Jorge Losada: amo el teatro con todas las fuerzas de mi ser
Conversar con el primerísimo actor Jorge Losada deviene suave caricia al intelecto y el espíritu humanos. Es un cubano de pura cepa. Laureado con el Premio Omar Valdés, que confiere la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por el conjunto de su obra creadora, conversa con los lectores de la sección Retablo acerca de su dedicación en cuerpo, mente y alma a las artes escénicas insulares.
«Amo el teatro con todas las fuerzas de mi ser», me aclaró desde que iniciamos este fructífero diálogo, que nos enriqueció desde todo punto de vista, tanto a él, como a mí.
Lo conocí en 1989, en la capitalina sala El Sótano. En aquel entonces, integraba el elenco artístico de la hoy cincuentenaria compañía teatral Rita Montaner.
El carismático actor caribeño desarrolla una fecunda labor artístico-profesional en el teatro, la radio, el cine y la televisión, tanto en la interpretación de papeles humorísticos como dramáticos.
«Las tablas son mi medio natural por excelencia y donde mejor puedo dar, y doy, lo mejor de mí, señaló. En mi adolescencia tenía marcada inclinación por la poesía. Tanta era mi afición a ese género literario, que escribí una obra teatral en versos, mi primera vivencia asociada al arte de las tablas».
La fama y la popularidad que ha alcanzado en nuestros medios de comunicación, «se deben a que soy una persona agradecida. Lo aprendí del ejemplo vivo que recibiera de mis padres y maestros/as. Estoy consciente —precisó— de cuánto les debo a todos y cada uno de los medios que he ido conquistando poco a poco. El arma utilizada para ello no es otra que la dedicación. Todo lo que hago en el campo de la actuación está en la entrega, sin importarme —en lo más mínimo— la magnitud del papel que desempeño en esos contextos».
Por otra parte, aceptó el hecho innegable de que «la televisión ha sido muy benévola conmigo. Me ha dado la popularidad que nunca pensé tener. Sin llegar a ser uno de esos actores que se creen el non plus ultra (la última palabra), percibo —desde lo más hondo de mi mundo interior— que tengo una gran teleaudiencia que disfruta mis personajes humorísticos o dramáticos».
Hizo una breve pausa, y continuó: «el cine me abrió de par en par la puerta ancha. Soy Cuba, en 1964, del cineasta y director soviético Mijaíl Kalatazov, fue mi primera incursión en el séptimo arte». A ese filme le siguieron una veintena más, entre los que no puedo olvidar —aunque quisiera— Guantanaméra, del maestro Tomás Gutiérrez Alea, (Titón), y El cuerno de la abundancia, del realizador Juan Carlos Tabío.
«Dicho medio audiovisual —acotó— se caracteriza por la atención y el respeto que le tributan al actor; por ende, uno tiene que retribuir esas deferencias con la incuestionable profesionalidad que debe identificar nuestro trabajo artístico en la pantalla grande».
No obstante, declaró sin ambages: «te voy a ser muy sincero […]. En el teatro es donde me siento plenamente feliz. En la escena, en la confrontación directa con el público, se esconde mi verdadera felicidad. Es como vivir en paz y armonía con uno mismo, con el prójimo y con el entorno natural donde amamos, creamos y soñamos».
¿Por qué, inquiero? «La respuesta es muy sencilla: porque me permite estar en contacto, en vivo y directo, con el ‘respetable’, única razón de ser del artista y al cual se debe en todo momento u ocasión».
Al respecto, admitió: «mi mayor satisfacción es —sin ningún género de duda— el aplauso sincero y espontáneo del público. Ese acto de consagración significa, al menos para mí, una necesidad vital, porque un rechazo del auditorio es un golpe demoledor, letal, para cualquier artista.
«Por esa razón, destacó, es necesario ser un buen actor, o en su defecto, dejar de serlo. Imagínate si, en una actuación junto a María de los Ángeles Santana y Rosita Fornés, con quienes tuve el honroso privilegio de compartir escenario, no hubiera desempeñado un papel digno, puedes estar seguro de que jamás me lo hubiera perdonado. Te lo digo, ni en la tierra ni adonde vaya después de haber cumplido mi misión en este mundo […], me lo hubiera perdonado».
El Caballero de Pogolotti le otorgó, en 1987, el Premio UNEAC como mejor actor de teatro. Disímiles reconocimientos avalan la impecable trayectoria del popular actor en los disímiles medios de comunicación donde incursiona con éxito indiscutible, pero «mi vida artística adquiere pleno sentido con el aplauso sincero y espontáneo de mi pueblo, que me admira y respeta», concluyó.
