Un perro y un hombre en una balsa a la deriva
Aunque la historia se desarrolla en una balsa durante una salida ilegal del país, este no es un cuento típico de balseros; tema muy socorrido en la narrativa de los noventas. Su autor, el reconocido narrador Julio Travieso, urdió una anécdota mucho más complicada, rayana, en ocasiones, entre la morbosidad y lo grotesco (recurso ya probado para develar las inconstancias del ser y sus oscuros senderos) donde el viejo drama de la venganza resurge en el siempre difícil, extravagante y contradictorio, tejido de las relaciones humanas.
Cabría preguntarse, ¿por qué la recurrencia de este tema en autores de todas las épocas y latitudes? Una de las posibles respuestas es: porque no han variado las circunstancias que generan la maldad en el hombre, los incidentes que trastocan sus valores y entronizan egoísmos y cobardías —con independencia de las sociedades donde se mueve el individuo y de los proyectos de mejoramiento humano—, como los que subsisten, de una manera alarmante, en este relato.
El texto de Travieso no parece agotarse solo en el tema anunciado, hay otros momentos que valdría la pena mencionar: la angustia existencial provocada por ciertos descalabros individuales, fruto de errores colectivos o personales, y ese otro mal, el llamado «hombre moderno», que algunos teóricos denominan «vacío», pero que los romanos —mucho antes— ya habían calificado como Tedeum vitae y que no es otra cosa que ese estado de sobresaturación, o desencanto, del cual no escapa el personaje central del relato. El perro y la gaviota tienen un simbolismo cuya trascendencia, sin dudas, el lector atento captará; ambos, a mi juicio, dan a la narración un aliento mucho mayor.
Julio Travieso, con una extensa y consolidada obra, reconocida y publicada dentro y fuera del país, es un escritor avezado que reverdece en cada entrega. Por mi parte, me encuentro entre aquellos que disfrutaron y aprendieron con aquellas memorables novelas: Para matar al lobo, de los años setenta, o El polvo y el oro, premio Mazatlán de literatura de México (1996 ) y Premio de la Crítica Literaria en ese mismo año. La obra de este escritor también abarca otros cuentos y novelas no menos significativos, como Los corderos beben vino (1970); Cuando la noche muera (1981), Premio Cirilo Villaverde de la UNEAC; Llueve sobre La Habana (Letras Cubanas, 2004); A los lejos volaba una gaviota (Letras Cubanas, 2007), y del cual tomamos el cuento que publicamos en esta ocasión.
Alberto Marrero
A lo lejos volaba una gaviota
Julio Travieso Serrano
Digamos, pues, que estoy loco
Edgar Allan Poe
En principio fuimos cinco en una balsa. Decir balsa no es exacto porque aquello no era más que varios neumáticos de camión, amarrados entre sí y recubiertos con una fina malla de alambre. Para remar dos paletas de madera. Cuatro hombres, un periodista, Juan Rojas, un abogado, Luis Vázquez, un sicólogo, Orlando Pantoja, yo y mi perro Roky, dispuestos a recorrer 180 kilómetros por el mar.
Alguna vez llegué a ser un prometedor profesor de literatura anglo norteamericana, profundo conocedor de Poe, pero aquello fue mucho antes. Después, en palabras de Shakespeare, me convertí en alguien a quien los golpes viles del mundo exasperaron tanto que estaba dispuesto a todo. Tres años de cárcel y el doble de trabajos embrutecedores abrieron mi corazón a sentimientos que nunca tuve: odio, deseo de venganza, pesimismo. También me abrieron, pero en el estómago, una úlcera incurable que cuando se exacerbaba era preferible la muerte a la desgracia de vivir.
Quizá por ser pesimista no compartí el júbilo de mis acompañantes al navegar la balsa las primeras horas y escapar a la vigilancia de radares y guardacostas cubanos. Tampoco participé en sus conversaciones sobre el brillante porvenir, según ellos, de cada cual. Me mantuve callado, rumiando ideas y recuerdos, fija la mirada en un horizonte oscuro que, a veces, era rasgado por fantasmales relámpagos. Sus planes y los míos habían avanzado juntos hasta aquí y tomaban rumbos diferentes.
Todo fue muy rápido en la playa, desierta, silenciosa, de donde partimos una noche tan oscura como una mancha de tinta en la que nos reconocíamos por las voces. Aprisa, llevamos la balsa a la orilla y ya íbamos a echarla al agua cuando los ladridos, lejanos, cercanos (no pude precisarlo) de un perro azotaron las tinieblas, paralizándonos. Estoy seguro de que los cuatro pensamos en la patrulla fronteriza. Probablemente, así inmovilizados, parecíamos hombres colgados de las horcas.
—Vamos, coño —ordené, reaccionando, y pusimos la embarcación sobre las olas. Yo no había sido designado jefe, pero mis órdenes se acataban, quizá porque era mi segundo intento de salida clandestina, quizá porque mi voz, dura, ácida, imponía respeto (o miedo).
Uno tras otro, fuimos subiendo a la embarcación, yo el último. Delante, con los remos, el sicólogo y el abogado. Detrás, conmigo, el periodista, en el centro, Roky llevaba el hocico amarrado para que no ladrara aunque mi perro jamás me hubiese delatado. Ellos no querían llevarlo, pero yo no iba a dejar al único amigo fiel que no me abandonó en mis años de tristeza y soledad.
—Puede ser peligroso —dijeron— ¿qué harás con él en alta mar?
—Conversaremos cuando estemos solos —mi voz se enronqueció. Una voz así debió tener Hamlet al hablarle a su padrastro, el rey fratricida— Sin el perro no iré.
Tuvieron que aceptar mis condiciones y allí estábamos, tensos, callados, remando con todas nuestras fuerzas. Pronto, empujados por el viento de tierra, avanzamos varias horas, hasta donde los guardacostas no podían descubrirnos. El radar sí. Imaginé el oscuro equipo de persecución, con su movible oído electrónico, rastreando, como un sabueso mecánico, localizando nuestra diminuta balsa, una pequeña presa en la infinitud del mar. Imaginé la orden de captura, la jauría de guardacostas y lanchas rápidas, rodeándonos, las narices de las ametralladoras apuntándonos, los gritos.
Todo lo imaginé a partir de lo contado por otros en la cárcel porque, aunque siempre afirmé haber avanzado lejos en el mar, nada de aquello me sucedió. Apenas llegar a la playa, donde me aguardaba un bote a motor, cuatro soldados, sorpresivos cazadores nocturnos, saliendo de las sombras me rodearon.
Con los brazos en alto, aguardé lo peor, pero no hubo nada horrible. Sólo me llevaron a un camión y luego a una celda en la que, sin maltratos, sin ofensas, un oficial investigador hizo preguntas que no me sorprendieron. Un mes estuvimos juntos el oficial y yo, él queriendo conocer, yo queriendo conocer. Al final, no supo mucho porque no había mucho para saber. Simplemente un hombre que se cansa y teme, que descree y desea huir de la felicidad impuesta, nociva como todo lo impuesto. El oficial no pudo averiguar casi nada, pero yo logré atar los cabos sueltos de la captura y comprendí que ni la mala suerte ni mi posible negligencia debían ser culpadas.
La cárcel la resistí lo mejor posible. Yo había intentado cruzar un límite prohibido y me correspondía pagar por mi osadía. Siempre ha sido así en todo el mundo. Sufrí la cárcel, pero lo peor estaba por venir.
—Vamos a remar —le dije al periodista cuando el sicólogo y el abogado dieron muestras de agotamiento. Se veían muy cansados y era de esperar. Nunca desde que los conocí estuvieron sometidos a un esfuerzo físico ni a una tensión emocional tan grandes. Yo, en cambio, tenía fortalecido el cuerpo y los nervios. Los años de prisión y los posteriores trabajos de cortador de caña, sepulturero y recogedor de basuras obraron el milagro de transformar a un melindroso y amanerado profesor en un individuo capaz de realizar cualquier tarea física y soportar situaciones muy duras.
Remamos hasta que las manos se nos ampollaron.
—Ahora ustedes —dije un amanecer plomizo y el sicólogo y el abogado se hicieron cargo de los remos. En el centro de la balsa, el hocico ya libre, Lucas dormitaba y de su boca escapaban roncos gruñidos. ¿En qué sueño o pesadilla esta-
ría envuelto mi querido perro? No quise despertarlo. Un largo camino quedaba aún por recorrer y lo mejor era que descansara.
—Pronto llegaremos —dijo el periodista con gran seguridad.
Desde los años en que estudiamos juntos en la secundaria siempre fue así, confiado en sí mismo, temerario, capaz de aseverar disparates si con ello llamaba la atención. Quizá por su temeridad, quizá porque conocía su verdadera opinión política, le propuse acompañarme en mi primer intento de fuga. Su respuesta me fulminó.
—¿Estás loco? ¿Irme ahora que estoy subiendo? Ni pensarlo —él calló un instante— Y tú debes cuidar lo que dices y a quien se lo dices. Soy tu amigo, pero si das con otro deseoso de hacer méritos... - No concluyó la frase. Poco después yo iba a la cárcel y él comenzó su gran carrera.
Allí en la balsa se sentó a mi lado e introdujo los pies en el agua.
—Yo, en tu lugar, no haría eso —dije.
—¿Por qué?
—Si logras llegar a Miami quizá te llamen el cojo. A los tiburones les gustan los pies gruesos como los tuyos —dije y sentí el placer de provocarle miedo. Además de osado, se las daba de valiente. En el fondo era un cobarde.
Los pies salieron aprisa del agua y sus ojos escrutaron, inquietos, los alrededores de la balsa. Las olas continuaban lamiendo sus bordes suavemente. Yo me eché junto a Lucas. Quise dormir, pero no pude.
«¿Qué diablos hacíamos allí?», pensé, «¿Por qué se iban ellos? ¿Por qué me iba yo?»
Probablemente el calor o el remar durante toda la noche habían reblandecido mi cerebro hasta el punto de hacerme volver a preguntas cuyas respuestas eran más que conocidas.
Dominados por el síndrome SIN (Sociedad Interiormente Náufraga), sin suficiente comida, sin electricidad para alumbrarse, sin gasolina para sus autos, ni muchos libros y medicinas, la existencia se les había transformado en una siniestra pesadilla. Por eso se iban. Diez años atrás, cuando yo quise largarme, ellos vivían bajo el signo CON (Comunidad Orgullosamente Nacionalista), satisfechos de sus vidas, el Gobierno, las consignas, los líderes, el pueblo, las órdenes. Muchísimos otros continuaban aún gustosos bajo el signo CON, pero a mí no me importaban ni el SIN ni el CON. Era tan nacionalista como una cucaracha con relación a su espacio y luego de llevar, durante años, la vida de un insecto podía sobrevivir sin comida, electricidad, gasolina. En cuanto a los libros, sólo releía las obras completas de Shakespeare y Poe que me quedaron y, tal como se hallaba mi enfermedad, las medicinas de nada servían.
—Miren —gritó el sicólogo— un tiburón.
—Ahí hay otros dos —el periodista señaló una segunda aleta que, como un filoso cuchillo cortando la carne, se movía entre el agua.
Lucas ladró hacia el mar, quizá presintiendo el fin de nosotros.
—Y allá dos más, coño, estamos rodeados —el brazo del abogado se agitó en aire.
—Van a atacar la balsa y comernos —el sicólogo se puso de pie.
Desde el inicio del viaje había demostrado miedo, pero en ese momento el terror le dominaba. No parecía el mismo sicólogo siquiatra a quien acudí en busca de ayuda para mis trastornos nerviosos. Entonces él era un hombre sereno que, sin inmutarse, se adentró en los laberintos de mi mente, dominada por el irreflexivo temor de que, descubierta mi latente homosexualidad, yo fuera expulsado de mi trabajo en la Universidad. Tan mal llegué a sentirme que, finalmente, le confié mi secreto plan de escapar en un bote.
—No quiero saber nada de eso —dijo nervioso y pestañeó—. Me estás comprometiendo. Yo no debo saber nada porque si lo sé tendré que informarlo.
En el medio del mar yo lo miré fijamente.
—Cálmate, los tiburones no atacan antes del almuerzo —le dije burlón.
No solamente no atacaron, sino que hacia el mediodía se fueron, quizá en busca de alimentos más apetitosos porque nosotros nos veíamos muy mal. El abogado vomitaba, el periodista y el sicólogo mostraban síntomas de deshidratación y mi úlcera era un alacrán que, una y otra vez, descargaba su aguijón contra las paredes de mi estómago.
Entonces dejamos de remar y la balsa fue a la deriva. Dominando el dolor me acerqué al abogado y le tendí mi cantimplora con agua. Para evitar fricciones, habíamos acordado que cada uno llevara su propia reserva de agua.
—Bebe un poco —dije— le puse naranja agria. Te sentirás mejor.
—Muchas gracias —murmuró— Te portas muy bien. No sé cómo agradecerte.
El alacrán me acuchilló nuevamente, pero yo sonreí.
—Tú te lo mereces —le respondí con sus mismas palabras de muchos años atrás.
Estábamos a solas en su elegante oficina y él me escuchaba muy serio, sin su habitual sonrisa.
—No puedo prestarte tanto dinero —sus palabras eran recelosas—. ¿Para qué necesitas tanto y con tal premura?
Dudé en revelarle mi secreto. Quizá si lo supiera comprendería la importancia y urgencia del pedido. Además, éramos amigos de la infancia.
—Me voy del país y necesito comprar un bote —dije de golpe.
—¿Te vas ilegalmente? —la expresión del rostro le cambió—. Si te capturan te condenarán a tres años de cárcel. A ti y a tus cómplices.
—No me detendrán. Lo he planeado todo muy bien.
Sus dedos acariciaron un lapicero dorado.
—Te daré 500 pesos —susurraron sus labios— pero nadie debe saberlo. Me pueden pasar cosas muy malas si se enteran.
—No sé cómo agradecerte.
—Tú te lo mereces —su mano palmeó mi hombro. Cuídate.
Miré el mar.
A lo lejos el horizonte se había enturbiado y algo semejante a finas rayas grises, como una cortina, bajaba del cielo hasta la superficie del agua.
«Lluvia», pensé.
—Pronto tendremos agua —dijo el periodista que también escrutaba el horizonte—. Quizá podamos recoger algo en las cantimploras. Ya nos queda muy poca.
—Rememos —le dije y, tomando los remos, él y yo hicimos avanzar la balsa en dirección al manto oscuro situado frente a nosotros y desde el cual comenzaba a llegar un vientecillo frío
—Quizá debamos regresar —dijo el sicólogo.
—No seas idiota. Eso no es más que un aguacero de media hora —afirmé categórico. El dolor se retorció en mi estómago y subió al pecho. Los cambios de tiempo y la tensión emocional lo fortalecían y a mí me debilitaban.
A media mañana aún no teníamos lluvia, pero todo se fue ensombreciendo, desde el cielo hasta nuestras caras. El vientecillo era ya una fuerte brisa que alzaba filosas olas, pequeñas aún, pero cortantes. Una de ellas golpeó al sicólogo y le hizo caer de espalda sobre la balsa. Cuando pudo ponerse de rodillas, el rostro empapado en agua, parecía a punto de llorar.
—Ojalá no sea mal tiempo —dijo.
—Esta no es época de mal tiempo —dije.
—En el mar puede suceder cualquier cosa —las palabras del sicólogo temblaban.
Una ola mayor que las anteriores se alzó sorpresivamente, cayendo en avalancha sobre nosotros. Tras ella, otras avanzaron amenazantes. Calculé que podían tener entre dos y tres metros de altura. En ese momento, el cielo, hasta donde alcanzaba la vista, se hallaba cubierto de nubes bajas, oscuras y pesadas como búfalos. El viento era húmedo y fuerte.
—Sí, es mal tiempo —el nerviosismo dominaba al periodista cuyo aspecto de seguridad había desaparecido.
Por supuesto, era mal tiempo y para saberlo no se necesitaba ser un lobo de mar. Cualquier niño lo sabría.
—¿Quién coño fue el de la cabrona idea de este viaje en esta mierda de balsa? —gritó el periodista en un momento en que el mar se calmó.
Aquella era la pregunta de un tonto histérico. Todos sabíamos perfectamente que el plan de escapar en balsa era mío, pero yo no los obligué. Ellos estuvieron de acuerdo, en primer lugar el sicólogo a quien encontré, luego de muchos años sin vernos, en un policlínico cualquiera a donde acudí en busca de un calmante para mi enfermedad. El sicólogo preterido, quizá porque se emborrachaba por las noches, quizá porque no quiso ir a la guerra voluntariamente cuando se lo pidieron. El sicólogo que reanudó nuestra amistad y me condujo hasta los viejos amigos, tan venido a menos como yo; éste, quizá, por el artículo escrito inoportunamente; el otro por unas palabras infelices durante un juicio o por aceptar de un acusado dinero mal habido. Nunca lo supe exactamente ni me interesó. En cuanto a mí, ya no era el preso ni el barrendero, ni el sepulturero, sino un especulador mucho más acaudalado que ellos, capaz de proporcionarles las botellas de ron que, por las noches, bebíamos en casa del abogado mientras intercambiábamos opiniones y urdíamos planes.
—¿No pensaste que pudiera haber mal tiempo? —le grité al periodista—. ¿ Creíste que todo te saldría bien?
No me pudo responder porque una ola de través hizo girar la balsa sobre sí misma y caímos, unos sobre otros, igual que árboles talados. Por un instante estuvimos hundidos, tragados por la gigantesca ola que nos halagaba hacia abajo, como si un ancla tirase de nosotros. Sin soltar el remo, sujeté fuertemente la malla de la balsa y aferré a Lucas. Él no debía ahogarse.
Cuando volvimos a la superficie el periodista no se hallaba en la balsa. El abogado y el sicólogo se abrazaban y yo mantenía firmemente al perro contra mi pecho. No pudimos decirnos nada ni preguntarnos por el periodista porque dos olas nos golpearon con ferocidad, como si estuvieran cobrando antiguos agravios. Semejante a un borracho que da traspiés, el sicólogo pasó junto a mí y extendió el brazo, quizá para que yo le sujetara. Yo agarraba a Roky y sostenía el remo. No pude o no quise tenderle la mano al sicólogo. Él tampoco me la tendió en mis momentos de desgracia. Era un pésimo sicólogo que revelaba los secretos de sus pacientes, algo así como un sacerdote incapaz de callar lo conocido en confesión. No perdía mucho la ciencia con su desaparición.
Por un instante, las olas dejaron de mordernos y se retiraron, reorganizándose para un nuevo ataque. Aprisa aproveché la tregua y, tomando mi cinto, até fuertemente una de sus puntas a la malla de la balsa y la otra a mi muñeca. Enseguida me acosté con Lucas y el remo bajo el pecho, las manos clavadas, como garfios, en la malla. Si el mar quería llevarme tendría que tragarme con la embarcación, pero ella, yo lo sabía por las historias oídas, siempre flotaría.
El abogado hizo lo mismo. Era un hombre inteligente, capaz de adaptarse a cualquier situación e imitar lo que fuera provechoso.
No tuvimos tiempo para más porque un aluvión de agua cayó sobre nosotros, flagelándonos las espaldas. Enseguida la balsa se alzó de medio lado en el aire, como si alguien la empujara por el fondo, y se vino abajo, arrastrándonos entre las olas.
Resistí. Desde el primer momento mi decisión personal fue resistir y sobrevivir la tormenta, igual que había sobrevivido y soportado la cárcel, las humillaciones, los trabajos duros. Resistí a pesar de que muchos me consideraban un hombre débil.
Tan aprisa como vino, el mal tiempo se fue y el sol brilló, deslumbrándonos al reflejarse sobre las aguas mansas. La balsa se balanceaba suavemente y yo, después de zafar el cinturón, me tendí a lo largo con los brazos abiertos en cruz para que mi desgastado cuerpo descansara y la energía volviera a él. Quizá si alguien me hubiese visto desde el cielo me habría tomado por un Cristo crucificado. A mi lado Lucas se sacudía el agua y de su cuerpo saltaban, como pequeños dardos, luminosas gotas de agua. El abogado tosía y su tos me recordó el jadeo de un moribundo. Ahora éramos dos hombre y un perro, perdidos en la inmensidad del mar, sin agua y sin alimentos.
—¿Qué haremos? —dijo y, por primera vez, sentí la zozobra en su voz.
—Debiéramos guardar un minuto de silencio por los compañeros desaparecidos —dije muy serio.
—¿Estás loco? —preguntó, pero sólo las olas le respondieron con su rumor al chocar contra la embarcación.
Yo le miré de hito en hito y me reí. Me daba mucha gracia verlo allí, arrodillado, como si estuviera rezando, mientras me preguntaba qué haríamos. Se equivocaba al emplear el plural. La pregunta correcta era «¿qué harás?» Porque no íbamos a hacer. Yo haría.
Me puse de pie. Luego del descanso me sentí animoso otra vez. Él se veía muy débil.
—El norte debe de estar por allá. La tierra no puede hallarse lejos... —señaló un punto en el horizonte y se detuvo indeciso, como quien sabe que dice tonterías— Podemos remar —asombrosamente conservaba la paleta remo. Yo tenía la otra—. Con suerte podremos llegar a los cayos de la Florida o quizá un buque nos vea.
Sin responderle me senté y empuñe el remo. Él hizo lo mismo. Aunque tenía las manos despellejadas, remar era fácil por lo tranquilo del mar. El día era tan perfectamente bello como un esplendoroso arco iris. Un día así no hacía presagiar la muerte.
Respiré muy hondo para que en mis pulmones entraran todos los olores del mar. «Como cambia la fortuna», pensé, «apenas hora atrás nos ahogábamos y ahora respiramos tan tranquilos». Recordé una frase de Shakespeare «La vida no es más que una sombra que pasa».
—¿Te gusta la literatura? —le pregunté—. Nunca has sabido mucho de literatura. De leyes y pillerías sí, pero de literatura no.
Él me miró asombrado. Probablemente habrá pensado que yo estaba loco. Perdidos en el mar, sin agua ni comida, y hablar de literatura. Quizá tuviera razón. Quizá el charlatán siquiatra le contó de mis crisis y de mis temores persecutorios.
—¿Por qué...? —comenzó a decir, pero le interrumpí.
—¿Nunca has leído a Edgar Allan Poe?
—¿Edgar Allan....? —no pudo o no supo pronunciar el apellido
—Poe —el sonido de mi remo al entrar en el agua era breve y dulce como el apellido del alucinado narrador norteamericano.
—Sí, claro que sí, en el bachillerato —mintió descaradamente. Habíamos estudiado juntos y nunca le vi con un libro de Poe. Además de canalla era un mentiroso.
—¿Qué sabes de «La barrica»?
—¡La barrica! ¿Qué barrica? —su remo se detuvo. Yo mantenía el mío sobre las piernas. La balsa iba a la deriva, impulsada por la corriente submarina que nos arrastraba hacia alguna parte, quizá de retorno a Cuba y a la cárcel, quizá a los Estados Unidos o, mucho más arriba, sin tocar tierra, hacia el norte, donde nos perderíamos para siempre en el mar. Todo dependía de la suerte.
—La barrica del amontillado. El célebre cuento de Poe —dije.
Una gaviota pasó volando sobre nuestras cabezas en un claro indicio de tierra. Un pájaro semejante debió ver Colón antes de llegar a San Salvador.
—Claro, La barrica de amontillado —mintió nuevamente, sin comprender a dónde yo quería ir.
—Entonces, recordarás la conocidísima exclamación de Fortunato dirigida a Montresors.
—¡ ¿ Motreson ?! Claro, Motreson
Su ignorancia era profunda e insultante.
—Motreson no, Montresors —dije y reí.
—Este no es el momento ni el lugar para juegos.
—Quizá sea un juego, quizá no —sonreí y moví la cabeza de abajo arriba como quien confirma algo -Y, por supuesto, no leíste «Las crónicas marcianas» del genial Brarbury. El episodio de Stendhal y Garret.
—No, esas no —por primera vez fue sincero.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué pasa? —sus ojos me miraron inquietos y quizá no vieron el rapidísimo movimiento de mi mano al alzar el remo paleta y descargarlo violentamente contra su cabeza.
Se desplomó como una torre privada de su base y yo aproveché su inconsciencia para amarrarle las manos a la balsa con el cinto de él y el mío. Probablemente no fue necesario porque al despertar apenas se movió. La sangre le corría desde la oreja hasta el cuello. Junto a nosotros Lucas nos observaba en silencio.
—¿Qué es esto? —murmuró.
—La venganza —dije lentamente, disfrutando la palabra. Es una lástima que no hayas leído el cuento de Poe, pero yo te lo contaré en pocas palabras.
Él quiso incorporarse. No pudo por las manos atadas y por su propia debilidad. La sangre le continuaba manando.
—Un hombre, Fortunato, agravia a Montresors que jura vengarse en cuanto llegue la oportunidad. Mientras tanto no se da por ofendido y mantiene la más cordial relación con su ofensor. Al fin, un día, aprovechando el carnaval, lo invita a comprobar la existencia de un vino amontillado en sus bodegas subterráneas donde, luego de terminar de emborracharlo, lo empareda vivo. Wonderful. Como un payaso, salté sobre la balsa y después lo abracé.
Su mirada fue de incomprensión. Enseguida me comprendería.
—Yo no puedo tapiarte entre ladrillos, pero sí sepultarte en el mar.
—¿Te has vuelto loco? ¿Por qué me haces esto?
Otra vez la mentira. Conocía perfectamente mis motivos, pero yo se los recordé por si se les habían olvidado.
—¿No sabes? —dije sonriente— Alguien me denunció cuando quise huir por primera vez. Sólo tú, el sicólogo y el periodista conocían mi plan. Uno de ustedes tres me denunció. Fuiste tú. Lo comprendí durante los interrogatorios del oficial investigador. «Alguien le dio 500 pesos para ayudarle a huir», me dijo imprudentemente, «¿dónde metió ese dinero?»
—No, no —sus manos se agitaron sin mucha fuerza.
—Sólo tú y yo sabíamos de tal dinero —de nuevo la furia se apoderó de mí y con la bota le golpeé en la barriga. Él se quejó sordamente -Por ti estuve tres años preso y luego nadie quiso darme un trabajo decente. Por ti, perro sarnoso, viví muchos años como una cucaracha.
Otra gaviota pasó muy aprisa sobre nuestras cabezas y el cielo se ennegreció nuevamente, pero yo no presté atención. Ya no me importaba la posible proximidad de la tierra ni de la tormenta.
—Espera —dijo con voz sollozante— Tú solo no podrás remar. Sin mí no llegarás a tierra y continuarás perdido.
Me reí y le volví a pegar varias veces con la bota. Después le desaté las manos.
—Sabes, no me interesa mucho llegar a ninguna parte. Si llego está bien, pero si no llego no importa. Tengo un cáncer en el estómago y viviré muy poco tiempo, siempre comido por el dolor. Probablemente lo contraje por las malas comidas en la cárcel, los esfuerzos agotadores cortando caña o el contacto con la basura y los muertos. Ese cáncer me lo diste tú.
Los dedos de su mano se arrastraron hacia mis pies. Al parecer, no podía escucharme bien.
—Por el amor de Dios, espera —susurró.
Ah, había pronunciado la última frase de Fortunato dirigida a Montresors excepto la palabra final. Me sentí satisfecho y recompensado en mis esfuerzos y decidí ayudarle a terminarla.
—¡Por el amor de Dios! —exclamé eufórico— por el amor de Dios, Montresors.
Concluí y sólo fue necesario un leve empujón para que su cuerpo cayera al mar.
Casi al final éramos un perro y un hombre en una balsa a la deriva. Un hombre que hablaba con un perro, bajo un cielo borrascoso.
Probablemente al final sería un perro en una balsa a punto de ser recogida por un guardacostas mientras a lo lejos volaba una gaviota.
