Gottfried Benn
Hijo de un pastor protestante de formación germánica y de una madre francesa, nació Gottfried Benn en un pequeño pueblo de Prusia en 1886: Mansfeld, de donde la familia se muda poco después a Sellin, hoy perteneciente a Polonia y entonces a Alemania, con más habitantes. Hizo estudios secundarios en una rigurosa academia de Fráncfort del Óder, la Königliches Friedrichs-Gymnasium, donde habían ejercido la docencia altas figuras de la cultura humanista alemana del siglo XIX. A pesar de que su familia no tenía una economía holgada y de que constaba de diez integrantes: el padre, la madre y ocho vástagos (seis varones y dos hembras), el joven poeta cursó estudios de Filología y de Teología en la universidad de Marburgo y en la de Berlín. Más tarde, en 1906, pasa a estudiar Medicina en la Academia Militar Kaiser-Wilhelm, hasta graduarse en 1912. Se traslada a Bruselas para ejercer como médico. Concluida la primera guerra mundial regresa a Alemania y se mantiene trabajando en su profesión, nunca abandonada. Después de la publicación de su primer poemario, Morgue y otros poemas, en 1912, continuará Benn integrando una significativa obra poética y ensayística que hará de su nombre uno de los más relevantes de las letras alemanas en el silgo XX. Después de ese título inicial, aparecen los siguientes antes de la segunda guerra mundial: Hijos. Nuevos poemas (1913), Carne (1917), Escritos reunidos (1922), Escombros (1924), Anestesia. Cinco nuevos poemas (1925), Fragmentación (1925), Poemas reunidos I (1927) y Poesías escogidas (1936).
Durante un primer período las ideas del nazismo ejercieron un singular atractivo en Benn, lo que motivó que Klaus Mann le escribiese una carta fechada el 5 de mayo de 1933, a propósito de su permanencia en la Academia Prusiana de las Artes, en la que Benn había ingresado en enero de 1932. En esa misiva le dice, entre otros criterios y observaciones, lo siguiente: “¿Qué ha podido motivarlo a aponer su nombre, que para nosotros ha sido hasta ahora sinónimo del más alto nivel y de una pureza como quien dice fanática, a disposición de aquellos cuya falta de nivel carece de precedentes dentro de la historia europea y ante cuya suciedad moral el mundo se aparta asqueado?” 1
La respuesta más profunda permanece desconocida, creo, pero puede considerarse la poderosa influencia que ejerció Nietzsche en el pensamiento de Benn como una de las causas que lo llevaron a asumir tal actitud, sumadas a otras “razones” que forman una parte de la tradición que nutrió a las mayores figuras de las letras y las ciencias alemanas. La respuesta de Benn a la carta de Mann nos revela a un hombre confundido que no puede ofrecer una explicación enjundiosa y bien fundada, pues no es la suya una sensibilidad ciertamente afín con la barbarie nazi, ya presente desde los comienzos del movimiento que más tarde tomaría el poder en el país. La visión del mundo que nos entregan los poemas de esos libros primeros y, en general, los posteriores, nos muestran a un hombre escéptico, sin concesiones idealizantes respecto al ser humano, como médico que ha visto muy de cerca la endeblez y fragilidad de la existencia, imagen contrastante con los postulados románticos que subyacen en su respuesta a la carta. Poco después sufrirá el poeta los rigores del régimen. En 1934 aparece su texto sobre el arte y el poder, una defensa del nacionalsocialismo, pero ese mismo año tiene lugar una gran purga de oficiales, hecho que transforma por completo la concepción que hasta ese momento tenía Benn de su contexto político. En 1935 entra en el ejército a ejercer su profesión, pero con una doble vida, enmascarado ante las circunstancias. En 1936 es atacado por su adhesión a una concepción del arte despreciada por la cultura oficial, hasta que finalmente, en 1938, se le prohíbe participar en la vida literaria. En 1941, en un poema titulado “Prólogo”, de singular explicitez, ajena por completo a sus preocupaciones formalistas y a su búsqueda de un arte puro, hace confesiones que nos evidencian su conflicto con la realidad circundante. Veamos el comienzo:
Las tripas alimentadas con bazofia, el cerebro, con mentiras:
pueblos elegidos bufones de un payaso,
¡en bromas, en las estrellas, en la migración de las aves
queriendo leer las propias inmundicias! Esclavos,
de países fríos y de países ardientes,
esclavos y más esclavos, masas de peso insectil,
hambrientas, muchedumbres sobre las que vuela el látigo:
[…]
Su etapa expresionista, representada especialmente por su primera compilación poética, de 1912, trae a la poesía en lengua alemana una ruptura importante con la tradición del siglo XVIII, dentro de la cual se inscribe no solo el refinamiento típico del período, sino además la visión romántica con su vigoroso impulso hacia la belleza y sus idealizaciones, encarnadas principalmente en las obras de Novalis y de Hölderlin. Benn nos entrega otra realidad, cruda, elemental, tanática, de un tanatismo diferente del que encontramos en los mayores creadores alemanes de finales del XVIII y comienzos del XIX. Esa poética capaz de desestructurar la concepción burguesa de la belleza y de los valores espirituales entraña un desgarramiento profundo frente al equilibrio deseado de un sector de la sociedad de su momento, escisión que mucho tiene que ver con el humanismo tradicional europeo que concibe al ser humano como centro de la creación. Puesto en crisis por esos poemas ese individuo privilegiado, Benn, representa en sus textos la línea descentralizadora que traen Freud y Darwin con sus respectivas tesis psicoanalíticas y evolucionistas. Esta poesía es pues, expresión de un realismo sin contemplaciones, sin éxtasis, desilusionado de los valores tanto tiempo proclamados y sustentados por pensadores, poetas y artistas de la plástica. Poesía que podemos identificar con un naturalismo a ultranza y que no admite ensoñaciones ni alimenta esperanzas espiritualizadas. Un ejemplo de esa manera de ver y de sentir la realidad lo tenemos en “La novia del negro”, de Morgue y otros poemas:
Y ahí, sobre cojines de sangre oscura, descansaba
la nuca rubia de una mujer blanca.
El sol le ardía en los cabellos,
ascendía lamiéndole los muslos blancos,
se arrodillaba ante sus pechos, más morenos,
todavía no desfigurados por vicio y partos.
A su lado, un negro, destrozados por una coz
los ojos, la frente. Metía el tipo este
dos dedos de su sucio pie izquierdo
en uno de sus oídos, orejita blanca.
Ella, sin embargo, dormía, echada ahí, como una novia,
pegada a la dicha del primer amor
y a la espera de partir hacia múltiples viajes celestiales
de la joven y ardiente sangre.
Hasta que le
hundieron el cuchillo en la blanca garganta,
hasta que le echaron a la cintura
un delantal púrpura de
sangre muerta.
La escena, nada idílica, contrasta de manera violenta con tantas y tantas imágenes de la poesía y la pintura románticas. La pareja muerta yace despojada de su belleza natural, víctima de acciones despiadadas y carentes de toda piedad. Hay una evidente voluntad en el poeta de poner en evidencia la tragicidad esencial de la existencia y sus más deleznables manifestaciones antihumanistas, como si se pretendiese resaltar una verdad última que la estética convencional burguesa ocultaba en sus manifestaciones artísticas. Dentro de esa manera expresionista, que cuenta además de Morgue con las compilaciones tituladas Hijos y Carne, hallamos otras páginas intensas y fuertes, sin concesiones al gusto y al refinamiento de una sociedad que el poeta rechazaba en sus representantes y normas más tradicionales. En poemas como “Finish” (1913), por ejemplo, la dureza de las imágenes confirma la poética naturalista del expresionismo al subrayar la miseria humana frente a la muerte y la enfermedad, más allá de las tesis del arte y la filosofía hasta la llegada de Nietzsche. Podría decirse que en cierto sentido Benn se anticipa a las ideas existencialistas de la segunda postguerra y en alguna medida, con esas escenas de crudo dramatismo, al cine hiperrealista de años recientes.
A lo largo de la obra que fue publicando después de iniciada la segunda guerra mundial (Veintidós poemas, 1943; Poemas estáticos, 1948; Marea embriagada. Poemas escogidos, 1949; Fragmentos. Nuevos poemas, 1951; Destilaciones. Nuevos poemas, 1953; Aprèslude, 1955; Poemas reunidos II, 1956; Días primarios, 1958), se suceden textos espléndidos y de gran riqueza conceptual con otros de una inusual complejidad por sus alusiones a veces enigmáticas y la adjetivación inesperada. Entre los primeros, muchos de ellos recogidos en Poemas estáticos, junto con Morgue, acaso su más célebre compilación, podemos citar el titulado “Despedida”, muy cercano a la gran tradición de la poesía alemana representada por Rilke, Trakl y otros importantes líricos. Hay en estas estrofas una sobria solemnidad y una hondura que no vemos en algunos de los ejemplos de esa otra modalidad de poesía menos asequible por sus alusiones y referencias, por su unión de elementos dispares, en los que encontramos una necesidad de asimilación de un lenguaje menos esbelto y una significativa carga irónica. Leamos los versos de “Despedida”:
Me colmas como sangre la herida fresca
y bajas corriendo su huella oscura,
te extiendes como noche en aquella hora
en que el prado se tinta en campo de sombras,
floreces honda como la rosa en todos los jardines,
tú, soledad hecha de años y de pérdidas,
tú, sobrevivir cuando caen los sueños,
sufrido demasiado, sabido demasiado.
Extrañado pronto de la ilusión de las realidades,
negándose al mundo prontamente dado,
cansado por el espejismo del detalle,
pues ninguno acompaña al yo profundo;
ahora, de la profundidad misma, inconmovible,
que no hay palabra y señal que jamás la descubra,
tienes que tomar tu silencio, guiarlo, tarde, abajo,
hacia la noche y la aflicción y las rosas.
A veces todavía te piensas; la propia leyenda:
¿acaso no eras ese? ¡Ay, cómo te olvidabas de ti!
¿Era esa tu imagen? ¿No era acaso tu pregunta,
tu palabra, tu luz celestial, que poseías?
Mi palabra, mi luz celestial, antaño poseída,
mi palabra, mi luz celestial, destruida, desperdiciada,
a quien le haya ocurrido, ese tiene que olvidarse de sí
y ya ni toca las viejas horas.
Un último día: incandescente en la tarde, amplios espacios,
agua te lleva hasta el lejano destino,
una alta luz recorre los viejos árboles
y se crea en la sombra un contendiente,
nada de frutos, ninguna corona de espigas,
y tampoco por las cosechas preguntó,
él juega su juego y siente su luz y sin
recordar, se va apagando: todo está dicho.
De Poemas estáticos podríamos transcribir otros momentos igualmente extraordinarios, tocados también por un pesimismo consustancial al poeta desde siempre, incluso en aquellas etapas en que era mayor su fecundidad y en la que reflexionaba con trabajos en prosa sobre diferentes temas y problemáticas, entre ellas cuestiones relacionadas con la lírica, estudiada por él en un famoso ensayo que se ha convertido en paradigma de la capacidad reflexiva del autor desde su aparición en 1951. Benn fallece en Berlín en 1956, cumplidos ya sus setenta años y con el reconocimiento de muchos de los críticos y estudiosos de las letras alemanas y europeas, de las que fue un maestro indiscutible por la profundidad de su obra, heredera de una riquísima tradición, con nombres inolvidables.
Notas:
[1] Cito este fragmento de carta, todas las versiones de poemas y los datos biográficos del poeta, por la edición siguiente: Gottfried Benn. Antología poética. Edición bilingüe de Arturo Parada. Traducción [Introducción y Bibliografía] de Arturo Parada. Madrid, Ediciones Cátedra, 2003, p. 48.
