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Comunión y palabra *

Alberto Garrandés, 05 de julio de 2013

Búscate en mí es un acontecimiento editorial de excepción porque agrupa lo medular de la obra de Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León y San Juan de la Cruz, escritores españoles que, en lo concerniente a la literatura mística, la lírica religiosa, el intercambio con la divinidad, fueron capaces de fundar, en el siglo XVI, un misterio de resistencia en ese triunvirato indómito cuya actualidad resulta incomparable. Me refiero a la armonización única, irrepetida —y supongo que irrepetible—, de tres voces monumentales, tres pensamientos que expresan la renunciación a lo material, tres modos de articular la devoción de la fe con el lenguaje que la expresa, tres intensidades de sentido frente a la idea de Dios. Y todo esto modulado, a la larga, dentro de la poesía y el lenguaje poético.

Uno de los enemigos de Santa Teresa la llamó una vez, desconcertado, fémina inquieta y andariega. Fundadora de muchos conventos que se inspiraron en la reforma de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo —la reforma consistía en regresar al tipo de vida de los primeros eremitas del Monte Carmelo—, era obvio que su proceder, su doctrina y su prédica tenían un componente inmanejable en la España de aquella época: la feminidad. Era una mujer, era demasiado libre, era demasiado conocedora de las Escrituras, demasiado inteligente y manejaba el lenguaje con destreza y ardor, condiciones que, para muchos, solo podían ser demoníacas. Tenía una fuerza de voluntad difícil de calificar porque casi toda su vida la vivió enferma, con dificultades físicas, y sumergida a menudo en el mundo del dolor. Por eso, tal vez, escribió en un estilo urgente y lleno de pasión, invadido por éxtasis religiosos que ella misma solía experimentar más allá de la lucidez o el ensueño.

Cuando estudia en el Colegio de San Andrés de los Cármenes, San Juan de la Cruz, —que se llamaba Juan de Yepes antes de adoptar el nombre de Fray Juan de San Matías— recibió clases de Fray Luis de León. Conoce a Teresa de Cepeda, futura Santa Teresa de Jesús, y se va de Salamanca con ella, para acompañarla en sus fundaciones. Instituyó con Teresa un convento de Carmelitas Descalzos siguiendo la regla primitiva de austeridad y desprendimiento. ¿Qué fuerza había en Santa Teresa, capaz de hacer que el futuro San Juan de la Cruz, el hombre asolado y tembloroso dentro de la Noche Oscura del alma, abandonara todo y siguiera sus pasos con una entrega absoluta? ¿La convicción, las palabras, el ejemplo de alguien que se iluminaba por dentro y hasta por fuera al sentir, como sentía ella, la energía inefable de la pasión de Jesucristo? Los estados de éxtasis de Santa Teresa fueron la anulación de la distancia histórica entre la agonía y muerte en la cruz y el sentimiento empático de esa agonía y esa muerte en la trans-sustanciación, en el presente que ella habitaba mientras sentía que algo iba traspasándola como un dulce fuego.

Cuando es apresado en Toledo y recluido en una prisión conventual durante casi un año, Juan empieza a escribir el Cántico espiritual. A diferencia de Teresa, en quien la entrega a lo divino se mezcla con el espectáculo glorioso de la acogida y aceptación de Dios en su cuerpo, ya él es un individuo voluntariamente menoscabado (digámoslo así) por el deseo de ausencia, por la renuncia a sí mismo y el cederse a Dios y la alabanza de Dios, por la abdicación frente al mundo material inmediato. Tanto él como Teresa, y asimismo Fray Luis de León, urden figuras místicas llenas de un simbolismo religioso cuyo espesor de sentidos es muy significativo. Por eso las obras de los tres, en especial la escritura lírica que alcanzaron a producir, admiten lecturas diversas, interpretaciones disímiles y receptores muy variados, desde el más simple lector hasta el académico más doctoral.

Se cuenta que Fray Luis de León, hombre discreto, de poco hablar, invadido por la pasión de justicia —hoy podríamos identificar esa justicia con el acto de procurar la verdad y con la justicia del arte, desde la perspectiva de su apreciación clara y su producción enfática y libre—y por una inclinación natural —compleja, saturada de matices— hacia la belleza, fue hecho prisionero y enviado a la cárcel nada menos que por traducir los textos bíblicos a la lengua vulgar sin pedir permiso. Pero en realidad lo que más irritó a sus detractores —escolásticos pertenecientes al mundo universitario— fue la versión que hizo del Cantar de los Cantares. Hebraísta notable, siempre prefirió el texto hebreo y no la traducción latina, y por ese motivo la Santa Inquisición lo miró, invariablemente, con malos ojos. Buscó afanoso la paz de su espíritu, y construyó para sí un retiro espiritual en la comunión originaria con Dios dentro de la vida menor, sencilla, de todos los días. Cuando murió preparaba una biografía de Santa Teresa de Jesús, a quien admiraba y cuyas obras había estudiado.

Siempre me ha parecido que la reunión de esas tres sensibilidades tan adherentes entre sí, tan sincrónicas y compatibles, y aun así tan desiguales, ocasionó una especie de disturbio, produjo una masa crítica dentro del sistema, aún en proceso de formación, de la lengua española, de nuestro idioma, y obró el milagro de un remanso minucioso, de singular riqueza, como si esa lengua en suspenso, irresoluta, hubiera dado un prodigioso salto hacia delante, y nada menos que en el espacio del diálogo con lo divino, pero, sobre todo, con lo sagrado, por medio de un simbolismo donde sobresalen figuras del espíritu (y también del intelecto) como la Morada, la Fuente, el Vuelo, el Fuego, la Llama, la Noche Oscura, y actitudes como la contemplación del mundo en la confianza de Dios.

¿Qué define, en lo que toca al valor que poseen hoy día, a estos poetas religiosos, quienes, por  cierto, nunca pretendieron ser escritores, pues andaban ocupándose (en una época como la del Renacimiento) de algo mucho más grave y trascendental: el diálogo entre los hombres y Dios? Los define, en principio, el haber descubierto la magnitud tremenda del lenguaje para establecer y precisar las búsquedas que todos ellos practicaron, y, de igual forma, los define el haber intuido con audacia que el lenguaje podía (puede) ser también un instrumento muy pobre. De manera que la de ellos fue una rebelión de carácter conceptual, de raíz y gravitación literarias, de gran peso religioso, y que, independientemente de su naturaleza de portento que nos pasma, proviene de la confluencia de dos hambres: la de saber y la de decir cómo es o podría ser la ligadura con lo que nos excede y, desde la esperanza, se engrandece y encumbra dentro de nosotros.

 

* Palabras de introducción a Búscate en mí (Editorial Gente Nueva, 2012), antología de la poesía mística escrita por San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de León.

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