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Para llevarle al gusano vestido de lentejuelas

Jorge Ángel Hernández, 16 de julio de 2013

El folclor contiene todas las categorías del concepto de cultura y se automodela al reformular los elementos que entran en juego en su interior. Una inspección ideológicamente desprejuiciada de sus manifestaciones señalaría la estrechez de los vínculos entre cultura y folclor y orientaría mejor el paquete de conclusiones científicas. Asegurar que el folclor está indefenso —como con frecuencia se hace aún, con la sana intención de protegerlo o rescatarlo— conduce a negar la capacidad subjetiva y el propio gusto individual de sus portadores naturales. En nuestro panorama cultural, con frecuencia hallamos casos de este tipo que, con el camino empedrado de buenas intenciones, llevan los esfuerzos a callejones sin salida que no permiten que la tradición se autogenere dentro de sus propias posibilidades de cambio.

No debemos perder de vista que si las tradiciones no reciben la dosis necesaria de renovación, están condenadas a desaparecer o a fosilizarse. Las visiones ingenuas, generalmente radicales en su atrincheramiento defensivo, lejos de ayudar a la tradición, generan barreras generacionales que colocan a los jóvenes continuadores ante la disyuntiva de retroceder en el tiempo o detenerse en una época determinada, para intentar rescatar la tradición, o abandonarla de plano, para poder continuar incorporando a su espectro personal esos valores culturales. Porque las bases esenciales de esas tradiciones se harán sedimento en el nuevo paquete de manifestaciones si se les fuerza a mantener las acciones que —culturalmente— se han fosilizado. Las tradiciones se activan cuando sus elementos de acción estructural hallan el marco propicio para sistematizarse. Son dependientes de un contexto que codifica sus posibilidades de significación. Es algo que habrá que entender con más detenimiento en nuestro amplio panorama de apoyo a la cultura popular, y con mejor voluntad de comprensión humana, si no queremos ceder al peligro de dejar a merced de la dilapidación de la industria esos fenómenos culturales que la herencia popular transmite y retransmite. Y hay que entenderlo, tanto desde la teoría, como desde su más inmediata praxis, sobre todo a la hora de introducir intervenciones directas en la dinámica evolutiva del gusto popular. Tanto el carnaval, como determinadas fiestas, determinados ritos o determinadas prácticas y celebraciones, se expresan a partir de ese momento que aúna el conjunto de sus condiciones propicias. Tienen su fecha, su lugar, su espacio, independientemente de la masividad que puedan alcanzar.

La moda, en cambio, se desarrolla por contagio espontáneo y depende del auge que su propio crecimiento reproductivo alcance. Contrario a lo que también muchos teóricos asumen, no tiene por qué llevar, entre sus requisitos identitarios, elementos seudoculturales, aunque bastante de ello ocurra; puede, en efecto, ser hija de ciertos códigos de aprehensión social que se imponen en un momento dado de la historia y, a la vez, usuaria activa del aparato de significación común que de esa codificación emana. Se manifiesta en bloque y es, por sí misma, altamente invasiva. De ahí que suela ser efímera y, en el mejor de los casos, relativamente breve. De ahí también que casi siempre sea el chivo expiatorio de los conflictos generacionales y, por paradójico que resulte, de la más encumbrada tradición estética.

Entonces, hablar de kitsch de los hechiceros, de los adivinadores y de los astrólogos* es llevar el asunto a una generalización que anule la individualidad y los efectos comprobados del hechicero, el adivinador y el astrólogo. Se sabe que la fe en la cura chamánica muchas veces garantiza el resultado de la cura; que el adivinador aplica un pensamiento lógico y unas nociones intuitivas sobre psicología que, además de ser impresionantes, ponen en acción mecanismos complejos de significación. La astrología también tiene en su interior procedimientos que la autosustentan, con un juego lógico-matemático de significados y significantes muy activos. Que no sean Ciencias no significa que no sean efectivas, más allá de los elementos espurios que las contaminan.

La cruzada a favor, o en contra, del kitsch rezuma el tufo ideologizante de todas las cruzadas. Ni idiolectemas ni ideologemas aislados forman idiolectos o ideologías, aunque —y esto es lo complejizante— las relaciones entre el idiolecto y la ideología determinan la escala de valores socioculturales de las manifestaciones en toda la cultura, esto es, su valor de uso. Pero las manipulaciones parciales de idiolectemas en su relación lineal —no dialéctica— con ideologemas específicos apuntan hacia el valor de cambio, hacia una inmediatez parcializada por las relaciones de poder. El arrastre aristocratizante de los impugnadores del kitsch es tal, que nada escapa a su mirilla: todo lo que ha sido ubicado históricamente en lo despreciable, en lo menor, en lo salvaje: iglesia, cocina, niño… Del mismo modo en que el kitsch crea una manera estilística, el análisis crea un análogo de esa manera. Mucho relato y poca significación. Pasado histórico en abundancia y sociedad presente en escasez, y en traslación abrupta.

Tampoco es como para llevarlo a arte de vivir, como predica A. Moles en su estudio más bien transitorio. Una ola kitsch no es más que una reacción vanguardizada contra la hegemonía de las vanguardias; una vanguardia que, cansada de trascender como cambiante, escoge ahora el revés de esos niveles de incidencia social.

La proposición, en principio, orienta hacia una “correcta educación estética” que, no obstante, seguirá siendo impracticable en tanto los sectores populares continúen desplazados, o alienados, por los procesos productivos. Por demás, esos sectores populares continuarán arrastrando sus tradiciones folclóricas mientras se les intenta imponer una educación filantrópica que pone a prueba sus modos de expresión. La tarea, a mi juicio, está planteada a partir de las series de identificaciones que expliqué anteriormente, y en el funcionamiento mismo de los discursos folclóricos. Decidir sobre los elementos culturales es la base de la autonomía en los mecanismos de significación en la cultura. El mercado pone en andas un estilo propicio para la saturación del kitsch, que sería el peligro serio a enfrentar, aunque esa misma saturación es índice de crisis y toda crisis exige soluciones. Pero el uso, el valor de uso, tiene que poner a prueba la subjetividad de los portadores del folclor y, sobre todo, de sus agentes productores. Aquel que esté indefenso, difícilmente podrá sostener su estatuto popular, su condición folclórica. “No por venir del monte soy montuno”, advierte el refrán. Y este otro predica que “a quien no quiere mimbre se le da majagua”, en una verdadera refundición del discurso y el conocimiento adquiridos.

La cuarteta cubana, recogida por Samuel Feijóo en El saber y el cantar de Juan Sin Nada, juega con lo bello y lo feo y su metamorfosis empleada en un constructo significante:

Vuela, mariposa, vuela;
Y ella anda de grano en grano
Para llevarle al gusano
Vestido de lentejuelas.

Si ello no sirve para dar fe de nuestra proposición, entonces tendríamos que regresar a cuestionar el folclor mismo, lo cual han hecho no pocos teóricos, por cierto.

Nota:
* Iván Slavov: El kitsh. Fenomenología, fisonomía y pronóstico, Editorial Arte y Literatura, La Habana-Sofía, 1989, p. 145.

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