De inéditos formidables
Una parte especialísima del discurso literario de cualquier nación estriba, en cada instante de su historia cultural, en sus inéditos, esos textos que esperan por su publicación, y tienen, por ello mismo, y hasta que se produzca el instante de aparición editorial, la gracia temblorosa de la criatura en el silencio, en la oquedad amniótica del comienzo absoluto. No es, curiosamente, práctica de la crítica cubana enfrentarse —¿arriesgarse sería el término preciso?— a los inéditos. Con ello, renuncia por lo menos a la mitad de su misión, que es no solo la de valorar el libro que circula, sino también impulsar a los editores a una selección mejor. Con su poemario —aún inédito— América, Gloria Bauzá se nos revela como una voz poética de extraordinaria fuerza. Entre sus singularidades más firmes, está la orientación del texto hacia una reflexión ontológica sobre el ser humano, en primer término, y sobre el ser americano en segundo lugar. Después de tanto poemario más o menos fallido de jóvenes que, cumpliendo un impulso a veces obligatorio en sus edades, vuelcan en la página una serie de historias personales, esta poeta se levanta con una percepción estremecida del universo.
De aquí el rechazo a los linderos, a las clasificaciones asfixiantes, a la deshumanización que convierte al individuo en piedra incapaz de movimiento. La poeta dice en “Lindes”:
Las estatuas
Están a la intemperie
Sin que falten las que surgen
En recintos cerrados
Lejos de la visibilidad
Se revelan las más desgarradoras
Pero deben observarse
En discretísimo silencio
El poemario transcurre desde una serena, ah, sí, una ecuánime percepción del universo, con un instinto certero de identificación de lo creado, que se proyecta en una visión cósmica raras veces presente en la poesía cubana contemporánea.
La historia de un tocón
Puede ser la historia de un hombre
La de unas piedras areniscas
La de la humanidad
Puede uno pensar en Gelsomina, no la de Raúl Hernández Novás precisamente, sino la efectiva, inicial de Federico Fellini, cuando el sujeto lírico de estos textos de Gloria Bauzá, como si empuñara la piedrecilla de la secuencia más hermosa del La Strada, nos dice con hiriente simplicidad:
¿Si se salva un árbol
Me habré salvado?
¿Si se salva esta grava
Se habrá salvado el mundo?
Todo el poemario se atreve a asomarse al universo para establecer una identificación de gran calibre entre la totalidad inconmensurable y la unidad del ser humano, cuyo cuerpo es visto como entidad que es necesario construir en términos de casa, ciudad, país, planeta, cosmos. Somos, en efecto, como quiere la poeta, infinitud cerrada en la entidad sin embargo precisa e inerme. Somos, por tanto, a la vez galaxia y barro diminuto, aspiración de identidad que solo existe cuando es capaz de asumir, también, la alteridad desemejante. Y esto, en el poemario de Gloria Bauzá, es una confirmación de supervivencia “En esta isla de hambres sucesivas”; con rabia, pues, se afirma la voz autoral en su voluntad de aferrarse, pero no a la mera territorialidad ni a la simple subsistencia —no quiere convertirse en estómago, no se rinde su espíritu a la estricta y devoradora materialidad—, sino a una esencia de espíritu, a una nobleza definitiva, irrenunciable incluso en la agonía y el riesgo de derrota y de tortura, capaz de convertir al ser humano en “Ave Cenicienta Macerada”. Pero ese amasijo que es el hombre, esa mezcla monstruosa de bestia y espíritu, tiene un destino posible: “Cuando el centauro / Apunta a la estrella / Le nace el corazón”.
“Todo hombre sueña con pescar un salmón”, dice la autora en uno de los poemas más altos de su libro tan hermoso, y es muy cierta su advertencia hemingwayana, y su conclusión tremenda de este texto de gran calibre en la lírica cubana, es tanto el hito mayor de su libro, como una quintaesencia de la expresión poética de esta autora singular. Cierra así el poema:
Todo hombre sueña con pescar un salmón
Para asistir al tránsito del Pez
Del agua al aire
Ese que le abre la boca
En rígido asombro
Al trasponer el Umbral
Todo hombre sueña
Con verse
Cara a cara con la muerte
Ah, ciertamente, es una voz intensa, segura de sí misma al mostrarnos no una pequeñez de anécdota personal, no la vanidad sombría y suicida del pobre aspirante a la poesía que piensa, en todos los tiempos, que alguien puede interesarse por su lloriqueo fingido, su erotismo banal y tan pedestre, no, esta mujer nos habla de lo que va al interior atormentado de cada uno de nosotros, de lo que nos atenaza y nos mueve hacia una dimensión, más alta o ínfera, no importa, pero un sitio diferente, esa otredad instalada en la gran poesía cubana desde Julián del Casal. De aquí que incite al movimiento tenso y centrífugo, pues “Cómo consumar si no / La línea curva de la vida”. Confieso que hacía mucho tiempo que un poemario contemporáneo no me producía una tan incisiva impresión de haber sido escrito para mí mismo, esa atmósfera de diálogo implícito que es, digan lo que digan, condición capital del verso bueno. Porque Gloria Bauzá se atreve a capturar el mundo, su aire nuestro, su ritmo de golpeteo directo entre los dedos cotidianos. No es solo voluntad reflexiva abstracta: hay una captura de la isla en varios de sus rostros desgarrados y esenciales:
Siente que te vas
Y vete
No consientas jaulas
Rompe los barrotes
De las ideologías
Aléjate del gorrión común
Que come en el restorán del barrio
Que sobrevuela un solo parque
En la desforestada ciudad
Consintiendo descansar en las antenas
Que infectan el éter sin recato
Otro de los temas fundamentales del poemario es la relación entre la muerte y el amor, la cual es abordada también desde una cosmovisión del ser, en ese tono empinado hacia la meditación filosófica que recorre todo el libro. No, no se trata de una serie de cromos de erotismo, sino de un examen de cómo el amor y la muerte integran la definición cabal del individuo. Todo este sector del libro está atravesado por una vibración que no puede ser mejor descrita que a través de dos versos que allí se levantan; es, en efecto, un discurso poético que se abre “Al ritmo quedo / de la más violenta melancolía”. Así, el amor se instala, como apunta la autora, entre lo más alto de la existencia y la caída, elevación y desplome cuyo sentido último corresponde al lector co-crear, pues este libro integra dos tonos pocas veces reunidos en poesía: la intensa volcadura interior y la apelación al diálogo más desgarrado con el lector.
La muerte es asumida como una presencia indefinida, en cuyo centro “Hay Algo que late / Que respira”. Pues Gloria Bauzá ha construido su libro sobre la base de equilibrios difíciles, y por momento voluntariamente destrozados, entre impulsos opuestos, y en partir el del amor y el de la muerte. Por eso “frente a la muerte / Algunos danzan”, o ante la carencia, el hambre y la sed, se elige un sesgo, el sueño breve y epidérmico de la siesta. Todo el libro está recorrido a la vez por un afán de vida y un saber profundo de la existencia en todos sus resquicios, polaridades, miserias, pero también en su cabal sentido de rebeldía humano ante la pequeñez de todos los absurdos. Todo el susurro y el grito que forman parte del tono principal del libro, derivan de esa comprensión curiosamente serena, sin aspavientos de teatro mal montado —¡con qué frecuencia asumen ese disfraz barato tantos poetas del momento!—. Gloria Bauzá sabe, con el estremecimiento sin fondo de la experiencia poética, que el grito y el silencio solo subsisten, ambos, en el soplo constante de una vida que nos crea y nos daña, en ese vaivén que, en su día, Emilio Ballagas captó, y que la autora retoma con una mayor y franca dureza:
Huir de la muerte
Y huir de la vida
Es quedar varado
En el límbico abismo
Algo fascinante del texto es la ausencia de entonación sombría. Toda la violencia y pena del mundo, son asumidas con una entereza no exenta, por momentos, de ironía, como cuando alude a la persecución incansable de unos seres por otros:
A veces la muerte
Es la forma de vida
Más natural
A veces la muerte
No está tan muerta
Como los asesinos creen
De aquí su percepción de una dinámica interna entre la vida y la muerte, entendida como fluir poderoso, insoportable además, pero nunca detenible.
El verso de esta mujer, en consonancia con los filos numerosos con que se enfrenta al mundo, es de una brevedad, a la vez aguda y críptica, que se muestra con una eficacia sorprendente. Esa concisión del verso de arte menor es también un modo de sugerencia, una concepción personal de la poesía, que ella expresa, con cierta insolencia, y también con una perfecta expresión:
En un poema
La palabra
Representa
El vacío
El espacio
Entre vocablos
Representa
La palabra
Inasible
Pero la verdadera
Palabra
O sea el vacío
Perfecto
Es el vértigo
De lo inasible
Aliento largo
En un poeta
Es expirar
Ante el vacío
Aliento breve
Aspirar
Al vacío
Lo deja a uno a veces atónito la concisión del texto, capaz de encerrar un universo de significados a pesar de su desasimiento tropológico, de su magra densidad verbal, de su desprecio manifiesto por el énfasis en la literaturidad. Sobre todo cuando la autora se ensimisma en hablarnos de la carencia misma, de su sentido —“Es el arma más poderosa”—. Ser forzado a vivir en un remolino de carencias, de vacíos del vivir, se convierte en un interminable juego de espirales asesinas.
La necesidad
Dentro
De la necesidad
Dentro de la necesidad
Engendra el miedo
El Hambre
Dentro
Del hambre
Dentro del hambre
Multiplica el vacío
La extracción del vacío
Confiere linaje de desarraigo
Estirpe de ángel de luz
Más allá —ah, sí, mucho más allá— de capillas, lenguajes de grupillos más o menos literarios, América se expresa sobre nuestro mundo propio, y lo hace de modo formidable, sin las expresiones al uso, los oropeles o andrajos de que suele servirse el discurso poético trivial para referirse a América. Hay, por el contrario, un trazado de un Mundo Nuevo, a partir de lo esencial humano: “Cada hombre trae consigo / Polvo suficiente / Para fabricar su perla”. Como en algún momento del poemario dice la autora, en su libro se hacen visible sustancias medulares, mientras que las lentejuelas de la cotidianidad idiosincrásica son elididas con firme voluntad de aspersión consagratoria:
Todo se prepara
Para lanzar el agua lustral
Hasta en el último rincón
A veces cae
Con tanta fuerza
Que sobrevuela la paloma
Y nos evoca el diluvio
Enfrentándose a la turbulencia del mundo, a su entonación tantas veces circense, la autora perfila una visión gallarda en su gesto, osada en su meditación, a la vez crítica y comprensiva, sobre una existencia, un entorno, un universo que nos ciega y pretende quebrantarnos, reducirnos a acróbatas, payasos, trapecistas. Frente a ese vórtice destructor, este poemario, en la estricta sobriedad de su palabra, nos trae una esperanza no solo sobre el destino humano, sino también sobre la posibilidad de una renovación del discurso poético en la isla.
