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Sacha: El narrador de la nostalgia1

Eduardo Heras León, 16 de julio de 2013

Hace casi 30 años, uno de esos días de 1984, en la Casa de la Condesa de la Reunión, sede del Centro Alejo Carpentier, un grupo de jóvenes narradores, dirigidos por el que les habla, fundamos posiblemente el taller literario más riguroso de que haya tenido noticia en nuestro país. Pertenecían a él, nada menos que Senel Paz, Abel Prieto. Arturo Arango, Reinaldo Montero. Abilio Estévez, Leonardo Padura, Félix Lizárraga, Rolando Sánchez Mejías, Luis Manuel García, Miguel Mejides,  Norberto Codina, Raúl Doblado  y Francisco López Sacha.

En aquellos tiempos, Sacha era un joven de espesa cabellera y bigote tipo mostacho muy negros, que le daban un aspecto de aparente seriedad, en completa contradicción con el carácter extrovertido, alegre y dicharachero, que era su tarjeta de presentación.

No puedo recordar cuándo nos conocimos, tal vez en el Encuentro de Narrativa de Santiago de Cuba en 1980.  Yo había leído algunos de sus cuentos, pero sólo guardé fielmente en mi memoria una conversación, que nunca olvidaría.. “Cuando nosotros comenzamos a escribir –me habia dicho aquella vez-- nos hicieron creer que no teníamos padres literarios, sino abuelos como Onelio Jorge Cardoso. Hoy sabemos que no era así: ustedes, la generación de la violencia, son nuestros verdaderos padres”.  Aquella afirmación me dejó conmovido y estableció entre nosotros una mutua corriente de simpatía que con los años se convertiría en una amistad entrañable que dura hasta hoy, en que tengo el privilegio de participar en este Autor y su Obra, y decir algunas cosas acerca de su cuentística, pero sobre todo de una parte de su vida que hemos compartido juntos en eventos, viajes, labores cotidianas y sobre todo el común amor por la literatura que ha sido siempre alimento imprescindible de nuestra amistad. Recuerdo además, que en aquel Encuentro santiaguero me prometió que el día que se publicara mi primera antología de cuentos, él escribiría el prólogo, promesa que cumpliría con creces: todas mis antologías y nuevas ediciones de La guerra tuvo seis nombres y de Los pasos en la hierba se han enriquecido con SUS profundos e inolvidables prólogos.

En la primera sesión de aquel taller del Centro Alejo Carpentier (que dedicaría una sesión a cada miembro) Sacha, que ya había ganado una mención en el Premio Casa, fue el primero en someterse a los implacables dardos críticos de los participantes. Era imposible salir ileso de semejante prueba, aunque Sacha resistió valientemente, como pudo, las andanadas de los pequeños monstruos literarios de aquel taller. Todos tenían afiladas las armas y manejaban con extrema severidad el ejercicio del criterio. Debo confesar que, tal vez por la experiencia que tenía de esos menesteres, y por el imprescindible rigor que exigía un taller con semejantes escritores,  yo fui uno  o quizás el que más criticó los tres cuentos que leyó esa tarde. Por supuesto que me di cuenta inmediatamente de que estábamos en presencia de un escritor en posesión de notables recursos técnicos y sobre todo, de la riqueza de un lenguaje, donde me pareció asomaba en la lejanía, bastante diluida, la sombra  bienhechora de Alejo Carpentier.  Cuando terminamos la sesión, yo salí del Centro con Sacha y como me pareció algo deprimido le dije: “Sacha, lamento haber sido tan ríspido con tus textos, tal vez se me fue la mano”. “No, Chino, me dijo, no sabes cuánto te lo agradezco. Hoy  en este taller he aprendido más que en todos los años que llevo escribiendo”. Y acto seguido, comenzó a cantar Satisfaction con una voz delirante que hubiera hecho palidecer al propio Mick Jagger. Así comenzó nuestra amistad, que es uno de los tesoros que me ha regalado la vida y el ejercicio de las letras.

En estos días, y relacionado con este homenaje que se le rinde en el día de hoy, me he releído sus cuentos agrupados en la antología personal que la UNAM le publicara en 1996 y  me he reafirmado en un criterio que creo haberle dicho en alguna ocasión. Sacha es el narrador de la evocación y la nostalgia. En casi todos sus cuentos el narrador mediante mudas temporales,  sabiamente empleadas, siempre con notable eficacia y poder de persuasión, evoca el pasado y penetra en él buscando las claves del presente. Y lo hace con un tono nostálgico, a veces melancolico, como si tratase de rescatar las ilusiones de la infancia y la adolescencia, quizás perdidas para siempre. Por eso, el adolescente que fue, se resiste a abandonar sus páginas, y vemos desfilar, evocándolos, un carnaval, la escuela con sus problemas comunes a todos los jóvenes de esa generación en las becas, en el servicio militar, en los exámenes, en la Campaña de  Alfabetización, o escuchando la música prohibida de los Beatles en aquellos años duros, como en esa joyita que es “Escuchando a Little Richard”, tan justamente premiado en el Concurso Juan Rulfo. Tal vez en el fondo él sea un eterno adolescente en busca de la amistad y el amor que siempre será como el primero, como el de Ernesto por Marcela, del cuento “Me gusta la fiesta” de 1978, es decir, de los primeros cuentos de Sacha, donde se evidencia lo que va a ser su marca de fábrica: un narrador flexible que va del yo al nosotros y que a veces pretende asumir la omnisciencia, o se despersonaliza con el pronombre Uno; que parece confundirse con el supuesto autor del cuento para lo cual utiliza datos y personajes tomados directamente de la realidad, que hacen dudar al lector si está en presencia de un texto de ficción o testimonial: este recurso se fortalece con el tiempo y aparece en casi todos los cuentos, como en “Dorado mundo”, texto maravillosamente resuelto, en el que Filiberto, el protagonista, personaje de ficción, compra un libro mío, Acero y lo comenta, o en medio de todas sus desdichas se encuentra con un personaje llamado David, y le piden que le cuente de Arsenio Paz (que no es otro que el otro nombre de Senel Paz). Esas intromisiones del mundo real en el mundo de la ficción, que son como  mudas señales para el lector, introducen un elemento de incertidumbre, relativizan y enriquecen el relato y le añaden paradójicamente, mayor autenticidad al texto narrativo.

Hay un cuento de 1981, “Otro ladrillo en el muro” que aborda un asunto: la primera experiencia de sexo –problemática que está presente en casi todos los escritores de esta promoción--  y que es muy similar, y a la vez muy diferente, a un cuento de Senel Paz,  “No le digas que la quieres”. El adolescente del cuento de Senel casi acaba de arribar a la pubertad,  es casi un niño todavía con su ingenuidad campesina y es precisamente con esa primera experiencia sexual que va a decirle adiós a la niñez. Alfredo, el adolescente de Sacha, es tal vez un poco mayor, un poco más maduro. El entorno en ambos cuentos es similar, sórdido, miserable. El final de Senel es poético, casi fantástico: la despedida simbólica de la infancia. El final de Sacha es totalmente realista: es la reafirmación de la hombría, es ese muro que Alfredo comienza a construir, y que Carmen comparte cuando a dúo cantan la canción She loves you.

Los cuentos fueron ganando en extensión, en profundidad, en técnicas sabiamente utilizadas, como en ese excelente relato que es “Análisis de la ternura” de muy compleja estructura, de diálogos intercalados con audacia y puntuación original, sorprendentemente modernos en 1978, o en “El cuadrado de las delicias”, de 1989, donde irrumpe con violencia lingüística nunca antes vista en sus cuentos anteriores, el sexo descarnado, también presente en el excelente remake que es “Mi prima Amanda contada otra vez”, de un cuento de Miguel Mejides, tema que va a tener su apoteosis en su  último libro, Variaciones al arte de la fuga, la nostalgia como exorcismo, el sexo como desgarramiento.

Ya ven, no quería de ninguna manera hacer un recuento minucioso de la cuentística de Sacha y estoy a punto de violar ese propósito. De todas formas, quiera o no hacerlo, tengo que mencionar inevitablemente, un cuento que es una verdadera obra maestra, y a mi juicio el mejor cuento de Sacha y uno de los mejores cuentos de toda la cuentística cubana: “Figuras en el lienzo”, escrito a propósito del supuesto encuentro de Emilio Zola y José Martí en una función de teatro en Paris, en 1875, cuando Martí, viajando desde España después de su primer exilio, pasó por Francia, y se dirigía a México. Pocas veces en la cuentística cubana se ha abordado un tema semejante y con semejante eficacia. Todo en ese cuento es perfecto: el lenguaje, de una inusitada riqueza en una perfecta adecuación con el contenido narrado; los diálogos son asombrosamente naturales, y caracterizan y sintetizan las personalidades que actúan en el cuento; las descripciones, notables por su precisión sin caer en la tentación del naturalismo. y las referencias culturales muestran una vasta cultura no sólo teatral, sino histórica y literaria. Creo que no exagero si digo que fue hecho como señalara Faulkner en alguna ocasión, en un verdadero “estado de gracia”. “Figuras en el lienzo” es un cuento que, aunque sé que ha  perseguido sistemáticamente a su autor desde su aparición y que quizás no es su cuento predilecto,  pertenece al fondo áureo de la literatura cubana de todos los tiempos.

Similares criterios pueden asumirse de sus ensayos, algunos de los cuales han sentado pautas taxonómicas para el estudio de la cuentística cubana contemporánea. Sacha fue de los primeros críticos que estableció una clasificación de las tendencias dentro de su propia generación, cuando los agrupó en: fabuladores, iconoclastas, rockeros y tradicionalistas, tendencia esta última cuya denominación cambió más tarde por la de neoviolentos y que desbrozó por primera vez la tupida selva de cuentos publicados desde finales de los 70 y principios de los 80.

Y aquí me detengo, porque mi propósito no era escribir un largo análisis crítico de la obra de Sacha. De eso se ocuparán los teóricos, los críticos profesionales, los filólogos. Yo quería hablar de mi amigo, de mi hermano Sacha, de las aventuras que hemos vivido juntos, y que nos hicieron dormir en catres desvencijados en Ciudad Mexico, alimentándonos de tortas y refrescos, o llorar juntos mirando deslumbradps, El entierro del conde de Orgaz, del Greco, en Toledo; o sostener a Arturo Arango  casi desmayado por el síndrome de Stendhal en el Museo del Prado al ver Las meninas, La rendición de Breda, Las hilanderas y La fragua de Vulcano, de Velázquez; o admirando las increíbles estatuas de terracota en Xian, China, o leyendo nuestros cuentos en la UNAM o en los Encuentros de narradores latinoamericanos en la Feria de Guadalajara, o impartiendo un curso en la Universidad Católica de Santo Domingo, o dirigiendo la Asociación de Escritores durante 10 años, o inaugurando el primer curso de Universidad para Todos o dando las primeras clases en el Centro Onelio Jorge Cardoso, que juntos fundamos.

A ese Sacha que conoce mi propia obra mejor que yo, y que será en un futuro cercano, una verdadera leyenda, por su inigualable y asombrosa facultad de improvisación, le debíamos este homenaje.

Hace 32 años. ese Sacha, escribió esto que yo también suscribo: “Escribo porque creo en el hombre y creo en el futuro y creo que vivo y lucho para que nazca un hombre mejor. Y en eso creo”.

Esas palabras son la definición mejor del autor y de su obra.

 

Nota:

1 Palabras de Eduardo Heras León en El autor y su obra dedicado a Francisco López Sacha.

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