Benito Pérez Galdós: voz cimera del realismo español decimonónico
La literatura en lengua española tiene en Benito Pérez Galdós a uno de sus más encumbrados exponentes. En este autor de procedencia canaria, no solo se conjugan la versatilidad genérica y la maestría estética, sino también el dominio plausible de diferentes sistemas de códigos.
Para tan eminente novelista, dramaturgo y cronista ha reservado España el título de icono mayor de la novela realista del siglo XIX. Precisamente por su relevancia en el contexto de las letras hispanas, este 10 de mayo se le recuerda con especial interés, en ocasión del 170 aniversario de su natalicio.
Siendo hijo de un coronel del ejército de la Guerra de Independencia, no extraña en sus obras la predilección por las narraciones históricas. Su imaginación siempre desbordada, así como su capacidad para recordar textos y detalles visuales, hicieron de él un excelente observador, cualidad indispensable para todo gran novelista.
Una vez graduado de Bachiller en Artes en 1867, empezó a escribir para la prensa local, en la cual publicó poesías satíricas, ensayos y algunos cuentos. Posteriormente viajó a Madrid para estudiar Derecho, pero entonces fue enviado a la Exposición Universal de París como corresponsal, y ello le costó la expulsión de la universidad. Sin embargo, de este viaje a la France,sacó muy buen provecho: trajo consigo las obras de Balzac y de Dickens, quienes, junto a Shakespeare, Cervantes, Lope de Vega y Eurípides, fueron sus autores de cabecera.
Galdós empezó cultivando una novela de tesis en la cual los personajes obedecían a un patrón maniqueo que los dividía entre reaccionarios y liberales. Después se desplazó hacia vertientes más costumbristas y espirituales, al tiempo que intentó describir a la burguesía española de su época mediante la novela histórica.
Otras fórmulas narrativas, como la novela dialogada, también formaron parte de su universo creativo. En sus diálogos con frecuencia aparecían vocablos y expresiones comunes y hasta vulgares que colindaban, alguna que otra vez, con el costumbrismo.
Entre sus obras más distinguidas se encuentran La Fontana de Oro (1870) —texto que bosqueja la situación ideológica de España durante el Trienio Constitucional (1820-1823)— y Los episodios nacionales —en los cuales intentó comprender la memoria histórica reciente de los españoles, mediante el reflejo de la vida íntima de estos en el siglo XIX—. En su momento, Los episodios…, conjunto novelístico considerado una de las obras más importantes de la literatura española de todos los tiempos, ejerció un influjo considerable en la trayectoria de la novela histórica española.
Ahora bien, títulos posteriores, como El doctor Centeno (1883), Fortunata y Jacinta (1886-1887) y Miau (1888), marcaron una nueva pauta en el estilo del escritor isleño. Después de esta etapa, ya en las postrimerías de su vida, se consagró fundamentalmente al teatro, para el que entregó cerca de veintidós piezas, sin contar aquellas de su juventud ni la inconclusa Antón Caballero.
Desde uno u otro género, en esta o aquella temática, lo cierto es que su estilo evade cualquier artificio retórico que asfixie la naturalidad del texto. Su intención es, más bien, la de ofrecer, según los postulados estéticos realistas, la visión más directa posible de la historia. Sin embargo, aun cuando sus narraciones se distinguen por la transparencia y el lenguaje académico y siempre castizo, destellan en ellas sublimes notas de humor e ironía que acentúan su loable carácter.
Su deceso en Madrid, el 4 de enero de 1920, fue lamentado por el mundo de las letras en todas las latitudes. Quizás por ello hoy, a casi dos siglos de su nacimiento, aún se le rinde tributo y se le recuerda. Y se le recuerda, precisamente, como el autor de versatilidad extrema y sapiencia ilimitada que supo dejar una herencia en los escritores de su tiempo y extendió su estela hasta las generaciones posteriores.
