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Saint-John Perse

Enrique Saínz  , 17 de mayo de 2013

Las agresiones de la Historia fueron determinantes en su vida, iniciada en el apacible mundo del Caribe, la isla de Guadalupe, donde nació en 1887 y vivió hasta 1895, rodeado de cariño familiar y por un paisaje de singular belleza, con recuerdos intensos que quedaron plasmados en sus primeros textos poéticos, reunidos bajo el título de Elogios (1911). En Francia estudió la segunda enseñanza y empezó a relacionarse con importantes figuras de las letras, como Paul Claudel, André Gide y Francis Jammes. Después de terminar la carrera de Derecho entró a formar parte del mundo diplomático y comenzó su desempeño en la legación de Francia en Pekín, importante plaza que le abrió la posibilidad de entrar en contacto con una riquísima y milenaria cultura y con una realidad física de inmensas dimensiones, uno de los rasgos fundamentales de su obra poética. Tras su estancia de cinco años en aquel país retorna a Francia y da a conocer un extraordinario libro, Anábasis (1924), que ha venido escribiendo desde las más altas vivencias de su estancia en el gran coloso asiático. No obstante la magnificencia de ese poemario, con el que el autor entra en una plenitud que nunca decaerá, en sus primeras entregas podemos percibir la esbeltez de su palabra y la formidable tensión de su relato, una continua alabanza jubilosa que no cesa, expresión de un barroquismo  muy americano que el poeta supo aprehender desde su diálogo entrañable con su entorno. Ya desde esos instantes iniciales sentimos con gran fuerza el mundo circundante, viva lección creadora que nos llega como uno de los signos incuestionables de su poética, presente en toda su obra. El volumen de 1924 causó un gran impacto entre importantes figuras de la cultura de entonces y fue traducido al inglés por T. S. Eliot, al italiano por Giuseppe Ungaretti y al alemán por Walter Benjamin. 

Pasó al Ministerio de Asuntos Exteriores y desempeñó diferentes tareas que le permitieron conocer de cerca los conflictos y manejos de la política del momento, años cada vez más turbios por el creciente auge del espíritu belicista alemán que culminó con el comienzo de la segunda guerra mundial en 1939, con su consecuente desestructuración de la normalidad en Europa central. Antes del estallido de la guerra y por razones no conocidas, Perse había abandonado la literatura y prohibió la publicación de sus libros. Al ver su patria invadida por los alemanes se trasladó a Inglaterra y luego a Estados Unidos. El gobierno colaboracionista de Vichy le quitó la nacionalidad francesa y la Gestapo saqueó sus papeles, en los que seguramente se encontraban extraordinarios poemas en proceso de elaboración o ya terminados, pero desde entonces definitivamente perdidos. Exiliado en Washington, obtiene una plaza como consejero literario en la Biblioteca del Congreso, dirigida a la sazón por el poeta Archibald MacLeich. Durante esos años norteamericanos escribió obras esenciales, como todas las suyas: Exilio (1944) –integrado por “Exilio” (1941), “Poema a la extranjera” (1942), “Lluvias” (1943) y “Nieves” (1944)–; Vientos (1946) y Mares (1957). Ese año regresa a Francia y decide vivir en la costa mediterránea. Publica en 1959 su poemario Crónica, canto desde la vejez pero sin decaer en la exultación continua de paisajes y con estremecidas asociaciones, palabra incansable que jamás muestra signos de debilidad ni de recogimiento, siempre el poeta abierto hacia las múltiples sensaciones de la realidad, a la que elogia con una voz igualmente enérgica y esbelta. Como expresión del más alto reconocimiento a la relevancia de su obra, marcada por una visión sin fronteras de la sociedad y de las inmensas fuerzas del mundo natural, al que cantó con un portentoso aliento creador y de alabanza, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura en 1960. En 1962 aparece Pájaros y en 1971, Canto para un equinoccio, ambos dignos continuadores de su excelencia y su formidable riqueza. 

Su obra poética, de moderada extensión, posee un dinamismo excepcional y una fuerza telúrica extraordinaria. Su impersonalidad, esa distancia entre el autor y los acontecimientos cantados, le da un cierto sabor épico a sus textos y los aleja de consideraciones trágicas y del dramatismo que heredamos de la escuela romántica. No se sintió Perse cercano a las renovaciones vanguardistas ni protagonizó hechos contra la tradición artístico-literaria, tantas veces cuestionada y ridiculizada por sus renovadores contemporáneos, integrantes de los grupos surrealistas y dadaístas, tan beligerantes en su afán de remover los cimientos de un arte y una poesía que ellos consideraban ya insuficiente y caduco. Perse se volvió de otra manera hacia la gran tradición de Occidente, la asimiló desde otras perspectivas en busca de su propia voz y de sus más altos paradigmas. Cuando leemos su poesía nos percatamos de su diálogo con la gran herencia clásica, enriquecida por él con las vivencias y las lecciones de su estancia en China, fuente nutricia inmediata de Anábasis, en cuyas páginas apreciamos asimismo su cercanía espiritual con la poesía de Homero y con los textos de Empédocles, por ejemplo, de enorme atracción para nuestro poeta hasta el punto de estudiar griego para poder leer sus textos. Píndaro significó también en su poesía un poderoso impulso creador, en especial por esa perpetua alabanza que encontramos en los epinicios del mayor poeta griego después de Homero. Los personajes pindáricos y los elogios que merecen por sus hazañas deportivas están muy cerca de los fundadores de ciudades y los artesanos en la poesía de Perse, alabados ellos con un tono que mucho nos recuerda el de las estrofas de las Olímpicas. Veamos estos momentos de Anábasis, verdaderos paradigmas de aliento vital y espiritual, propios del gran poeta que los escribió: 

          Y a mediodía, cuando el árbol enebro hace estallar los cimientos de las tumbas, el hombre cierra sus párpados y refresca su nuca en las edades… Cabalgatas del sueño en el lugar del polvo muerto, ¡oh vanas rutas que un soplo desmelena hasta nosotros! ¿dónde hallar, dónde, los guerreros que vigilarán a los ríos en sus bodas?

          Al clamor de las grandes aguas en marcha sobre la tierra, toda la sal de la tierra se sobresalta en sueños. Y de repente, ¡ah! ¿qué nos quieren de repente esas voces? ¡Levantad un pueblo de espejos sobre el osario de los ríos, que lancen apelación en el discurrir de los siglos! ¡Erigid piedras a mi gloria, erigid piedras al silencio, y a la custodia de estos lugares las caballerías de verde bronce sobre vastas calzadas!...

 

          (La sombra de un gran pájaro me pasa sobre el rostro.)  1

 

Si son visibles las semejanzas con los autores mencionados lo son también las diferencias, sobre todo esa fusión en el discurso de elementos tan dispares y en apariencia lejanos, pero integrados en una formidable totalidad que Perse enfatiza en todos sus libros y que contribuye notablemente, a darnos la sensación de inmensidad que nos comunica su obra. No tiene una significativa importancia el desciframiento minucioso de esta poesía, experiencia que ciertos críticos han intentado en alguna medida y que no ha pasado de evidenciar la posibilidad de interpretaciones diversas y en alguna medida arbitrarias, ninguna en verdad exacta y totalmente fiel a los propósitos del autor en sus aspectos esenciales. El gran impacto que nos produce es suficiente para enriquecernos y para adentrarnos en las posibilidades de una percepción otra de la realidad. La diversidad y magnitud de los diferentes elementos de la realidad natural y social que nos entregan estos poemas es de tal envergadura que su sola enumeración y su aparición en momentos tan disímiles de los textos, hace insostenible cualquier interpretación que queramos dar como la única válida y acertada de sus valores simbólicos y su importancia cultural. La poesía francesa no había visto antes ni vio después tanta riqueza lexical ni tantas alusiones incesantes a la diversidad como en las páginas de los libros de Perse. Estas crónicas de épocas anteriores, perdidas en el tiempo y que constituyen los inicios de la civilización, construida con múltiples oficios y con un espíritu de fundadores de ciudades, requerían una estructura sintáctica y un léxico como los que conforman el estilo de este poeta que rebasa la Historia desde ella misma, que va más allá del presente y del pasado como categorías actuantes y se remonta hasta los albores de la cultura con toda la magnificencia y la fuerza edificante de aquellos tiempos. Las grandes migraciones, la organización del Derecho y del trabajo, la fuerza fecundante de las colectividades que se reúnen para establecerse en los sitios en los que se edificarán las ciudades, alcanzan en esta poesía la relevancia de obra de arte, palabra que fusiona mitos, acciones transformadoras del trabajo, naturaleza y sociedad, lo real y lo irreal, los sueños y la vigilia intensamente vivida. Estamos en un  mundo sin tiempo ni lugar precisos, en un mundo social pre-científico que rebasa toda distancia entre el ayer y el hoy. Sentimos que somos testigos, gracias a estos relatos épicos, de una armonía entre el hombre y su mundo, una integración entre el individuo y su colectividad y entre su espíritu de aventura y su necesidad vital de asentamiento. Nos descubre Perse así el comienzo del Hombre como ente social, su capacidad de búsqueda y de edificación, relato que sobrepasa todo afán renovador y transformador del arte para revelarnos nuestros orígenes, gesto admirable que permanece mientras los afanes desestructuradores de sus contemporáneos vanguardistas no rebasan sus propia época y solo quedan como impulsores de una manera distinta de ver y aprehender la realidad, rasgo en el que coinciden con esta poética, heredera de sus propuestas. Veamos algunos instantes de estos libros para que constatemos la perdurabilidad de su lenguaje y de las grandes lecciones que nos transmiten. Leamos ahora este momento de “Nieve”, sección de Exilio:  

          Y luego cayeron las nieves, las primeras nieves de la ausencia, sobre los grandes anchos tejidos por el sueño y por lo real; y remitida toda pena a los hombres memoriosos, hubo una frescura de telas en nuestras sienes. Y esto fue en la mañana, bajo la sal gris del alba, un poco antes de la hora sexta, como en un puerto de azar, un lugar de gracia y de merced en donde licenciar el enjambre de las grandes odas del silencio.  

          Y toda la noche, a hurto nuestro, bajo este alto hecho de pluma, llevando muy alto vestigio y cura de almas, las altas ciudades de piedra pómez horadadas de insectos luminosos no habían cesado de crecer y sobresalir, en el olvido de su peso. Y sólo supieron algo aquellos cuya memoria es incierta y su relato aberrante. La parte que tomó el espíritu en esas cosas insignes, la ignoramos. 

Y ahora leamos este fragmento de Vientos, de la más alta jerarquía poética, de altura semejante a la de toda su obra:

 

          Nuestras reivindicaciones fueron extremas, en la frontera de lo humano.   

           ¡Silbad, quebrados! ¡Los vientos son fuertes! Y esta es nuestra prerrogativa.

           Nos levantamos con ese muy grande grito del hombre en el viento  

           Y avanzamos, hombres vivos, para reclamar nuestro bien en anticipo de herencia.

          ¡Que se levanten por doquiera con nosotros! ¡Que nos den, oh vivos, la plenitud de lo nuestro!

 

          ¡Ah sí, todas las cosas violadas, ¡ah! ¡sí, todas las cosas laceradas! ¡Y el Año que pasa, alta el ala!...

          ¡Es un volar de pajas y de plumas! ¡un frescor de espuma y de granizo en la ascensión de los signos! Y la Ciudad baja hacia el mar en una inquietud de blancas hojas, libelos y gaviotas de igual vuelo.     

          Todavía la impaciencia por doquiera. Y el hombre extraño, por todos lados, levanta la cabeza a todo esto: el hombre de brabante sobre la tierra negra, el caballero en país de altura, en los pólipos del cielo bajo, y el hombre de mar entre los canalizos, en la explosión de su más alta vela.

 

Finalmente, veamos este momento del comienzo de Mares:

 

          Y vosotros, Mares, que leíais en más vastos sueños, ¿nos dejaréis una tarde en los rostros de la Ciudad, entre la piedra pública y los pámpanos de bronce?

          Más vasta, oh muchedumbre, nuestra audiencia sobre esta vertiente de una edad sin ocaso: la Mar, inmensa y verde como un alba al oriente de los hombres,

          La Mar en fiesta sobre sus peldaños como una oda de piedra: vigilia y fiesta en nuestras fronteras, murmullo y fiesta a altura de hombres – la Mar misma nuestra vela, como una promulgación divina…    

 

          El fúnebre olor de la rosa no asediará ya más las verjas de la tumba; la hora viva en las palmas no callará ya más su alma de extranjera… Amargos, ¿lo fueron nunca nuestros labios de vivientes?

          Yo vi sonreír a las luces del piélago la gran cosa feriada: la Mar en fiesta de nuestros sueños, como una Pascua de hierba verde y como fiesta que se festeja,

          Toda la Mar en fiesta de los confines, bajo su halconería de nubes blancas, como dominio de franquicia y como tierra de manos muertas, como provincia de hierba loca y que fue jugada a los dados…

         

          ¡Inunda, oh brisa, mi nacimiento! ¡Y mi favor se vaya al circo de más vastas pupilas!... Las azagayas de Mediodía vibran en las puertas de la alegría. Los tambores de la nada ceden a los pífanos de la luz. Y el Océano, por todas partes, hollando su peso de rosas muertas,

          ¡Sobre nuestras terrazas de calcio yergue su cabeza de Tetrarca!

 

En estos tiempos de caos social y de pérdida de valores en todas partes, de crisis material y espiritual, esta poesía que canta al trabajo y a la belleza del mundo natural, a la fuerza y esplendor de la luz y a la fundación de ciudades, es un testimonio edificante de un poeta que no cesa de admirarse y de alabar la vida y la aventura contra la devastación y la muerte.

 

Notas:

1 Utilizo en todos los casos la formidable versión de Jorge Zalamea en Saint-John Perse. Obra poética completa. Introducción y versión castellana de Jorge Zalamea. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2004, 2 vols.

 

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