De algunas pasiones compartidas
Porque conozco muy bien la discordancia, lo dispar, porque sé de las desigualdades entre los hombres y sus saberes, esas que hacían a Cicerón dar montones de vueltas en la cama en medio del desvelo, estuve a punto de negarme a escribir sobre este libro. Para el romano siempre fue clarísima la oposición entre el saber enorme y el no saber nada, pasando, claro está, por el entreverado. Así que no fue difícil imaginarlo en una sala donde comentaba yo la lectura de estas páginas de Roberto Fernández Retamar; primero vi al romano boquiabierto, y entre los asistentes, más tarde intentando sujetar su facundia o disimulando algún bostezo que cubría con la palma de la diestra, para retirarla luego, de golpe, para conseguir un chillido alto: un grito que hacía coincidir mi nombre con el de Catilina, y también exigía la callada; quería saber hasta cuando iba a abusar de la paciencia de cada uno de los asistentes a la presentación de Fervor de la Argentina. Me supuse leyendo en esa reunión e imaginé al prosista de La invención retórica, ordenando los sucesos, mis dislates, para contarlos luego en una epístola larguísima a su amigo Ático. Yo especulaba sobre la presentación y también acerca de las burlas de aquel que escribía al amigo para enterarlo de la manera en que los presentes caían rendidos por el sueño, donde la causa del letargo no era solo el hecho de que aborrecieran mi discurso, lo que es posible, sino también por lo inapropiado de la hora. Lo supuse contando sobre aquellos que alcanzaron a almorzar, sobre quienes llegaron a ese estado que los galenos llaman postprandial mientras escuchaban mis divagaciones. Los vi a todos de ojos cerrados, cabeceando. Fue por ello que decidí negarme, por culpa de Cicerón y su pasión por la discordancia. Entonces decidí escribir un mensaje electrónico a Roberto, unas líneas brevísimas que justificaran mis temores, que ofrecieran mil disculpas, pero jamás iba a dar la cara, no usaría el teléfono para anunciar mi ausencia, tan contraria a cuanto le había prometido. Pensé explicar: lo primero que me llevó a estar tan resuelto fueron los muchísimos sucesos relacionados con su biografía y que comparé de inmediato con eventos de la mía. Estuve siguiendo su paso por las aulas universitarias, como alumno; primero en la Habana, más tarde en París y Londres, como profesor en su ciudad de siempre, pero también en Yale, en Lima, en Praga, en Buenos Aires. Retamar estuvo en el pupitre y consiguió más tarde el púlpito, mientras yo me conformé con el primero. Nunca gané el estrado para impartir lecciones de literatura o estilística, ni publiqué en Orígenes, ni en La Nueva Revista Cubana, tampoco en Revolución, y ni siquiera un vistazo pequeñito a las páginas de Billiken o Leoplán, y de la revista Sur, esa que ofreció a Roberto lecturas formadoras, conocí unos pocos números. Era más que suficiente para que no apareciera delante de un público lector explicando las bondades de un ensayo escrito por el autor de Caliban, mucho menos si yo era escritor de cuentos y novelas. Él tenía la serenidad de la sapiencia mientras yo disimulaba a duras penas una bulliciosa exaltación. Y así se sucedían las múltiples contradicciones, coincidentia opositorum, diría Cicerón, y quizá Luisa Campusano, mientras pensaba en el hombre de múltiples saberes que extrae de si mismo lo que manifestará luego a los demás.
Sucedió, sin que pudiera escribir una línea, que estuve suponiendo el auditorio, uno a uno los trazaba en mi cabeza: un montón de escépticos me miraban preguntándose quién era yo para explicar a Retamar, cuestionando si tenía alguna sutileza para la investigación, si me asistía un don para encontrar la verdad y si era capaz de utilizar las más pequeñas circunstancias que me hicieran descubrirla. Pensaba en tales cosas e irremediablemente volví a tropezar con mis compromisos, los que había hecho a Roberto Fernandez Retamar por correo electrónico, usando la línea de teléfono e incluso en algún contacto personal. Y cada vez me topé con la coincidentia opositorum, y también con un poeta y ensayista muy apreciado que dominaba muy bien algunas lenguas extranjeras y apuntaba textos de escritores que usaron esos idiomas, sin que yo pudiera emplear de modo exuberante algunas oraciones repletas de vocablos extranjeros, que dan mucha elegancia en circunstancia como esta.
Una de esas tardes angustiosas recibí un correo de mi amiga Laidi, la hija menor de Roberto, la que creo que también fue a Buenos Aires, pero después de la mayor; me pedía que le hiciera una llamada, quería hablar conmigo, tenía un negocito para mí. Creí que iba a pedir que desistiera, asumiría la presentación del libro de su padre, haría honores al hombre que casi seguro puso el primer libro entre sus manos. Cuando marqué su número ya tenía la respuesta: “No habría problema, quien mejor que tu para hacerlo. Nos vemos por allí, yo te acompaño”. Eso pensé, equivocadamente. Laidi iba a proponerme otra cosa, pero que no crea alguien que voy a contar lo que tratamos esa tarde y por teléfono, aunque fuera interesante, es decir: buenísimo, no voy a dar detalles, dejaré a todos con la duda, especulando, por venganza, por lo que me hicieron sufrir mientras los estuve imaginando, por lo que me hacen todavía, mirando fijamente, esperando que vaya al meollo del asunto. Pero antes voy a contar que esa tarde, mientras hablaba con Laidi, por otro aparato de ese mismo número telefónico, salió Roberto para saludarme, para advertir que nos veríamos el día veintiuno, a la una de la tarde, para estar juntos en la presentación de Fervor de la Argentina. Y no me quedó otro remedio que dejar de pensar en las discordancias, y desapareció Cicerón de mi cabeza, y hasta Nicolas de Cusa, que también estuvo dando vueltas por aquello de la coincidentia oppositorum, cuando intentaba reconciliar ciertas diferencias. Y que no piense alguien que llegaré finalmente a la concreta, me tomaré mi tiempo. Sabrá Dios cuándo me invitan otra vez a presentar un libro de Roberto, que ya presidió la Academia de la Lengua, y ama mucho la palabra, y en otros casos, disciplinado la soporta.
Ahora voy a contar algo de las coincidencias nada opuestas, lástima que ese término, si existe, no esté universalizado en latín. La primera de esas concomitancias entre Retamar y yo, es que ambos tenemos este año, y en nuevas ediciones, libros donde la Argentina es gran protagonista. Él con un ensayo que explicaba muy bien su fervor por el país del sur y yo con una novela que tiene como centro a Buenos Aires, y a un Virgilio Piñera que camina por Corrientes o se sienta en el parque Centenario, un poeta que pernocta en una pobre y pintoresca pensión de la calle Mansilla. Hace muy poco, solo unas semanas, sucedió algo que me mantuvo muy molesto y me hizo protestar con mucha vehemencia delante de algunas autoridades del Instituto del Libro sin que algo consiguiera; y tenían que ver, esos rezongos, conmigo y con Roberto. A este último no le conté nada porque no quería provocarle las mismas molestias que sufrí. Ahora si voy a hacerlo, y espero que se entienda como advertencia. Cierto día caminando por la calzada de Primelles, que hace un tiempo fuera la muy ilustre Príncipe de Asturias, hice un amargo descubrimiento. Esa parte de la calzada que corre desde Pezuela hasta San Cristóbal, estaba colmada con la cubierta de mi libro Fumando espero, embadurnada de grasa y queso, una inmundicia. Yo que estuve tan feliz, y aplaudiendo, lo que hiciera Johan, el diseñador de ediciones Matanzas, me torné rabioso, y cuando fui a enfrentar a los pizzeros me sujetó un amigo, se puso a dar razones, explicando buenamente que cuanto yo entendía como horrible, podía ser una estrategia de promoción del Instituto Cubano del Libro, de los astutos muchachos de Matanzas. Le parecía novedoso el hecho de hacer coincidir la lectura con el placer de la comida, y también me hizo notar que no escogían cualquier libro, sino aquel que tenía por título Fumando espero, un tango famosísimo y argentino, país a donde habían llegado, y esto lo dijo muy engolado y serio, millones de inmigrantes italianos, adalides de la pizza. Por supuesto que me molestó su ingenuidad, y sobre todo que entendiera como bueno aquel horror, pero abandoné el lugar después de recoger del suelo aquella mugre que era mi cubierta. Más tarde algo me hizo pensar que mi amigo podía llevar razón, y eso sucedió unos días después en la Calzada del Cerro, la misma donde alguna vez sesionó aquella asamblea en el siglo diecinueve, la misma calzada que acogió a Juan Bruno Zayas en enorme residencia y que fuera convertida, como los cuarteles, en escuela. Allí mismo, frente al hospital de las Católicas cubanas, y nótese como soy apasionado del cronotopo, encontré que los pizzeros tenían cierta pasión por una Argentina que atendió a muchos hombres llegados; lo mismo del Piamonte que de Nápoles, de Sicilia o de Calabria, trayendo al continente americano múltiples maneras de hacer pizza, de lo contrario, por qué escogerían de envoltorio, para evitar que el queso derretido embarrara la ropa a los comilones, la cubierta de Fervor de la Argentina, de Roberto Fernández Retamar. Entonces si creí que ambos sucesos estaban relacionados con los barcos Agnelli que surcaban el océano repleto de inmigrantes, quién dudaría de esa relación, si recuerda, que hace ya mucho, en todo el territorio nacional la más socorrida de las salsas para espaguetis se llamaba Vita Nuova. Nadie debe extrañarse si descubre en sucesivas ocasiones, como envoltorio de una pizza, cubiertas de libros de Ludovico Ariosto, Dante Alighieri o de Boecio. Que prueben los editores y ya verán lo que hacen los pizzeros, quedando impunes todos. Fue así que me fui calmando, poco a poco, y hasta dejé de acudir a las autoridades culturales que antes me aconsejaron que enfrentara yo mismo a los pizzeros, a la imprenta, y hasta estuve a punto de agradecerles lo que hacían e interrumpir a la vendedora, una señora regordeta con el pelo recogido en moño enorme, enjoyadísima, que tomaba con mucha displicencia la cartulina de Fervor…, para colocar luego el redondel de harina, tomate y queso. “¿No quiere que le ponga un poquito de sal?”, así me preguntó sonriente, como si nada, aquel día en que me dio por hacer trabajo de campo para explorar las reacciones de aquella negociante, y juro que tuve ganas de injuriarla, de irle arriba y destrozar su negocito, el moño, arrancarle sus joyas de mentira, pisotearlas. Juro que tuve ganas de comenzar de nuevo otra guerrita de mails. La miré fijamente y pensé contarle, para que entendiera por qué estaba tan molesto, y de mi entusiasmo cuando me llamaron de la Editorial Abril para que cuidara la edición. Quería explicar de cómo respondí enseguida, porque claro que quería hacerlo, y: “Compruébelo usted misma señora, vaya a la página de créditos”. Iluso yo, como si tal cosa fuera posible. Ella no tenía nada más que aquellas cartulinas que debieron resguardar los múltiples pliegos de papel y no las pizzas. Habría sido excelente, para complementar el empeño de vendedores e impresores, que explicara un poco el libro y mi entusiasmo, de cómo lo leí completo en una noche, que solo me detuve para prender un cigarrillo o llenar la taza con café, y como al día siguiente escribí una nota brevísima a Roberto para enterarlo de que ya había terminado la lectura, cuando le conté que me había interesado mucho y hablé de su prosa, de cómo me había puesto a pensar en asuntos por los que antes no estuve preocupado, y también de las lecturas que me había sugerido.
Quería contarle a esa mujer, a la que importa cubiertas para exportar pizzas, que después de mi mensaje sucedió algo impresionante, lo que ya sabía era costumbre en Retamar: solo unos minutos después vi en la pantalla de mi PC, una respuesta del autor donde humilde premiaba mis apostillas, cada recomendación. Y yo agradecí mucho su humildad, que nada tenía que ver con aquella que preconizaban los religiosos medioevales, ni tampoco esa que hace al hombre andar rebajándose muchísimo cuando quiere ganar el favor de los demás, si no hacia esa otra, la que atempera al individuo. Así fue el primer encuentro que tuvimos después que comenzara la edición de Fervor de la Argentina, los que se sucedieron en llamadas telefónicas, correos electrónicos y encuentros más cercanos. Y hasta le hubiera hecho el relato a esa señora del primero de todos los encuentros, aunque no me dejara bien parado. Podía explicarle el trabajo de un editor, y de cómo, entre otras muchas cosas, se enfrenta a las erratas, esas que molestaban tanto a Unamuno y Baudelaire. Yo había encontrado una. Sucedió, que como todo editor que anda a la caza de errores, decidí que había encontrado uno, el que sin dudas suponía culpa del autor, y de todos los que antes leyeron el libro, entre las que estaba mi amiga Silvia Gil, mi más fiel lectora. A pesar de la certeza de que esas páginas habían sido examinadas por Ambrosio Fornet, por otros, le conté, humilde, que había encontrado una errata: “Mire Roberto, está aquí; donde dice Becher, creo que debía decir Bécquer”. Estaba enterado de que a Fernández Retamar le interesó siempre la poesía del sevillano, y creo que también a Borges, quien era el dueño de aquella construcción que citaba Retamar, y donde también aparecían mencionados Cansino Assens, Carlyle, Whitman, y Macedonio Fernández, entre otros. Para mi estaba muy claro, era error, un descuido de Roberto. Y el autor se sonrió, me pidió la cuartilla donde aparecía el equívoco. Se la alcancé y Roberto aseguró que no había ninguna falta, la ortografía era exacta, se trataba de un poeta alemán de apellido Becher, y pronunció dando un valor fónico a la c y otro a la h, en oposición al estruendoso dígrafo de la ch. Becher, dijo el autor de Caliban, fue un poeta expresionista alemán a quien Borges admiraba mucho, y que fue ministro de cultura en la RDA, y yo ni corto ni perezoso, para que no pensara mucho en mi traspiés, para que no notara mi vergüenza le hablé de la extrañeza que me producía saber que Borges admiraba a un poeta comunista. Por Roberto conocí la existencia de Becher, y desde entonces he buscado alguna traducción al español de sus libros de poesía sin encontrar nada; solo he leído un poema que es obra suya y se llama Levantados de las ruinas, al que otro alemán: Hanns Eisler, le puso música, y que sería el himno nacional de la República Democrática Alemana hasta la caída del muro de Berlín. Luego, porque seguí indagando, conocí que era gran admirador de Von Kleist, como Borges, como yo mismo. Becher decidió morir de la misma forma que el romántico alemán que admiró tanto, y disparó mortalmente a su amada para apuntarse luego y apretar el gatillo, sin que consiguiera, como Heinrich, la muerte. Becher sobrevivió a su amada. Por eso juzgo no tan malo el resbalón que me permitió indagar un poco, quizá algún día conozco a ese poeta y será gracias a Roberto. Esa es una de las muchísimas bondades de este libro, su capacidad de estimular la búsqueda de respuestas.
Varios fueron los encuentros de trabajo con el autor de Fervor…, afortunados cada uno, tanto los de su casa en H como en la otra, en la de Las Américas, donde hablamos de su reunión con Borges, de las razones que pudieran haber hecho que no se interesara en la obra de Martí y que apunta en este libro, y repetimos conocidísimas anécdotas del autor de Fervor de Buenos Aires, tan admirado por Roberto desde sus años más jóvenes. Hablamos muchísimo, hasta de mi pueblo natal, Encrucijada, y de mi abuelo comunista, de Haydee Santamaría. Cada palabra me aseguró en la creencia de que este fervor se fue gestando poco a poco, desde niño, cuando admiraba a Meche Ortiz como a Joan Crawford y a la Dietrich, en aquellos tiempos en que leyó la Iliada y la Odisea en ediciones muy baratas de Tor, y otros títulos de la Sopena Argentina, y la antología de la poesía francesa del romanticismo al surrealismo, que le regalo su madre, y que preparó Diez Canedo para la editorial Losada. Este Fervor no llegó de pronto, tuvo un tiempo de sedimentación y desarrollo, de lectura, reflexiones y análisis, lo que demuestra que nada grande puede hacerse sin fervores, sin pasiones, porque como diría Pope, si la razón es una brújula, las pasiones son los vientos; y esas corrientes, esos entusiasmos, llevaron a un joven de veinticinco años a escribir un breve ensayo América, Murena, Borges, de apenas seis páginas, que ya lo acercaban a Alfonso Reyes y Octavio Paz, a Mallea, y por supuesto a Ezequiel Martínez Estrada, un texto donde están algunos sedimentos de lo que sería luego Nuestra América y occidente, Para una teoría de la literatura hispanoamericana, y también de Caliban, donde se apunta la necesidad de una teoría literaria americana que explique la literatura de nuestro continente, y que resulta uno de los reclamos del ensayista, una de las grandes coherencias del poeta, su primer móvil, su intento por conseguir la transparencia del cielo, a esa teoría que explique a América desde la propia América, porque sus tiempos son posoccidentales, para usar un término que acuñara él mismo y que han tomado otros estudiosos que lo sucedieron y aseguran que es más prudente ese término que el de poscoloniales. Esta fue sin duda una de sus primeras audacias, pero que habría sido de ese arrojo si no viniera acompañada de una buena dosis de lucidez. Seis páginas escribió Retamar cuando apenas tenía veinticinco años, para advertirnos nuestro continente, para explicar los intentos de mostrarnos. América, Murena, Borges, es quizá el inicio del camino, la solera sobre la que habría de levantarse este tomo y también para alcanzar la estirpe de esos americanos laboriosos.
La obra de Borges es sin dudas una de las pasiones de Roberto, y prueba de ello son los textos que escribiera sobre él y que aquí aparecen, los que comenta con la certeza de enfrentar a un clásico, de esos que como diría Hegel, se definen por la completa unificación entre el contenido ideal y la forma sensible, donde la idea infinita ha encontrado la mejor manera de expresarse, con equilibrio, con serenidad, con armonía. Retamar se regocija por ese Borges que se lee con interés creciente en París, en toda Europa, y como dice él mismo; no hay que rendirse al veredicto parisino pero mucho menos ignorar el juicio que nos llega desde el viejo continente, para el cubano son importantes las crecientes lecturas que despertara Borges, las que provoca aún. Retamar reverencia al cuentista y al poeta, al lúcido ensayista, al americano que es capaz de auspiciar la grandeza de otros, la de Kafka y Poe, De Quincey y Chesterton; quizá para muchos sea absurdo pensar que un escritor de América del Sur favorezca la visibilidad de un clásico europeo, para Retamar es muy probable, y porque dudarlo si la Biblioteca personal de Borges o su Prólogos con un prólogo de prólogos, son canonizadores. Y así lo irá probando en las páginas que le dedica, como el encuentro en la casa de Maipú, aquel que inaugura el tomo que publicó la Casa de las Américas para homenajear la obra del argentino, y que mucho agradecimos los lectores de mi generación, el que fuera construido con las recordaciones que dejó el encuentro entre los dos poetas; y son esas memorias, las palabras, los signos, las ideas, quienes nos guiaran con la precisión de un narrador, con emotiva prosa, y muy jovial, porque como decían ciertos franceses del siglo dieciocho: el estilo es el hombre mismo. Y porque el autor tiene gran apego a la memoria, a las ideas, nos muestra también a otro argentino, al Ernesto Guevara que conoció, con el que compartió en Irlanda después de un desperfecto que sufriera el avión donde viajaban juntos, y nos cuenta de sus conversaciones, del entrenamiento en el tablero de ajedrez o en la mesa de dominó, de las ideas que compartieron, y también de algunas disensiones; una de las más conocidas se gestó en esos días, y es la carta que Roberto Fernández Retamar enviara al argentino para comentar su texto, El socialismo y el hombre en Cuba, que considero fundamental a la hora de pensar en este autor, donde discrepa con lo que escribiera Ernesto Guevara y se pone al lado de sus compañeros de generación, advirtiendo sobre el peligro que podían acarrear ciertos reflexiones que hace este sobre el compromiso de los escritores y artistas cubanos con la revolución. Esta carta, la de Roberto, fue fechada en La Habana en el año 1965, exactamente en el mes de mayo, y entregada a Manresa, secretario del ministro. Lo que no sabía Retamar en esos días es que el Ernesto Guevara ya había partido. Importante habría sido la divulgación de esta polémica, en instantes en que el dogmatismo ocupaba una gran zona del escenario cultural cubano. Por esos años la carta que el Ché escribiera a Carlos Quijano, director de Marcha, fue bien conocida, pero no corrió la misma suerte la epístola de Retamar. Cuánto habría significado su aparición para la cultura del país, cuánto se habrían mitigado el gris y el negro de esos tristes años.
Desde el inicio nos advierte Retamar que este es un libro heterogéneo, y esa hibridez es uno de sus mejores aciertos; él no se complace con su voz como única protagonista, y cede espacios a otras voces, por eso se decide por el epistolario, y aplaudí el hecho de que aparecieran cartas de sus amigos escritores. Adoro guardar las que recibo, volver sobre ellas luego, siempre aportan algo nuevo, desentrañan, juro que me habría gustado recibir algunas, de Diderot, por ejemplo, explicando su visión de la ceguera o el comportamiento de los sordomudos, que son piezas maestras, y eso muy bien lo sabe Retamar, por eso incluye algunas de las que recibiera, porque dan luz a los asuntos que trata en sus ensayos, y no es ejercicio caprichoso. Roberto no recibió ninguna del francés del dieciocho, pero si una fechada en París y que envió Cortázar, de las mejores que leí en mi vida, donde también se piensa el compromiso del escritor latinoamericano, del intelectual revolucionario, realmente aleccionadora, de extraordinaria vigencia, donde el argentino amigo de Cuba expone las bondades del viejo continente y lo que este aportó al entendimiento de América, de su literatura, donde denuncia, y advierte también de ciertos peligros, posiciones que pueden llegar a obstaculizar la creación.
Creo que en este libro no es una reunión caprichosa, prueba son estas cartas, de múltiples remitentes, que parecen dialogar entre ellas y también con otros textos, se reafirman o contradicen, pero juro que no volveré sobre la coincidentia oppositorum. Aquí resulta medular el epistolario, por lo que aporta al discurso entendido como central; lo ilustra, y lo corrobora la aparición de pliegos que escribió para Roberto: Maria Rosa Oliver o Mimi Langer, Francisco Urondo, Juan Gelman, Haroldo Conti, y su admirado Ezequiel Martinez Estrada, a quien Retamar dedica textos fundamentales, sobre todo a esa zona de su creación dedicada al estudio de José Martí. También Sarmiento es admirado, y objetado con certezas. Y por supuesto, aparece también el cónsul y periodista argentinos que fue José Martí. Hay algo también que me gustó mucho, y que parece contrastante. Él que se ha ocupado de estos clásicos argentinos, quiso también mostrar los aciertos de algunos poetas jóvenes cubanos, y para ello escoge una selección que preparó una poeta argentina: Basilia Papastamatíu, quien se ha ocupado de varias generaciones de poetas cubanos, y esta vez, muy justamente, Roberto le hace reverencias, a esa antología que ella preparara hace ya unos cuantos años y donde junta a poetas como Reina María Rodríguez, Damaris Calderón, Víctor Fowler, Antonio José Ponte y Carlos Augusto Alfonso, entre otros. Puedo asegurar, ya lo dije en la nota de contracubierta, que este es un libro apasionado, intenso, y lúcido, que brota del interés más vivo del espíritu y la agudeza, del carácter y del buen gozo. Es de la pasión y del talento de donde salen estas páginas, y del tiempo que fue sedimentando ese fervor. Debo afirmar que fue bueno asumir la edición que me pidieron, a ellos debo agradecerles, y compensar también a los amigos con los que iba comentando mi trabajo, los encuentros con Roberto. Debo retribuir también a la Argentina, ese país que en mi despierta pasiones grandes, a los amigos que allí me acompañaron. Yo no me encontré nunca con Borges, tampoco con Don Ezequiel, pero recuerdo mis caminatas por el parque Lezama; el mismo que, según cuenta Roberto, quería rebautizar Perlongher con el nombre de José Lezama Lima; y debo confesar que las pretensiones del poeta argentino al parecer se cumplieron, porque siempre que lo caminé me asistió la certeza de que llevaba el nombre del gran poeta y novelista cubano, al que imaginé contemplando la iglesia ortodoxa rusa o subiendo algunos escalones del templete griego para mirar desde allí las tantísimas estatuas. Editando este libro amé más al país del sur, y reviví algunos encuentros memorables para mi, aunque más discretos que los de Retamar. Recuerdo ahora como la casualidad me hizo leer junto a Olga Orozco y Arturo Carreras en el Babilonia del Abasto, una noche de mil novecientos noventa y nueve, y también mis caminatas con Susana Villalba, mis paseos casi a diarios con mi amiga Matilde Sánchez: los encuentros en su casa, en múltiples espacios porteños, como esa vez en que nos juntamos en aquel boliche de Palermo. Malas artes se llamaba, y ojalá exista todavía. Muchas veces fuimos Matilde y yo a aquel lugar, pero recuerdo una ocasión en que un hombre alto y desgarbado, ostentoso en su desaliño, enamoraba a una muchacha jovencita, y yo lo miraba y lo miraba, sin atender a Matilde, la amiga novelista, aquella vez en qué finalmente hizo reclamos, quería que la atendiera, que no espiara a la pareja. “Es que pensé que era Charlie Garcia, Matilde”. Así le dije, para que ella respondiera luego. “¡Pero si es Charlie, Jorge Ángel! Recuerdo también ahora la primera vez que vi a Diana Bellesi, allá en San Telmo, después que nos conectara Damaris Calderón, y las conversaciones con mi querido Daniel Muxica y Gabriela Pais, en la casa que está frente al parque centenario o en mi casa de La Habana más antigua, donde vivió conmigo durante todo un mes. Recuerdo mis estancias, y recuerdo a Claribel Terré, una cubana afincada ya hace mucho en Buenos Aires. Hace unos días recibí una epístola, esas que ahora se llaman mails, de Claudia Gilmán, con quien conversé mucho en La Habana, con quien coincidí en Cienfuegos cuando fuimos jurados en el Premio Casa de Las Américas, donde me decía que me enviaría su libro: Entre la pluma y el fusil, y aunque no me llegó aún, si sé que dedica largos elogios a Roberto, a ese a quien agradezco los afectos de esos días de trabajo, y porque reavivó mis fervores, e hizo que visitara algunos estudios sobre nuestro continente, y sugirió, con su escritura, algunas ficciones que también desconocía. Recuerdo ahora mis primeras lecturas de Borges, de Casares y Cortázar, al Wilcock que me mostró Matilde, recuerdo al Piñera que me inventé en ese Buenos Aires tan querido. Gracias entonces a Roberto que volvió a despertarme esas pasiones, y que permitió que nos entendiéramos, es decir, que probáramos que la coincidentia oppositorum era ciertísima y que opera todavía.
