Revolución y Cultura, pluma y machete
Antaño la literatura épica o de gesta, cuyo antecedente inmediato puede localizarse en las novelas de caballería, constituía uno de los principales intereses lectivos para los amantes de la lectura. Pese a ello, el paso del tiempo y algunas otras circunstancias como la cada vez menor edición de títulos de ese género hacen que en la actualidad los diarios de campaña sean vistos como una reliquia del pasado enclaustrada en los anaqueles de las bibliotecas más antiguas, lejos de la preferencia de los lectores cotidianos.
Entonces el valor de la más reciente entrega de la revista Revolución y Cultura, publicación que en esta oportunidad dedica dos artículos iniciales a la temática de los diarios de guerra, la sistematización de su estudio y enaltecimiento de los sobrados valores literarios e históricos de las obras sujetas a análisis.
“No muy conocida, y mucho menos estudiada, la literatura de campaña sobre nuestras guerras de independencia nos revela, además de una imagen vívida y real del sacrificio del pueblo cubano en el exilio, las expediciones y la lucha en la manigua, detalles de la historia íntima, costumbres, mentalidades y el léxico de una Cuba desconocida y olvidada. Son los casos aquí reunidos de Antonio del Rosal Vázquez de Mondragón, oficial del ejército español durante la Guerra de los Diez Años, y de Eduardo Rosell y Malpica, hacendado, ingeniero y mambí caído en combate en la contienda del 95, quizá el único de su clase y condición con tal destino”, recoge el editorial de Revolución y Cultura.
El primero de los trabajos, titulado “Un prisionero español entre los mambises”, es un acucioso estudio realizado por el historiador, ensayista y académico Pedro Pablo Rodríguez, quien afirma que “Antonio del Rosal Vázquez de Mondragón es persona hoy casi desconocida en Cuba. Quizás nunca lo fue mucho, a pesar de que escribió varios libros acerca de la Guerra de los Diez Años, contienda en la que peleó desde las filas del ejército español. Sus obras han tenido escasa acogida en la amplia bibliografía histórica sobre aquel conflicto, a lo mejor porque tuvieron cortas tiradas o porque los historiadores cubanos que las han leído las han considerado textos demasiados sesgados por su declarada postura a favor de la relación colonial para la Isla”.
Luego de dilucidar el origen del oficial español, nacido en la ciudad de Loja, provincia de Granada, en 1846, el autor relata cómo fue hecho prisionero por las fuerzas insurgentes mambisas en septiembre de 1873, detalles obtenidos de la obra En la manigua, diario de mi cautiverio, que fuera publicado en Madrid por la Imprenta de Bernardino y Cao tres años después de su confinamiento en la campiña cubana. Sin embargo, no fue este su primer volumen dedicado a la gesta entre colonialidad e independencia, pues con anterioridad había escrito Los mambises, publicación que dedicó desde Santiago de Cuba al general Francisco de Acosta y Alvear, unos de los principales en el alto mando peninsular en la Mayor de las Antillas. En 1899, tras claudicar España a manos de los representantes norteamericanos en Cuba, Antonio del Rosal publica La pérdida de las colonias o un ejército en pie de guerra.
No obstante, es la citada En la manigua, diario de mi cautiverio la obra que llama la atención por la capacidad de observación de su autor, “quien relata con lenguaje conciso, preciso y directo de militar las características y funcionamiento del ejército mambí”. En poco más de una veintena de capítulos, el soldado cautivo repasa jornada tras jornada, desde el 18 de septiembre a igual fecha dos meses después, las interioridades de la formación mambisa de la región oriental que le hizo prisionero durante las acciones del combate de Santa Rita, cerca de Holguín.
Comenta Pedro Pablo Rodríguez que “la narración es lineal y sigue el orden cronológico día por día, aunque no deja de advertirse cierta progresión dramática con algunos momentos climáticos acentuados por los propios recursos expresivos que emplea, todo lo cual permite hablar de cierta fuerza literaria en el texto. Del Rosal sabe escribir mas allá de una correcta redacción; su testimonio es ligero, chispeante y logra sostener el interés del lector a través de la narración y de las descripciones de personas, hechos y costumbres. Tiene soltura, combina con habilidad la presentación de sus estados de ánimo con los sucesos que refiere, es vívido y elocuente al explicar terribles condiciones de vida mambisa cotidiana, y no deja de mostrar la proverbial gracia natural andaluza a través de varios lances que equilibran su testimonio y aumenta su verosimilitud. Es, sobre todo, un fino observador, quizás aguzado por su profesión militar, que reitera con frecuencia sus sentimientos patrióticos de español, pero que no deja de manifestar afecto y admiración hacia sus enemigos”.
El segundo de los textos, “Eduardo Rosell y Malpica: diletante, hacendado y mambí”, llega tras la rúbrica de la doctora en filología Luisa Campuzano. En su trabajo, la especialista ahonda en la vida y la obra de Eduardo Rosell y Malpica en estrecha relación con su diario de campaña.
En tal sentido, Campuzano reflexiona sobre la necesidad de sistematizar los estudios sobre la literatura de campaña y ampliar las posibilidades a los investigadores cubanos “para poder estudiar las decenas de diarios de nuestras guerras de independencia que se conservan, tal como llegaron, en los archivos españoles”. Ello permitirá “tener un conocimiento mucho mayor, fragante, emotivo, no solo de nuestra historia militar, sino de la historia íntima, espontánea, de las costumbres, deseos, ideas, mentalidades, léxico, fobias, fraseología de una Cuba desconocida y olvidada, la improvisada al calor de las batallas, en el clandestinaje de la emigración, en los campamentos, en los momentos de temor o de nostalgia. Esa Cuba que fue desvaneciéndose tras el 98 para entumecerse en el mármol, las frases hechas, las efemérides; en fin, en la historia oficial”.
