Escritores suicidas
“La literatura es una ocupación muy solitaria” dijo el escritor norteamericano Norman Mailer, pero la afirmación ha sido suscrita por otros muchos autores, hombres y mujeres, dedicados a producir literatura.
Apuntamos lo anterior porque la soledad es una de las causas que, según los especialistas, inciden al tomar una decisión de suicidio, aunque quien escribe estos apuntes (que no es un profesional del ramo científico, sino un simple opinante) estima que detrás de tales decisiones fatales subyace un estado de intensa depresión, desequilibrio temporal o permanente, por motivos síquicos o de enfermedad opresiva.
El escritor en posesión de sus facultades disfruta su profesión. Escribir deviene así un trabajo gozoso, absorbente ciertamente, hasta estresante (se admite), mas en modo alguno conduce a un estado depresivo. Este se produce por otras causas, casi siempre manejadas indebidamente, sin la orientación de un profesional. Y los escritores no se suicidan ni más ni menos que el común de las personas. Solo que cuando esto ocurre la noticia recibe gran difusión.
La relación de escritores suicidas es extensa. Si bien la muestra tiene entre sus pioneros al filósofo hispanolatino Séneca, es muy probable que este lo hiciera por temor a caer en las manos del loco Nerón, su antiguo discípulo, capaz de hacer cualquier cosa con quien osara atravesarse en su camino.
Saltemos pues hasta finales del siglo XIX. Antonio Ganivet era un escritor y periodista exitoso, de 33 años, cuando decidió lanzarse al Mar del Norte una y otra vez hasta conseguir ahogarse a la altura del Puerto de Riga, donde prestaba servicios en el cuerpo diplomático. Se le atribuye la frase: "El hombre es el más misterioso y el más desconcertante de los objetos descubiertos por la ciencia". En su caso particular la frase resulta válida al ciento por ciento.
Unos cuantos decenios antes otro compatriota suyo, también joven y talentoso, Mariano José de Larra, de 27 años, se descerrajó un tiro, en 1837. La imposibilidad de unos amores trastrocó su espíritu romántico y apasionado, y lo codujo a poner fin a su vida.
Varios autores norteamericanos se incorporan a esta relación. El más conocido, el Premio Nobel Ernest Hemingway, en 1961, enfermo e inmerso en agobiante depresión síquica; también está el caso de Jack London, autor de libros de aventuras, muy leídos y traducidos, aventurero él mismo, de quien se especula y acepta hoy día que se privó de la vida en 1916, a los 40 años, en plena madurez creativa.
Silvia Plath, poetisa, introdujo la cabeza en el horno, abrió la llave del gas y cerró herméticamente la habitación para morir a los 30 años, en 1963, y dejar hijos pequeños. Deprimida y con problemas matrimoniales, seguramente trastornada, una frase suya retrata su espíritu pesimista: "Si nunca esperas nada de nadie nunca te decepcionarás". Y hasta la periodista Martha Gellhorn, muy anciana, a los 89 años, al cabo de cubrir numerosos conflictos bélicos y lidiar con la muerte una y otra vez, se suicidó el 15 de febrero de 1998.
El poeta Serguei Yesenin lo tenía todo para ser feliz: amores, éxito, atractivo para las damas; pese a ello se ahorcó a los 30 años, en 1925. Otro poeta ruso famosísimo, talentoso e inquieto, de verso innovador, uno de los iniciadores del movimiento futurista en las letras de ese país, Vladimir Mayakovski, quien desarrolló una intensa actividad política desde la época del zarismo, persecución y cárcel incluidas, y se convirtió en uno de los paladines culturales de la Rusia soviética, se suicidó el 14 de abril de 1930, a los 37 años. Todavía se especula sobre las razones de su trágica decisión.
Aún faltan tres casos que estremecieron el universo de las letras por la trascendencia de los autores implicados: la atormentada Virginia Wolf, británica, en 1941, quien llenó de piedras sus bolsillos y se arrojó a un río; el muy sensible Stefan Zweig, autor austriaco, junto a su esposa, en Brasil, en 1942, decepcionado por los acontecimientos mundiales de la época; y el italiano Cesare Pavese, en 1950, a los 42 años, atenazado por frustraciones vitales.
Cinco escritores latinoamericanos, a cual de ellos más renombrado, fueron seres abrumados.
José Asunción Silva, poeta colombiano considerado el último de los románticos hispanoamericanos, de carácter tímido, frustró con un tiro en el corazón su existencia y su trayectoria literaria a los 31 años, en 1896. Horacio Quiroga, uruguayo-argentino, se envenenó en 1937 al conocer que padecía una enfermedad incurable, y la excelsa poetisa (además periodista y defensora de los derechos femeninos) argentina Alfonsina Storni lo hizo un año después, arrojándose al mar (las razones aún son contradictorias). Leopoldo Lugones, argentino, también ese año, representante principal del movimiento modernista en su patria, político, periodista, ensayista, mezcló whisky con cianuro para terminar con su vida. En 1969 lo hizo el narrador peruano José María Arguedas, quien con tanto acierto llevó a las letras la vida del indio de su tierra.
Y como los cubanos no estamos fuera del mundo, pues también aquí suceden estas tragedias. Los poetas Raúl Hernández Novás y Ángel Escobar tomaron la lamentable decisión en 1993 y 1997, respectivamente, a los 44 años el primero y a los 39 el segundo. Mucho antes, en 1909, el poeta habanero René López, intoxicado por la morfina, posiblemente (se especula al respecto) puso fin a su vida con veneno, luego de cenar opíparamente y dejar la cuenta sin pagar, en prueba de humor negro; y el 25 de noviembre de 1911 el santiaguero-francés Pablo Lafargue, escritor y pensador socialista, llevó a cabo con su esposa Laura, hija de Karl Marx —ambos en perfecto y sano juicio— un pacto suicida en París.
No es tema agotado, afirmará el lector. Y tiene razón: esta es solo una muestra. Dolorosa, escrita con respeto y tristeza. ¡Cuánta vida perdida! ¡Cuánta obra dejada de hacer! Escribir es un oficio solitario que para ellos posiblemente representó momentos de goce y liberación. Así preferimos considerarlo cuando colocamos el punto de cierre a este trabajo.
