Konstantino Kavafis
En 1863, hijo de una riquísima herencia espiritual, nació en Alejandría, Egipto, el que sería con los años el más conocido y relevante poeta griego del siglo XX, autor de una obra que despertó elogios y diatribas, pero que al fin se impuso por su autenticidad, su visión de la Historia y la fuerza de sus conflictos. Los primeros textos que escribió datan de la década de 1880, exactamente 1884, entre ellos el titulado “El beizadés a su enamorada”, ejemplo temprano de la que sería acaso la línea fundamental de su lirismo: la pasión amorosa frustrada, en esta página por las diferencias de clases entre el hijo de un príncipe y la hija de un pescador. La belleza enclaustrada es el centro de otro poema de ese año: “Dünya Güzeli”, título en turco que significa “La más bella”, igualmente imposibilitada de gozar de su cuerpo por estar encerrada en un harén y rodeada de la envidia de las que no poseen su extraordinaria hermosura. Esa experiencia reaparecerá en su poesía como una constante, en unos casos por la ausencia del amado; en otros, por la vejez; en otros por la fugacidad del instante, recogido después por la memoria, el recuerdo doloroso de un placer ya imposible y sin retorno. Su familia, formada por la madre, el padre y nueve hijos, sufre el dolor de la muerte y, como consecuencia del cierre de la Casa Kavafis et Cía., en 1976, por errores en la administración financiera, padece una significativa crisis económica. No obstante haber quedado huérfano en 1870, su vida continúa junto a su madre con altas y bajas. Entre 1872 y 1878 vive en Inglaterra con su madre y sus hermanos, y un breve período en Francia poco antes de llegar a Alejandría en el viaje de regreso. Cursa estudios en un liceo comercial de 1881 a 1882, año este en el que su familia se ve compulsada a trasladarse a Constantinopla, a causa de unos disturbios en Alejandría que dan lugar a bombardeos y a la ocupación del ejército británico para contrarrestar el movimiento nacionalista, por entonces de fuerza nada desdeñable. Retorna a su ciudad natal en 1885.
Mientras va haciendo su obra, trabaja en la Bolsa del Algodón como corredor (1888 a 1902); como empleado por contrata en la Oficina de Riegos del Ministerio de Obras Públicas (1892-1922) y colabora en diferentes periódicos, entre ellos el diario Telégrafos; viaja a París y Londres en 1897 y a Grecia en 1901 y 1903. Su celebridad va creciendo al mismo tiempo que el número de sus amistades, aparecen detractores de su poesía y críticos severos junto a otros que admiran sus escritos, así como la riqueza de su estilo, y escriben acerca de su poesía con elogios y juicios que los sitúan muy en alto. En 1924 aparece en la revista The Criterion, de T. S. Eliot, su poema “Ítaca”, y E. M. Forster muestra algunos textos poéticos de su admirado amigo al gran historiador Arnold J. Toynbee y a T. E. Lawrence. En 1926 le es entregada una condecoración del gobierno del dictador Pángalos, hecho que provoca una fuerte polémica en ciertos círculos de Alejandría. En 1929 recibe en esa ciudad, la visita del futurista Marinetti, quien también escribirá elogiosamente sobre su poesía. En 1932 le anuncian la triste noticia de que un cáncer de laringe amenazaba su vida. Fallece en 1933, el mismo día de su nacimiento, 29 de abril, por una congestión cerebral. Ya su fama era notoria y la estimación de grandes maestros iba unida a su poesía en estudios y ensayos penetrantes y sustanciosos. Sus detractores, entre los cuales estaban algunos importantes críticos y poetas, no lograron sumir su nombre en el olvido ni colocarlo entre los de creadores de poca monta.
Cuando nos detenemos a leer su riquísima poesía admiramos de inmediato su extraordinaria autenticidad, abierto testimonio de su más profundo ser, homoerotismo sin cortapisas ni miedos a la censura, confesiones de sinceridad ejemplar y de enorme fuerza comunicativa. Hay una memoria nostálgica recorriendo muchos de sus textos esenciales, una memoria entristecida pero al mismo tiempo gratificante, dualidad que nutre esas páginas con singular maestría. Sus poemas evidencian una elaboración cuidadosa y un buen gusto de sabor clásico, conformado en el diálogo del poeta con su tradición lingüística, de la que bebió durante años hasta integrar su visión del mundo en esas fuentes de tanta significación para la cultura occidental. En diversos momentos percibimos una atmósfera que el poeta recrea desde su experiencia amorosa y que nos recuerda la de algunos de los líricos griegos de los siglos V y IV a. C., como si el autor neohelénico perteneciese a esa manera de recrear ambientes y estados de ánimo. En otros autores griegos del siglo XX, como por ejemplo Yorgos Seferis u Odiseas Elitis, con una sensibilidad y unas búsquedas muy diferentes a las de Kavafis, nos puede dar la falsa impresión de que su pertenencia a la contemporaneidad es mucho mayor por sus temas, pero ello no entraña un desfase en la obra de nuestro poeta, sin duda igualmente hijo de su época, hasta el punto de que el heterodoxo Marinetti lo consideraba un futurista, juicio quizá excesivo. Acaso la más destacada virtud de sus mejores páginas esté en la sobriedad y la mesura, siempre presentes de manera ejemplar en sus más conspicuos ejemplos, al igual que en muchos de los más relevantes creadores de las vanguardias, en especial en lengua inglesa, tan cercana a Kavafis, como para expresarse en ella en algunos textos (“[More happy thou, performing Member…]”, “Leaving Therapia” y “Darkness and shadows”). Conozcamos algunos de sus más acabados poemas de tema homoerótico, para percibir los rasgos que he venido señalando como muy suyos. Veamos primero el titulado “Una noche” (1907 / 1915):
El cuarto era pobre y sórdido,
oculto en los altos de una taberna equívoca.
Desde la ventana se veía la calleja,
sucia y estrecha. Desde abajo
llegaban las voces de algunos obreros
que jugaban a las cartas y que se divertían.
Y allí en la cama humilde, ordinaria
poseí el cuerpo del amor, poseí los labios
voluptuosos y rojos de la embriaguez –
rojos de tal embriaguez, que también ahora
cuando escribo, ¡después de tantos años!,
en mi casa solitaria, me embriago nuevamente. 1
Leamos ahora “Así tanto contemplé” (1911 / 1917), evocación de un refinado erotismo nada inusual en la poesía kavafiana, con versos muy bien labrados, en los que sentimos la sustantiva emoción de una experiencia inolvidable en la vida mundana del poeta, paseante por sitios de la ciudad en puro andar libre o en busca del placer sensual, gran fuerza dinamizante de su escritura:
Así tanto contemplé la belleza,
que plena está mi vista de ella.
Líneas del cuerpo. Labios rojos. Miembros voluptuosos.
Cabellos como tomados de estatuas griegas:
siempre hermosos, aun cuando estén despeinados,
y caen, un poco, sobre las frentes blancas.
Rostros del amor, tal como los anhelaba
mi poesía… en las noches de mi juventud,
en mis noches, furtivamente, hallados.
La abundancia de los poemas que cantan o evocan las vivencias amorosas no opaca la de aquellos de tema histórico, menos sobrios por su extensión y por las reflexiones intercaladas acerca del Destino o de las consecuencias de la conducta, problemáticas que no hallamos en los textos del tipo que acabamos de transcribir. Una visión trágica de la vida, sujeta a fuerzas oscuras e ineludibles para el hombre, subyace en los más significativos poemas de tema histórico, con personajes traídos de episodios reales, como sucede, entre otros, en este magnífico titulado “El plazo de Nerón”, de sobriedad ejemplar:
No se inquietó Nerón cuando escuchó
el vaticinio del Oráculo de Delfos.
“Los setenta y tres años que tema”.
Tenía tiempo aún para gozar.
Tiene treinta años. Muy suficiente
es el plazo que el dios le da
para preocuparse de los peligros futuros.
Ahora va a regresar a Roma un poco cansado,
pero cansado exquisitamente por este viaje,
que fue todo días de placer–
en los teatros, en los jardines, en los gimnasios…
Atardeceres de la ciudades de Acaya…
Ah la voluptuosidad de los cuerpos desnudos sobre todo…
Esto con Nerón. Y en España Galba
secretamente su ejército reúne y lo ejercita,
el anciano de setenta y tres años.
Otros poemas igualmente espléndidos rezuman una sabiduría de vieja estirpe, lección para la existencia en su dimensión más profunda, con una dosis de epicureísmo que nos habla del disfrute pleno de las posibilidades reales para una sobrevida que ha de emerger de nuestra propia sensibilidad, desentendido el poeta de todo trascendentalismo. Dentro de esa línea de reflexión los mayores ejemplos los encontramos en “Ítaca” (1910 / 1911) y en “Esperando a los bárbaros” (1898 / 1904), los más conocidos y citados de toda su obra entre tantos y tantos textos absolutamente magistrales. Toda su poesía posee una delicada conciencia de la vida y la muerte, una dolorosa y a su vez alegre memoria de dichas y penas, una especial sensibilidad ante la fugacidad de todo, y la sobrevida que el placer es capaz de proporcionarnos como antítesis de la fatalidad y del sinsentido. Su poesía nos permite pensar que el poeta ha atravesado por oscuras e indescifrables advertencias en su larga vida, a la manera de oráculos como los que emitía el dios Apolo en Delfos, y que él ha querido aleccionarnos para que nuestra existencia alcance una plenitud que quizá sintió que no había alcanzado él mismo. Así como el esplendor de la juventud, con sus placeres sensuales y la despreocupación ante el grave conflicto de la muerte, le llenaron de una dicha para él inolvidable y vivificante, la vejez le trajo un dolor y una sabiduría que aprendió en los caminos por los que anduvo tantos años y en las lecturas de su riquísimo pasado, con sus mitos, pensadores, poetas, historiadores. Vio el suceder de la Historia como una sigilosa trama de pequeños y grandes hechos, de poderíos y de declinaciones, de batallas y sufrimientos. En algunos momentos intervino con protestas o con su escritura en sucesos más o menos relevantes. Casi toda su vida estuvo signada por una emoción genuina ante la belleza, por el miedo ante el olvido y la nada, por un hedonismo irrenunciable, con el que quería alcanzar su propia plenitud y con el que llegó hasta hoy, para disfrute de sus lectores de esta hora. Al cumplirse los ciento cincuenta años de su nacimiento y los ochenta de su muerte, sus poemas nos acompañan y nos enriquecen como los de un gran poeta y más que los de muchos de estilos grandilocuentes e impecable elaboración, tan diferentes de los que nos dejó este hombre universal.
Notas:
[1] Utilizo en todos los casos la versión de Miguel Castillo Didier en su libro Kavafis íntegro (Santiago de Chile, Universidad de Chile. Centro de Estudios Griegos, Bizantinos y Neohelénicos Fotios Mallero-Tajamar Editores, 2010, 695 pp.), donde encontramos, como indica su título, toda la poesía, y además un extenso estudio, una cronología y una bibliografía cuantiosa. Los datos biográficos mencionados en este trabajo provienen asimismo de ese volumen.
