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Arístides Vega Chapú

Racso Morejón, 22 de mayo de 2013

Arístides Vega Chapú se presenta con un halo devoto en la tarde del viernes 26 de noviembre. Desde la baranda del entresuelo, en el Centro Cultural Habana, lo distingo afable y sencillo en su trato con las libreras y con quienes llegan atraídos por la visita de los también poetas villaclareños Yamil Díaz y José Ángel Hernández Pérez; mira el entorno como orientándose, otea algunos libros, las muchachitas de la librería lo escanean con evidente discreción,  otros usuarios regresan de soslayo la mirada al pasarle por el lado, lo tamizan, le pasan igual su “lámpara” ─uno de los  gurúes de la literatura santaclareña, pienso. Desciendo la escalera, me le acerco y al presentarme destila, detrás de su abrazo, una sincera excusa, casi con vergüenza; había olvidado en la habitación de la casa de visitas de la UNEAC su poemario Sagradas pasiones que, en un gesto de buena poeticidad, me traía desde Santa Clara. Ciudad fundada un 15 de julio de 1689, que luce su elogio a la cultura con instituciones como el Teatro La Caridad; la revista Signos, fundada por el poeta, dibujante y exquisito narrador Samuel Feijóo en 1969, desde la Universidad Central de Las Villas Martha Abreu; provincia tendida a los pies de la escultura El Niño de la Bota, fontana devenida símbolo de una ciudad con delirantes espacios culturales, a la razón,  La Trovuntivitis, El Mejunje, o El trovadoresco evento Longina, Ciudad Metal y A tempo con Caturla, de música de rock y de concierto respectivamente, por citar apenas un ápice de ese hontanar de cultura y cultos hombres prohijados por la más central de nuestras urbes.

Conversar con este autor, apenas unos minutos, antes de la tertulia para la que había sido convocado resultaba mi perentoria premura, muchos, buenos y añejos amigos lo estarían esperando en el mezzanine del Centro Cultural Habana; intercambiamos algunas ideas e impresiones en torno a la literatura que ha producido, puntos de vista esbozados luego, para el propósito de esta entrevista, alzados con presteza al tiempo disponible, a la condición de contertulio cotizado que tendría que asumir apenas terminara de pisar el último peldaño que lo separaba de la tertulia Cantidades rosadas de ventanas, de su público y anfitrión, el poeta y Premio Nacional de Literatura César López.

“A César lo que es del César”, le dije, poniéndole unas palmadas en el hombro para terminar mi escueto saludo. Quedamos en continuar el diálogo vía email, nos “reescribimos” un saludo afectuoso. Subí a ocupar una silla. Minutos más tarde le vi saludar, reír, agitar el brazo emocionado, con brillo en los ojos, pero sosegado. Se le notaba dispuesto. Los micrófonos se abrieron. Las buenas tardes quedaban avaladas. El resto era cosa de esperar estas respuestas, unos días pendiente de la deferencia del poeta, narrador y promotor cultural Arístides Vega Chapú (Cuba, 1962), anfitrión de la tertulia Café Contigo que se desarrolla mensualmente, en la sede de la UNEAC de Villa Clara, laureado y reconocido por una obra literaria amparada en más de una veintena de libros de poesía y novelas que le han granjeado un sitio plausible dentro de la literatura cubana contemporánea.

Desde tu asiento, mirando hacia la luneta donde la poesía  ejecuta sus actos y/o representaciones, ¿cuál es el estado actual del género que ─a tu juicio─ tiene el género y particularmente en el centro de la Isla cuál es su estado de ánimo?

La luneta en la que me sientas es muy incómoda porque no se puede ser juez y parte, sin embargo me atrevo a decirte que se está escribiendo muy buena y muy mala poesía, como supongo ha sido siempre. Se está escribiendo con mucha inmediatez, sin dejar que el poema encuentre su espacio en el universo. Las razones son obvias; hay mucha necesidad de validarse rápidamente y por otro lado, económicamente se hace imprescindible publicar.  Hay una falta de jerarquización de la obra y los autores, lo cual creo tiene que ver con la crisis institucional que vive el sistema de la cultura. También hay inoperancia de los mecanismos de legitimización, que al no existir una crítica coherente y sistemática han pasado a ser solo responsabilidad institucional y estas casi siempre responden a asuntos extraliterarios y pocas veces a la calidad de la obra, por tanto no siempre son justos. También creo no exista otro lugar en que se escriba tanto como en Cuba. No sé las causas y ni siquiera si la insularidad es el motivo. Hay buenos poetas en toda la geografía insular, sin importar si se reside en un pueblito o en una gran ciudad. Lo cierto es que aún los que quedan más cercanos a los círculos de poder de legitimización de la cultura, y pese a muchos intentos porque no suceda así, siguen siendo los más visualizados y en ese sentido pocas veces existe un conocimiento certero de las voces más representativas, ni que la nación toda es geografía de buena literatura. Uno ve que constantemente se repiten los mismos nombres en delegaciones que nos representan en eventos internacionales, que a su vez son los mismos que suelen servir como jurados,  o como invitados a las tertulias literarias, dando la sensación de un intercambio entre unos y otros. A este planteo le llaman resentimiento provinciano, pero es mucho más difícil desde el interior hacerse notar y cuando esto sucede siempre es a medias, sin importar la obra, ni si se es Premio Casa o Guillén.

En Santa Clara, donde vivo, existen poetas de diversas edades que se mantienen muy activos en cuanto a la creación. Hay jóvenes con mucho talento y otros que por su escasa edad están aún en posibilidades de demostrarlo. Lo que veo que a casi todos les cuesta mucho trabajo insertarse en el panorama literario nacional. Y sus poemarios, casi todos publicados por editoriales territoriales, apenas se conocen.

¿Qué otras figuras de la cultura, además de tu Pasión por Frida Cahlo, han aguijoneado ese “temblor” que adviertes como poeta y que pudieras traslucir en una imagen para venerar siempre?

Hay muchas figuras que respeto y admiro y a las que les debo toda la influencia que puedo reconocer en mi obra. Pero el haber descubierto en plena adolescencia la poesía de Eliseo Diego fue, definitivamente, encontrar un camino, una luz. Luego, cuando lo conocí personalmente, muchos años más tarde, se convirtió en ese Maestro que toda persona inquieta aspira encontrar. En su poesía aún sigo encontrando algunas de las respuestas a mis preguntas y esa ha sido una de mis suertes.

También la poesía de Fina me sigue conmoviendo, tanto como las canciones de Marta Valdés, una de las personas más lúcidas e inteligentes que he conocido.

Además del sentido de la “permanencia”, ¿qué otras razones tienes en común, no ya con “el árbol a tus espaldas”, sino con la poesía, con la literatura, con la  Isla?

Ambas me han dado la posibilidad de estar en constante diálogo. La poesía y la Isla siguen siendo para mí un misterio, una obsesión que, metafísicamente, no encuentro otra manera de expresarlo que con el mismo planteo de Martí: Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. ¿O son una las dos?

Nada como saltar hacia lo desconocido, sentencia el verso final de uno de tus poemas, en consecuencia me gustaría preguntarte, ¿qué esperas y qué has encontrado en ese “salto” del Ser hacia la literatura como símbolo de lanzarse a lo ignorado?

Lo he encontrado casi todo. De hecho me he encontrado a mí mismo. Todo lo que poseo, lo que sueño, lo que he podido derribar y levantar ha sido desde la experiencia de la creación.

Con más de una docena de poemarios publicados, incluida una  antología personal, me gustaría que me comentaras ¿qué te apetece aún de la poesía, qué por encontrar, por decir y por hacer?

Absolutamente todo. Porque la poesía, a mi criterio,  es el lenguaje de la verdad y la verdad siempre es relativa y se nutre constantemente y varía con frecuencia. También los personajes, los sucesos, los paisajes, los estados de ánimo que la inspiran, se renuevan constantemente.

Arístides, la memoria defendida, la historia, lo testimonial, la ficción, lo verosímil, esas distintas miradas que pueden existir de una misma realidad,  todas estas variables tienen su roll en la literatura cuyas fronteras, cada vez más, se esfuman unas dentro de las otras. ¿Cómo y cuál ha sido tu relación con cada una de estas fuentes o materias primas en el momento de concebir tu propia obra?

Siempre me ha gustado juntar personajes reales con otros ficcionados, sucesos reales con los que armo desde la imaginación. Para mí eso constituye un reto, que me obliga a estudiar tanto los sucesos como los personajes y desde ese conocimiento, reinventar una nueva historia. En mi novela Un día más allá, por ejemplo, hago coincidir a Bola de Nieve con Eva Perón en una amistad que no fue real. Pero todo cuanto cuento de ellos es cierto y sobre esa base de la realidad fabulo hasta donde mi imaginación puede llegar. Creo que en eso está el disfrute del escritor, en hacer creer como ciertas las historias que están armadas desde la ficción, sobre todo si uno mismo se las llega a creer y esto nos alivia de vivir solamente la que el destino nos reservaba.

Para encontrar nuevos lectores, como  has declarado en una entrevista, se necesita –pienso–, una nueva poesía, una nueva narrativa, una nueva literatura en definitiva. A tu juicio, ¿cuáles serían los itinerarios posibles para estos géneros a los que se tendría que dirigir el escritor de estos tiempos teniendo en cuenta, sobre todo, que la literatura no es precisamente el plato fuerte de la generalidad en nuestra sociedad?

No creo seamos solo los escritores los responsables de que la literatura se convierta en algo interesante y útil para las mayorías. Hay toda una industria de la banalización, que también abarca la literatura y todas las demás artes. Quién las financia, en un país como el nuestro, sería algo interesante de preguntarnos. Las respuestas pueden ser varias, pero lo cierto es que cada día toma más fuerzas una tendencia esnobista que privilegia lo banal y lo vulgar. Lo peor es que esto se hace con la justificación de complacer a un público que ciertamente cada vez está más cercenado, más limitado, más ignorante. Una industria poderosa que está perneando conquistas que parecían irrevocables y que desconocen políticas culturales que en su gran mayoría están bien trazadas, pero violadas con toda impunidad. Pese a eso, solo doy crédito, como creador, al itinerario de la verdad. Cuando uno es deshonesto y es capaz de hacer concesiones, en cualquier sentido, el lector no tiene que ser demasiado perspicaz para notar la falsedad de la obra.

Mi memoria guarda desórdenes familiares dramáticos, conflictos (no resueltos) ético-estéticos y conductuales  acaecidos en el entorno íntimo de las familias, el matrimonio, los compañeros de trabajo, vecinos, amigos que apenas los puedo visualizar en tu libro de testimonios. No hay que llorar, circunstancias y sucesos sobre los que se articularon, por mucho más tiempo del previsto, las relaciones interpersonales de muchos, muchísimos, cubanos. A la vuelta del tiempo y revisando de rebote esos testimonios, ¿no te da la impresión que el volumen se queda en la arena y no entra a la mar de ordalías con que nos azotaran en los tristemente célebres años del “periodo especial”?

Quiero, primero que todo, agradecerte tu observación, porque contrario a lo que me dices hasta hoy solo he recibido criterios complacientes sobre ese libro. Y si algo me gustaría, es hacer una redición con otros testimonios que me llegaron tardíamente y hasta con otros que puedan sumarse a esta invitación a recordar y reflexionar sobre un tiempo que marcó un antes y un después en la vida cubana. Hay testimonios en No hay que llorar que son para mí desgarradores. Siempre que leo, por ejemplo, el del desaparecido narrador Guillermo Vidal, me estremezco. Lo cierto es que No hay que llorar lo pude armar convocando a todos los escritores que quisieron participar en el proyecto. No hubo selección, sino una convocatoria. Por mi parte, el testimonio mío que aparece en el libro, que es al final por el que puedo responder, fue todo lo más veraz y sincero que pude. Muchos escritores de los que pudieron enterarse de que me empeñaba en hacer este proyecto no quisieron sumarse porque les pareció, a unos, inútil y a otros, peligroso revisitar ese tiempo de la historia cubana. Ten en cuenta que habían pasado algunos años de ese terrible tiempo en que quedamos a la deriva y al desamparo, y uno crea mecanismos para aliviar u olvidar esos sucesos que finalmente terminan marcándonos a todos los que los vivimos. Era como poner el dedo en una llaga y eso, aunque desde la distancia,  siempre es doloroso. De cualquier manera fue un acercamiento, el primero y el único que hasta hoy se ha publicado de una historia de la que ya hay generaciones que no conocen o no recuerdan y en ese sentido quedé satisfecho. También por lo respetuosa de su edición en la que no hubo censura alguna, a pesar de que algunos escritores que me ofrecieron su testimonio tuvieron agudezas y visiones que podían ser molestas. Por otro lado y finalmente, hay pocos proyectos nuestros en que nos permitimos escuchar la opinión de los escritores que estamos en la Isla o en cualquier otra parte del mundo, sobre lo que se piensa de un fenómeno como el que intentó testimoniar este libro y No hay que llorar permitió ese espacio plural y diverso, sin esa visión de límites y fronteras con la que solemos dibujar el país.

Más allá de la literatura, incluso a propósito de ella, del silencio de las palabras, ¿quién es Arístides Vega Chapú cuando te miras a través del azogue?

Alguien que ha logrado simular bastante bien su timidez,  que precisa de los  afectos, que apostó a fundar una familia espléndida como la que tengo y que necesita, al menos una vez al día, poderla disfrutar alrededor de una mesa bien servida. Término que para nada se refiere a la cantidad o calidad de los alimentos. Que necesita tomar café en las mañanas y mirar, apenas se levanta,  por una ventana. Alguien que puede vivir en la humildad, pero no alejado de la belleza. Lo demás pueden ser carencias temporales o definitivas para las que estoy preparado.

Casi siempre se tiene una idea anticipada de las cuestiones sobre las que nos van a entrevistar ya informados del asunto, es inevitable que hagamos una bitácora, un replanteo, un mapeo siquiera de muchas de las cuestiones sobre las cuales creemos nos van a preguntar; en ese sentido me gustaría saber, por último, ¿alguna pregunta no te he realizado aún sobre la que quisieras ahondar su respuesta?

Estaba preparado para que me preguntaras los proyectos en los que ahora estoy sumergido. La respuesta hubiera sido respondida con rapidez, pues ya estaba pensada: Ahora vivo el esplendor de ejercer mi recién estrenada condición de abuelo.

Entonces dejémosle a los lectores un ápice de ansiedad para regresar más adelante a isliada.com no ya con respuestas, sino con la literatura propiamente dicha que escribe Aristides vega Chapú. Gracias, hermano.

 

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