Más que cuentos
No hace mucho un niño me comentó que sus padres no le dejaban leer cuentos ni se los contaban, ¿la razón?, simple, no querían mentirle, ni hacerle creer en fantasías inalcanzables, mundos irreales, situaciones fantásticas...y así un largo etc más. Sus padres creían que ahí estaba el origen del daño de muchas situaciones o traumas (???) de los adultos. Creí entender que la falta de madurez que hoy en día parecen sufrir muchos, ya mayorcitos, el no saber afrontar la realidad o vivir fuera de ella, incluso los comportamientos sexistas, tenían su origen, según estos padres, en los cuentos infantiles.
Muerta, me quedé muerta. Reconozco que no supe como reaccionar y mucho menos qué decir al niño en cuestión. Bien, eso tal vez sí, pero lo primero que casi suelto no era muy adecuado para oídos infantiles y desde luego nada políticamente correcto. Menos mal que a veces Dios pone, no un centinela en mi boca, más bien un regimiento, y me detuve antes de decir cualquier cosa poco apropiada. Por supuesto soy consciente de que cada padre puede educar a su hijo como mejor le parezca, y decidir lo que es bueno y lo que no, para él. Eso por delante.
Aún así sentí una inmensa tristeza por ese niño en primer lugar....luego mucho más tarde, también por los padres.
A mí me educaron con cuentos, unas veces inventados, otras leídos y más tarde, cuando ya sabía leer, los devoraba. Y también yo se los conté a mis hermanos, amigos, los hijos de los amigos....Siempre supe diferenciar la fantasía, la ficción de la realidad.
Por ejemplo: yo sabía que los lobos no hablan, no se disfrazan, pero me enseñaron a no hacer caso de desconocidos. Si me quedaba sola en casa cuidando a mis hermanos pequeños, no debía abrir la puerta a nadie que no fuese mi madre y ésta traía su propia llave, y esto ocurría con bastante frecuencia a partir de mis siete años (¡oh!, sí siete..ya sé que hoy mi madre sería una irresponsable, pero era necesidad, y su hija de siete, ocho, nueve...años era lo bastante madura y responsable para cuidar solita a sus hermanos, a pesar de gustarle los cuentos). Es más, hoy con la perspectiva del tiempo, recuerdo esos cuentos de mi madre, como uno de los actos de amor más tiernos, si estando como estaba muy, muy, pero que muy ocupada, encontraba un ratito para contarme uno, inventándolo la mayor parte de las veces, eso tenía una explicación, una razón, chicos eso era AMOR.
Si será amor, que hasta Jesús los utilizó para enseñarnos lo que era el Reino de Dios, la Buena Nueva, o ¿qué son sino las parábolas? Cuentos con moraleja, cortitos, sugerentes didácticos.
Porque los cuentos han sido y son, al menos esa es mi opinión, uno de los mejores instrumentos de comunicación. Claro, también es importante que el que los cuenta sepa hacerlo, que se asombre, que se emocione, que lo sienta, que se haga (por qué no) un poco niño, ¡qué lo disfrute caramba!
Pueden ser largos o más cortitos, pero siempre, siempre vivos, un regalo para quien los recibe. A veces una fábula, otras una parábola... Fuera del tiempo, siempre actuales a pesar de que muchos empiecen con “érase una vez, hace mucho, mucho tiempo....”.
¿Hay algo más satisfactorio que los ojos de un niño bien abiertos mientras escucha un cuento? Es posible que haya otras cosas parecidas, pero para quien lo cuenta, os aseguro por experiencia, no hay mejor paga. Puedes dar alegría con un cuento y recibirla tan sólo viendo esa expresión en la cara, ese brillo en los ojos, en esa boca abierta.
¿Y qué pasa cuando esos niños crecen? Pues que a lo mejor tú ya has olvidado un cuento en concreto, en una situación concreta, o a lo mejor no fuiste consciente de lo que ese cuento significó para el niño, pero ellos “recuerdan”. La historia más inocente, aquella que inventaste porque se no se te ocurrió otra en aquel momento, ya de mayores puede provocar una sonrisa, una nueva ternura. Si ahora estás en un momento de tristeza, de derrota, de angustia, de duda....recuerdas y “sabes” que en ese momento estabas siendo amado, porque a la persona que “inventó” ese cuento para ti, y aunque lo estuviese leyendo lo hizo nuevo para ti, realmente le importabas. Eso te puede salvar ahora, como a Sherezade, o distraerte para no caer en la más negra de las angustias.
No se puede despreciar el valor de un cuento, aunque sea sencillo, si logra provocar una sonrisa sencilla se convierte en algo inmenso.
Se me ocurre que este tiempo de Adviento y Navidad puede ser la mejor de las ocasiones para contar y escuchar cuentos, al calor del hogar, con el frío de las calles. ¿Qué mejor regalo? Regalas un cuento y recibes otro regalo: una sonrisa. Y la seguridad de que habrás dado y recibido amor.
Tomado de El Bierzo digital.com