Emilio Comas Paret: la literatura tiene que registrar el alma del lector
Al poeta, narrador y periodista Emilio Comas Paret (Caibarién, 1942), asesor de la Vicepresidencia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), le solicité una entrevista con motivo del aniversario 70 de su natalicio. Sin embargo, por razones ajenas a la voluntad del también columnista de los portales CubaLiteraria y UNEAC, no le fue posible contestar, en ese lapso, las preguntas que tuviera a bien formularle, y cuyo objetivo fundamental era mostrar al lector una radiografía general de la carismática personalidad de mi interlocutor, a quien tanto le debo desde los puntos de vista profesional, humano y espiritual.
Sin más dilación, le cedo la palabra al maestro Emilio Comas Paret.
¿Cuénteme cómo fue su infancia; época privilegiada en la vida de un ser humano?
Mi infancia fue complicada, fui un niño enfermizo. Con dos o tres años de edad, pesqué una pleuresía (inflamación de la pleura), que —en aquel entonces— era una enfermedad muy grave. Recuerdo como si fuera hoy, cuando el médico me encajaba una aguja en la espalda con un suero que venía en un ámpula gigante, como esas que tienen las aguas para inyectar, pero […] muy grande.
Luego mamá, que solo tenía segundo grado, cogió tanto miedo ─yo era su primer hijo y vivíamos sin los abuelos─, que cuando se nublaba la tarde ponía el mosquitero, me metía dentro, y embadurnaba mi pecho con una pomada, Numoticine, cuyo olor aún siento en mi olfato en los días tristes.
En virtud de que nací en un puerto de mar, vi la playa a la edad de seis o siete años, cuando un médico increíble, el doctor Castillo (tenía en su consultorio un cheslón y practicaba la hipnosis con los pacientes), me mandó a dar «los nueve baños de mar» reglamentarios, prescritos —en aquel período socio-histórico— por los facultativos, para combatir las afecciones respiratorias
Tendría mucho que narrar sobre esa etapa, pero lo estoy describiendo en un nuevo texto que escribo, y que se debe llamar Cuaderno de bitácora.
En su adolescencia fue enviado a un colegio «a pupilo», La Progresiva de Cárdenas, en la provincia de Matanzas. ¿Qué recuerdos tiene de esa etapa de su vida?
La Progresiva era un colegio excelente, fundado por un norteamericano presbiteriano, Mr. Warthon, y luego dirigido —en mi época— por un maestro único e irrepetible, don Emilio Rodríguez Busto.
Era un colegio muy bueno, pero mi economía familiar no podía sostenerlo, entré en él porque un tío, Rogelio Paret, preceptor mío una buena parte de mi vida, y de quien al final me alejé por estupideces que uno comete y de las cuales estaré por siempre arrepentido, era ministro de la Iglesia Bautista de Santo Domingo, en Las Villas (hoy Villaclara), y por sus gestiones me consiguió una suerte de «beca», es decir, en la que me cobrarían menos y a cambio yo haría un trabajo que era más formal que real.
Entonces, aquello era una suerte de Torre de Babel cubana y había gente de todas partes del país, con sus costumbres, sus maneras de hablar y de vestir.
Los sábados a las doce del día nos daban un pase hasta las diez de la noche y empezaba la barbarie, lo mismo íbamos al cine a ver una película de Elvis Presley, a una cafetería increíble llamada El Cosmopolita, donde preparaban los mejores sundaes del mundo, o íbamos al burdel.
Los domingos había que ir a la iglesia, pero luego teníamos cierto tiempo libre y nos fugábamos hasta Varadero a jugar bolos en la bolera y a tomar cerveza, que entonces costaba veinte centavos la botella.
Se me olvidaba decir que en cada salida de sábado, la escuela me entregaba diez pesos (que era una fortuna por aquel tiempo), que —por supuesto— papá tenía que poner cada mes en el fondo o presupuesto escolar.
En La Progresiva vi una pistola por primera vez. Estudiaba con Segundito, el hijo del señor Segundo Borges, gobernador de Las Villas. Era compañero de cuarto de Esteban Hernández, el líder que asesinaron cuando la huelga del 9 de abril de 1958, y a la muerte de José Antonio Echeverría, que era de Cárdenas, metimos una huelga que hizo que se suspendiera el curso y, como me había destacado en la huelga, más por mi vozarrón que por otra cosa, se acordó en la casa que no volviera más al colegio y me fui a vivir con mi tío a Santo Domingo y a estudiar allí en un colegio incorporado al Instituto de Sagua La Grande.
En el año 1958 y una parte de 1959 residió en el poblado de Santo Domingo ─hoy municipio Santo Domingo─, cerca de Santa Clara, ¿cuál es su percepción de ese lapso en que vivió alejado de los seres queridos?
El tiempo en Santo Domingo fue complicado. Estaba la dictadura en su apogeo, era joven y ya eso era un delito, y simpatizaba con la Revolución de Fidel y eso me trajo algunos problemas que también cuento en el nuevo texto.
Tuve una novia, fui muy amigo de Jaime Vilella, quien muere con solo quince años de edad a manos del sanguinario coronel Pedraza, un tiempo antes de triunfar la Revolución, y saqué bronca con la mujer de mi tío, porque no quería que saliera con Tamargo, un muchacho compañero mío de la escuela, un muchacho magnífico, pero era mulato, y eso no le convenía a la familia. Y ahí mismo se rompieron las hostilidades y volví a Caibarién a mediados de diciembre de 1958.
El 59 y sus finales lo sorprende en Caibarién, que fue tomado por el capitán del Ejército Rebelde, Roberto Rodríguez (El Vaquerito), después de un combate de 24 horas contra los soldados del cuartel, ¿que vivencias recuerda de ese hecho histórico?
El día antes de mi llegada a Caibarién, en la esquina de la casa habían asesinado a un muchacho y el pueblo ardía. Yo fui al entierro y cuando el carro fúnebre pasó por la esquina del homicidio, un grupo de jóvenes enarboló una bandera cubana y se entonó el himno nacional. La balacera que se armó fue tremenda. Yo corrí hacia atrás no sé cuántas cuadras.
El día 26 comenzó el combate a las cinco de la mañana. Mientras duró, papá no me dejó salir, pero a las cinco de la tarde, cuando cesaron los disparos, Mercedita, mi vecina, me dio un brazalete del 26 de Julio que tenía escondido, me lo puse y con mi bicicleta fui a ponerme a las órdenes de El Vaquerito, quien tenía su comandancia en la estación de radio de Caibarién.
Al otro día trajeron a los soldados del tren blindado de Santa Clara y los concentraron en la Playa Militar de Caibarién, y me dieron la misión, junto con otros muchachos, de comprarles comestibles a aquellos soldados; cosa que hicimos mi bicicleta y yo durante todo el día.
Luego fue la ida de las tropas para la batalla de Santa Clara y los camiones con voluntarios del pueblo, pero, claro, yo no fui.
Triunfa la Revolución y se vincula a ella desde el principio, ¿de qué forma se incorporó al naciente proceso revolucionario?
Ya entonces estaba en el Instituto de Remedios, ingresé en la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR), estuve en la Asociación de Estudiantes y ante el llamamiento masivo realizado por la dirección de la Revolución, me fui como brigadista Conrado Benítez a alfabetizar a una región inhóspita, Aridanes, del entonces municipio de Mayajigua. En ese lugar, por el día enseñaba a los niños, porque no había escuela, y por la noche a los adultos.
Allí comí por primera vez, carne de jicotea y pasé, como se dice en Caibarién, más trabajo que un forro de catre.
Un día me mandaron a buscar para iniciar un curso de nivelación en la Universidad Central de Las Villas. Iba a estudiar Ingeniería Eléctrica.
Usted comienza a estudiar Ingeniería Eléctrica en la Universidad Central de Las Villas, pero luego de cursar un año deja la carrera, ¿qué acaeció entonces en su vida?
Primero me di cuenta de que había equivocado la carrera. La ingeniería no me gustaba, la Física la impartía el profesor Más Martín, que era una lumbrera (terminó trabajando para la NASA en USA), pero no se le entendía nada, se comía las eses y hablaba más rápido que un japonés.
Las Matemáticas tampoco me entraban, a pesar de que tenía un buen profesor, y en lo que me destacaba era escribiendo los trabajos prácticos de marxismo; asignatura en la que siempre obtenía 5 puntos.
Pero yo era el primero, tanto de los Comas como de los Paret, que ingresaba a la universidad, era como un extraterrestre para la familia, entonces, ¿cómo me iba a ir? Pues me fui.
¿Después cómo fue el trabajo con los soviéticos?
Fue una experiencia inolvidable. Una noche estaba en mi casa y se apareció un hombre misterioso que quería hablar conmigo a solas. Se identificó y era un oficial del departamento de Seguridad del Estado, quien me pedía mi parecer para trabajar con un grupo de ingenieros soviéticos en la búsqueda de petróleo en la costa norte del centro de la Isla. Trabajaríamos 22 días en el mar y descansaríamos 8 en tierra, y ganaría 170 pesos, que eran una pequeña fortuna.
Le dije que sí enseguida. Trabajar en el mar me encantaba, el mar me fascina desde siempre, y no me equivoqué. Fue una experiencia maravillosa, y conocí a gentes de otras latitudes que eran buenas personas, francas, justicieras, honestas y muy trabajadoras.
Terminé graduándome de calculista gravimétrico clase B, disciplina que estudié en La Habana, albergado varios meses en el Hotel Nacional de Cuba. Una verdadera locura.
¿Alguna vez pensó dedicarse a la docencia y cómo llegó a esa decisión?
Nunca pensé ser maestro. Desde chiquito fui gago, luego, con el tiempo y el apoyo de un logopeda, mejoré, pero no tanto como para pararme frente a un aula a impartir clases a un bando de «locos».
El caso es que me había fajado con el administrador del Instituto Cubano de Recursos Marítimos (ICRM), de Caibarién, porque no me quiso pagar mis salarios acumulados (después se supo que tenía un gran desfalco y se robó uno de los barcos del trabajo y se fue para Miami), y le pedí la baja.
Era fin de año, tenía una hija y estaba sin trabajo. Mi padre me dijo que no me preocupara, que él se hacía cargo de la familia y de mí, como siempre, pero yo quería algún dinero […]. Mi hermano, a quien le llevo cuatro años, me dijo que su profesora de Física de la escuela secundaria básica, donde estudiaba, estaba buscando quien la sustituyera quince días porque quería casarse, pagaban buen dinero, me dije, solo son quince días, y no lo pensé dos veces.
Lo hice tan bien que no me dejaron ir de la escuela. Cuando se reincorporó la profesora, me nombraron bibliotecario. Entonces me presenté a una oposición provincial y obtuve una plaza de profesor de Historia y Geografía en otra secundaria básica del pueblo.
Mientras ejerce como profesor de secundaria básica comienza a escribir, ¿qué lo motivó a seguir esa inspiración?
Yo tengo un viejo amigo, que es algo así como un primo segundo mío, que se llama Rogelio Menéndez Gallo, quien era profesor de Historia, al igual que yo. Todos los miércoles debíamos juntarnos en Caibarién para asistir al Instituto de Superación Educacional (ISE), que nos nivelaba hasta hacernos profesores titulados.
En uno de esos encuentros, Rogelio me enseña unos cuentos que estaba escribiendo, y entonces me dije: yo creo que puedo hacer cosas como las que hace Rogelio, y empecé. Primero plagié un cuento de un escritor uruguayo y traté de ubicarlo en el Caribe cubano, y no me salió mal. Luego pensé que podría escribir sobre los personajes de mi barrio y ahí sale mi primer libro Bajo el cuartel de proa.
Mientras era asesor regional de Historia y estudiaba el tercer año en la educación superior, ocurrieron acontecimientos que removieron su vida. ¿Podría narrarlos?
Bueno, la realidad es que en el año 1975 yo estaba en Caibarién, era miembro del Comité Municipal del Partido Comunista de Cuba (PCC), había ido al Primer Congreso del PCC como delegado, había obtenido el Primer Premio en Cuento en el Concurso Debate Nacional de Talleres Literarios, es decir, estaba en alza, como se dice en la calle.
Así las cosas, en enero de 1976, empezó la situación de Angola, el PCC me pidió que voluntariamente me incorporara como político a las tropas, y de buenas a primeras me vi en un campamento militar en Matanzas, que le decían La Paloma, en un entrenamiento riguroso, donde aprendí a tirar con cuanto artefacto para matar teníamos a mano, y en 25 días que duró el entrenamiento, perdí 27 libras de peso corporal.
Luego estuve unas horas de pase en Caibarién, donde me recibieron como un héroe sin haber disparado un tiro, y después de estar unos días en las montañas del Escambray con un regimiento de Lucha contra Bandidos, me llevaron a Cárdenas y me montaron en un barco que paradójicamente se llamaba Primer Congreso del PCC, y que ha sido el barco más malo de cuantos he abordado, y he estado en algunos. Luego fue Lobito, después Luanda y por último Cabinda, donde cumplí mi misión internacionalista.
¿Cuándo y cómo logra ingresar a la UNEAC?
Cuando regreso de Angola, el PCC me lleva […] como jefe del Departamento de Ciencias, Cultura y Centros Docentes del Comité Provincial de Sancti Spíritus.
Ya que en la provincia había algunos buenos escritores, varios buenos músicos y algunos buenos pintores, algún teatrista, etc., en una reunión propuse que hiciéramos la gestión pertinente para constituir la UNEAC en la provincia. Mi planteamiento se aprobó, preparamos la fundamentación y la expuse en una reunión del departamento en el Comité Central, el cual consultó con el Poeta Nacional Nicolás Guillén (1902-1989), quien estuvo de acuerdo.
Yo no permití que me incluyeran en la relación de miembros. Me parecía que podría verse como un oportunismo, y estando yo en la antigua Unión Soviética (hoy Rusia), se creó la UNEAC en la provincia.
Cuando regresé, me dieron la noticia de que —por unanimidad de los propuestos— me habían incluido en la lista, y la sede nacional me había aceptado. Por eso soy miembro fundador de la UNEAC de Sancti Spíritus. Creo que fue mejor así.
El primer libro siempre será algo así como el primer hijo para un padre, ¿que recuerda de ese texto primigenio?
Ese libro tiene una historia como sucede con casi todos. Yo había empezado a escribir junto a un grupo de amigos y acordamos recoger la vida de los pescadores y pescadoras de Caibarién. Empezamos a trabajar, pero solo unos pocos hicieron algo. Yo, sin embargo, me propuse en serio trabajar el tema, y hablé con papá, que había sido pescador y marino mercante. Me contó sobre la vida del abuelo, luego sobre de él, y después me llevó a conocer a Augusto Blanco, quien era un viejo pescador, mitómano, espiritista y contador de buena lengua.
Él fue la fuente de casi todos los relatos de Bajo el cuartel de proa, y después me incitó a trabajar La agonía del pez volador, una novela con más cuerpo y alma.
Usted fija su residencia en la capital del país, ¿cuándo y por qué se produce su traslado hacia la Ciudad de las Columnas?
Después de varios años en Sancti Spíritus, el PCC me promovió y vine como funcionario de la Sección de Cultura del Departamento de Ciencia, Cultura y Centros Docentes del Comité Central del PCC. Al poco tiempo me dieron un apartamento detrás de la Plaza de la Revolución y pude traer a mi familia. Ahí vivo hasta hoy.
Sé que ha viajado a varios países, ¿recuerda alguna anécdota que pueda relatarnos?
Tendría muchas que contar, porque he tenido la suerte de conocer varios países. De ello, tengo que escribir, pero no sé cómo comenzar. Eso ocurre, y un día se abre la espicha y empieza a salir la literatura como el chorro de sidra. Pero hay un viaje a un país muy interesante, Mongolia. En él pasaron cosas muy originales, pero hubo una que nunca olvidaré, y fue que tuve que comer de un gran chivo macho, cocinado con piedras chinas muy calientes. De Mongolia, traje una de las piedras con las que cocinaron al chivo y aún la conservo.
Recuerdo que me tomé casi una botella de vodka mongol, y en ese estado me comía al chivo vivo, y así fue.
Hace ya varios años que trabaja en la UNEAC, ¿cuándo se inició en la institución y qué funciones ha desempañado en su seno?
Estuve cinco o seis años en el Comité Central, y luego, me transfirieron a la UNEAC como vicepresidente del Fondo Económico Literario y Artístico de la propia institución. Un organismo para buscar financiamiento que nunca funcionó y desapareció. Luego, estuve varios años de director de la Editorial UNION, después pasé varios años en la Dirección de Divulgación del Ministerio de Cultura primero y de la Dirección de Aficionados después. Volví a la UNEAC otra vez a dirigir la editorial, ya con el escritor Abel Prieto Jiménez como presidente.
Más tarde fui jefe de Redacción de la Revista Música Cubana, director del Sitio Web de la UNEAC y ahora que estoy al terminar mis actividades laborales, soy asesor de la Vicepresidencia de la UNEAC.
En la vida uno alterna los conflictos con las alegrías, es parte del devenir existencial. ¿Cuál considera que es una de sus grandes alegrías y su gran frustración en el ámbito literario?
Una gran alegría fue la primera vez que vi un trabajo mío impreso en un medio de comunicación, y fue en el periódico Vanguardia de la vieja provincia de Las Villas. La gran frustración tiene una historia más larga. Resulta que mientras trabajaba en la Revista de Música Cubana, cuyo director era el doctor en Ciencias Artísticas José Loyola, tenía que participar todos los años en el Comité Organizador del Festival Internacional Boleros de Oro, cuyo presidente era también el maestro Loyola, a quien se le ocurrió la idea de organizar en el patio de la UNEAC, los sábados por la noche, la llamada Noche de Boleros de Oro, a fin de darle continuidad al festival y seguir promoviendo el bolero y a los boleristas.
Un día me sugirió que dirigiera un espacio en la Noche de Boleros de Oro, que llevara a poetas para que leyeran su obra, y el espectáculo tuviera un breve espacio de poesía, que tanto tiene que ver con las mejores letras de los buenos boleros. A mí me obnubiló la idea. Toda mi vida he sido lo que en el argot popular le llaman un «cabaretero», es decir, me gusta el cabaret.
No sé si fue que con solo seis años, Ñico Membiela me llevó a ver el show del Ali Bar y ahí mismo quedé encandilado […]. Me la habían puesto en las manos. Recuerdo que empezamos el día 7 de abril del 2002, el espacio se llamaba El poeta y su obra, yo debía convocar al poeta, que fuera por su cuenta, que no cobrara, yo tampoco cobraba y estuve varios años por mi cuenta, pero no importaba, era una buena idea, magnífica, no solo llevaba poetas habaneros, sino también de provincias, cuando venían a la capital, además los presentaba, e incluso, hasta varios poetas foráneos leyeron sus versos a un público, que como era cotidiano, se fue adecuando al espacio y fue conociendo autores (porque siempre llevaba una ficha del invitado), entendiendo e interpretando la poesía. Magnífico.
Luego empezaron a pagarle al poeta, lo cual era muy beneficioso, en el mal pagado gremio nuestro los poetas son los peores remunerados. A mí me daban también una «platica», no mucha, por cierto; y así fluyeron las cosas hasta que un día cambiaron al director del espectáculo. Al señor —de inicio— no le agradaron ni los poetas ni yo, y un buen día la Dirección de Música de la UNEAC me dijo que no viniera más, que mi magro salario lo iban a utilizar para reforzar el pago de las primeras figuras que se presentaban en ese espacio.
Alguna Noche de Sábado vuelvo al cabaret unionero, me reciben con mucho cariño […]. Ya cambiaron al director, hay otro, pero no me han dicho que vuelva, y yo lo haría gratis y viajaría por mi cuenta, pero lograría un espacio para los poetas, un espacio digno, decoroso, donde pasaran una noche placentera, y luego, cobraran algunos dividendos que siempre vendrían adecuadamente para enfrentar los elevados precios de los alimentos. Pero hasta hoy sigo frustrado, muy frustrado, quizás sea mi temprana afición al cabaret, no sé.
¿Qué lo impulsa a escribir? ¿Pudiera ser la intención de trascender a Tanatos (la muerte en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo), de lograr la inmortalidad con la vigencia de sus obras?
Primero que todo, la necesidad de comunicarme con la gente, necesito tener contacto con las personas, intercambiar, no pudiera soportar la vida de Robinson Crusoe. Luego, intentar prevalecer en el tiempo y a través de mi obra, aunque quizás yo no pueda verlo, o quizás sí. Irme con la esperanza de que alguno de mis libros alcance notoriedad y les dé a los míos la posibilidad del regocijo y algún beneficio económico, que nunca vendrá mal, y que posibilitará que recuerden con más ahínco mis pocas virtudes y nebulicen mis grandes defectos.
La función que pudiera desempeñar la crítica literaria es no solo para modelar los gustos de los lectores, de los espectadores, sino también para señalar insuficiencias y objetivos no tan logrados. ¿Qué opinión le merece nuestra crítica en sentido general?
Yo no empezaría por la crítica, sino por la promoción. Siempre que sale un libro a la calle se debe dar una fiesta, es como un nuevo habitante del planeta, pero con muchas cosas que decir, que despertar, que provocar, que molestar. Y los libros en Cuba no tienen promoción, no es que tengan poca promoción, es que no tienen promoción alguna. La prensa no se ocupa de ello, menos la televisión y la radio. Es como si los escritores tuviéramos una maldición gitana encima. Hay hasta un popular programa por la pequeña pantalla, cuyo presentador se da el gusto de decir: «y a los ganadores se les obsequiará con un grupo de libros donados por el Instituto Cubano del Libro», como si los libros fueran una jaba de papas, y no tuvieran títulos, autores, reseñas breves. Y que no me hablen de tiempo, que a veces lo pierden en cosas y asuntos que no tienen importancia ni relevancia alguna.
Antes, todas las revistas, los periódicos, etc., publicaban siempre un cuento, unos poemas de un escritor cubano. Yo mismo fui a un excelente programa para escritores que tenía la chilena Mireya de la Torre. Y posteriormente, asistí a otro del mismo corte con Margarita Balboa. Hoy no hay nada de eso, y cuando la televisión cubana inaugura un nuevo canal no se le ocurre crear un canal cultural, como lo hay en muchos países. Ponen un canal musical, y dejan en la cocina a las demás artes; entre ellas también a la literatura, que es «Anita la huerfanita».
Luego la crítica, que la mayoría de las veces es como ahora dicen los muchachos metatrancosa, que nadie entiende por la fraseología filológica que se usa, propia de la especialidad, pero ineficaz en los grandes medios. O la otra, catastrófica hasta la médula, todo lo ve mal, esas son las menos, porque las hay peores, que son los amigos que escriben de libros de los amigos. Lamentable. Yo tengo un artículo «El escritor no tiene quien le escriba», publicado en mi columna de autor del portal CubaLiteraria. Me satisfaría que los interesados en el tema lo leyeran. Con él me pasó una cosa desagradabilísima con un importante medio de prensa, pero no tengo ganas de contarlo ahora. Como dijo el comandante Fidel Castro Ruz: «y no digo más».
En el portal CubaLiteraria, donde mantiene una columna fija, escribió un ensayo titulado «En defensa de la narrativa realista cubana», que causó alguna polémica en el medio. ¿Cuál fue el propósito primordial de ese escrito? ¿Qué opinión le merecen los jóvenes narradores cubanos?
Mi intención no fue molestar a nadie en particular, ni a una corriente estética específica, quise abogar por lo que pensé que era una injusticia, la marginación de la literatura llamada realista, y lo digo así, porque como dice el laureado novelista peruano Mario Vargas Llosa (1936): «la literatura no documenta la realidad, la transforma y adultera para completarla»; y yo agregaría: la literatura ficciona la realidad y hace «otra» realidad, por eso me parece que no es certero hablar de la literatura «realista». El caso es que me parecía que se estaba favoreciendo con las publicaciones, premios, y promoción más a los escritores de las nuevas corrientes que a los otros, y me molestaba que la obra de grandes escritores cubanos estuviera olvidada. Era como si se hubieran cambiado los paradigmas, pero no me quería inmiscuir en esos temas, porque no estoy preparado teóricamente para ello, ni tampoco me interesa.
El problema es que considero que la literatura es un medio que ante todo, tiene que registrarle el alma al lector, metérsele en la conciencia, y después provocar, cuestionar, sembrar dudas, proponer preguntas que no tienen respuestas, en fin perturbar y hacer reflexionar. Cuando no logra eso no funciona, y no me diga alguien aquello de «bajar al pueblo», las grandes obras tocan el cielo y penetran hasta lo profundo de la tierra, por eso son grandes obras. Si no, que alguien se pregunte ¿por qué nuestras librerías están llenas de libros que no tienen salida? ¿Por qué algún buen crítico no se pone a valorar cuál ha sido el resultado final de esa a veces ciclópea tarea de hacer un libro?, ¿cuestionarse, reitero, si ha servido, si verdaderamente ha desempeñado su función? Se verá que no son corrientes estéticas, es tan simple como escribir bien o escribir mal.
De la literatura joven diré que he sido dos veces jurado del Premio David, con diez años de diferencia, la última el año pasado, y se percibe que hay muy buenos narradores en ciernes, pero que tienen que estudiar y leer mucho […], básicamente buena literatura para aprender y aprehender, que también se vale. Y que recuerden siempre al escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) cuando dijo: «para novedades los clásicos».
¿Alguna vez ha incursionando con su obra en el cine y la pantalla chica y qué piensa al respecto?
No, una vez a instancia de Onelio Jorge Cardoso y Gerardo Fernández adapté uno de mis cuentos a la televisión, lo presentamos y no lo aprobaron. Me gustaría, antes de la dormida definitiva […], hacer cine, porque es una obra de creación colectiva, y escribir es muy individual, quisiera ver la diferencia y disfrutarla.
Tiene varios libros terminados y no publicados. ¿Qué temas tratan… siguen siendo novelas?
No, hay hasta un libro infanto-juvenil, mi primer intento. También un libro de testimonio, una larga crónica, un libro de recetas marineras, un libro de crónicas, un libro de cuentos y terminé el guión de un documental. Todo está listo para cuando haya espacio y deseo. Trabajo en un libro de memorias, pero que no son mis memorias, se las he atribuido a un personaje llamado Guadalupe C.P. Rodríguez Reyes. Ando por la mitad.
Tiene dos libros de poemas publicados y uno de ellos obtuvo mención en el Concurso David de la UNEAC en 1973. ¿Por qué nunca se ha considerado poeta, aunque mis colegas de la prensa lo presentan como tal?
Yo escribo poesía, porque hay cosas que no puedo decir en prosa, y necesito expresarlas, pero nunca he estudiado poesía, ni pertenezco a escuela alguna, ni sé por dónde andan los ismos, ni conozco las nuevas corrientes estéticas. No soy poeta, porque no estoy preparado para ello. Ser poeta es una profesión que respeto y admiro mucho.
El pasado año llegó a las siete décadas de vida con buenas condiciones físicas e intelectuales y un dinamismo envidiable para otros de su misma edad. ¿Nunca se deprime, qué hace para paliar las angustias cotidianas? ¿Acaso no piensa en la posibilidad de emprender el viaje sin retorno?
Sí, me deprimo, es sine qua non del gremio, pero trato de salir rápido del trauma, porque si persiste llega a enfermarme, quizás me baje el sistema autoinmune, o sea, las defensas del cuerpo, y en consecuencia, me agarre algún virus, bacteria o agente patógeno. Tengo la experiencia de que cuando terminé La agonía… estuve en cama con fiebre varios días.
Las angustias las soporto pensando que los buenos días vividos y los que están por venir, son los únicos que hay que recordar, eliminar los rencores, las venganzas, los odios, todo eso hace mucho bien. Y cuando vengan los problemas enfrentarlos como en la mar, ponerle proa a la tormenta, pero con el conocimiento de que, en algún momento, la vas a dejar atrás y retornará la calma.
La muerte es una vieja amiga que espera. Recuerdo el excelente relato corto «Francisca y la muerte», del cuentero mayor, Onelio Jorge Cardoso, quien un día me dijo que se había inspirado en un cuento popular búlgaro. Yo quiero que conmigo sea así, que cuando la muerte llegue me encuentre trabajando, haciendo planes, pensando en cómo mejorar el futuro. Y cuando me vaya ya veremos, no creo que allá la cosa sea tan aburrida como dicen. Quizás se pueda empezar de nuevo, y entonces, volveré a combatir, que es lo que sé hacer. ¿Complacido?
