Elemento tierra en el imaginario popular cubano
De los cuatro elementos universales es tierra la que sintetiza, congrega y representa al reino mineral en la naturaleza. La tierra deificada, presente en los mitos cosmogónicos de muchas culturas: conformando la pareja primordial (con el cielo), cuya unión dio origen a la vida en el Universo; también en los rituales de la muerte, (con la sepultura) y el resurgimento, con la fertilidad. Es en esta última ascepción que repite su presencia en las mitologías de los pueblos agrícolas con extraordinario simbolismo erótico, donde la siembra se equipara con la fecundación. Para ellos toma forma espiritual y se eleva al sentimiento, en la reverenciada "Madre Tierra". En centro y sur América, "La Pacha Mama", a quien se rinde culto y ofrecen sacrificios festivos. Entre nuestros aborígenes, fuera la adorada Itiba Cahubaba, conocida como "Magna Madre Ensangrentada", mítica antecesora de la etnia arauaca. Para otros, la sacralitud de la tierra comprende fronteras divergentes entre la superficie, espacio de claridad santificada y la oscura profundidad donde, para algunas líneas de pensamiento devocional, suelen radicar los abismos infernales. Dioses y héroes desde siempre han ascendido desde su superficie hacia el cielo, o viceversa. Con ascenciones y descensos, también hacia y desde sus profundidades.
En tiempos antiguos, reyes, sacerdotes y personajes tabuados no podían poner sus pies en contacto con la tierra. Montezuma, el famoso emperador de México, siempre se hacía llevar sobre los hombros de sus nobles; para el Mikado japonés, tocar el suelo con los pies era degradante y bochornoso. Tanto que, en el siglo XVI, era suficiente esta acción para que fuese el emperador despojado de su rango. Los reyes de Tahití tampoco debían tocar la tierra con sus pies, salvo en sus propiedades hereditarias; así mismo ocurría en su época con el rey de Persia y el de Siam, de la misma forma que con los reyes de Uganda.1 Entre los estudiosos de estas temáticas se ha llegado al consenso que dicha prohibición estaba fundamentada en la creencia que "las energías de la divinidad" contenidas en estas personas, podía drenarse a través de la tierra y perderse, de esta manera tan simple, todo el basamento de su persona sacralizada.
Pero curiosamente y en total contraste, para otros pueblos del mundo era muy natural plantar los pies en la tierra y su contacto era tomado como beneficioso. Incluso existen ceremonias en las cuales, sus oficantes, han de estar descalzos y con sus pies en la tierra. Y otros ceremoniales en los cuales los hombres abren pequeñas horadaciones en la tierra, para introducir sus penes en cópula masiva con ella, como si fuese el interior de la mujer en la cual dejan sus simientes, justo antes de proceder a las siembras.
El elemento tierra ha estado siempre tanto en la historia, como en los mitos y leyendas de este archipiélago en medio del Caribe insular. De muchos es conocido cómo los aborígenes cubanos que sobrevivieron al encontronazo entre las dos culturas, ante los maltratos y horrores de la esclavitud, preferían suicidarse comiendo tierra. Y sus captores, a tal recurso extremo replicaban, cosiéndoles la boca. Así la tierra, además de elemento histórico, como elemento de la naturaleza va a estar presente en el imaginario popular del cubano, desde su más temprana mitología.
En la mitología del aborigen cubano
Era Yaya deidad representante del principio vital. Héroe cultural, agricultor ancestral que otorgó diferencias a las plantas, enseñó a su pueblo cómo domesticarlas, el momento propicio para sembrarlas y recoger la cosecha. También mostró a los suyos la influencia de Huyón (el sol) y Maroya (la luna) en los ciclos agrícolas. Se dice que fue el primero en labrar la tierra y cosechar sus frutos. Su nombre era tabuado. Mencionarlo podría atraer desgracias e infortunios. Hasta muy tarde en su civilización, los descendientes de arauacos radicados en nuestro territorio insular no se atrevieron a representarlo. Lo hiceron como un ídolo columnar, que sostiene entre sus manos una vasija. Sus ojos y boca, al decir de algunos tenían extraordinaria semejanza con granos de café (aunque pudieron ser caracoles).
Cuentan los mitos aborígenes que esta deidad innombrable fue tratado de ser derrocado por su propio hijo Yayael, con la intención de obtener sus poderes. Al final, luego de varios episodios de perdones y destierros, el hijo fue eliminado físicamente por su padre. Sus huesos colocados dentro del fruto seco de una guira y colgados de un árbol. La mujer de Yaya, por torpeza tiró este recipeinte y, al volcarse, brotaron cientos de peces de muchos colores, tipos y tamaños. De ellos comió la pareja y mostraron a los arauacos lo que sería su alimento básico. De esta manera y una vez más, se muestra el símbolo de la vida que viene de la muerte y los avatares de aquellos que, en algún momento, deben tomar desiciones entre el amor y el poder.2
Otro cemí aborigen de la más alta sacralitud, tiene relación de gran afinidad con la tierra. Yúcahu Bagua Máorocote, el ser supremo de la mitología antillana. También conocido como Yucaguamá o Yucahuguamá, hijo de la suprema Atabey, pero quien no tiene progenitor masculino, además de "carecer de principio y fin" (¿ser eterno?). Era para muchos el espíritu de la yuca, por lo que se hizo costumbre sembrar su representación junto con el aludido tubérculo, para que su influjo mágico fertilizara la tierra y multiplicara las semillas. El trigonolito (piedra tallada, de tres puntas) era su representación. Este rito agrario se completaba cuando luego de ser enterrado en solemnidad, el labrador orinaba sobre la sacralitud, irrigando a través de la tierra, la semilla y al númen con la reverencia de su tibia micción.3
La representación del arquetipo de La Madre Respetada en relación con la fertilidad de la tierra (tambien de los humanos) está presente en la mitología cubana, en la figura de Itiba Cahubaba, conocida por Madre Magna Ensangrentada, debido a su maternidad no sobrevivida, del parto de sus cuatro gemelos. Se representaba en tallas de piedra y algunas veces de madera como una mujer paridora, con el tronco muy abultado, manos sobre el vientre y piernas abiertas, para algunos casi nunca terminadas. Aunque en realidad lo que podían estar representando es el momento del parto, pues entre las costumbres de aquellos tiempos, era menester el paritorio con la mujer de rodillas, sobre una breve horadación en la tierra, cubierta con hojas frescas, donde solía caer el recién llegado. De sus míticos cuatro gemelos solo el primero, extraido del vientre materno, dejó trascender su nombre: Deminán Caracaracol, luego devenido arquetipo de héroe cultural, quien para los suyos hurtó de la guarida del iracundo Bayamanaco, el secreto de crear el fuego y hacer el casabe.
En las costumbres populares
En los entierros de cubanos era común que los acompañantes, sobre todo los familiares del occiso, tomasen un puñado de tierra y lo vertiesen sobre el féretro, antes de cerrar la fosa. Entre las leyendas misteriosas de los campos de Cuba abundan las referencias a botijas enterradas con tesoros, custodiadas siempre por los espíritus de sus dueños. Una veces se aparecían como luces; otra, como fantasmas, para indicar a algún elegido la ubicación exacta donde estaban los enterramientos; a veces castigaban duramente, incluso con la muerte, a quienes se atrevían a cavar para extraer dichos recipientes sin la consabida autorización de sus fantasmas custodios. Por otra parte, sembrar una ceiba en La Mayor de las Antillas era concebido por muchos como un acto sagrado. Luego de escoger el lugar correcto, se procedía a la excavación. Pero antes de colocar la postura del mencionado árbol, había que traer tierra de varios lugares, entre otras, de un cementerio; bendecir el hoyo con sahumerios de tabaco, efectuar los apropiados rezos y esparcir monedas. Es conocido que la ceremonia solo podía ejecutarse el 16 de noviembre, que es también el día de Aggayú.
Entre los cultos afrodescendientes
Para los practicantes de la Regla de Ocha, o Santería cubana: Aggayú, también conocido como Aggayú Solá, es númen de las tierras secas o desérticas y protector de los caminantes. Vive en la piedra del camino, o en una porción de tierra, o para otros también puede ser morador de La Ceiba. Para algunos es el padre de Changó. Para otros, es el hermano de este belicoso oricha. Sus seguidores le ven como un santo forzudo y vigoroso, dueño de los bosques y sus poderosas plantas. Tiene como atributos, el bastón curvo y la palma real. Sus colores son: el rojo vino; rojo y blanco y los colores del arco iris.4
El Orishaoko, es deidad de la agricultura, la siembra, la cosecha y la fertilidad de la tierra. Se le conoce como laborioso y abnegado. Comparte con Aggayú Solá, la materialización de su energía simbólica (aché) en las piedras del campo y la porción escogida de tierra. Sus atributos se limitan a la yunta de buey con arado y un hombrecillo de plomo con sombrilla. Son sus colores el lila; el rosado-azul y rojo y blanco.5
Relacionado con el elemento tierra encontramos a Osaín, que es el gran cazador dueño del monte y los secretos de sus plantas curativas. De él se cuenta que es cojo, tuerto, manco y adivino. Tiene una sola oreja, pero en esta posee un oído privilegiado. No se le escapa nada que se mueva en la manigua. Mas su verdadera relación con la tierra es que no nació de un vientre como los otros orichas. Carece de padre y madre pues surgió, de la tierra.6 Así, relacionado también de manera indirecta con la tierra, lo está el gran Ifá, oricha de la adivinación, a quien se le conoce además como Orula, Orunla, Orúnmila y otros. De quien se sabe estuvo varios años enterrado hasta la cintura (para algunos, hasta los hombros), frente a una Ceiba, condenado por su padre, a causa del incesto (para otros, solo lo intentó) con su madre.
En la Regla Palo Monte, o Mayombe, de la cual en Cuba se han originado varias liturgias, como las ramas: Brillumba; Shamalongo; Kimbisa y otras, se rinde culto a los muertos y a los espíritus de la naturaleza. El mayombero (sacerdote) trabaja con tierra, palos del monte, piedras, animales y otros objetos que le sirven de apoyo a sus conjuros mágicos. La fuerza de su sacripotencia se concentra en la "nganga" o "prenda", que es el recipiente (el caldero) en que están contenidos los elementos donde mora el "muerto" o "espíritu", en el cual se apoyará para sus encomiendas. Dicha prenda lleva tierras de muchos lugares diferentes, relacionados con la específica propiedad que tendrá. En su preparación, que es laboriosa, detallista y complicada, se incluye el enterramiento por tiempo definido, en lugares bien específicos, entre los cuales la ceiba y el cementerio no pueden faltar.7 Tiembla Tierra, es el númen que los paleros ven como dueño de la tierra y del Universo. Para muchos, especie de secretario de Nsambi, que es el creador supremo para los paleros. A Tiembla Tierra también se le conoce como Mamá Kengue, en su versión femenina. Es sabido de todos los mayomberos que no se le puede invocar mucho, ni molestarle con banalidades.8
En el vodú, según se ha desarrollado en Cuba, se clasifican cuatro tipos de luaces (santos): de la Tierra; del Aire; del Agua y del Fuego. Conforman verdaderas familias, aunque cada uno posee sus propias características, comportamiento, poderes y preferencias.
Entre los ewe-fon, que procedentes del Dahomey africano, se asentaron en las cercanías de los pueblos de Perico, Agramonte y Jovellanos, en la provincia de Matanzas, cuando les ubicaron como esclavos en el entonces Central España, algunos estudiosos pudieron distinguir tres panteones originales: el del Cielo; el del Trueno y el de la Tierra. Este culto se conservó en secreto durante mucho tiempo, se conoce poco de ellos y actualmente las sociedades que le mantenían se han dispersado, así sus tradiciones totémicas se han diluido en el olvido. Aunque, afortunadamente, existen en la actualidad aplicados investigadores que han logrado rescatar bastante de esta cultura y su modificación al adaptarse al contexto cubano, mediante el testimonio de ancianos practicantes.
Los mitos se despiden
Actualmente, tratando el asunto en términos más universales, el mundo civilizado entiende que ya no precisa, según replica la conciencia de masas, darle explicación a los fenómenos que la ciencia en su tiempo tomó para su estudio y luego devolvió en perfecto estado de descomposición, para ser asimilados por una sociedad cada vez más "amaestrada" para servir a sus manipuladores profesionales. De lo cual muy pocos se percatan.
En Cuba, los mitos que en su tiempo tuvieron gran contenido esotérico, se han ido filtrando y asimilando ingredientes profanos, a decir del afamado estudioso, ensayista y escritor Miguel Barnet, quien asegura que van perdiendo su médula religiosa, para convertirse en una historia popular, aceptada y hasta operativa. Lo cierto es que el mito, en la cultura cubana, al igual que sucedió en otras partes del mundo, trataba de explicar los misterios de la vida, según podían comprenderlo aquellas sociedades en su primitivismo, al mismo tiempo que brindaba ciertas enseñazas de un conocimiento trascendente a la razón, que de manera sorprendente aún permanece funcional y vigente, aunque con otros nombres, enfoques y categorías.
Así, lo poco que se conoce de nuestro pasado aborigen, va revelando que aquellas comunidades primitivas, tanto como las que llegaron más tarde con los esclavos africanos, podían estar atrasadas tecnológicamente, pero tenían un gran desarrollo espiritual y que sus líderes, en no pocos casos, fueron abanderados de ese conocimiento. De esta manera, el elemento tierra jugó su papel en esta parte del mundo ya desde mucho antes de formarse el concepto de la nacionalidad cubana, y es posible que todavia se encuentre funcionando en algún secreto rincón de nuestro inconsciente colectivo, o tal vez alguien pueda percibirlo en este impreciso, breve e incompleto rastreo, en su busca por el imaginario popular cubano.
Notas
1 Frazer, James G.: La rama dorada, Ed. Ciencias Sociales, La Habana. 1972, p. 668. 2da. edición.
2 Rivero Glean, Manuel y Chávez Spínola, Gerardo: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 1975, p. 532.
3 Idem, p. 538.
4 Idem, pp. 35-36.
5 Idem, p. 424.
6 Idem, p. 426.
7 Idem, p. 404-405.
8 Idem, p. 507.
