Carta de Rilke a César López
Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; opino, por las investigaciones que realicé, que eran solo diez cuartillas, como muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.
Roma, 1904.
Estimado César López:
Acabo de escribirle a Kappus, quien siempre me envía sus interesantes textos, y ahora le agradezco a usted por su poemario Paisaje, panorama,* que me remite en dos ediciones: una, con ilustración de cubierta de Manuel Alistoy, y otra, con dibujo de Alonso Fleitas, ambas del 2007 y de la propia casa editora. Me resulta un divertimento mayor cada tiempo en estas páginas que muestran, más allá de su capacidad para trenzar y tensar una historia, un dominio exquisito de la cultura y, en particular, del idioma.
La ciudad vuelve a ser escenario y, por qué no, actor. En ocasiones tendremos que ver ese espacio, también, como ente vivo, resucitado quizás, o redescubierto, algo que sólo he logrado visualizar en la poesía, pero en muy pocos creadores, fundamentalmente cuando la ciudad sirve para trizar los hechos más comunes. De allí que este poemario nos ratifique la urbe a partir de paisajes que van interactuando, que pudieran, incluso, contradecirse o esquivar el paso del tiempo; pero la atmósfera que asumen es, definitivamente, un panorama mayor que se justifica y nos seduce. La magia de su universo está en reencontrar la historia, allí donde el poeta es capaz de dialogar con Martí, escuchar y compartir una partitura de Sebastián Bach en las extrañas iluminaciones del verso o mostrarnos a un Lezama siempre presente en su memoria. Crónica esta que nos atrapa desde el principio, con el texto “Comentarios a un libro terminado” a manera de introducción o preludio.
La rara forma de asumir la ilación de este drama nos recuerda el Libro de la ciudad, donde la nostalgia sigue siendo una calle:
Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos.
Nadie puede borrar lo escrito y lo vivido,
sólo olvidar, dejar a un lado
aquello que no está o no interesa
Filosofía que nos recuerda el pensamiento de Lezama en tiempo de Orígenes, donde la ciudad es también un ente poético, un sigiloso paso. Así lo precisó Efraín Rodríguez Santana en el prólogo del Libro de la ciudad. Allí acota:
Traigamos ahora a modo de posible articulación creativa las consideraciones fundamentales que hace Lezama de la ciudad y de la isla. Él nos dice: “Nuestra isla comienzo su historia dentro de la poesía”. En tanto César López llama la atención de que el sitio que él vislumbra se salvará por su pasado inaugural y por sus hombres en el recorrido de trágica superación.
Pero esta ciudad es otra, la suya: la de César. Las casas de Cesar, el cielo y la fe, que hacen de este un gobelino paisaje. Una criatura que nos muestra la memoria de alguien que quiere salvar el pasado, entre las melladuras de un tiempo inerte; de allí la necesidad de acotar ciertas fechas. En su poemario, percibo incluso una fina ironía donde el tiempo se enseñorea hasta llegar a nuestros huesos; el mar no está ajeno a la ciudad.
Y cuando logra contemplarlo exclama titubeando:
En fin, el mar…
Marianne Moore dice que la poesía presenta “jardines imaginarios que contienen sapos reales”. El propio Borges nos dejó claro que la literatura nunca podrá captar la realidad tal y como es, sino en una aproximación que nunca será exacta. Por eso constituye un gran reto asumir, como usted lo hace, estos paisajes; pero supera esta realidad, algo que siempre he dicho a Kappus en mis lecciones. Me seduce y es suficiente para imaginar el panorama. Ya lo decía usted: “La construcción de las ciudades tiene mañas ocultas y exigencias”. Loable razón para adentrarnos en sus calles, a ese cielo inequívoco de isla, contemplando el mar desde su ventana o pensando que los amigos que pasan seguirán estando en la memoria, que no se han ido, que apenas queda mucho por hacer.
Suyo,
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Nota:
* Letras Cubanas, La Habana, 2007.
