Rainer María Rilke
La vigorosa obra poética de Rainer Maria Rilke (1875-1926) alcanzó unas dimensiones conceptuales que no tienen paralelo en la poesía occidental, ni siquiera entre sus predecesores románticos, de quienes heredó una visión trascendentalista de la existencia. En sus primeros textos líricos, escritos entre 1895 y 1898, hallamos una poesía que ya ha comenzado a integrarse con un misterio y una esbeltez esenciales. Veamos de sus poesías juveniles este poema de ambiente romántico, pero al mismo tiempo inconfundiblemente personal, dentro de una atmósfera penumbrosa e indescifrable, con elementos del paisaje:
Alguna vez ocurre en la honda noche
que se despierta el viento, como un niño,
y pasa la alameda, solitario,
quedo, quedo, llegando hasta la aldea.
Y a tientas va marchando hasta el estanque
y se para después a oír en torno:
y las casas están pálidas todas
y las encinas mudas 1
Los árboles, la soledad, el niño, el viento, la noche, reaparecerán siempre a lo largo de toda su creación, presencias constantes de una cosmovisión que irá ganando en riqueza y hondura con el paso de los años hasta el oscuro esplendor de Las elegías de Duino (1922) y de Los sonetos a Orfeo (1922), las dos cumbres del legado espiritual rilkeano y ejemplos mayores de la poesía universal del siglo XX.
Su primer gran poemario, ya con una plenitud de muy alta jerarquía, es El libro de horas (1905), escrito entre 1899 y 1903 y colmado de diversas experiencias y percepciones propias, de un misticismo revelador de la formación juvenil del autor. La crítica ha visto esta entrega, en su vuelta a la metafísica, estimulada por su lectura de Nietzsche y de los grandes románticos alemanes, como una reacción contra el positivismo de la segunda mitad del siglo XIX. La vida interior y el diálogo del poeta con Dios, de suma importancia en estos momentos y más tarde, pero ahora desde una posición más cercana a la ortodoxia cristiana, si bien distante a su vez, de la asunción de una divinidad a la manera bíblica, integran una riquísima subjetividad que quiere transformar la precepción de la realidad y asimilarla desde esos presupuestos. Cierta indefinición de Dios, misterio indescifrable en estos poemas, y la inmersión del artista en un mundo que no alcanza a ver con claridad, pero que siente de manera especialmente intensa, nos hablan de una profunda crisis que el poeta requiere superar mediante esta poesía de meditación y de imágenes de gran fuerza sensorial. Hay una religiosidad hondamente entremezclada con la creación artística y una necesidad de adentramiento en la naturaleza, de incuestionable capacidad redentora para el individuo en la cosmovisión de nuestro poeta. Esa presencia del mundo natural deja ver su importancia en esta obra por el contraste que el autor establece en la última sección: “El libro de la pobreza y de la muerte” (1903), donde cuestiona duramente la vida de las urbes, pobladas por personas que sufren por el agobio de un mundo sobrecargado de signos de muerte y desolación. Nos dice entonces en uno de esos textos:
[…]
Allí se abren muchachas a lo desconocido,
añorando la calma de su infancia;
pero no existe aquello por lo que ellas ardieron
y, temblando, se vuelven a cerrar.
Y viven en ocultos cuartuchos interiores
días con desengaño de la maternidad,
y, en las noches tan largas, gemir sin voluntad,
y años fríos sin luchas y sin fuerzas. 2
[…]
En otro momento leemos:
[…]
Y la muerte está allí. No esa, cuyo saludo
les rozó en la niñez, maravillosamente:
sino la muerte mezquina, como allí se la entiende;
[…] 3
Pide entonces que cada quien tenga la muerte suya, la que es consustancial con la vida, no la impuesta desde afuera por las circunstancias adversas. Veamos su clamor:
Señor, da a cada cual la muerte que le es propia.
El morir que de aquella vida nace
en la que tuvo amor, sentido y pena. 4
Antes, en un texto que puede ser considerado síntesis de sus tesis en esos momentos, expresa lo siguiente con una viva pasión que se entremezcla con el misticismo y la religiosidad de estas páginas. Este poema memorable puede considerarse toda una poética y una filosofía de la vida en la etapa en la que escribe El libro de horas. Dice allí a ese Dios un tanto indescifrable:
Hazme guardián de tus espacios,
hazme atento a la roca,
concede que se expanda mi mirada
sobre la soledad de tus océanos;
permíteme seguir el curso de los ríos
y, libre de los gritos de la orilla,
sumirme en el sonido de la noche.
Envíame a tus tierras despobladas,
por las que corren anchurosos vientos,
donde grandes conventos, como mantos,
rodean vidas no vividas.
Allí me juntaré a los peregrinos,
y de sus voces y figuras
nunca más separado por engaños,
iré tras de un anciano ciego
por la senda que nadie ya conoce. 5
Aquí vemos muchos de los conflictos capitales que fueron transformando la vida de Rilke. Su viaje a Rusia en 1899, revelador para él de un paisaje y de una espiritualidad que lo conmovieron en profundidad, le significó una apertura hacia una realidad en cierto sentido liberadora, experiencia parecida a la que alcanzó en su viaje a España años más tarde. Hay una edificante solemnidad en las tres secciones de este poemario, una solemnidad que nos llega por la vastedad de las imágenes, su tono grave, y al mismo tiempo esa sed insaciable de un Dios que da unidad y grandeza al cosmos y a la realidad inmediata del individuo. Estamos ya ante una obra consumada que nos conducirá hacia la cima de su creación, pasando por El libro de las imágenes (1902 y 1906) –escrito entre 1898 y 1906– y los dos volúmenes de Nuevos poemas (1907-1908), en los que se aprecia la búsqueda, una objetividad mayor con el poema-cosa, una tesis sustentada en el ejemplo de Rodin, infatigable trabajador que despertó en Rilke la necesidad de imprimir un inflexible rigor a sus textos para romper con la tradición alemana de lo vago e indefinido, presente en el libro publicado en 1905. De Rodin y de otros artistas de la plástica cuyas obras conoció a fondo y apreció grandemente, aprendió también la constancia paciente y la transformación de los conflictos en cosas artísticas, lección fundamental para este poeta de talla invalorable. La labor del artista está en el centro de esta compilación en dos tomos. El artista Rodin es el principal maestro inspirador de estas páginas en un sentido factual, considerando el poema como un hecho que emerge de la palabra, así como la escultura del maestro emerge de la piedra. En una breve caracterización de la evolución poética de Rilke, resumen de su trayectoria lírica que nos permite comprender mejor su quehacer en las distintas etapas por las que fue desplegando su talento, nos dice Federico Bermúdez-Cañete lo siguiente:
[…] Partiendo de sus Primeros poemas (1899; comprende su producción desde 1895) y de Poemas tempranos (1899, refundido en 1909), libros de carácter postromántico y decadente basados aún en un convencional cultivo solipsista de sus vivencias, accede a una primera madurez con El libro de horas […] En él renueva de modo original su extremado subjetivismo, al proyectarlo, a través de la figura de un monje, hacia un “dios” que personifica la totalidad de lo existente en su constante fluir evolutivo, sacralizando así la tarea del poeta, dentro de una seudorreligiosidad esteticista. Esta libertad de un yo lírico tan elástico e indefinido le permite un gran avance estilístico, explorando nuevos ritmos y metáforas.
Con El libro de las imágenes (escrito entre 1898 y 1906; 1ª edición, 1902; 2ª edición, aumentada, 1906) inicia la transición hacia la etapa intermedia, protagonizada por los Nuevos poemas. Se trata de un volumen desigual y sin unidad, donde alterna la actitud postromántica con un nuevo esfuerzo de extraversión, basado en la observación rigurosa. […]6
De ahí, con el intermedio de La vida de María (1912), entramos en Las elegías… y en Los sonetos… y más tarde en sus poemas en francés (Vergeles [1924-1925], Las cuartetas valaisanas [1924] y Las rosas [1924]). La grandeza de esos libros es ciertamente única, su profundidad conceptual es asimismo extraordinaria, muy cercana al pensamiento de la filosofía de la existencia que florecería después de la segunda guerra mundial. Esas diez elegías, herméticas y deslumbrantes a un tiempo, poseen un aliento vivificante y se adentran en temas y preocupaciones que habían nutrido todo su quehacer lírico y en prosa desde muy temprano. Hay una cosmicidad trascendente en esta poesía de reflexión y de angustia, de vida y de muerte, de luz y de tinieblas, de grandes cuestionamientos y de percepciones que no tienen par en la poesía de aquellos años. Vuelven ahora los temas y las tesis de sus obras anteriores, pero expuestas con una estatura espiritual del más alto linaje. El romanticismo reaparece en estos poemas, pero con un aire diferente, engrandecido después de las experiencias por las que atravesó el poeta a lo largo de su vida y por la estética de los nuevos tiempos, la estética vanguardista de la que Rilke fue un ejemplo muy peculiar. Su lectura nos edifica y nos transforma en su capacidad para cantar los mayores conflictos del ser humano, para decir sus alabanzas a la vida y fusionarla con la muerte, un tema que aparece con gran fuerza asimismo en las prosas de ficción y en las cartas del poeta. La influencia de las diez elegías penetró en innumerables poetas desde su aparición, no así los sonetos a Orfeo, de una densidad mayor y un hermetismo en ocasiones indescifrable, cantos de muerte que dieron a la sensibilidad contemporánea un paradigma de gran poesía y de las posibilidades de la palabra para conocer los dramas capitales del individuo. Veamos estos ejemplos de cada una de estas compilaciones. En primer lugar este fragmento de la “Octava elegía”, donde leemos:
[…]
Oh y la primavera entendería: no hay ningún lugar ahí
que no lleve el timbre de la anunciación. Primero aquel pequeño
rumor interrogante, que con calma creciente es rodeado
a lo lejos de silencio por un día afirmativo y puro.
Luego las gradas que suben, las gradas del llamado
hacia el templo soñado del futuro; luego el trino, el surtidor
que anticipa ya en el juego promisorio la caída
hacia el torrente impetuoso. Y delante suyo, el verano.
No sólo las mañanas todas del estío, no sólo cómo ellas
se transforman en día e irradian ya antes del comienzo.
No solo los días, tan tiernos alrededor de las flores y
tan fuertes y poderosos, allá arriba, en torno a los árboles formados.
No sólo la devoción de estas fuerzas desplegadas,
no sólo los caminos, no sólo los prados por la tarde,
no sólo la claridad que respira después de una tormenta tardía,
no sólo el sueño que se acerca y un presentimiento, en el crepúsculo…
¡sino las noches!, las altas noches del verano,
sino las estrellas, las estrellas de la tierra.
Oh, estar muerto alguna vez y saber de ellas infinitamente,
de todas las estrellas: ¡porque cómo, cómo, cómo poder olvidarlas!
[…]7
Ahora este soneto espléndido, el número XII, perteneciente a la segunda parte:
Desea el cambio; exáltate para la llama en que algo
se te escapa, que luce en transustanciaciones;
esa ánimo que esboza, dueño de lo terrestre,
prefiere la inflexión en la figura en vuelo.
Lo que en quedar se encierra es ya lo vuelto rígido;
¿se siente bien seguro bajo el gris invisible?
Espera, algo muy duro anuncia desde lejos
lo duro: Ay, se suspende el ausente martillo.
Quien mana como fuente; el reconocimiento
la conoce y la guía por la creación serena,
que tanto se termina con principio, y comienza
con fin. Feliz espacio viene de la ruptura
que cruza con asombro. Y la Dafne cambiada,
quiere, laurel sensible, que te cambies en viento.
En los textos últimos hallamos una voz remansada después de esas exaltaciones y de esas imágenes de gran riqueza y diversidad, con sus símiles tan peculiares, una transformación cuyas causas habría que buscarlas en el sosiego que viene luego de esas visiones y de ese diálogo tan rico con la tradición cristiana, greco-latina y renacentista, y en no menor medida con los grandes creadores de su lengua y de las artes plásticas europeas de su momento, todo un mundo que Rilke asimiló con una creatividad muy fecunda. Su poesía ha quedado como paradigma de espiritualidad y de pureza en el sentido de un una vida enteramente consagrada a alcanzar una integración de la totalidad en sus múltiples manifestaciones sensibles y a fusionar lo visible y lo invisible, la luz y la oscuridad, la vida y la belleza, lo trascendente y lo inmanente. La riqueza de su lirismo ha deslumbrado a pensadores y poetas de diversas latitudes. Su clamor angustiado ante la pérdida de la identidad auténtica de la realidad lo hace una figura fundamental de nuestros días.
Notas:
1 Utilizo la versión de José María Valverde en Obras de Rainer Maria Rilke. Traducción de José Ma. Valverde. Barcelona, Plaza Jañés S.A., 1971, p. 289.
2 Utilizo ahora la versión de Federico Bermúdez-Cañete en Rainer Maria Rilke. El libro de horas. Edición bilingüe. Traducción y prólogo de Federico Bermúdez-Cañete. Barcelona, Editorial Lumen, 1993, p. 179.
3 Ídem, p. 181.
4 Ídem, p. 181.
5 Ídem.
6 Federico Bermúdez-Cañete. “Introducción”, en Rainer Maria Rilke. Nuevos poemas. Edición de Federico Bermúdez-Cañete. Edición bilingüe. Madrid, Ediciones Hiperión, 1991, pp. 7-19. La cita en la página 8.
7 Utilizo la versión de Otto Dörr Zegers en Rainer Maria Rilke. Las elegías del Duino y otros poemas. Edición bilingüe. Traducción, prologo, notas y comentarios de Otto Dörr Zegers. Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2001, p. 113.
