La cubanía es madre, Excilia Saldaña


En el salón de reuniones, de la biblioteca Rubén Martínez Villena, se celebró el coloquio “El imaginario afro-cubano en la obra de Excilia Saldaña”, presidido por Mario Ernesto Romero Saldaña.
Enrique Pérez Díaz y Estaban Llorach, integrantes del panel, esbozaron aspectos de su vida y facetas donde la intelectual ponía a relieve su opinión sobre la cultura y la cubanidad.
La escritora de La noche no solo recreaba sus raíces africanas, sino también las asiáticas. En su disertación Llorach cuenta que a veces en las mañanas, ella se paraba frente al espejo y decía: “Hoy me veo más china”. Alegre, jocosa y ocurrente creía que la palabra escrita tenía una fuerza mística que podía cambiar el rumbo de los astros.
Sus trabajos tienen la influencia de varios escritores, quienes además de ser sus preferidos fueron sus amigos, como Dora Alonso, Nicolás Guillén y Renée Méndez Capote, esta última, precisamente, cumpliría años ese día. Con ellos sostuvo una competencia amistosa que la llevaría a desarrollar su estilo de escribir y llegar a lo que añoraba, ser imperecedera.
El público integrado, generalmente, por familiares, amigos y conocidos de la autora tomó el estrado para contar pequeñas anécdotas protagonizadas por Saldaña. Así conocimos que cuentos suyos como “Los tres suspirantes”“y “La lechuza y el sijú”, fueron adaptados al teatro.
Aidé Arteaga comentó que, sin la presencia de la Saldaña le era imposible hacer alguna actividad, pues la consideraba como “un talismán” que le daba el visto bueno. “Hablar de Excilia es hablar de alguien que todavía sigue viviendo—dijo.
En la actividad se dio lectura a un ovillejo escrito por una niña de un taller literario. Esta combinación métrica, compuesta por tres versos octosílabos, seguidos de un pie quebrado cada uno, y de una redondilla, cuyo último verso está formado por los tres pies quebrados, era una de las más usadas por la escritora.
Se recordó la carta enviada a Excilia por un médico que cumplía misión en África, en la que le expresaba su agradecimiento, ya que su obra lo había ayudado a vivir en la lejanía. Esta epístola fue respondida por su hijo y la hija de Arteaga, pues ya ella no se encontraba materialmente entre nosotros.
Por último, el nieto de la intelectual recitó un poema dedicado a su abuela.
