La inextinguible llama de Rulfo
Al escritor mexicano Juan Rulfo, que cumpliría 96 años.
Entre los grandes nombres de la literatura latinoamericana, el de Juan Rulfo (1917-1986) resulta imprescindible. Tal vez por ese halo místico que envuelve a los grandes personajes —o quizá por mera patraña—, sobre su persona se han tejido disímiles leyendas. Que era un solitario, decían unos; que detestaba los reportajes, referían otros; incluso, por un tiempo llegó a decirse que estaba acabado como escritor.
Lo cierto es que su obra, a casi tres décadas de su muerte, continúa siendo un hito en las letras hispanoamericanas, clave para comprender el renacimiento de la literatura en Latinoamérica y las raíces de sus habitantes.
Para este escritor mexicano, el drama existencial de sus coterráneos durante la Revolución de 1917 fue tema obligado. Su narrativa no relató los hechos de aquella gesta de independencia, sino que mostró a sus protagonistas más humildes, comunes. En una entrevista publicada en el diario El Tiempo (en diciembre de 1966) el periodista Enrique Santos le preguntó acerca de la universalidad de sus novelas. Rulfo le respondió:
“La gente se muere dondequiera. Los problemas humanos son iguales en todas partes. No son temas nuevos el amor, la muerte, la injusticia, el sufrimiento”.
Así manifestaba el escritor su maestría para hacer extraordinaria a la gente noble, sencilla. Y es que esa es la verdadera universalidad: hallar los orígenes comunes detrás de las grandes historias.
Pedro Páramo, El llano en llamas, El gallo de oro, La vida no es muy seria en sus cosas… son algunas de las obras más reconocidas de este autor. Pero no fue con grandes novelas que inició su profesión.
Juan Rulfo comenzó la escritura de sus textos hacia los años cuarenta del siglo pasado. El primero de ellos lo publicó en la revista mexicana América, y luego otros en su homóloga Pan.
Según relata él mismo: “En 1942 apareció una revista llamada “PAN”, que por su peculiar sistema me dio la oportunidad de publicar algunas cosas. Lo peculiar consistía en que el autor pagaba sus colaboraciones. Allí aparecieron mis primeros trabajos. Y si no fueron muchos se debió únicamente a que carecía de los medios económicos para pagar mis colaboraciones.
“Más tarde pasé a colaborar en América, revista antológica, donde al menos no cobraban por publicar… En 1952 obtuve una beca de la Fundación Rockefeller, establecida en México un año antes. Mediante esa beca y con el apoyo generoso de Margaret Shedd, directora del Centro Mexicano de Escritores, logré dar forma y publicar el libro de cuentos titulado El Llano en llamas…”
Luego de esa colección, Rulfo publica la novela Pedro Páramo, en 1955, y entre 1956 y 1958 escribe El gallo de oro, que no vio la luz hasta 1980.
A pesar de que la obra literaria de Rulfo no fue tan extensa como la de otros escritores reconocidos, su estilo y peculiar manera de expresar la realidad marcaron un punto de giro dentro de la narrativa de la región.
Aún hoy persiste la polémica sobre su escritura: realismo mágico, nueva novela hispana, novela tradicional o realista… Valdría entonces recordar sus propias palabras: ‘Nunca me imaginé el destino de Pedro Páramo, ni siquiera me imaginé que a alguien le interesara publicarlo; como mis cuentos, que los escribí para que los leyeran dos o tres amigos, o más bien, los escribí por necesidad, nada más”.
Y ha sido tal vez esa necesidad de leer, de descifrar ese mundo otro, de conocer qué vendrá después… la que se ha quedado impregnada en los lectores de Rulfo; la que ha hecho que, sin importar la línea narrativa a que se adscriban sus textos, siga ardiendo su “llama”.
