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Cecilia: Una imagen distinta, pero con valores independientes (I)

Luciano Castillo, 16 de noviembre de 2012

Cuando el 12 de mayo de 1980 el cineasta Humberto Solás dio la orden de «¡Luces... cámara... acción!», la claqueta fue accionada y se efectuaron las primeras tomas de la coproducción cubano-española Cecilia, él estaba consciente de la responsabilidad asumida. Había decidido trasladar a la pantalla en versión libre lo que se considera, sin dudas, la mejor novela cubana del siglo XIX, la más notoria de nuestras obras costumbristas de todos los tiempos y una de las más importantes de la literatura nacional: Cecilia Valdés o La loma del ángel, escrita por Cirilo Villaverde (1812-1894).

Remontémonos en el tiempo. El escritor pinareño reelaboró un primitivo relato sobre una hermosa y dotada mulata, a quien refería haber visto personalmente cuando ella era una chiquilla de unos catorce años, y sus amores con un hombre blanco de superior extracción social. Esto originó la primera versión de la novela Cecilia Valdés (1839), compuesta por ocho capítulos. Transcurrieron cuatro décadas para que el autor terminara la tercera y definitiva versión, de cuarenta y cinco capítulos, editada en Nueva York en 1882, la que consolidaría su fama literaria. Esta ha llegado a nuestros días y le otorgó celebridad a su autor hasta ocupar un lugar destacado en la novelística latinoamericana decimonónica.

Aunque calificada tradicionalmente de novela costumbrista, en verdad el propio Villaverde la definió como realista. El costumbrismo comprende la copiosa descripción de lugares, personajes, hábitos, paisajes, etc. Pero ni la composición ni el objeto de la obra responden al esquema que presupone superficialidad. Por el contrario, en Cecilia Valdés existe un profundo desentrañamiento de una trágica realidad histórico-social. Por encima de todo es una novela social de factura realista y como tal debe interpretarse.

Cecilia Valdés representa el panorama más abarcador y completo de la sociedad cubana del primer tercio del siglo XIX. La trama de amores trágicos se sitúa entre 1812 y 1821, centrándose sobre todo en este último año. En este espacio temporal, Villaverde fotografía todos los estratos de la Cuba colonial. La terrible lacra de la esclavitud es su tema esencial, contra la cual se proyectan todos los sucesos de la novela. Lo decisivo, por encima del argumento de tono romántico, es el ambiente de esta etapa colonial, reflejado como en un mural fidedigno con prolijidad, algo que determina su vigencia en la apreciación de los críticos.

No exenta de falencias, a juicio de sus estudiosos, Cecilia Valdés dista de ser una obra perfecta. El lento proceso creativo resintió el saldo final del trabajo. El drama central de amor, adulterio, celos ardorosos y venganza que culminan en muerte, apenas difiere de los usuales folletines de la época. Los personajes, en su mayoría, no trascienden los rasgos externos, la acción es desarticulada; el estilo, híbrido, plagado de debilidades románticas con algunos atisbos realistas; el lenguaje, oscilante entre el más rebuscado arcaísmo y nuestro espontáneo giro popular; el desenlace resulta precipitado, en contradicción con las dimensiones de la narración.

Sin embargo, esas abundantes y graves deficiencias no impiden que constituya la obra cumbre de nuestra narrativa decimonónica. Único mito literario creado por un novelista criollo, el pueblo de Cuba ha llegado a identificarse con el contenido de Cecilia Valdés, al punto de olvidar sus imperfecciones formales para apasionarse con el desarrollo de los hechos que pinta, con maestría, en sus páginas. La mayoría del público conoce la sinopsis argumental, no tanto por haber leído la novela —objeto de una enésima edición recientemente a propósito del bicentenario de su autor—, o ser objeto de estudio en las aulas, sino a través de dos versiones televisivas1, la sintética historieta publicada en los años sesenta y, sobre todo, por el libreto teatral de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla que se estrenó en el Teatro Martí el 26 de marzo de 1932, musicalizado admirablemente por Gonzalo Roig.2 En esta aplaudida zarzuela, que ha tenido intérpretes memorables, despojado del lujo descriptivo ambiental, el asunto resulta endeble y melodramático, sin dejar de calar en el espectador, y confirma que lo fundamental en Cecilia Valdés es el logro de ese ambiente atenuador de sus fallas.

La novela interesó a los cineastas cubanos desde los tiempos del cine mudo, e incluso en el sonoro, hasta acumular la cantidad de siete intentos malogrados, entre estos uno para el cual la célebre actriz mexicana María Félix se mostró entusiasmada de personificar a la heroína, por adaptarse a su físico y a su temperamento. Finalmente, Jaime Sant-Andrews (1905-1955) rodó la primera y muy frustrante adaptación fílmica: Cecilia Valdés (1949), que abordaremos en próximos comentarios.

Ahora bien, si la novela prefigura la consolidación de «lo cubano», ameritaba por sus auténtica virtudes y la vigorosa indagación política, económica y social, que su transposición al séptimo arte fuera lo más fiel posible, con todas las limitaciones del escritor, inherentes a la época. Era lo esperado por el pueblo cubano, que siguió con enorme y creciente interés todo lo relacionado con la producción por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC)3 de Cecilia, por un creador de la talla de Humberto Solás.

No pretendemos adentrarnos en la perenne polémica entre literatura y cine. Existen cinematografías —y la de la desaparecida Unión Soviética era modélica en este sentido— que al trasponer una obra literaria al lenguaje del arte de las imágenes en movimiento, sienten un profundo respeto hacia su propia literatura. En ocasiones, es posible confrontar adaptaciones en celuloide con el original y comprobar la extraordinaria fidelidad, sin desdeñar el aporte creativo de los cineastas. Algunas veces, el traductor cinematográfico opta solo por el respeto al espíritu y no a la letra. Los ejemplos son innumerables en todas estas vertientes, con excepción de esas raras oportunidades en que el filme supera con creces el texto primario, algo alcanzado por el italiano Luchino Visconti que tanto influjo ejerciera en Humberto Solás.

Cecilia, sin embargo, tiene poco de Valdés, y sí mucho del inagotable caudal imaginativo de Solás, quien concibió el discutido guión junto a su estrecho colaborador, el editor Nelson Rodríguez, unidos a Jorge Ramos y Norma Torrado. El aclamado autor de Manuela y Lucía en su primera aproximación a una obra literaria se inspira en un clásico con ilimitada libertad, derecho de todo artista, pero desvirtúa situaciones y personajes a extremos inimaginables. Da origen a una obra que difiere en grado sumo de la fuente original, cuya acción se extiende hasta 1850.

En líneas generales sintetizamos el argumento del filme, ubicado en La Habana durante la primera mitad del siglo XIX: Cecilia, una atrayente mestiza, ambiciona llegar al mundo de los aristócratas blancos. El joven estudiante Leonardo Gamboa, apuesto hijo de una prominente familia de origen español, pretende convertirla en su amante tras enamorarse perdidamente en una fiesta, donde ella deviene mensajera de conspiradores independentistas. Uno de los conjurados, José Dolores Pimienta —sastre y músico, amigo de Cecilia, pero mulato y pobre como ella—, la ama con pasión, pero no es correspondido. La muchacha termina por entregarse al contradictorio Leonardo, no por amor, sino como medio para salvar a un cimarrón herido. Surge la tortuosa relación, relegada pronto a un segundo plano, hasta diluirse y dejar de constituir el eje central del conflicto.

La acaudalada familia de los Gamboa, a instancias de Doña Rosa, quien siente una obsesiva inclinación hacia el mimado hijo en la cual se intuye un sentimiento incestuoso, acuerda un matrimonio de conveniencia con Isabel Ilincheta, de su misma clase. Señalado el día de la boda, la desesperada Cecilia se propone impedirla a toda costa. Pimienta no ve en Leonardo un poderoso e invencible rival en amores al que, desquiciado por los celos, debe matar para vengarse, sino al delator de la conspiración que se gesta —en lo cual se advierten ciertas resonancias del primer cuento de Lucía, ubicado en 1895—. Y cuando en contra de la voluntad de Cecilia, que quería retenerlo, decide ejecutar al traidor, esperábamos que el personaje femenino con su pelo desmadejado y el traje suelto corriera a la puerta de la Catedral y, en lugar de la inútil advertencia villaverdiana: «¡José! ¡José Dolores! ¡A ella, a él no!», escapara de sus labios un enardecido grito de: «¡Viva Cuba libre!».

Luciano Castillo

(Continuará)

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