Batista, la Guerra Fría y las dictaduras latinoamericanas
Cuando se instaló a escala mundial la política de “Guerra Fría”, en el periodo histórico que siguió al fin de la II Guerra Mundial, los Estados Unidos favorecieron las dictaduras en el hemisferio occidental. Estos regímenes se presentaron como los más inequívocos guardianes de los intereses estadounidenses en la región. A Washington le importaba que prevalecieran gobiernos que garantizaran la protección a sus intereses, más que un régimen político con mayores o menores libertades democráticas. La preferencia norteamericana por los dictadores se debió a las garantías que estos ofrecían a partir de patrones de dominio dirigidos a controlar la estructura social en su totalidad.
La fuerza armada que sustentaba a estos autócratas podía contener los grupos que pugnaban por una revolución social y que eventualmente podría afectar los capitales norteamericanos. Los militares fueron también un resguardo contra medidas nacionalistas reivindicativas aplicadas por gobiernos nacionalistas reformistas, sobre todo en su traspatio natural más cercano: el Caribe. Ellos eran, además, los jerarcas de unos ejércitos instruidos y armados por los Estados Unidos para enfrentar cualquier posible amenaza de una potencia extra continental comprometida con el comunismo internacional. Siguiendo esta lógica el continente debía estar libre del llamado totalitarismo soviético aún cuando pudiera ser víctima del totalitarismo más cruento que ejercían Washington y las dictaduras latinoamericanas.
El sector más reaccionario de Norteamérica se parapetó tras la defensa de la Doctrina Monroe para justificar las dictaduras. Frecuentemente, a partir del presupuesto de que se debía respetar la soberanía de otros países, recurrían a la doctrina Estrada de reconocer a todo gobierno que tuviese el control efectivo de la situación interna. No obstante, había excepciones en las que esos mismos principios soberanos eran violados mediante complots instigados desde Washington como sucedió con gobiernos populares como el de Jacobo Arbenz en Guatemala. En realidad, tras la política de supuesta neutralidad siempre se estuvieron gestando alternativas para consolidar la hegemonía imperialista al sur del Río Bravo.
Estas posturas creaban una situación de contrasentido histórico, en la práctica se conformó una paradoja consistente en que mientras más fácilmente se podían imponer regímenes de fuerza, más cercano se estaba a una situación de desorden que podía afectar los dividendos de las propias empresas norteamericanas. En la misma medida que se hacía insostenible la convivencia pública por las medidas de dominio aplicadas, más cercano se estaba de una situación de caos social que podría conducir a revueltas populares.
Washington y algunos de sus procónsules tiranos intentaron establecer fórmulas intermedias entre la dictadura y la democracia burguesa. Batista fue uno de los conejillos de indias en ese experimento que se denominó “las dictablandas”, toda una farsa que condujo a la vigorización de la protesta popular. Por otro lado, cuando las dictaduras caían en crisis los “cerebros fríos” del State Department experimentaban con diversas alternativas encaminadas a improvisar una transición política. Siempre la coyuntura, el conjunto de fuerzas que actúan en el tejido social, así como los factores internacionales, disponían el desenlace en esas situaciones críticas.
En América Latina, la coyuntura de los años 50 no dejaba muchas opciones a quienes pretendiesen reformar las realidades críticas de sus países. El cierre de alternativas económicas y políticas sustentado en el anticomunismo y las pretensiones hegemonistas norteamericanas, apenas dejaba espacio para una activa reforma nacionalista dentro del régimen de la democracia representativa. Las condiciones macro históricas favorecían la polarización de los conflictos sociales y no una respuesta coherente de todos los sectores a los agudos problemas de la región.
En ese contexto histórico las posibilidades de que triunfara una alternativa reformista sin compromisos con el régimen tiránico de Batista fueron mínimas. Ello se debió tanto a factores de orden interno, como también a la coyuntura internacional donde predominaban los principios de la “Guerra Fría”. Batista dio un golpe de Estado con el objetivo principal de impedir el triunfo de un partido de corte nacional reformista como el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y al propio tiempo puso a Cuba en bandeja de plata a los capitales norteamericanos. A lo largo de su mandato no manifestó nunca intenciones de reformar el país ni en lo político ni en lo económico, más bien aplicó el Plan Truslow para favorecer intereses foráneos, suprimió conquistas obreras incrementando la explotación de los trabajadores, hipotecó el país llevando a límites abusivos su deuda pública y no resolvió el problema del desempleo.
En la ejecución del experimento de “Dictablanda” Batista nunca asumió la posibilidad de propiciar un diálogo amplio que condujera a una apertura democrático-burguesa, tan solo ganó algún tiempo y defraudó a muchos cubanos que, a la larga, terminaron por asumir que no era posible una salida pacífica a la crisis nacional. Todo ello con el visto bueno de los Estados Unidos de Norteamérica que le confiaron presente y futuro de los cubanos hasta un último momento, a pesar de todas las contradicciones que en ese entorno se generaron.
