«La frontera de asfalto»: cuento de José Luandino Vieira
«La frontera de asfalto» es un cuento de José Luandino Vieira, pseudónimo literario de José Vieira Mateus da Graça, reconocido escritor angolano, portugués de nacimiento, que pasó su juventud en Luanda. Durante la Guerra Colonial combatió en las filas del MPLA. Fue detenido por primera vez en 1959 y condenado a catorce años de prisión, en 1961.
En 2006 le fue atribuido el Premio Camões, el mayor galardón literario en idioma portugués. Ha sido galardonado además con el Gran Premio de novelística «Camilo Castillo Blanco», de la Sociedad Portuguesa de Escritores (1965); Premio Sociedad Cultural de Angola (1961), Casa de los Estudiantes
del Imperio-Lisboa (1963); Premio Mota Veiga (1963); Asociación de Naturales de Angola (1963).
Entre sus publicaciones podemos citar los libros de cuentos: La ciudad y la infancia, 1957; 1986; Dos historias de pequeños burgueses, 1961; Luanda, 1963; 2004; Vidas nuevas, 1968; 1997; Viejas historias, 1974; 2da ed. 2006; entre muchos otros. Además de las novelas La vida verdadera de Domingos Xavier, 1961; 2da ed. 2003, y João Vêncio. Sus amores, 1979; 2004; entre otras.
Importantes críticos y estudiosos han emitido excelentes valoraciones sobre su literatura, entre las que podemos reseñar:
«Su obra, importantísima, fue precursora de la literatura angolana y tiene raíces en la tierra y en la cultura del país». José Saramago.
«Luandino Vieira es también un hito revolucionario por el movimiento que creó en Portugal a favor de la libertad de expresión». Lidia Jorge.
«Luandino Vieira es un nombre tan grande de la literatura en idioma portugués que su distinción ya hace muchos años era esperada. […] Su obra tiene un enorme valor, y este premio es un reconocimiento a la dinámica de las literaturas africanas y al vigor del Idioma Portugués en África». José Eduardo Agualusa.
«… autor con el que hay que contar en la literatura en idioma portugués y que fue en determinado momento un símbolo de rebelión». Eduardo Lourenço.
«Luandino Vieira dedicó toda su vida al pueblo angolano, expresando, a través de sus escritos, el sufrimiento y las alegrías del pueblo». Arlindo Isabel, director de la Editorial Nzila.
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La frontera de asfalto1
La muchacha de trenzas rubias lo miró, sonrió y le extendió la mano.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo —le dijo él.
Los dos rieron y continuaron caminando, pisando las flores violetas que caían de los árboles.
—Nieve color violeta —dijo él.
—Pero tú nunca has visto la nieve…
—No, pero me parece que cae así…
—Es blanca, muy blanca…
—¡Como tú!
Y tímidamente asomó una sonrisa triste en sus labios.
—¡Ricardo! También hay nieve gris… gris oscura.
—Recuerda nuestro acuerdo. No hablar…
—Sí, no hablar más de tu color. Pero fuiste tú quien habló primero.
Al llegar al final del paseo ambos dieron media vuelta y regresaron por el mismo camino. La joven tenía trenzas rubias y lazos rojos.
—Marina, ¿recuerdas nuestra infancia? —y se volteó inesperadamente hacia ella.
La miró a los ojos. La muchacha bajó la mirada hacia la punta de los zapatos negros y dijo:
—¿Aquella en que tú hacías carros con ruedas de patines y me empujabas por todo el barrio? Sí, la recuerdo.
Y de repente hizo la pregunta que lo oprimía hacía meses.
—¿Y tú crees que está todo como entonces? ¿Como cuando jugábamos a la gallinita ciega o a las escondidas? ¿Cuando yo era tu amigo Ricardo, un negrito muy limpio y educado según tu mamá? Crees…
Y con sus propias palabras se iba excitando. Le brillaban los ojos y la mente se le quedaba vacía porque todo lo que había acumulado le salía en un torrente de palabras.
—… que yo puedo continuar siendo tu amigo…
—¡Ricardo!
—¿Que mi presencia en tu casa… en el jardín de tu casa, ¡pocas veces dentro de ella!, no arruinará los planes de tu familia respecto a tus relaciones…?
Estaba siendo cruel. Los ojos azules de Marina no le decían nada. Pero estaba siendo cruel. El sonido de su propia voz le hizo comprenderlo.
Enmudeció repentinamente.
—Discúlpame —dijo por fin.
Volvió los ojos para su mundo. Del otro lado de la calle asfaltada no había paseo. Ni árboles de flores violetas. La tierra era roja. Henequenes. Casas de barro y madera a la sombra de las mulembas2 . Las calles de arena eran sinuosas. Una tenue nube de polvo que el viento levantaba lo cubría todo. Su casa quedaba al fondo. Podía verla desde el lugar donde se encontraba. Amarilla. Dos puertas, tres ventanas. Un cercado de tablas y arcos de barril.
—Ricardo —dice la muchacha de las trenzas rubias— ¿tú me has dicho todo eso para qué? ¿Alguna vez te dije que no soy tu amiga? ¿Alguna vez te abandoné? Ni los comentarios de mis colegas, ni los velados consejos de los profesores, ni la familia que se ha colocado en mi contra…
—Está bien, disculpa. Pero, ¿sabes? Esto está dentro de nosotros. Tiene que salir en cualquier momento.
Y recuerda el tiempo en que no había preguntas, respuestas, explicaciones. Cuando aún no existía la frontera de asfalto.
—Buenos tiempos —se escuchó decir—. Mi madre era tu lavandera. Y yo era el hijo de la lavandera. Le servía de payaso a la niña Nina. La niña. Nina de los caracoles rubios. ¿No era así como te llamaban? —gritó.
Marina corrió hacia su casa. Él quedó con los ojos llenos de lágrimas, las manos fuertemente cerradas y las flores violetas cayendo sobre sus cabellos rizados y negros.
Después, con pasos decididos atravesó la calle, pisando con furia la arena roja y desapareció en el enmarañado de su mundo. Detrás quedaba la ilusión.
Marina lo vio alejarse. Amigos desde pequeños. Él era el hijo de la lavandera que distraía a la pequeña Nina. Después la escuela. Ambos en la misma escuela, en la misma clase. La gran amistad naciendo.
Se refugió en su cuarto. Tropezó con la puerta. A su alrededor el aspecto luminoso, sonriente, el aire feliz, el calor suave de las paredes rosadas. Y allá estaba, sobre la mesa de estudio «Marina y Ricardo, amigos para siempre». Los pedazos de fotos volaron y se esparcieron sobre el suelo. Se arrojó encima de la cama y permaneció mirando para el techo. Todavía era la misma lámpara. Diseños de Walt Disney. Los dibujos se iban diluyendo en los ojos llenos de lágrimas. Y todo desapareció. Ricardo jugaba con ella. Ella corría feliz, el vestido por los tobillos y los caracoles rubios brillaban. Ricardo tenía los ojos grandes. Y, de repente, comenzó a pensar en el mundo más allá de la calle asfaltada. Y volvió a ver las casas de barro en las que vivían familias numerosas. En un cuarto como el de ella dormían los cuatro hermanos de Ricardo… ¿por qué? ¿Por qué ella no podía continuar siendo amiga de él como lo había sido cuando era una niña? ¿Por qué ahora era diferente?
—Marina, necesito hablar contigo.
La madre había entrado y acariciaba los cabellos rubios de la hija.
—Marina, ya no eres una niña que no pueda comprender que tu amistad con ese… amigo tuyo, Ricardo, no puede continuar. Eso era muy bonito de niños. Pero, ahora… un negro es un negro. Todas mis amigas hablan de mi negligencia en tu educación. Que te dejé… ¡Tú sabes que no es por mí!
—Está bien, yo hago lo que tú quieras. Pero, ahora déjame sola.
El corazón vacío. Ricardo no era más que un lejano recuerdo. Un recuerdo ligado a unos pedazos de fotografías que volaban por el pavimento.
—Dejas de ir con él al liceo, de venir con él del liceo, de estudiar con él…
—Está bien, mamá.
Y volvió la cabeza hacia la ventana. A lo lejos se divisaba la mancha oscura de las casas de zinc y de las mulembas. Eso le trajo nuevamente a Ricardo. Se viró súbitamente para la madre. Los ojos brillantes, los labios arrogantemente apretados.
—Está bien, está bien, ¿me oyes? —gritó ella.
Después, hundiendo la cara en la sábana, lloró.
Era una noche de luna llena, debajo de la mulemba Ricardo recordaba. Los juegos a los escondidos y a la gallinita ciega. Los carros de patines. Y sintió la imperiosa necesidad de hablar con ella. Se había acostumbrado demasiado a ella. Todos aquellos años de camaradería y de estudio en común.
Tuvo la idea de atravesar la frontera. Los zapatos de goma resonaban en el asfalto. La luna daba un color crudo a todas las cosas. Luz en la ventana. Saltó el pequeño muro. Hojas secas crujieron debajo de sus pies. Toni gruñó en la casona. Avanzó despacio hasta el balcón y subió el friso y tocó con cuidado.
—¿Quién es? —la voz de Marina llegaba desde dentro, íntima y asustada.
—¡Ricardo!
—¿Ricardo? ¿Qué quieres?
—Hablar contigo. Quiero que me expliques lo que pasa.
—No puedo. Estoy estudiando. Vete. Mañana en la parada del ómnibus. Iré más temprano…
—No. Tiene que ser hoy. Necesito saberlo todo ya.
De dentro llegó la respuesta muda de Mariana. La luz se apagó. Se escuchaba su llanto en la oscuridad. Ricardo se volvió lentamente. Pasó sus manos nerviosas por los cabellos. Y súbitamente el haz de luz de la linterna de la policía vestida de caqui le golpeó en el rostro.
—¡Alto ahí! ¿Qué estás haciendo?
Ricardo sintió miedo. El miedo del negro a la policía. De un salto alcanzó el jardín. Las hojas secas cedieron y él resbaló. Toni ladró.
—¡Alto ahí, negro! ¡Párate! ¡Párate, negro!
Ricardo se levantó y corrió hacia el muro. El policía corrió también.
Ricardo saltó.
—¡Párate, párate, negro!
Ricardo no se detuvo. Saltó el muro. Sonó en la acera con una violencia amortiguada por los zapatos de goma. Pero le resbalaron los pies cuando efectuaba el salto para atravesar la calle. Cayó y se golpeó la cabeza al chocar pesadamente con la esquina de la acera.
Se encendieron luces en todas las ventanas. Toni ladraba. En la noche permaneció el grito dorado de la muchacha de las trenzas.
Había una luna llena de color azul acero. La luna cruel se mostraba bien.
De pie el policía vestido de caqui con la luz de la linterna ponía al desnudo el cuerpo caído. Ricardo, tendido del lado de acá de la frontera, sobre las flores violetas de los árboles de la calzada.
Al fondo, los árboles de marañón, curvados sobre las casas de barro, extienden su sombra retorcida en su dirección.
Cuento de «La ciudad y la infancia», 1957; 1986
Notas:
[1] En las ciudades, el ambiente urbano, en oposición a lo rural, o lo suburbano, o al lado de las favelas.
[2] Árbol de elevado porte y copa voluminosa y muy ramificada, considerado el árbol de la realeza angolana, pues a su sombra se reunían los jefes de las tribus.
