La literatura dignifica, no reproduce
¿Imaginan una literatura cubana repleta de chicas en lugar de mujeres, ómnibus en lugar de guaguas, facturas y no cuentas de la luz o del teléfono, váteres en vez de tazas…? ¿Una literatura en la que el cubano no halle puntos en común, una historia que describe su realidad pero con referentes que no son suyos; una historia, en fin, que deja de ser propia, auténtica?
Asegurar que la narrativa nacional está plagada de textos así sería, sin lugar a dudas, un disparate. Sin embargo, en el panorama de las letras cubanas comienzan a aparecer materiales con una tendencia a la asimilación de códigos y lenguajes foráneos que no por incipiente, deja de ser alarmante.
Así trascendió en la última cita En el jardín, del Centro Cultural Dulce María Loynaz, espacio que contó con la presencia del escritor y guionista de cine Alberto Guerra.
En un debate sobre las proyecciones actuales de la literatura cubana y la influencia de su “comercialización” y publicación por editoriales extranjeras, sobre todo españolas, Guerra destacó la inclinación de muchos escritores de la Isla a utilizar palabras o frases propias de otros “ejes culturales”.
No creo que la variante correcta sea convertirse en un “escritor mercantil”, apostar por estructuras o historias cómodas que aparenten profundidad, dijo. Prefiero mostrar al cubano tal como es, sin ocultar sus rasgos o verbo cotidiano, “los personajes pueden emplear un lenguaje adaptado a otro eje, pero el narrador debe respetar el suyo, transmitir la calidad del criollo.”
Añadió que en esa tendencia han influido los grandes medios de comunicación masiva, que transmiten un lenguaje “de moda”, distante de nuestro contexto.
Ya lo habían enunciado los grandes teóricos ibéricos y latinoamericanos de la comunicación cuando hablaron del papel de los mass medida en la construcción de una cultura hegemónica, o de la cultura masiva vs. la cultura popular.
A inicios de los ´90, el estudioso español Jesús Martín Barbero decía: “Ustedes saben que no hay dominación sin complicidad y sin seducción entre el dominador y el dominado”. Y es que casi sin percibirlo, los sujetos son invadidos por una cultura, no ajena, sino deformada, con sus propias prácticas, matrices culturales, y concepciones simbólicas.
Un tema para reflexionar dejó Alberto Guerra: ¿Está siendo penetrada nuestra cultura? ¿Se impone la comercialización de la literatura sobre la expresión de las tradiciones del cubano? ¿Se abre paso lo masivo sobre lo popular?
En el jardín concluyó con la lectura de El pianista de cine mudo, uno de los más recientes relatos de Guerra donde se cuentan tres historias en paralelo que solo un cubano podría entender, o tal vez, cualquier persona que conozca un poco de nuestras costumbres y referentes.
A veces somos muy solemnes en el lenguaje, concluyó. Nosotros, los “novísimos”, intentamos tener una mirada concreta, incorporándole el humor y tratando de huir de clichés, de los juicios preformados, de las balsas y las jineteras, aunque pueda tenerlos. Porque el escritor debe verlo todo, y tiene la responsabilidad de dignificar esa realidad en la literatura.
