. Sin embargo hay una diferencia sensible: ellos están solos entre sí, yo estoy solo conmigo mismo”.8
La conciencia de su aislamiento no lo aniquila; al contrario, lo espolea a pelear: “Y a eso estoy reducido, pero lucharé hasta el final”.9 Esa lucha, según él mismo expresa, se libra contra “la neurosis colectiva”.10
Construcción narrativa milimétrica, Presiones y diamantes es un alegato extraordinario sobre la crisis de la sociedad occidental en el tránsito de la modernidad a la postmodernidad. Su profundo metaforismo, su acerada denuncia al estremecimiento de valores de la contemporaneidad no es solo un testimonio de una época periclitada; sigue siendo una espléndida advertencia sobre nuestro tiempo, tanto como una de las obras más vigentes de todo el corpus virgiliano.
Notas
1 Virgilio Piñera: Presiones y diamantes, Ed. Unión, La Habana, 1967, p. 14.
2 Ibíd., p. 19.
3 Ibíd., p. 22.
4 Ibíd.
5 Ibíd., p. 45.
6 Ibíd., p. 75.
7 Ibíd., p. 80.
8 Ibíd., p. 92.
9 Ibíd.
10 Ibíd., p. 96.