«La cena» de Manuel Díaz Martínez
Dedicado a Rafael Alcides, «La cena» sigue siendo hoy uno de los mejores logros de la corriente coloquialista de la poesía cubana, y mejor decir de la Generación de los Años Cincuenta. Manuel Díaz Martínez (1936) ha demostrado con su obra, que no solo el poema, sino él mismo como poeta, se encuentran en posición destacada en su generación. Se fue de Cuba en los comienzos mismos del llamado «período especial», vio morir a su amada mujer en el exilio, y se convirtió en un combatiente de dura palabra de artículo frecuente contra el Estado cubano, desde su residencia española. Me dijo alguna vez que nunca más volvería. Conversábamos en Las Palmas de Gran Canaria, y ya se había aclimatado a su nueva tierra elegida. No volvería más, aunque aun hoy mismo es un hombre de más de setenta y cinco años, que ha dejado una estela de buenos poemas y buenos libros a la nación. ¿De quién es luego la poesía? La poesía es universal, es cubana y es del mundo, Pessoa o Guillén son portugués y cubano, pero sus obras trascienden fronteras. Quiéralo o no Díaz Martínez, su poesía es patrimonio de la nación que lo vio nacer, aunque él mismo apelara en su obra a una universalidad que de hecho se gana toda poesía legítima y valedera.
«La cena» está en aquella sintonía de «La familia» de Rolando Escardó, o de «La familia se retrata», el más célebre de los cuadros de Arístides Fernández. «La cena» es también una fotografía familiar, pero con vida, como un pequeño filme en el que se habla más de la muerte que de la alimentación: «Mi abuelo se sentó a la mesa con un muerto al lado». Va pareciendo a lo largo del poema que hay un convite de difuntos, no al modo del teatral «convidado de piedra», sino de un dramático esoterismo imaginativo. Se trata al menos de un difunto al que hay que nombrar, alguien de la familia que está y no está ya. El niño inquisitivo, protagonista del poema, de pronto pregunta: «¿Es necesario que los muertos tengan nombre?» Y el poema se nos convierte en un pequeño relato, de síntesis abrumadora. Su lirismo no deja de tener un tono conversacional que ni lo transforma del todo en un «texto narrativo». El poema se va desplazando sutilmente. El asunto no es comer, sino dejar un espacio en la cena para que participen los difuntos, familiares o amigos, no se determina, difuntos que tienen derecho a compartir con la familia, y que ella los acoge, porque de alguna manera toda ella está muerta, vive en el poema, y todos son partes del muerto que se ha sentado al lado del abuelo:
Mi abuelo se sentó a la mesa con un muerto al lado.
No levanté los ojos de la sopa:
sabía que él también estaba muerto.
Mi madre tampoco levantó los ojos
a pesar de estar tan muerta como él.
Pero el muerto más muerto era Jacinto el ciego,
que no tenía ojos para ver la sopa.
Y peor aún era el caso de Donata,
que no tenía sopa para meter los ojos.
Mi abuelo se levantó, entonces, de la mesa
Y nos dejó solos con su muerto […]
Más que un retrato de sobrevivientes, a través de la mirada del niño se filtra el «misterio» de la cotidianeidad, de lo vivo fluyendo, junto a las reminiscencias de un ayer que no son de él, pero que hereda. Es una suerte de «misa» o celebración ritual un poco a modo de la eucaristía, sin simularla. En ella, el niño tiene de nuevo que preguntar: «¿Todo se hace en el nombre de los muertos?» Ante la duda al parecer impertinente, alguien, ¿la madre?, le dice rudamente: «Manuel, ¡cállate y come!» ¿No debe saber más, o todo está en el propio mundo de la fantasía infantil?
El poema es una ensoñación más que una escena realista. Por supuesto, no hay ojos para ver a los fantasmas que parecen convivir con nosotros, son la irrealidad actuando sobre la realidad. Estos muertos que viven apegados a la cena, aparentan no tener nombres, no se sabe si es necesario que los tengan: «Le puse el nombre de mi abuelo / Mi madre protestó y le puso el nombre de mi padre. / Mi padre protestó y le puso el nombre de su hermano. / A Donata y a Jacinto se los tuvo en cuenta / cuando llamaron al muerto con mi nombre». Más adelante, ante la primera pregunta del niño, el padre responde: «--Conviene darles un carnoso nombre […] Si no tuvieran nombres, ¿cómo poder llamarlos / y cómo poder, si queremos, despedirlos?» Va más allá de la idea de «nombrar las cosas», de Eliseo Diego, sino de darle participación a la imaginación, a los fantasmas, y ponerles nombre.
Pero, además, le da derecho a participar en la vida, en la cena familiar; la madre dice: «Es muy justo sentarlos a la mesa», porque el niño inquisitivo y no bien temeroso insiste: «¿Hay que sentar a los muertos a la mesa?» La familia tradicional, que pone flores y a veces alimentos ante los retratos de sus fallecidos, halla normal que «Ellos también han de poner sus huesos en la mesa». Hay una suerte de estampa mexicana, de Día de todos los Santos, en que el culto hacia el difunto aparece en osamentas incluso móviles, que es a la vez una manera de rendir respeto y culto, y cierta burla con temor, a la muerte. Manuel [Díaz Martínez] no tiene que preguntar tanto: acepta la realidad, «¡cállate y come!», el mundo es como es, ¿por qué vienes tú a dudar de sus fundamentos? La muerte está sentada constantemente a la mesa junto a la vida, y a veces se confunden. Esa no será la conclusión, luego, del poeta adulto, cuando en su excelente «Como todo hombre normal», exclama: «Creo que el mundo puede y debe ser cambiado / piedra a piedra y hombre a hombre, / y con esa fe me acuesto y me levanto». Poema entrañable, dedicado a su esposa Ofelia, fallecida a poco tiempo de ambos acogerse al exilio español, otra será la sensación nueva de este poeta de corazón elegíaco al perder a la esposa… Lo cual nos aleja del poema en cuestión, de «La cena», que de todos modos tiene estas connotaciones dentro y a lo largo de la obra en verso de Díaz Martínez.
«La cena», un poema de la década de 1960, sigue viva en su fermentación de la vida por la presencia de la muerte. Los muertos nos acompañan siempre. «La cena» comparte con Rolando Escardó el deseo de retratar, fijar, crear un momento en que la familia pintada o retratada permanece estática, ya para siempre, como una institución inamovible. Pero «La cena» no conserva esa rigidez de retrato, sino el movimiento sutil del servicio de los alimentos, pasar la sopa, comer el pan, compartir de alguna manera con los que ya no están… En todo caso, Díaz Martínez lo hace a manera de documental, enfoca la cámara, toma un segmento temporal y da fe, escribe (filma) el testimonio de la existencia familiar en un tiempo que no se define, que no importa el año, el mes, el día, y solo quizás la hora: la de la cena. Solo por la hora de cenar, nos damos cuenta de que el poema es en el fondo un «nocturno», de larga tradición en la poesía cubana. Y es sobre todo una suerte de elegía, un mundo propio de recuerdos fundidos entre lo vivo y lo muerto, entre seres que de una manera u otra se amaron y armaron por un tiempo la institución familiar… Ellos tienen derecho de participar en la cena, tienen bocas, hambre, «y manos y, por tanto, ganas». Estén vivos o muertos: «Jacinto el ciego le sirvió más jugo al muerto / y mi madre le arrimó toda la sopa / mientras Donata, solícita, decía / ¡Buen apetito!, en italiano».
¿Un poema sobre lo ancestral? ¿Una sutil elegía que indetermina la «pérdida», porque no la hay: la muerte participa en la cena con la vida? ¿Un poema sobre la fantasía tanática de un niño? -Virgilio, ¡cállate y lee! «La cena» está puesta.
