Juan Ramón Jiménez
La enorme y trascendental obra de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), nacido en Moguer y fallecido en Puerto Rico, exiliado de la guerra civil española por tierras americanas sin retorno a su patria, y merecedor del Premio Nobel en 1956, conforma con la de Antonio Machado (1875-1939) y la de Miguel de Unamuno (1864-1936), la trilogía de grandes maestros españoles del siglo XX que precede a la aparición de la renovadora Generación de 1927, integrada por figuras de la talla de Federico García Lorca (1902-1936), Vicente Aleixandre (1898-1984), Luis Cernuda (1902-1963) y Rafael Alberti (1902-1999). Su pequeña patria andaluza fue decisiva en la formación de su refinada sensibilidad. Los paisajes de su entorno familiar, alrededor de la casona donde pasó sus primeros años de vida, crearon en él una experiencia del paisaje y de la luz que siempre lo acompañaría. Él mismo nos dice que era un niño triste, solitario, con temores acusados a algunas costumbres cotidianas. Sus primeros textos comenzaron a aparecer en publicaciones limitadas de su entorno provinciano, desde donde comenzó a crecer hasta llegar a todos los confines del idioma, tanto en España como en los países de América. Muy temprano se definió su vocación y se dedicaba a leer incansablemente poemas de autores románticos, entonces más o menos asequibles: españoles, ingleses, franceses, alemanes, todos ellos los primeros que iluminaron su sensibilidad con una escritura que ha de haberle sido muy afín, si tenemos en cuenta su natural delicadeza. La pasión por la poesía le robaba un tiempo que no quería dedicar a sus estudios universitarios, hasta que finalmente abandonó la carrera. Después de publicar algunos de sus versos, decidió a viajar hasta Madrid invitado por un grupo de jóvenes que habían leído sus composiciones y querían que diera a conocer un libro en una editorial de la capital. En 1900 llegó a la gran ciudad con numerosos poemas, y ese propio año aparecieron dos libros suyos: Ninfeas y Almas de violeta, creaciones de principiante fuertemente imantadas por el modernismo y de una entrañable pureza, inolvidable para quien comienza a conocer su obra por esas páginas preciosas. Ya era grande en el poeta la influencia del maestro Rubén Darío, la más alta figura de la lírica del idioma por entonces. No obstante, en esos versos iniciales está la voz vívida de este creador joven, de diecinueve años de edad. En los más memorables ejemplos de la manera suya de esos momentos, desde los cuales se irá elevando hacia alturas extraordinarias, no alcanzadas por ningún otro poeta de la lengua castellana en el siglo XX, centuria en la que hemos tenido verdaderos colosos de la expresión y de la creatividad de la palabra, logra un verso depurado, hecho de luz y de música, de sensaciones reiteradas como una obsesión ante la realidad, voz suave y de cierto tono nostálgico, rasgos que fueron motivo de leves alusiones burlonas de Jorge Luis Borges, pero no por ello dignos de pasar al olvido. Eran ya expresión auténtica de una forma de percibir la vida y de cantarla, aunque no podamos afirmar que son obra acabada y de grandes realizaciones. Podemos ver en esos poemarios al autor posterior, pues cuando nos adentramos en sus obras mayores siempre resuena en nosotros un eco de aquellas composiciones, de un marcado romanticismo muy superior a los ejemplos ya decadentes de los románticos de última hora.
Viajes más o menos intrascendentes para otros, pues muchos de los sitios visitados estaban dentro de las fronteras de España, en tanto que una breve estancia en Francia cambió ese panorama tan suyo, llegaron a constituirse para él en una vivencia riquísima que fue completando su estilo, su manera de dialogar con la realidad. La cercanía de esos paisajes traía aromas, colores, estados de ánimo que fueron definiendo sus percepciones y transformándose en poesía, concretamente en libros publicados poco a poco, ya dentro de una claridad que lo acompañaría toda la vida. Se percibe también en esas entregas, más que en las dos primeras, al Juan Ramón Jiménez posterior, tan visible ya en Platero y yo, comenzado en 1907 y concluido en 1912, lleno de esa atmósfera de sus espacios de infancia y temprana juventud. Su obra va ganando cuerpo físico y hondura espiritual, con títulos reveladores, tocados de una leve delicadeza que estaba en consonancia con sus conflictos de entonces, angustias diversas, temores inquietantes que nunca se tradujeron más que en un desasosiego que no llegó a alcanzar la fuerza de una perturbación desestructurante: Arias tristes (1903), Jardines lejanos (1904), Elegías puras (1908), Elegías intermedias (1909), Elegías lamentables (1910), Pastorales (1911), Melancolía (1912), Estío (1915). Es elocuente este poema de Arias tristes:
Yo dije que me gustaba
–ella me estuvo escuchando–
que, en primavera, el amor
fuera vestido de blanco.
Alzó sus ojos azules
y se me quedó mirando,
con una triste sonrisa
en los virjinales labios.
Siempre que crucé su calle,
al ponerse el sol de mayo
estaba seria, en su puerta,
toda vestida de blanco.
Veamos este fragmento de un poema de Melancolía:
La tarde iba jugando con colores suaves,
por distraer la pena y el tedio de mi vida.
Sobre el campo incoloro del fondo del ocaso,
abrió y cerró cien flores de luz y de armonía.
¡Qué rosa! Se incendió, se hizo triste, cayó
en el río, lo mismo que una frente marchita.
Después fue un malva lento, mate, que recordaba
no sé qué melancólica boca descolorida.
[…]
En 1916 se traslada a América por primera vez, un hecho de suma importancia en la historia espiritual del poeta, pues significa un cambio radical de paisaje y de ámbito inmediato, el encuentro con una cultura muy diferente de la que venía y en la que se había formado. De ese traslado surge un valioso volumen: Diario de un poeta reciencasado, aparecido ese propio año, poemas muy distintos a los anteriores, aunque con los rasgos definidores de un estilo que era al mismo tiempo nuevo en su escritura. Era un libro altamente estimado por él, y al que consideraba como el mejor de cuantos había escrito. Se aprecia en estos poemas un nuevo aire, un ascenso en el tratamiento de los temas y de las vivencias, una ruptura en la observación de la realidad, ahora de unas dimensiones que no tiene en las entregas anteriores. Pude decirse que se abren sus unos espacios y vivencias que lo enriquecen de un modo que nunca antes había entrevisto en sus viajes y estancias fuera de Moguer. Si hasta esos momentos son visibles en sus libros una sensibilidad y una adjetivación que dialogan con una naturaleza visible, ahora hallamos en los mejores momentos de este Diario… el descubrimiento de una verdad que podríamos llamar simbólica, de interior, de regocijo propio de un renacimiento íntimo. Es ya un poeta más pleno, de una penetración mayor en los elementos ocultos de la naturaleza. En cierto sentido, asistimos aquí a una liberación del poeta de sí mismo, de sus angustias y desolaciones, como si la nueva circunstancia le revelase verdades más profundas. Su infancia aparece cual rememoración de un estado feliz, cálido, entrañable, en contraste con estos nuevos espacios abiertos y la presencia de un amor adulto, el de su pareja, Zenobia Camprubí. Es evidente, pues, la diferencia entre un Juan Ramón y otro en estas páginas, más que en la representación añorada de su tierra, a la que evoca con amor, en la frecuente incomodidad que experimenta ante algunas expresiones de la civilización nueva, ante algunos desajustes emocionales que le producen las máquinas que forman un entorno tan diferente del que tenía en la memoria. Su pasado está muy vivo en este viaje a América, como si se resistiese a desaparecer ante tanto ruido y tanta vida moderna. Volvemos a hallar, una y otra vez en el Diario…, la contemplación de momentos de la luz y las sombras, de instantes de exaltación de la vida natural en contraste con la vida artificial, hasta el punto, de que en uno de los textos evoca a Garcilaso como parte sustantiva de su pasado, poeta de un renacimiento en el orden de la poesía frente a la disonante presencia de un país tan distinto al suyo. Es frecuente la referencia a imágenes reales de la cotidianidad, en un contexto en el que se manifiesta la fuerza fecundante de los árboles y del cielo, antítesis de enorme carga simbólica. El mar es asimismo fundamental como encarnación de valores trascendentes, más allá de una intelección racional del acontecer y del ser social. Su aparición en estos textos de prosa y verso es constante y da al conjunto una significación que sitúa la obra del poeta en una nueva etapa, encaminada hacia el hallazgo de una verdad más profunda y menos visible. Ha ido ganando su poesía nuevos espacios y relaciones con la vida. Posee una gran importancia en este poemario la piedad, esa ternura delicada que le permite al lector conocer los hechos desde esa relación íntima con un sentimiento de esas calidades. Ese es un rasgo que encontramos siempre en la obra juanramoniana, visible en sus libros anteriores, en el tono con que nos comunica los paisajes lejanos y cercanos que nos describe; en sus libros posteriores en la profundidad de su experiencia de búsqueda, como vemos en su libro mayor y más rico: Animal de fondo (1949), donde nos adentramos ya en una metafísica amorosa, tocada por preguntas y respuestas de la más alta estirpe, con un lenguaje abierto, sin límites, con apuntes laterales que desbordan el conocimiento en sus maneras tradicionales y alcanza hallazgos de enorme sobreabundancia.
Antes de llegar a ese texto extraordinario, publica Juan Ramón varias compilaciones de gran calidad, como todo lo suyo: Eternidades (1918), Piedra y cielo (1919), Belleza (1923), Canción (1936), La estación total. Con las Canciones de la nueva luz (1946). Junto a poemas extensos tenemos en esas compilaciones magistrales poemas breves, con espléndidos juegos de percepciones y apretada conceptualización, como en este ejemplo de Eternidades, el 103:
Ven. Dame tu presencia,
que te mueres si mueres
en mí… ¡y te olvido!
¡Ven, ven a mí, que quiero darte vida
con mi memoria, mientras muero!
O en este otro, de Belleza, el 87:
En la noche tranquila,
eres el agua, melodía pura,
que tienes frescas –como nardos
en un vaso insondable– las estrellas.
O en este otro breve momento de La estación total, ya de una hondura mayor, más cercano a Animal de fondo:
¡Cuánto infinito abracado
desde esta piedra del mundo!
No estoy en el “desde aquí”,
sino en el “ya de lo último”.
Posteriormente, van apareciendo calidades más depuradas dentro de un diálogo más rico, con implicaciones de mayor profundidad, si bien en los versos que he citado hallamos ya problemáticas que no veíamos antes con igual frecuencia. Dentro del propio libro de 1946, el más cercano al de 1949 y el de más sustantivas semejanzas con las visiones que allí se nos entregan, arriba el poeta a una percepción plena del júbilo y de fusión del ser con la vida, el ser con la belleza, el ser con la totalidad. Puede afirmarse, más allá de la pasión que nos pueda despertar un creador como Juan Ramón, que en algunos momentos de La estación total tocamos la plenitud de la palabra en su variante sensorial, sin lucubraciones intelectuales ni ideas preconcebidas, experiencia única de esta y de toda gran poesía. Esos instantes sitúan a su autor en una tradición que solo es propia de los mayores creadores de la palabra. Creo que se da tal vivencia extraordinaria en varios ejemplos de ese libro, pero especialmente en “Criatura afortunada”, una página que desborda los límites de la construcción poemática del propio poeta y de la imaginación lírica, para entrar en un cántico que no tiene paralelo en los maestros contemporáneos ni en figuras del pasado, una verdadera revelación de fuerza inigualable que emerge de la tradición juanramoniana misma y estalla de un modo irrefrenable, como si la irrupción verbal fuese más poderosa que cualquier control racional dictado por una determinada voluntad estilística. Veamos estos fragmentos iluminadores:
[…]
¡Qué alegre eres tú, ser,
con qué alegría universal eterna!
¡Rompes feliz el ondear del aire,
bogas contrario el ondular del agua!
¿No tienes que comer ni que dormir?
¿Toda la primavera es tu lugar?
¿Lo verde todo, lo azul todo,
lo floreciente todo es tuyo?
[…]
Nos das la mano, en un momento
de afinidad posible, de amor súbito,
de concesión radiante;
y, a tu contacto cálido,
en loca vibración de carne y alma,
nos encendemos de armonía,
nos olvidamos, nuevos, de lo mismo,
lucimos, un instante, alegres de oro.
¡Parece que también vamos a ser
perennes como tú,
que vamos a volar del mar al monte,
que vamos a saltar del cielo al mar,
que vamos a volver, volver, volver
por una eternidad de eternidades!
¡Y cantamos, reímos por el aire,
por el agua reímos y silbamos!
[…]
Ahí estamos ya en la atmósfera de Animal de fondo, con sus penetraciones en una luminosidad insospechada y las meditaciones de enormes verdades entrevistas por el poeta, ahora deslumbrado y absorto ante lo que ve y escucha, ante las revelaciones que va acumulando en esos poemas totales, provenientes de una tradición que él pudo enriquecer como nadie en el idioma en todo el siglo XX. Aquí no hay historia ni acontecimientos de los otros, sino irradiaciones puras de los elementos, sobrevisiones que fusionan lo carnal y lo espiritual, totalidades que solo un gran poeta nos puede mostrar. Juan Ramón logra entonces un diálogo muy suyo con Dios, una poesía que sabe y siente desde la palabra sin conceptos y sin filosofías previas, que conoce las revelaciones mayores por la mirada siempre atenta a los paisajes exteriores e interiores. Este poema de Animal de fondo, “Que se ve ser”, nos dice con nitidez lo que afirmamos:
En la mañana oscura,
una luz que no sé de dónde viene,
que no se ve venir, que se ve ser
fuente total, invade lo completo.
Un ser de luz, que es todo y sólo luz,
luz vividora y luz vivificante;
una conciencia diamantina en dios,
un dios en ascua blanca,
que sustenta, que incita y que decide
en la mañana oscura.
Los poemas posteriores de Juan Ramón poseen similar riqueza y hondura, pero, ese libro de 1949, reúne su voz en una dimensión que ya veníamos entreviendo en su evolución desde los primeros textos de 1900. No era posible, creo, ir más allá de sí mismo que lo que logró con esta compilación. Estamos ante una cima infranqueable, el sito al que tenía que arribar esta poesía tan cuidadosamente labrada y de tan ricas imágenes del mundo real. Siempre la realidad nutrió esta obra poética, realidad viviente y realidad absoluta, todo para él era simbólico. Su obra en prosa, de alcances no bien estudiados todavía, completa su creación y su legado a nuestra sensibilidad, herencia incalculable. En la obra de Lezama Lima, de Cintio Vitier, de Fina García Marruz, dejó Juan Ramón una impronta altamente fecunda. Por él aprendieron qué era la poesía, no solo qué era su poesía. Ahí están las reflexiones y recuerdos de Vitier evocando qué significó para él la poesía de este poeta absoluto, rememoración de una pasión viva por el hallazgo de una verdad trascendente, que impulsó la primeras creaciones del joven en la década de 1930, cuando Juan Ramón nos visitó y lo conoció el adolescente que comenzaba a escribir. La poesía cubana tiene una enorme deuda con este maestro que impulsó lo mejor de nuestras fuerzas espirituales en aquellos años de su diálogo con Lezama. Frutos mayores de esa presencia entre nosotros, son el deslumbramiento de Vitier ante el maestro, con ricas consecuencias espirituales; la conversación con Lezama, recogida en Coloquio con Juan Ramón Jiménez (1938), y la antología La poesía cubana en 1936 (1937), iniciativa del poeta para mostrar el estado de la sensibilidad en esos momentos de la historia literaria nacional.
