En no tan pocas palabras, Francisco López Sacha
Evocar viejos recuerdos, revisitar los sitios más sobresalientes de su literatura, agradecer su amistad y valorar el saldo que significa poder contarlo entre los más notables escritores contemporáneos cubanos fueron, a grandes rasgos, las pautas de las palabras dirigidas por los escritores Eduardo Heras León, Laidi Fernández de Juan y Ambrosio Fornet para homenajear a su colega y amigo Francisco López Sacha en el más reciente espacio El autor y su obra, del Instituto Cubano del Libro, celebrado en la capitalina Biblioteca Rubén Martínez Villena. 
Como “uno de los tesoros que le ha regalado la vida y el ejercicio de las letras” fue catalogado el homenajeado por Heras León, quien comenzó su intervención recordando un encuentro de más de 30 años en la Casa de la Condesa de la Reunión, sede del Centro Alejo Carpentier, hasta donde llegaron, para fundar bajo su egida “posiblemente el taller literario más riguroso de que haya tenido noticia en nuestro país, un grupo de jóvenes narradores —entre los que se encontraban Senel Paz, Abel Prieto, Arturo Arango, Reinaldo Montero, Abilio Estévez, Leonardo Padura, Félix Lizárraga, Rolando Sánchez Mejías, Luis Manuel García, Miguel Mejides, Norberto Codina, Raúl Doblado y Francisco López Sacha”. Desde aquellos lejanos días y a propósito de la lectura de tres cuentos que criticó entonces sin escrúpulos, supo el Chino Heras “que estábamos en presencia de un escritor en posesión de notables recursos técnicos y sobre todo, de la riqueza de un lenguaje, donde me pareció asomaba en la lejanía, bastante diluida, la sombra bienhechora de Alejo Carpentier”.
A partir de la relectura de muchas de sus obras con vistas a hacer síntesis para este homenaje, Heras León pudo reafirmar un criterio que quedó muy bien justificado en los argumentos esgrimidos. “Sacha es el narrador de la evocación y la nostalgia”. La alusión al pasado buscando las claves del presente, la remembranza del adolescente que fue, cuyas ilusiones quedaron posiblemente perdidas para siempre, la presencia de la escuela “con sus problemas comunes a todos los jóvenes de esa generación en las becas, en el servicio militar, en los exámenes, en la Campaña de Alfabetización, o escuchando la música prohibida de los Beatles en aquellos años duros”, dan fe de ello.
También fue valorado desde su calidad narrativa “un narrador flexible que va del yo al nosotros y que a veces pretende asumir la omnisciencia, o se despersonaliza con el pronombre ‘uno’; que parece confundirse con el supuesto autor del cuento para lo cual utiliza datos y personajes tomados directamente de la realidad, que hacen dudar al lector si está en presencia de un texto de ficción o testimonial: este recurso se fortalece con el tiempo y aparece en casi todos los cuentos, como en “Dorado mundo”, texto maravillosamente resuelto, en el que Filiberto, el protagonista, personaje de ficción, compra un libro mío, Acero, y lo comenta, o en medio de todas sus desdichas se encuentra con un personaje llamado David, y le piden que le cuente de Arsenio Paz (que no es otro que el otro nombre de Senel Paz)”.
Aludió también a cuentos como Otro ladrillo en el muro que aborda la primera experiencia de sexo, Análisis de la ternura y Mi prima Amanda contada otra vez, y explicó cómo “los cuentos fueron ganando en extensión, en profundidad, en técnicas sabiamente utilizadas. En este aparte no pudo soslayar al que consideró “uno de los mejores cuentos cubanos: Figuras en el lienzo, escrito a propósito del supuesto encuentro de Emilio Zola y José Martí en una función de teatro en París, (…). Pocas veces en la cuentística cubana se ha abordado un tema semejante y con semejante eficacia”.
En cuanto a su ensayística acotó que “Sacha fue de los primeros críticos que estableció una clasificación de las tendencias dentro de su propia generación, cuando los agrupó en: fabuladores, iconoclastas, rockeros y tradicionalistas, tendencia esta última cuya denominación cambió más tarde por la de neoviolentos y que desbrozó por primera vez la tupida selva de cuentos publicados desde finales de los 70 y principios de los 80”.
Fernández de Juan, cuya primera imagen de Sacha se le reproduce como “un Sacha sin canas, pero con la misma jovialidad que ha mantenido a lo largo de los más de veinticinco años que han pasado”, esbozó una visión más personal del agasajado “siempre dispuesto a ofrecer una conferencia de literatura, de música, de amor, de historia cubana, de marxismo, de comidas mexicanas o de cine, lo mismo sentado en un banco de parque, que en mi portal un día de cumpleaños, que durante una marcha del 1ro de mayo”.
Tocó también con su habitual humor “esta Beatlemanía crónica que sufre”, y se refirió a la “manera de ser falocéntrica” su literatura. A propósito de su más reciente libro publicado, Variaciones al arte de la fuga, señaló “la exquisita elegancia de su prosa, tanto para referirse al sexo, como para hablar de nuestro país”.
“No soy capaz de decir —resumió la escritora— todo lo que he aprendido y aprendo de Sacha: las palabras no me resultan suficientes. Además de su cultura musical, de todo lo que sabe de dramaturgia, de guiones cinematográficos, y por supuesto, de literatura de primer orden, y de su fabuloso talento de maestro que no escatima jamás tiempo para regalar a los demás, Sacha posee el raro don de la autenticidad.
No le fue posible a Fornet, aunque se lo propuso, abordar en pocas palabras a Sacha, de quien se declara un admirador. “Los admiradores de Sacha somos legión y me complace ser uno más entre ellos”. Pero no solo como escritor fue valorado el autor de Pastel flameante. Sus excelentes cualidades como orador también tuvieron lugar en la voz de "Pocho" quien lo catalogó como “carismático comunicador tan semejante al Oscar Wilde que en sus obras sólo ponía su talento, porque el genio lo reservaba para la conversación”. “El narrador —comentó— que hace ya un cuarto de siglo nos sorprendió a todos con la novela El cumpleaños del fuego y con tres colecciones de cuentos —entre ellas Descubrimiento del azul y Análisis de la ternura, nada menos— se nos aparece ahora, sin previo aviso, con Variaciones al arte de la fuga, algunos de cuyos cuentos –que me atrevería a llamar pornosóficos por la sabia intensidad con que se plasma en ellos una mirada a la vez erótica y reflexiva—merecen el honor de las antologías.
Si alguna vez surgiera la idea de armar un Decamerón latinoamericano y a los editores se les ocurriera consultarme, ya sé cuál sería mi respuesta”.
Un rápido pero puntual análisis hizo Fornet de algunas de las obras de Sacha. Y evitando “hablar de intertextos y posmodernidades” resumió que aquel “como narrador, ha traído un nuevo aliento y a la vez —como ensayista, crítico y profesor de dramaturgia— una visión más abarcadora y dinámica de nuestra literatura”.
En una máxima convinieron los panelistas: si no existiera hubieran tenido que inventarlo “para disfrutar ahora del privilegio de tenerlo con nosotros aquí”.
