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«Ensayos y diálogos» (1926)

Pablo Argüelles Acosta, 06 de diciembre de 2012

Libro de ensayos de Francisco José Castellanos (1892–1920), publicado póstumamente, donde se recogen, agrupados en dos secciones («Ensayos» y «El balcón de los diálogos»), treinta de sus trabajos concebidos entre los años 1914 y 1918. Varios de los textos permanecieron inéditos hasta esta edición, mientras que algunos de los diálogos de la segunda parte habían aparecido, en sección homónima, en el diario habanero La Nación. El carácter dialogado no es exclusivo de «El balcón…», pues en la primera parte se recogen un par de ensayos («Una opinión sobre Damián Paredes» y «Representación de Reyes») en los que el autor hace uso de esa forma elocutiva, la cual, sin embargo, guarda en esa segunda parte, una relación más orgánica con las situaciones dramáticas allí escenificadas, en el espacio del balcón y entre personajes casi siempre caracterizados brevemente al comienzo de cada ensayo («Carlos. Todavía escéptico. Apasionado…» opuesto a «Fernando. Tiene la lentitud concentrada de la madurez» en «La actitud combatiente»), los cuales suelen encarnar emocional e intelectualmente el conflicto ideológico desarrollado, desplegando en el diálogo toda su contradictoria y dialéctica complejidad. La circunstancia histórica del autor es, con mayor frecuencia, pretexto para el debate en los diálogos que objeto de análisis de los ensayos. El «nosotros» de estos últimos es casi siempre el ser humano trascendente, mientras que, para los que conversan en el balcón, tal pronombre alude con constante necesidad a los ciudadanos, a los compatriotas, adscritos a los conflictos intelectuales y los discernimientos psicológicos y filosóficos que animan la polémica. La densidad expresiva del discurso de Castellanos no sólo se vale de esta escenificación dramática del proceso reflexivo; con frecuencia recurre a la parábola o aprovecha el valor simbólico de los elementos y contrastes de una descripción, cifrando en estas imágenes (casi siempre destacadas en el título: «El otro», «El mar», «De la montaña», «Las nubes») lo distintivo de sus argumentos, su inexorable esencia, insinuada por la elusiva tropología modernista. «El otro siempre, siempre os sorprenderá» y esta acción reveladora «es el juego, sobre cada ola, del primer rayo de sol» («El otro»); el mar, «demasiado humano», es «demasiado infinito, demasiado complejo y desemejante» («El mar»); la cumbre, una esfera superior, el balcón, son esos lugares eminentes que alcanzan los sujetos superiores, desde los cuales contemplan distantes y excelentes, el movimiento del mundo. El movimiento, el devenir, con su derogación dialéctica del instante, las seguridades o el conocimiento, constituye una obsesión temática en estos textos de Castellanos. Evadir la constante anulación no entraña una fórmula trascendental divina o histórica, sino existencial; ella acentúa, ante la afirmación de la complejidad de la vida y la certeza de la muerte, el papel del individuo, su excelencia intelectual y ética, de la élite cultural con respecto a la sociedad, tanto en el reconocimiento de esa fatalidad intrínseca, como en la superación del escepticismo consecuente, por el ejercicio de una voluntad de crecimiento y creación. Castellanos demanda firmemente sobreponerse al pesimismo ya sea por una resuelta disposición de ánimo («Combatir en uno mismo el ser intransigente, la sensibilidad enfadadiza» en «La sonrisa vacía»), como por una actitud cognoscitiva que incorpore todos los detalles del universo circundante, sobre todo el social, por contrarios que estos sean («La vida está en todas partes; y para la vida verdadera, todo lo es»); sin embargo, el autor suele destacar la distancia entre la diversidad sensible y la síntesis racional, una oposición marcada por el límite de la apoteosis crepuscular, culminación de la tarde («y es a esta vida verdadera a la que siempre la tarde (cualquier tarde que sea la tarde por antonomasia) la coge por encima de la cumbre»), antesala de la noche («La noche no. […] Si de ningún modo tiene literatura, tiene en cambio (de más) de abstracción y de muerte y de filosofía»): «la emanación espiritual de todos los sentidos de la mirada crepuscular (de “perspectiva indefinida”), no se [incorpora] eficazmente en la existencia sino en la innumerable y rítmica igualdad de la noche» («Fragmentos de un diario»). El conocimiento, la verdad, la conclusión del sentido son inalcanzables, una especie de asíntota infinita, que tiene una falsa solución en los seres inauténticos: el vulgar (a quien sólo le «gusta saber […] que el éxito lo espera»), el villano (que «se conforma a lo que no ha creado, a lo que la conquista por intriga consigue para él»). El virtuoso, en cambio, no puede admitir el éxito, necesita «que la suerte sea azarosa», «llevar [su] empeño a la plasticidad de la gran vida, modelar con reposo y sin propósito», «hasta poder mirar alguna vez, desde la cumbre» («De la montaña»); exceder las convenciones sociales pues «cuanto vale en la vida por sí mismo, por sí mismo construye» («La sonrisa vacía»); alcanzar la superación en el culto de sí, en la «combatiente intimidad» («La actitud combatiente»). Este sujeto se define alternativamente frente al «otro» en la circunstancia del conocimiento; «Hombre», su más frecuente concreción, en tanto esencia de la que suele excluir a la mujer; y como intelectual y miembro de una élite, frente a la muchedumbre, las gentes, los vecinos, la unanimidad cuyo lugar «no es diferente del de la estupidez» («La profesión de Conde Kostia»). El «otro» es otro sujeto, lo incognoscible o uno mismo, un concepto en el que Castellanos suele resumir el objeto del conocimiento, acentuando su insalvable distancia epistemológica, pero también su necesidad dialéctica como momento antitético. Castellanos muestra simpatía hacia la mujer, un ser desconocido que el hombre convenientemente divide, pues «ya no ve cuando le dan, sino cuando le piden» y la ha olvidado en «una hora más grave, —la de la insurrección— […], no la conoce en la hija que va hoy a la oficina o a la fábrica» («Conocimiento»). Reconoce que la sensibilidad femenina es más propensa a la aprehensión de la diversidad («hay espíritus especialmente insaciables (y en mi experiencia generalmente femeninos) que no se conforman con la visión unilateral de un hombre», en «Sobre la amistad»). Sin embargo, con ello no hace más que situar a la mujer, aunque destacando su aptitud intelectual, en esa zona de la experiencia que el sujeto del conocimiento, el hombre, debe superar: «Una mujer hará y hasta nos hará lo que nunca soñamos que haría […]. Si la hemos conocido, si ella sirvió para que nosotros conociéramos a la Mujer, el suceso no significará contra nuestro conocimiento. Ustedes no conocen, y se limitan a experimentar» («Conocimiento»). Esa epifanía de la virtud constantemente postergada; el futuro del conocimiento, en el crepúsculo y la noche, la vejez; la trascendencia más allá de la muerte no son para Castellanos de modo exclusivo el momento de realización privilegiado o absoluto, pues para él hay una anterioridad esencial, en la niñez, el ayer, en el campo como espacio opuesto a la ciudad, una edad dorada y una circunstancia donde la experiencia permanece aún a salvo de las limitaciones adultas, contemporáneas o citadinas. «Los únicos que duermen en las ciudades son los niños», capacidad que se abandona en la urbe con su dinámica inagotable (la «vigilia moderna, […] una consecuencia municipal del progreso»), sin embargo más allá, «al aire libre, fuera de todo hacinamiento ciudadano, [es] donde se realiza en su esplendor la diaria historia de la tierra», «el campo es el teatro […] en que, […], se sanciona y celebra diariamente la ley estética del mundo» («El sueño»). En la medida en que el campo cede a la ciudad, la música tradicional, «sosiego de nuestra culpa, disculpa de nuestra apatía, voz del misterio creado por el escepticismo», se pierde en la «valseada, europeizada, que hoy se escucha». Las características plásticas de estos espacios se contaminan recíprocamente con la interpretación de los eventos que en ellos acontecen: a las doce del día, frente al mar, se aprecia verdaderamente La Habana en la distinción neta de los accidentes de la costa, en su presencia actual sin devenir, pero «si dejamos el sitio, y entramos en la vida nacional, no será extraño dar con esos rasgos»; la diversidad de la ciudad, su falta de organicidad y sentido conduce a la previsible pérdida de la Historia, y ante tal posibilidad el campo con «la distancia, la obscuridad, la duda, los mismos siglos, con su séquito de estrellas, vendrían a apacentar en nuestro espíritu», evitando que perdamos el carácter («Santa Clara»). La constancia de símbolos y juicios, el entusiasmo y la fidelidad de Castellanos a sus lecturas (Robert Louis Stevenson, de quien tradujo sus Ensayos, el único, «tan incompris» —que supera al «evangelio humano» de Romain Roland, mencionados ambos varias veces en el libro—, un diluido espíritu nietzscheano, Emerson, ejemplo del verdadero pensamiento, a diferencia de Flaubert, pues lleva consigo la personalidad pensante, o Eça de Queiroz a quien valora en «In transitu»), dan una imagen cohesionada y uniforme del autor de estos Ensayos…, aunque, en ocasiones, el ejercicio de ese escepticismo que constantemente intenta superar, logra imponerse, con un gesto irónico incluso. En el diálogo «Nuestra actitud» se plantea cuál debía ser la postura de América Latina frente a la guerra en Europa, se defiende el privilegio cultural europeo que enseña «a pensar sin querer, a ser desinteresados» («¡Qué significativo resulta que a estas horas no exista todavía otro modo de llamar a lo que no es europeo que “lo que no lo es”!»), y el propio argumento de la necesidad de la guerra como un balance de las aptitudes de cada país cuestiona la universalidad de esta civilización, sin que parezca salvarse la duda: «usted no querrá significar con eso que el cataclismo es el resultado de la cultura». En «Tópico», donde se discute la disposición de los cubanos para ejercer la opinión, un personaje concluye: «¿no creen conmigo que hablar mal de nosotros es el único asunto de nuestros días extensos y amables?». Ejemplos como estos reflejan la calidad de los matices y la profundidad del compromiso que Castellanos sostenía con su entorno, pues si bien se aferra al individualismo y a un convencido elitismo, más culpable deviene por la falsa suficiencia de su credo que por la práctica obsecuente de un dogmatismo.

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Castellanos, Francisco José. Ensayos y diálogos. «En memoria de Francisco José Castellanos amigo en la eternidad» y «Epitafio» por Mariano Brull. «A Francisco José Castellanos, amigo en la clara y eterna noche» por José María Chacón y Calvo. «In memoriam» por Félix Lizaso. Paris, Ediciones Hispano–francesas, Librería Cervantes, 1926, 278 pp.|| La Habana, Publicación de la Comisión Nacional Cubana de la Unesco, 1961, 276 pp.

Guirao, Ramón. «Francisco José Castellanos, precursor: algunas ideas», Diario de la Marina. La Habana, año 95, número 281, octubre 9, 1927, p. 33.|| Lizaso, Félix. «Al margen de los nuevos. Francisco José Castellanos: Diálogos y ensayos», Social. La Habana, año 12, número 7, julio, 1927, pp. 54, 100.|| «Francisco J. Castellanos», en Ensayistas contemporáneos. 1900-1920. La Habana, Editorial Trópico, 1938, pp. 218-225 y 278-279.|| Maestri, Raoul. «Francisco José Castellanos, precursor: su obra», Diario de la Marina. La Habana, año 95, número 281, octubre 9, 1927, p. 34.|| Mañach, Jorge. «Un ensayista cubano, Francisco José Castellanos: precursor», Revista de Avance. La Habana, año 1, volumen 1, número 9, agosto 1927, pp. 215-220 y 223.|| Soto, Luis de. «Francisco José Castellanos», Social. La Habana, agosto 1929, pp. 23 y 92.|| Saínz, Enrique, «La obra de Francisco José Castellanos: algunas consideraciones», Revista de la Universidad de La Habana, La Habana, número 223, septiembre-diciembre, 1984, pp. 264–272.|| Ubieta, Enrique, «Otros ensayistas. J. Castellanos. J. A. Ramos. M. Henríquez Ureña. F. Lles. J. M. Chacón y Calvo. F. J. Castellanos. B. G. Barros», en Instituto de Literatura y Lingüística «José Antonio Portuondo Valdor». Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, Historia de la literatura cubana. La literatura cubana entre 1899 y 1958. La República. Tomo II. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2003, pp. 94-96.

Ficha perteneciente al Tomo II del «Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica».

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