Arthur Rimbaud
Su vida entró rápidamente en un intenso torbellino de experiencias ajenas a la poesía o, quizá, relacionadas con ella de un modo profundo y desconcertante. Nació en 1854 en Charleville. Ocho años después ingresó como alumno externo en una institución docente de su ciudad y allí se destacó como un aventajado latinista por la destreza y calidad con que escribía versos en la lengua del Lacio. No obstante esa brillantez, y quizá por ella misma, nos resulta impensable que ese joven escribiría las extraordinarias páginas poéticas que conocemos como Las Iluminaciones (1872) y Una temporada en el Infierno (1873). Tampoco podríamos inferir que esas creaciones estuviesen anticipadas de algún modo, en los poemas franceses escritos por el joven con anterioridad a esas fechas. El desorden, según las normas burguesas de vida, comienza a aparecer en este joven desde temprano. En condiciones económicas no muy favorables, emprende viajes por distintos países en busca de conocimientos y por una necesidad de aventura que habrá de encontrar más tarde la plenitud de su expresión, en los últimos años de su existencia. En 1875 se traslada a Alemania para aprender el idioma, de ahí pasa a Suiza y luego a Italia, donde enferma y después continúa su traslado a pie hacia Brindis, sufre entonces una insolación que lo obliga a renunciar a sus planes y es devuelto a Francia por gestiones de un diplomático francés. Ya en su país, intenta ingresar en el ejército carlista, deseo que no puede realizar. En su ciudad natal comienza a estudiar español, árabe, italiano, griego moderno y holandés, loable ambición que forma parte de su insaciable sed de conocimientos y de su necesidad de expansión, la cual lo lleva a inscribirse, mediante compromiso escrito, en el ejército holandés, del que desertará en breve. En un barco de vela inglés regresa a Burdeos y de ahí volverá a pie hasta Charleville. Continúan sin cesar sus aventuras y acciones por Austria, de donde es expulsado por las autoridades; por Holanda; se traslada a Hamburgo, ciudad en la que intenta enrolarse en la marina norteamericana; viaja a Suecia y a Dinamarca. De regreso en Marsella, partirá de allí hacia Alejandría, pasará luego a Roma y nuevamente a Charleville.
Tantos viajes y vivencias diversas están en plena consonancia con la escritura de sus dos textos mayores, en los que la poesía universal tiene dos grandiosos paradigmas de penetración y riqueza espiritual, dos momentos espléndidos y perdurables de gran altura, ejemplos que irradiaron hacia todos los poetas relevantes que vinieron después, no solo en el mundo francés. La lírica europea de la primera mitad de la centuria pasada tiene en esas páginas una de sus fuentes primordiales. El surrealismo es deudor de esa visión del mundo. Con Baudelaire y Mallarmé, poetas de enorme significación posterior y de alcances perdurables en la modernidad del siglo XX, conforma Rimbaud una escritura que nos llega con su carga de futuridad como una experiencia única, de hondura sustantiva en el diverso y poderoso panorama de la sensibilidad contemporánea. Los otros nombres de la poesía francesa que ya poseían un gran relieve antes de concluir el siglo XIX (Verlaine, Lautréamont, Nerval), aportaron también obras de indudable calidad al acervo de las letras universales, pero en otra dimensión, si bien los autores de Los cantos de Maldoror y de Las hijas del fuego formaron parte igualmente del entramado revolucionario del movimiento de vanguardia. Cuando nos acercamos a los textos de Iluminaciones percibimos unas ráfagas inconcebibles de enorme fuerza, visiones que la poesía francesa no había conocido ni conocería después. Algo tremendo había en esas prosas deslumbrantes, de un poder en verdad conmovedor que estaba mucho más allá de los tradicionales géneros literarios y que se habían convertido en testimonios absolutos de una drama profundo, de una angustia que llegaba hasta la desesperación, fiel a la vida del poeta que tantos caminos emprendería en tareas que poseían una oscura relación con la gran poesía, con aquella que nos revela esencias invisibles de la existencia. Los pasajes de su ir y venir por el mundo desempeñando labores inauditas para un poeta menos osado, están en consonancia con esa escritura de imágenes desconcertantes en su pureza y en su estremecedor sentido último, el de quien ha sabido entrever un diálogo sombrío o jubiloso con la realidad y sus infinitas formas y maneras. Paul Claudel (1868-1955), militante de un catolicismo ortodoxo que rayaba en la intolerancia, leyó esos poemas y quedó literalmente deslumbrado ante tanta belleza y estremecida penetración en el dolor y la angustia. Un rico ensayo en torno a su experiencia en la lectura de Rimbaud nos dice cuán decisivo fue para su formación e integridad espiritual el conocimiento de esa obra, conjuntamente con Una temporada en el Infierno. ¿Cómo se explica que la obra de un blasfemo e irreverente poeta conmueva de ese modo a un creador como Claudel, autor de títulos inequívocos entre los que figuran: La anunciación a María, Corona benignitatis anni Dei, Las cinco grandes odas para saludar al nuevo siglo? No hay otra interpretación posible de ese fenómeno, más que la del hecho de que Rimbaud le reveló grandes misterios de la realidad desde otra perspectiva, desde el lado demoníaco, con adjetivaciones y visiones que llegan a encontrarse con una realidad oculta, suprema, desconocida, búsqueda que hallamos en Claudel desde la perspectiva de una religiosidad en consonancia con las Sagradas Escrituras. La vida de Rimbaud nos dice que la existencia le resultaba insoportable, insufrible, de una aspereza que lo estremeció de manera irreconciliable, verdad esta que tiene una honda semejanza con la concepción claudeliana del mundo, para él una figuración transitoria de la vida eterna que se había convertido en el nutriente fundamental de la estética del autor de Partición del mediodía. El tono y el sabor de Una temporada en el Infierno, con un léxico y unos conflictos mucho más cercanos a la tradición cristiana, alcanzan una dinámica que se mueve entre una ortodoxia insostenible y una heterodoxia que le viene de las desavenencias esenciales del autor con su contexto. Rimbaud quiere huir, esconderse, es otro, sabe que “la vida está en otra parte”. “Hay que cambiar la vida”, había dicho en un momento supremo de su obra, frase de una resonancia posterior de fecunda actualidad. Una página como “Noche del infierno” revela vivencias de insondable angustia que lo llevan a decir: “¡Piedad!, Señor, tengo miedo. ¡Tengo sed, tanta sed!”. Esa estremecedora confesión rebasa cualquier filosofía vitalista y cualquier rasgo melancólico de tristeza romántica para devenir desgarramiento cósmico, ontológico, irredimible para toda praxis historicista. En todo el conjunto de 1873 se presenta una enorme batalla entre el individuo y su sentido de la vida, entre el yo alienado y la posibilidad de resurrección en otra realidad. El conocimiento se agota, se deshace, se torna insuficiente ante semejante vacío y frente a tanta incertidumbre, lo que hace a Rimbaud precursor de nuestros tiempos de rupturas y crisis de naturaleza diversa. El adentro y el afuera entran en contradicción, pero también se fecundan mutuamente: el infierno está dentro del individuo porque está afuera, y a la inversa, aunque aparece en otro momento esta luminosa revelación:
A veces veo en el cielo playas sin fin cubiertas de blancas naciones jubilosas. Un gran navío de oro, por encima de mí, agita sus pabellones multicolores bajo las brisas de la mañana.1
En otro pasaje encontramos una súbita revelación de esta poesía, en estas líneas que emergen de tantas imágenes que se confunden incesantemente en el autor y en nosotros, como mostrándonos el caos de percepciones y de hechos dentro del cual se mueve su vida, signada por un mundo descompuesto, incitándolo a buscar lo que no puede hallar. Leemos entonces:
¡Oh pureza! ¡pureza!
¡Este minuto de vigilia me ha dado la
visión de la pureza! –¡Por el espíritu se va a Dios!
¡Desgarrador infortunio!2
En su espléndido ensayo acerca de Rimbaud, el prólogo a su traducción de Iluminaciones, de 1951, Cintio Vitier ha visto con gran claridad el drama profundo de este gran poeta francés de todos los tiempos, y dentro del devenir que fue su vida, señala con límpida claridad el contraste entre la primera parte de la existencia del poeta y su segunda mitad, en la que se entrega a los más disímiles empeños y dialoga de un modo que el ensayista llama absoluto, como antes, en su etapa primera, fue absoluta también su creación verbal, inigualable en fuerza y en riqueza trágica, de la más alta estirpe. Esa ruptura de la renuncia a la poesía y su dedicación a trabajos inconcebibles y rudos, del más descarnado realismo y de un comercio en el que se entremezclan, al menos en apariencia, prácticas envilecedoras con una fantasía que descansa en la ciencia a manera de profesión del porvenir, entraña una actitud de entrega al sufrimiento final, como si ya, con lo que dejó en sus escritos, se dispusiese a marchar en total soledad hacia su muerte, último sacrificio que tenía que estar precedido, en su caso, por la agonía de ese infierno en el que penetró, después de haber escrito lo esencial de su obra. Sus cartas, de un valor inapreciable, nos hablan de un hombre de un linaje de gran estirpe, de un linaje de espiritualidad en verdad aleccionadora. Su carta a Paul Demeny, de 15 de mayo de 1871, de suma importancia para una justa intelección de la obra de Rimbaud, nos dice estas reveladoras afirmaciones:
Digo que es necesario ser vidente, hacerse vidente.
El Poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; él busca, consume todos los venenos para guardar sólo las quintaesencias. Inefable tortura en la que tiene necesidad de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, en la que deviene entre todos el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito, –¡y el supremo Sabio!– Llega a lo desconocido. ¡Ha cultivado su alma, ya rica, más que ninguno! Llega a lo desconocido, y cuando, trastornado, terminará por perder la comprensión de sus visiones, ya las ha visto. ¡Que estalle por las cosas inoídas e innombrables: vendrán otros horribles trabajadores, comenzarán por los horizontes por donde el otro se ha ocultado!3
Sus epistolario nos revela a un Rimbaud diverso, total, atormentado, sufriente, excepcional, único, como su poesía nos entrega a un creador de una hondura mayor, vidente, de enorme carga de futuridad, de fuerza desconocida, cuya sangre vital corre por los maestros de la poesía francesa posterior. Sus juicios acerca de los poetas anteriores o coetáneos nos permiten descubrir que conocía su tradición, aunque no fuese preocupación suya adentrarse en el esclarecimiento de esas obras. Sabe lo que pudo aprender en sus años literariamente fecundos, pero sobre todo conoció la vida, el sufrimiento, la aridez de las labores rudas y de las relaciones humanas, sabiduría que nutrió sus textos con visiones y detalles espléndidos y terribles. Se propuso romper con los cánones estéticos establecidos. Leamos este momento de “Une Saison en Enfer”, el primero de los textos agrupados bajo ese mismo título:
Una tarde, he sentado a la Belleza sobre mis rodillas. –Y la he encontrado amarga. – Y la he injuriado.
Muere el 10 de noviembre de 1891 después de haber sufrido la amputación de una pierna y de haber agotado sus fuerzas, este poeta al que siempre volveremos para conocer más plenamente la existencia.
Notas:
1 Versión de Cintio Vitier. “Imagen de Rimbaud”, en Arthur Rimbaud. Iluminaciones [1951]. Prólogo, traducción y noticia de Cintio Vitier. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2002, p. 21.
2 Ídem, p. 20
3 Versión de E.S. Ídem.
