Trazos identitarios en la música. Un viaje a los espacios musicales (II)
“Los espacios cargados de sentido,
se constituyen a partir de ser habitados, vividos.
Guardan las memorias, los afectos y las liturgias.
Se trata de espacios que han sido habitados y
contienen un grado pleno de significación”.
(Margulis, 1998).
En La Habana podemos apreciar públicos con gustos determinados, que se identifican en relación con el género escuchado y el lugar de disfrute. Se observa entonces cómo, a través de las diversas expresiones musicales, se da un proceso de construcción de diversos estatus manifestados en símbolos, valores y significados, otorgados según el gusto por la música y el lugar donde se consume.
Dichos espacios ayudan y contribuyen con la identificación y con la creación de un estilo de vida, acorde a las exigencias de los grupos a los que pertenecen, el lugar que frecuentan, estableciendo maneras de sociabilidad expresadas en el peinado, el lenguaje, los gestos, la forma de exponerse, el modo de caminar, el cómo dirigirse a los demás.
En estos espacios los actores estructuran su funcionamiento a partir de relaciones asimétricas de poder generadas por el acceso diferencial a los recursos y oportunidades que brindan estos contextos. El reconocimiento puede estar dado por la procedencia, el estatus, posibilidades económicas e información sobre el género disfrutado. Esto conlleva a que muchas de las personas que participan en estos escenarios se esfuercen por mejorar su posición dentro del medio y se incentiven a luchar por ganar en jerarquía y reconocimiento social, tanto para quienes ya lo conocen como para el nuevo grupo al que se integran. Saber quiénes son, por qué actúan de un modo u otro o pretender ser como los demás, son algunos presupuestos identitarios experimentados en muchos de los contextos y, en este en particular.
Cabría preguntarse ¿cómo se perciben estas personas en dichos espacios sociales? ¿De qué manera los actores sociales participan en dichos espacios? ¿Cómo consumen las prácticas que en estos se manifiestan? ¿Cómo visualizan la identidad construida en ellos? ¿Cuáles son los elementos que toman de referencia para reconocerse e integrarse a los grupos que se forman?
Las relaciones sociales establecidas en estos entornos propician la (des)construcción de la(s) identidad(es); las que a su vez permiten la constitución de grupos, que se organizan alrededor de un género específico. De este modo la identidad asumida ―de forma consciente o no― suscita cambios en la forma de relacionarse, de integrarse a determinados grupos y de comunicarse con los otros. Su construcción se halla ligada al conocimiento previo de nuestra alteridad para presentarse ante “el-otro o los otros”.
Por tanto, la identidad se construye en contacto con los demás, marcando su diferenciación respecto a los otros. El individuo, para conformar la suya, se concibe a sí mismo y requiere del resto; por lo que este proceso sólo cobra existencia y se verifica a través de la interacción; ya que es en el ámbito relacional, en el inter-reconocimiento, donde las distintas identidades personales que vienen delineadas por una determinada estructura social se consensuan.1
En los espacios musicales los individuos buscan visibilizar aspectos de su ser, que les permitan revelar elementos reales e importantes que no suelen decirse o expresarse con facilidad a los demás. La participación en estos escenarios además posibilita la negociación de las identidades individuales y grupales. Por tanto, no solo el sujeto es responsable de la identidad que asume, sino el propio vínculo que gesta en determinados escenarios, le permite intercambiar y relacionarse con otras personas o grupos ajustándose a sus normas y estilos de vida asumidos.
Los fenómenos socioculturales manifestados en estos ámbitos como sitios de comunicación y consumo son diversos. Ellos no son más que una vía social a través de la cual se identifican y distinguen simbólicamente los entes que participan de estos a partir de elementos socializadores puestos en práctica por los consumidores. Los vínculos establecidos en estos lugares se encuentran asociados a la realidad que vivencian las personas que los frecuentan, donde los factores socioeconómicos y culturales brindados por el medio permiten definir y apropiarse de procesos identificativos construidos mediante las redes sociales que se crean al interior de los espacios descritos.
Se suman a estas problemáticas el consumo y la participación sobre la base del gusto del género presentado. El gusto ―por cualquiera de las variantes musicales y de sus espacios― es el agente a través del cual los sujetos se sociabilizan, comunican, interaccionan, participan y consumen las ofertas y representaciones que en estos sitios se hacen. Las interacciones e intercambios realizados en dichos lugares de percepción musical adquieren un carácter simbólico y así emergen tipos de relaciones grupales o sociales que se consolidan o no, a lo largo del tiempo.
No podemos obviar lo que al respecto Megías y Rodríguez plantean: “los gustos musicales no son libres, están condicionados y adquirirán su sentido en el contexto social en el que tienen lugar a partir de los procesos de interacción producidos en su seno y teniendo en cuenta las condiciones sociales de cada uno de los actores que participan de estas interacciones.”2
Por tanto, los vínculos establecidos entre las personas en los recintos musicales se deben al gusto por el género, lo cual se encuentra estrechamente relacionado con el contexto social en que estas se desenvuelven. De manera que el ambiente social propiciado por los elementos culturales, se desarrolla en correspondencia con los procesos de apropiación y recepción que realizan los sujetos involucrados. Asimismo, son resultado de la construcción de sentidos en los cuales hacen visibles sus rasgos identitarios o diferenciadores a partir de su constitución como grupo.
El reconocimiento y la legitimación, en algunos casos, de los individuos y grupos en dichos lugares contribuyen con la reproducción de normas y estilos de comportamiento. De igual modo, proporcionan, favorecen y dinamizan elementos de identidad generados por ellos y los reflejan tanto en la tecnología empleada para acceder a la música, como en los símbolos y significados que elaboran.
Las relaciones socio-grupales en estos ámbitos son valoradas a partir de las personas que los frecuentan. Su incidencia en la conformación de actitudes favorece la construcción de estilos, distintivos o no, de reconocimiento, de prestigio social o su ausencia, con la intención de buscar insertarse en determinados grupos, propiciando modos de comportamiento en correspondencia con la relación que establecen.
La funcionalidad de las expresiones musicales a lo interno de los distintos contextos, le permite a los sujetos y grupos construirse un escenario cultural con elementos comunicativos que favorecen la relación generada en estos sitios como parte del universo simbólico creado por cada grupo participante. Estos contextos son considerados de encuentro, reencuentro y constitutivos de mecanismos relacionales que permiten compartir escenarios, modos de pensar y actuar, comportamientos, actitudes y conductas sociales. De esta manera, las dinámicas musicales funcionan como medio simbólico de comunicación y de disfrute.
De este modo, los espacios musicales posibilitan la distinción simbólica entre grupos, expresada en rasgos de identidad que se construyen al encontrar en la música y sus lugares, significados que, en algunos casos, le otorgan un reconocimiento social. Los elementos anteriormente mencionados actúan como medios generadores de una identidad para determinados grupos, y canalizan mecanismos de socialización que se expresan mediante la aprehensión de signos, significados, normas, hábitos, formas de comportarse y manifestarse. Igualmente desarrollan gustos, actitudes y aptitudes que propician en el individuo una conducta acorde con la relación social que crea.
Por tanto, en los distintos escenarios, la música adquiere un determinado significado, que responde a los códigos y a los símbolos construidos por las personas que participan en ellos, a través de los cuales aprehenden hábitos, posibilitándoles identificarse con determinados géneros.
También les permite insertarse en un medio diferente y, en algunos casos, hasta desconocido para el sujeto participante, que se acoge a nuevas realidades societales en busca de nuevos mecanismos relacionales, de convivencia y de satisfacción personal y espiritual.
La formación de rasgos identificativos en estos contextos debe ser vista como parte del proceso de aprehensión del género que se presente, el gusto que se tenga por él, las formas de comportamiento que se adquieran como incentivos de la música y sus espacios, convirtiéndose en una actividad socializadora. En esencia, el matiz identitario en estos contextos viene asociado a la construcción del sentimiento de semejanza con respecto a los demás o sobre la base de la diferencia con respecto al otro, compuesta por distintos canales de conexión.
Notas
1 B. Piqueras: Sobre la identidad, versión digital.
2 I. Megías, y E. Rodríguez: Jóvenes entre sonidos: Hábitos, gustos y referentes musicales, p.12.
