La estrella de Cuba (III)
—La formación del concepto de Patria en José María Heredia—
En 1821, Heredia escribe y publica la oda “El dos de mayo”, la cual consta de una introducción de veintidós endecasílabos blancos y una canción fúnebre compuesta por seis octavas italianas. El texto, escrito con más fervor y apresuramiento que cuidado, viene a reiterar los mismos tópicos que había empleado en “España libre” e, incluso, en “Himno patriótico al restablecimiento de la Constitución”. Está marcado, esta vez, por otro modelo notorio: la oda “El dos de mayo”, escrita por Juan Nicasio Gallego en 1808. Si, en sus complicadas silvas, el poeta zamorano dice:
Ya el duro peto y el arnés brillante
visten los fuertes hijos de Pelayo
Fuego arrojó su ruginoso acero:
“¡Venganza y guerra!”, repitió en su tumba;
“¡Venganza y guerra!”, repitió Moncayo;
y, al grito heroico que en los aires zumba,
“¡Venganza y guerra!”, claman Turia y Duero.
Guadalquivir guerrero
Alza al bélico son la regia frente,
y del Patrón valiente
blandiendo altivo la nudosa lanza,
corre gritando al mar: “¡Guerra y venganza!”
El poeta cubano retoma, del otro lado del mar, el eco:
¡Cual corrió vuestra sangre vertida!
¡Cuál Iberia se alzara furiosa,
Y a la muerte, a la liza gloriosa
A sus hijos hiciera correr!
“Libertad”, vuelve el eco en Pirene;
“Libertad”, el Océano retumba,
Y se sume en la cóncava tumba
La falange opresora cruel.
Los poemas divergen en su factura: el de Gallego, lleno de plasticidad y movimiento, es un alegato contra la barbarie napoleónica que parece derivado de los sombríos lienzos que por aquellos días de la sublevación pintara Goya; el de Heredia, que poco tiene de “canción fúnebre”, es una especie de himno o llamada marcial en que convoca a imitar a los héroes. Ambos, sin embargo, coinciden en el propósito último: el patriota hispano, quien llegó a sufrir prisión por sus ideas liberales, reclama para los mártires “solemne y noble monumento” donde se jure “rencor de muerte” al déspota; el joven cubano reclama que, ante el templo de la gloria, se procure imitar a los héroes en: “Libertad, noble amor a la patria, / Odio eterno a la audaz tiranía”. Sólo que el tirano no es el mismo: en 1808, Gallego clama contra el Corso, invasor de su tierra, encarnado en la figura de Murat y los mamelucos a quienes la muchedumbre ataca en las calles; trece años después, Heredia no necesita clamar contra un Napoleón que en ese mismo año muere en Santa Elena —ya completamente fuera del panorama político—, sino que está traduciendo los subterráneos anhelos de libertad que encuentra en la Isla y ve como tiránico a un gobierno colonial que, bajo el lenguaje liberal, frustra las más fecundas iniciativas de los criollos.
Heredia, el poeta, se ha adelantado a los políticos. Decepcionado de una legalidad que no garantiza la justicia, reclama su restablecimiento por la insurrección. Incapaz de seguir una política de componendas y pequeñas ganancias, acude a la opción de la independencia. No tiene un programa, sólo el ímpetu. La dicotomía esclavitud-tiranía llega a embargarle por entonces. Allí comienza a forjarse su destino trágico, el escritor, quizá sin saberlo, se ha hecho portavoz de ansias —por entonces, más o menos confusas— de un sector de las clases medias criollas que ve una pesada carga en la estructura colonial, de la cual nada espera, y en secreto admira a los caudillos independentistas del Continente. Pero no se conforma con ser simple vocero; quiere entrar en la acción y, en ella, su inmadurez, su apresuramiento y, sobre todo, su incapacidad para pensar más allá de lo utópico, van a perderle.
Ahí está la verdadera raíz de su distanciamiento con Domingo del Monte, Saco y otras figuras prominentes que vieron en él un instrumento útil para sus proyectos de estadistas en ciernes, con su obsesión de crear un Estado dentro de otro, una república ilustrada dentro de la Colonia, pero sin sacrificar ningún interés personal: aprecian su talento, lo utilizan en la célebre polémica La Sagra-Saco, para tener de su parte una voz notable, legitimada por autoridades de las letras en la Península. Ya en el exilio, es un símbolo a distancia, que no debe ni concretarse ni contradecirse. Quieren la imagen del escritor, pero no están dispuestos a comprender al individuo y, mucho menos, a comprometerse por él. Al final de su vida, le echan en cara sus fallas; ya no les sirve y es preciso desaparecerle rápido.
La verdadera grandeza de Heredia fue su incapacidad para comprender y atarse a los intereses de los espíritus pequeños. Si su poesía acompañó las ansias de independencia de Cuba a lo largo del siglo XIX, es porque sus invocaciones a la libertad tienen, ante todo, un valor axiológico imposible de enajenar en una bandería ocasional; su concepto de Patria, no reducible a una ideología particular, está siempre junto a las aspiraciones más altas de la Isla.
José María Heredia y Félix Varela, tan diferentes en temperamentos y métodos, están unidos, sin embargo, en una misma condición trágica. Vinculados a un “patriciado” que gusta de los moldes clásicos pero que en situaciones críticas se comporta como los más pragmáticos mercaderes, ambos serán arrojados al margen. Sus voces radicales, alimentadas por talentos y sistemas de valores que no están lastrados por una fortuna personal, quedan solitarias porque no hay una clase que quiera asumirlas. Al no poder valerse de coyunturas, se hacen intemporales y, más aún, eternas. Su auténtica condición de patricios de la cultura nada tiene ver con el patriciado esclavista. Son una anticipación, poderosa y trágica, de la Patria martiana, cuando nada parecía anunciarla.
La insurrección de los patriotas griegos contra los ocupantes turcos, en 1820, recibió el apoyo de numerosos intelectuales europeos. Más que a las circunstancias presentes, miraban a la nación ocupada como cuna de la civilización Occidental, y veían, en el enfrentamiento, la defensa de un legado histórico frente a un torpe poderío militar; eso explica el entusiasmo de Lord Byron y el de muchos voluntarios que decidieron alistarse en las filas griegas o contribuir con importantes donaciones a la causa. La indiferencia de las potencias europeas, especialmente Inglaterra, no hizo más que reforzar estas actitudes y promover fuertes movimientos de protesta en el seno de esas naciones.
Al año siguiente de la rebelión, Heredia escribió la oda “A la insurrección de la Grecia en 1820”. En ella, como es esperable, invoca “el pasado esplendor”, deplora la actual ruina de “la patria de las ciencias y las artes” y llama a secundar el levantamiento contra el “musulmán fanático”, pero tras ello está, sobre todo, el ansia de una rebelión universal contra toda ocupación extranjera. Por primera vez hace, de manera explícita, una alusión a Cuba, a la cual contempla, unida a América y al Orbe todo, prepararse para la libertad. El texto, publicado en El Revisor Político y Literario de La Habana en agosto de 1823, cuando el poeta está ya vinculado a una conspiración separatista, tiene todo el sentido de un programa. En una especie de juvenil alarde, el autor exagera sus dolencias: señala que vive “del sepulcro en el borde suspendido”, pero esto le permite el recurso de formular unos votos por la Libertad que son también una profecía:
Dirijo al Cielo mis postreros votos
Por la alma Libertad: miro a mi patria,
A la risueña Cuba, que la frente
Eleva al mar de palmas coronada,
Por los mares de América tendiendo
Su gloria y su poder: miro a la Grecia
Lanzar a sus tiranos indignada,
Y a la alma Libertad servir de templo,
Y al Orbe escucho que gozoso aplaude
Victoria tal y tan glorioso ejemplo.
Grecia, templo de la Libertad, Cuba libre y cubierta de gloria en la América: es la primera vez que un cubano sueña con la independencia de manera tan universal. Heredia ha encarnado su concepto de Patria en su tierra natal, aunque sin perder de vista una ligazón más amplia: el legado histórico, que debe servir de lenguaje común y nexo de la Cuba naciente en el concierto de las naciones. La visión parece todo un programa: Cuba independiente, restituida a su condición de nación americana, émula de Grecia en libertad y cultura. La Isla, en fin, como “Grecia nuestra”, anticipación del empeño martiano. No solo percibimos por primera vez la explícita alusión a la Isla como patria, diferenciada ya de la patria española, sino la implícita aceptación de la América independiente, desgajada de la metrópoli, en un momento en que no han concluido las campañas bolivarianas.
