El cambio en el folclor
Si la noción de cambio, y la de renovación, parecen una insoluble contradicción cuando se habla de folclor, se debe al inmanente proceso de discriminación que sus eventos han sufrido a lo largo de la Historia.
Para Guillermo Bonfil Batalla, la innovación cultural debe ser planteada en relación con el ámbito de la cultura autónoma, esto es, a partir de los procedimientos de identificación y autentificación que ella misma opera:
La creación de nuevos elementos culturales de cualquier clase solo puede ocurrir a partir de la visión del mundo, los elementos culturales propios y la capacidad de decisión que conforman la cultura autónoma. Las innovaciones resultantes de este proceso, por definición, forman parte de la cultura autónoma y la amplían. La innovación es un proceso endógeno y se distingue, por eso, de la introducción de elementos culturales nuevos que ocurren como resultado de un proceso contrario, el de imposición cultural.1
Desde luego que el carácter endógeno de la innovación no debe conducir a negar las relaciones con la propia cultura dominadora e impositiva. La permanencia de los sistemas mágico-religiosos cubanos, por ejemplo, en gran medida se debió a las apropiaciones y el uso que sus portadores hicieron del altar católico y de sus instrumentos para la liturgia y la ceremonia y, así mismo, de las semejanzas que supieron asumir a partir del uso de sus antiguos accesorios rituales y los que tuvieron a mano a través de la nueva geografía o de la nueva costumbre que los arrastraba. Las renovaciones, no precisamente impuestas, que llevarían después a la denominación orticiana de afrocubano —en la que afro denota origen, pertenencia, simbolización, mientras que cubano denota nacionalidad, sociedad y cultura: espacio inmediato—, iban a garantizar la vida de esos cultos.
La noción de cambio es, por tanto, esencial para el desenvolvimiento y para el análisis del folclor. Es inherente a la tradición en la creación cultural. «La continuidad —escribe Vilmos Voigt— es uno de los más importantes rasgos del folklore, y su desarrollo puede ser entendido como una sucesión de fenómenos evolutivos».2
Para buscar el fondo teórico de las transformaciones en la paradigmática de la investigación, este investigador húngaro propone seis tipos de cambio en la literatura folclórica. Esta es su lista:
Una revisión de este aspecto metodológico, incluida en mi libro La Parranda, reordena la tipología de la siguiente forma:
Tipos de cambio en la cultura popular (en sus eventos discursivos folclóricos):
En el cambio por sustitución, un nuevo fenómeno puede aparecer en el lugar de uno viejo, anterior, y así, un mismo texto, objeto, instrumento o evento puede ser empleado con propósitos diferentes. La Santabárbara del altar católico sustituye al Changó del panteón africano. Se trata de una semejanza entre la espada de uno y la de la otra, y entre el poder sobre los rayos, entre las incidencias más generalmente reconocidas. De igual modo, los instrumentos musicales de esos cultos pasaron a formar parte de las procesiones del Día de Reyes o de las festividades de los cabildos afrocubanos.
En el cambio por reconstrucción, se integrarían la reconstitución modernizadora, la diferencia impuesta por los adelantos socioculturales en los vehículos de comunicación; la aplicación de soluciones que giran alrededor de las especificidades de los contextos sociales y la misma forma que se presenta como novedad abierta.
Ahora bien, a esta partición binaria agregamos una doble partición, derivada, obviamente, de esas significaciones matrices.
En el caso del cambio por sustitución, lo hemos dividido en:
El cambio por reconstitución, por su parte, ha sido dividido en:
Históricamente, las funciones del cambio en el folclor son variables y no presentan una regularidad en relación con la incidencia de la cultura dominadora o hegemónica. En este sentido, es necesario comprender que si admitimos dentro del folclor todas las costumbres religiosas de los pueblos “atrasados” económicamente, tendremos que recibir como folclor la liturgia católica, las expresiones ritualizadas del protestantismo y hasta el derroche ceremonial de las concentraciones masivas y desfiles militares. El papel de las religiones tradicionalmente hegemónicas y de las normas de los Estados totalitarios —recuérdese, si no, las concentraciones de todos los sectores sociopolíticos, socioeconómicos y socioculturales de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini— es, a pesar de su fuerza, cada vez más fragmentario, cada vez más un elemento estructural de conjunto ante ese proceso supeditador que formaliza lo popular como un infrasistema cultural. Sus funciones semióticas, esto es, los sistemas significantes que ponen en acción su hegemonía, abren espacio al individuo portador de cultura en la desconstrucción.
Unos y otros, al poder ser estudiados y hasta —en parte, claro— asimilados en su estrechez discursiva, apuntan hacia el diálogo con el individuo o a los grupos que no disponen de la posibilidad de decidir en sus mecanismos socioculturales ni en los elementos culturales que ellos proyectan, pero sí son capaces de sostener la resistencia por la autonomía de su cultura y por las zonas de población internas que han logrado crear sistemas más o menos estables de significación.
Notas:
1- Guillermo Bonfil Batalla: "Descolonización y cultura propia", en revista Signos, no. 36 (pp. 7-21), p. 13.
2- Vilmos Voig: "El cambio en la literatura folklórica", en revista Criterios, no. 32, La Habana, 1994 (pp. 255-260), p. 255. Se respeta la ortografía de la traducción.
