La estrella de Cuba (IV)
—La formación del concepto de Patria en José María Heredia—
No resulta extraño que José María Heredia se vinculara, en 1822, a la labor conspirativa, a través de los Caballeros Racionales de Matanzas, con la Logia Soles y Rayos de Bolívar, fundada por el agente colombiano José Francisco Lemus, con el apoyo de Miralla, Tanco, Teurbe Tolón, Hernández y otras figuras de la Isla. Es evidente que creyó que así podrían traducirse sus visiones, quizá porque no estuvo en el núcleo central de una conspiración que, en primera instancia, respondía a la necesidad de Colombia de crear agitación en la Isla para dificultar el envío de tropas españolas desde allí al Continente y, en segundo término, procuraba frustrar cualquier intento británico de apoderarse del país. Los planes de Lemus y sus seguidores, a diferencia de los Heredia, no excluían la anexión a Estados Unidos, toda vez que el presidente Monroe, después de reunirse con el Dr. Juan J. Hernández —implicado en la Conspiración—, llegó a formular una política hacia la Isla, que la secretaria de Estado comunicó al ministro en Madrid el 28 de abril de 1823: Estados Unidos no permitiría el traspaso de Cuba a ninguna otra potencia y se reservaba el derecho de intervenir en ese caso, para “asistir a los cubanos”.
Los hacendados criollos fueron francamente hostiles a la conspiración; la élite intelectual, también con la excepción de Heredia, vio con desprecio a esa logia formada por gente modesta y, en su mayoría, escasamente ilustrada. Los juicios sobre ella de José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco y Domingo del Monte fueron demoledores, tanto como las quejas de Arango y los sacarócratas, quienes se pusieron incondicionalmente del lado del general Vives. Es explicable, pues, que con estado de opinión tan favorable para las autoridades, la represión no fuera cruenta: salvo algunos, como Hernández, fallecidos misteriosamente durante la instrucción del proceso, las figuras más relevantes fueron deportadas a España; al resto de los conspiradores se les impusieron simples multas.
Si, en nuestra historia, Soles y Rayos de Bolívar tiene un halo mítico, se debe sobre todo al verbo de Heredia, quien vio en esta conspiración, no el producto mal madurado de una agitación coyuntural, manejada por agentes extranjeros, sino lo que su aliento poético le dictaba: el levantarse de la Isla, para ir en pos de la América Libre. Desligado de los móviles verdaderos, descubrió sólo el más visible: la separación de España, y lo hizo coincidir con sus aspiraciones. En esta ocasión, la utopía poética era más valiosa para la historia de la nación que el estrecho realismo de las diversas facciones políticas.
Una vez descubierta la conspiración, el joven abogado, en octubre de 1823, antes de escapar hacia Estados Unidos huyendo del auto de prisión contra su persona, escribe el primero de una serie de poemas donde abiertamente reclama la independencia del país. “La estrella de Cuba” es un texto curioso, que mezcla el pesimismo por el fracaso de la conjura, con una especie de marcial arrebato; esas seis octavas italianas parecen reclamar el ser cantadas como un himno, acompañadas por redoblantes y clarines. Horror, angustia, desesperación, marcan el texto; pero lo más notable es el afán de ficcionalizar o, al menos, hiperbolizar los hechos. Así, en la segunda estrofa, la ambigua conspiración masónica es convertida en un gran movimiento popular que fracasa a causa de la magnanimidad de sus dirigentes, incapaces de derramar sangre:
Al sonar nuestra voz elocuente
Todo el pueblo en furor se abrasaba,
Y la estrella de Cuba se alzaba
Más ardiente y serena que el sol.
De traidores y viles tiranos
Respetamos clementes la vida,
Cuando un poco de sangre vertida
Libertad nos brindaba y honor.
La fragilidad de este movimiento mitificado hace que el propio escritor desespere de sí y llegue a condenar moralmente al mismo pueblo que, según él, los había secundado y, más aún, pretenda morir para no batallar con el destino:
Hoy el pueblo, de vértigo herido,
Nos entrega al tirano insolente,
Y cobarde y estólidamente
No ha querido la espada sacar.
¡Todo yace disuelto, perdido…!
Pues de Cuba y de mí desespero,
Contra el hado terrible, severo,
Noble tumba mi asilo será.
Sin duda, la desesperación dicta al poeta su primer texto plenamente romántico: la situación límite en que está atrapado le hace olvidar las normas clásicas, el lenguaje se ha desatado de sus coyundas y se ha hecho, si bien oratorio y enfático, sumamente directo. Su grito: “de Cuba y de mí desespero”, aunque hoy nos parece exagerado, es la auténtica expresión de un hombre que aspira a lo grandioso en los planos personal y cívico y se siente víctima de la bajeza de las circunstancias. Romántica es su batalla con el Hado —y anterior, en más de una década, a la obra paradigmática del romanticismo hispano: el “Don Álvaro o la fuerza del sino”, del Duque de Rivas—, y también lo es su necesidad de rubricar con la muerte la conspiración:
Si el cadalso me aguarda, en su altura
Mostrará mi sangrienta cabeza
Monumento de hispana fiereza,
Al secarse a los rayos del sol.
El suplicio al patriota no infama;
Y desde él mi postrero gemido
Lanzará del tirano al oído
Fiero voto de eterno rencor.
Se hace notorio en este pasaje el modo de confirmar algo que recorre todo el texto: el poeta, en su desatado yo, se ha convertido en héroe, principal conductor y cabeza indiscutible de la conspiración. Se contempla a sí mismo, solo, rodeado de un pueblo voluble que, por un instante, “en furor se abrasaba” al escuchar su verbo encendido y, poco después, “de vértigo herido”, lo entrega al tirano y se niega, cobarde, a combatir. El poeta se ha otorgado la talla heroica, ha trasmutado en despliegue grandioso lo que fue una pequeña conspiración secreta y ha convertido el suceso en un argumento de tragedia: a lo largo del poema, vemos la ascensión del héroe, su apoteosis popular, su clemencia al perdonar a los tiranos, su abandono por la multitud y su caída, que concluye con su destrucción física y el paso a la inmortalidad.
Lo que mueve el texto no es la contraposición de ideas políticas —ellas están, pero en segundo plano—, sino el conflicto entre el héroe-poeta y el tirano antagonista, que a partir de allí marcará toda la producción herediana. El escritor ve transcurrir la mayor parte de su existencia bajo la égida de Fernando VII, quien gobierna, con mínimas discontinuidades, entre 1808 y 1833. Como la mayoría de los españoles ilustrados, lo aclamará en el paréntesis constitucional de 1820 a 1823, y empleará la última década de su gobierno en escarnecerlo sin piedad, como culpable de absolutismo y traición. El rey se ha convertido en un enemigo personal, causante de las desdichas de su vida: destierro, separación familiar, fragmentación de su obra. El joven se ha otorgado un rol que supera sus fuerzas: el de vengador de su honra.
Formado en la lectura de las Vidas paralelas de Plutarco, así como en el disfrute de las tragedias griegas o del clasicismo francés, no es difícil para él verse como un Catón, un Cincinato, vestido con la toga de tribuno de Cicerón o con la capa de general del altivo Coriolano, mientras que es fácil ver en la felonía del rey a un legendario Atreo, cuando no al corrupto Tiberio.
Las circunstancias han ayudado a desbordar el yo del poeta, y el adolescente reflexivo que en 1820 ha visto desfilar a los pies de la pirámide mexicana los imperios del pasado, ahora es un conspirador que ha aderezado la escena con ropajes clásicos: la Patria se ha convertido en escenario de tragedia y el héroe —unas veces nostálgico e indeciso como Orestes, otras, furioso como Ayax— ocupa el espacio principal. Podría objetarse que estos procedimientos tienen algo de falsificación. Además de poeta, Heredia es un buen jurista y un notable orador, pero en su biografía se hace notable la carencia de dotes para la política práctica y, menos aún, para alguna empresa militar. Su existencia está lejos de ser la de un héroe cívico; aunque aprecie en alto grado el equilibrio y la razón, su vida está marcada por la más trágica irracionalidad.