Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 24 de noviembre de 2019; 12:44 AM | Actualizado: 22 de noviembre de 2019
<< Regresar al Boletín
No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 7 No 8 No 9 No 5 No 6 No 4 No 3 No 1 No 2
Página

¿Radionovela, u opinión?

Jorge Ángel Hernández, 20 de diciembre de 2012

La radionovela, universal y cubana, ha ofrecido muestras de que pudiera sacudirse al menos parte de esos patrones de juicio discriminatorios de lo popular. No obstante, en las bases de su programación prima la tendencia a subestimar al oyente y, por tanto, a desaprovechar un sector de mayor nivel cultural, al priorizar otro que apuesta por códigos evasivos y triviales. A su favor, tiene el hecho de introducir elementos concretos de nuestra cotidianidad, con sus contradicciones y conflictos; en tanto que, en su contra, lleva la lerda costumbre de dejarlos en un superficial plano de planteamiento. Y no se trata de que cada personaje defina el destino del mundo —como pasa, no sin intención subliminal, en tantas series de animados y, en general, en la industria cinematográfica dedicada a jóvenes y niños—, sino de permitir que una historia de amor revele las aristas verdaderamente humanas de nuestro comportamiento y, al mismo tiempo, no deje que se escape el estamento social en que se desenvuelve.

Si el producto que se ofrece está vacío de significado o, para ser teóricamente más precisos, compuesto de un significado de vacío desencanto o de triviales expresiones de valores, y se complace en apenas relatarnos la acostumbrada protohistoria —refrito de mitos ya refritos—, el gusto popular no sube el escalón que precisa. Son objetivos concretos de los medios, no resabios de autor. Nuestra radio, por demás, está básicamente compuesta de ritmo musical; una entrevista en la que se debaten puntos de interés que logran atrapar la atención del oyente, creando incluso un seguimiento participativo, ya sea mediante el teléfono, ya en el propio contexto del que escucha, se ve seccionada por canciones que, en tantas ocasiones y por obra y gracia del guión, desdicen cuanto se plantea.

Ciertos y persistentes programas radiales —como los dedicados a «complacer peticiones»— se han ido convirtiendo en serviles portadores de estéticas superficiales, de fiebre por la moda, y, sin muchas vueltas, en repetidores voluntarios de las campañas contraculturales de la massmediación del mundo comercial. La recurrencia a «lo que el pueblo pide» no es otra cosa que un cinismo de avestruz y, para emplear otra metáfora convencional, una bomba de tiempo cuyos efectos de fragmentación se hacen sentir, tanto en el gusto básico de nuestra cultura, como en estamentos de base del sistema social. Si, durante un prolongado periodo, fue un error saturar nuestras transmisiones de sordas y declamatorias parrafadas que, se suponía, alentaban la formación de valores, es ahora una precipitada carrera hacia el barranco ceder a los patrones marcados por la búsqueda de masividad que ha diseñado la industria cultural.

Por paradójico que se presente, entonces, la profundización de una política cultural desalienadora en nuestras transmisiones —radiales y televisivas—, ha descansado, y descansa, sobre programas de opinión crítica, informativos y de divulgación. Insisto en que hablo de profundización y no de representación superficial, lo que sí puede anotarse en novelas y programas variados.

Curiosamente, la radio y la televisión mantienen en su programación espacios de opinión que no gozan de los privilegios de horario de que disponen los monumentos a la banalidad. Ni del calzo eficiente de comunicación. Para que, más allá de lo sabroso, lo pega’o, venga el resabio de los viejos, la intolerancia de los críticos. ¿No es este un acto de diversificación cultural completamente artificial, imitador servil de patrones de divulgación espuria? ¿No constituye esta dicotomía, una estandarización que malogra la aparición de la diversidad en nuestros medios?

Sin embargo, aquí están los pilares que sostienen el interés formativo de la población, pues, aunque se insista en un esquema de subestimación de los sectores populares, ellos necesitan grados de renovación y autovaloración. Y, aunque en efecto, no organicen teórica ni académicamente los patrones de juicio perceptivo, dan respuestas que, a mediano y largo plazo, definen sus necesidades de superación del gusto. Si no fuera así, no pasarían de moda tan rápidamente esos deplorables productos que con tanto entusiasmo han transmitido.

Tal vez, el ciudadano que verdaderamente aspira a nutrirse de cultura, por instinto atesora aquello que se le ofrece escasamente y lo aprovecha al máximo, de ahí que impresione descubrir cuánto ayudan a contrarrestar la avalancha de deformación esos pocos espacios. ¿No valdría la pena dosificarlos siquiera un poco más? Esto, desde luego, no se resuelve con buena voluntad, ni con redistribuciones de chato equilibrio o igualitarismo, pues se trata de un ramo en el que la producción y el aseguramiento definen buena parte del resultado último de lo que al público se ofrece. Tampoco se soluciona con medidas plagadas de bien intencionada ignorancia, ni con tajantes diatribas cualificadoras de ese proceso masivo de comunicación.

En su intención de definir y programar una televisión cultural y de calidad, Martín-Barbero, Germán Rey y Omar Rincón piden para su aval que esta se asuma «como un lugar decisivo en la construcción de los imaginarios sociales y las identidades culturales», que, en consecuencia, se trabaje en virtud de «circular y dialogar las producciones de la televisión pública de carácter nacional con las de los canales regionales, locales y comunitarios», y —condición indispensable— que no se limite «a la transmisión de la cultura-ya-hecha sino que trabaj[e] en la creación cultural a partir de sus propios “modos de ver” la vida social, de sus recursos, lenguajes y potencialidades expresivas».

De ahí que sus conclusiones en este acápite los lleven a una especie de programa simbólico que bien nos ilustra acerca de la entrega de los medios a la tiranía del mercado y a la fiebre del rating:

La televisión cultural, por lo tanto, se convierte en alfabetizadora de la sociedad toda en los nuevos lenguajes, escrituras y saberes audiovisuales e informáticos que conforman la específica complejidad cultural de hoy, procurando al televidente no sólo información ilustrada sino experiencias comunicativas significativas en la vida cotidiana, a través de las cuales la televisión y la sociedad se abre[n] a las nuevas sensibilidades como son las mujeres, los jóvenes y las identidades minoritarias.

La televisión cultural tiene como tarea primordial el establecer una clara sintonía con los diversos ritmos de lo simbólico, los de sus memorias y los de sus cambios, aprovechando su aceptación social para otorgar legitimidad cultural a propuestas innovadoras en los diversos ámbitos y prácticas de creación.1

¿Hasta qué punto nuestra televisión y nuestra radio, que son públicas ambas, no han superado muchas de esas peticiones por las que luchan estos autores? La perspectiva estatal de los medios masivos cubanos goza de ese difícil privilegio. Le resta, sin embargo, la simbiosis entre un mayor nivel de riesgo y una profunda comprensión de la realidad en que se referencia. De inmediato, y para que se le conceda el aval de calidad —es decir, la posibilidad del salto sobre la mediatización—, son estos requisitos, más que una meta, un camino. Una vía que necesita sacudirse la tiranía de los ratings y, en esa misma ruta, dignificar el gusto popular.

Luis Britto García insta a comprender que los estudios de mercados, a la vez que cada uno de ellos admite una lectura marxista, postulan, en consecuencia, una motivación reaccionaria, debido a que «la factibilidad del proyecto se subordina al margen de beneficio; la calificación de lo humano se reduce al poder adquisitivo y al de consumir».2 Son valores que se integran, sin más, a la esencia del sistema acendrado en el consumo industrial de la cultura. «Un estudio de mercado —agrega— pretende ser una imagen, y es un molde. Pretende recoger información: en realidad postula valores».

En nuestro ámbito sociocultural, donde la televisión y la radio no son medios sometidos al mercado, sino dirigidos a la formación política, ideológica y cultural de la masa receptora, la seducción por «el voto popular» es un análogo de ese «estudiar el mercado» en que el capitalismo se sustenta. La fundamentación en encuestas de resultado incluido, sobre todo en cuanto al tipo de producto al cual conceder un hito de sobrevaloración banaliza el objetivo popular del medio y, lo que resulta insostenible, actúa como un elemento de poderosa incidencia contracultural. En nuestro contexto, los medios masivos parten de —y no tienen que llegar a— la formación y desarrollo de niveles culturales, y tienen el ineludible objetivo de contrarrestar esa avalancha de trivialidad alienante que el mundo mediático global acuña casi sin oposición. Y no lo hace justamente, como con hipocresía se predica, por el simple hecho de otorgar placer o de recibir ganancias financieras sin implicaciones ideológicas, sino porque de ello depende su ejercicio de dominación cultural. Por tanto, si bien comúnmente es necesario tomar drásticas medidas de reestructuración en la programación, en ejercicio de justos argumentos, también es imprescindible no desconocer los elementales flujos de la comunicación y, además, las normas de arraigo cultural de una producción artística capaz de someterse al riesgo de serlo, antes que limitarse a soluciones de banal populismo. Son caballos de Troya que ya hacen estrago en la conformación de nuestro gusto. Y es un peligro al que urge atender sin dilaciones.

Y en la cultura, lo he dicho tantas veces que no me importa repetirlo una más y cuantas vengan a necesidad, la unidad mínima de medida comienza acaso en cinco años. Un fenómeno efímero de contracultura genera después un esfuerzo perdurable, difícil de llevar a término en inevitable flujo global del producto de reproducción mediatizada. Cuando personas de magníficas cualidades humanas, y hasta de capacidad de dirección, desconocen la especialidad que dirigen, producen antologías de obvios disparates que, y ojalá quedara solo en eso, conforman el hazmerreír de los especialistas.

Al mismo tiempo, en el mundo de hoy no es posible tener incidencia en los demás si no se tiene conocimiento de varias disciplinas, mucho menos en lo referente al campo de la comunicación masiva, añorado por un número de intereses y poderes cada vez mayor. Si censurar resulta, a más de inadmisible, contraproducente, abrir la puerta a todo aquel que quiera entrar —cualesquiera sean sus intenciones y sus vestimentas (entiéndase esto en figuración retórica, aun cuando el aspecto de los músicos llame a evitarlo)—, sin coto de responsabilidad sapiente, estrechamente relacionada con los valores culturales que deben ser producidos y reproducidos en nuestro ámbito social, es algo más que un ingenuo disparate. Es, a mi juicio, una pasarela de fieltro a esos caballos de Troya de la globalización capitalista; es decir, resignarnos a que producir cultura no puede ser otra cosa que crear súbditos sumisos del mercado y la industria.

Notas:
1- Jesús Martín Barbero, Germán Rey y Omar Rincón: «Televisión Pública, Cultural, de Calidad», Gaceta, no. 47, Ministerio de Cultura, Bogotá, diciembre, 2000, pp. 50-61.
2- Luis Britto García: El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2005, p. 30.

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
Enlaces relacionados
Reforma constitucional
Decreto No. 349
Editorial Letras Cubanas
Editoriales nacionales
Editorial Capitán San Luis
 
Página
<< Regresar al Boletín Resource id #37
No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 7 No 8 No 9 No 5 No 6 No 4 No 3 No 1 No 2