"La poesía, el envés de la razón…”.
Entrevista a Pedro de Oraá
Pedro de Ora
á, quien ha realizado importantes traducciones del búlgaro, ejercido la crítica, colaborado con numerosas publicaciones dentro y fuera del país, se aprestó con interés a todas las preguntas. En sus palabras vibra el intelecto de un hombre/un poeta que ofrece con sabiduría lo permanente/transitorio de la vida, devela lo que fue antes, es ahora y será luego la contemporaneidad.
Desde sus orígenes, ¿en qué sentido, y de qué tradición intelectual, ha deducido usted la práctica literaria, artística, aquella sobre la que se han enraizado sus propios conceptos?.
Si aludimos a “los orígenes” ─¿de la práctica literaria?─, nos asisten dos nociones (ya sugeridas en la pregunta): sentido –sensibilidad, sensorialidad, la percepción autónoma de la poesía como manifestación del mundo, su epifanía─, y tradición –la percepción de la poesía por la lectura, su refrendo─, que determinan, con el tiempo, una sola experiencia y una conciencia inexplicable de su materia, de modo que todo concepto sobre ella no deja de ser un recurso forzado por recuperar la originalidad perdida ─o si se prefiere, extraviada, para no pecar de radicales─, y por tanto, nuestros “propios conceptos” no logran eludir su sanción de sellos retóricos cuya constante conduce finalmente, al poema como literatura. Esa afanosa y casi angustiosa voluntad de Lezama Lima por definir ─redefinir─ la poesía, se salva en la gracia de su inconclusión: “ah, que tú escapes…”.
Hacia el interior de su poesía descubro la observación minuciosa, un modo de desmontar la naturaleza, de reagrupar sus fuerzas, sus leyes ¿Cómo logra reacomodarla? ¿Cree en la intuición, en la tan llevada y traída inspiración?
Sospecho que la intuición se ejerce desde un profundo asiento en la psiquis e incluso es adivinatoria. En tanto, la “inspiración” no suele efectuarse sin un estimulo proveniente del afuera: entorno, realidad visible e inmediata, sumándose a ello la sugestión de la escritura del Otro. Es involuntaria y por ende, no confiable. Confundimos su asalto con ese movimiento interior ligado a las reservas de la memoria y que es la fuente misma en la cual se fermenta el elan poético. Conocemos la naturaleza por una conexión primordial con ella, mucho antes que la información obtenida por las ciencias. La poesía es, aceptémoslo, objeto otro de conocimiento.
Afirma Baudrillard que la seducción es subversiva porque invierte la profundidad pretendida de la realidad. Más allá de lo atractivo que resulta descubrir la génesis de sus versos, leo, desde la elegancia, una carga erótica —extendida, incluso, a lo abstracto del lienzo— que sí se manifiesta real y honda ¿Cuánto le concede a la autenticidad y cuánto al artificio?
Podemos entender el erotismo no solo en su relación sensoria con el cuerpo, al punto que su acepción puede extenderse a la exaltación de la forma desasida de lo carnal, a la forma abstracta. Toda fruición es erótica aun si la imagen que la provoca se signifique por su valor no material. La plástica abstracionista pretende alcanzar la seducción que la música ya posee. Pero no tratemos aquí sino de poesía: en cuanto al presunto dilema entre autenticidad y artificio, Cintio Vitier nos advierte que “el estilo y la poesía no suelen mirarse con buenos ojos”, para después citar a Gracián: “donde no media el artificio, toda se corrompe la naturaleza”. El estilo, entonces, es necesario, pero válido ─y seductor─ si lo dicta la autenticidad de su impronta.
Se ha dicho que solo conocemos el mundo, sus procesos, cuando los creamos, cuando los reproducimos al menos a nivel del pensamiento, de ahí que su ejercicio resulte vital para relacionarnos con lo finito/infinito y una larga lista de categorías útiles para aprehender la realidad ¿Cómo siente que intercambia en esas condiciones? ¿Será un vehículo su poesía, su obra plástica?
Si no fuéramos testigos del mundo, este no existiría o sería eso que conceptuamos como la nada. Para Kierkegaard el mundo cesaba con la muerte del ser. Esto supone que la realidad está en nosotros, aunque la consideremos una noción adquirida. Así nos permitimos el lujo de recrearla, inventarla, pues no basta ese espacio pleno de apariencia y siempre más y más relativo en el cual creemos vivir. Kafka nos dice que la literatura es mentira ─nada piadosa─, pero nosotros damos por sentado que la poesía, sea escrita, sonora o pintada, no miente
¿Existe algún límite en la palabra que el color, la textura, la composición, las formas, puedan trascender/dimensionar o viceversa?
La palabra nos trasciende, asimismo las artes de sonido o de silencio, a pesar de los límites presupuestos por los nihilistas contemporáneos. Se atribuye a Hegel la aseveración de la muerte del arte, pero el arte nació con el hombre y con él queda y se transforma.
¿Cómo consigue evadir, cuánto le importan el lector ingenuo, el crítico agraz o enrevesado, el opulento coleccionista huero?
No evado nada y poco importan la crítica “macarrónica” de moda y el coleccionismo desvariado también de moda. En cuanto al dudoso lector “ingenuo” ─¿existe?─, solo espero por el lector inteligente.
Invadidos por una avalancha constante de estímulos que van, más que nada, hacia la superficie del hombre, hacia su dilución inconstante como si “el ahora” fuera solo un ensayo de una vida que luego tendrá, ¿qué lugar le confiere al híbrido, a la interconexión, al empaste de géneros y artes? ¿Serán los nuevos soportes imprescindibles/inevitables para la poesía? ¿o son los receptores quienes necesitan otros asideros, nuevos puertos?
Por sí sola la pregunta ─muy interesante─ exige el desarrollo de una tesis. Ya dije que el hombre se transforma y con él lo que lo expresa y proyecta. La integración de las artes no es algo nuevo: es una aspiración secular. La poesía no escapa a este fenómeno de ruptura de las fronteras genéricas y dinamización de las estructuras canónicas, y encontrará soportes idóneos para su inexorable remodelación. Los caligramas de Apollinaire, la escritura dadá o los poemas concretos de las escuelas carioca y sao-paulista ya son referencias lejanas. Si señaláramos ensayos de restructuración del texto poético que hoy y ahora, marcan por su futuridad, no podría faltar la corriente de la escritura fragmentaria, y en ella la poesía como pensamiento móvil y reflexivo de sí mismo, validada por Char, Michaux, Cioran y Celan, antecedentes, seguidos entre otros, por el ejemplo descollante de una figura como Roger Munier. (¿Y está presente el libro electrónico entre los nuevos soportes para la poesía?)
El creador, como parte de su ejecución artística, se extiende a lo social, en su caso en varias direcciones: el diseño, la escritura, lo visual de la imagen y en definitiva, el gesto. ¿Cuáles son las relaciones entre ellos? ¿Cómo los diferencia en tanto le son necesarios? ¿Qué le implican?
El tiempo de existencia me obliga a deslindar esa voraginosa multiplicidad vocacional y dedicarme a lo más esencial: la poesía y la pintura. Y me alivia de esa preocupación hasta cierto punto ociosa sobre su complejo correlato.
En el intercambio perenne de bienes y valores, ¿cómo considera la utilidad del arte? ¿Sería provechoso ubicar al Lector como eje central, motivo y finalidad del mercado del libro? ¿Exclusivo para nuestro país?
De ninguna manera exclusivo para nuestro país. El Lector elegido ─digámoslo mediante un espectro más ampliado, que incluya todas las artes: el Receptor─, ya lo mencionamos: el inteligente, aquel de mirada universal.
Sobre las generaciones, las asentadas, las que transitan, las nuevas que llegan ¿cómo ve sus impactos, sus interrelaciones?. ¿Distintos de otros momentos de la historia literaria?
Ya sabemos que la presencia de las generaciones consiste en aceptar un presupuesto de cambio en la dirección que sigue cada grupo social, cuya emergencia no se reconoce hasta que su proyecto se ha cumplido en suficiencia, es decir, cuando se diluye su carácter hipotético y adquiere rango de historicidad. En literatura, el grupo se establece mediante uno o más de un órgano periódico, además de títulos en los géneros diversos que cultiva, y esto se manifiesta como característica imprescindible para representarse, y en ello, para exponer ─imponer─ un estilo, sin el cual no sería visible su singularidad, ni sería posible sentar escuela. Aunque no constituye un hecho constante, así ha sido entre nosotros: Orto, revista de avance; Orígenes ─con sus esporádicos antecedentes: Verbum, Espuela de Plata, Nadie Parecía…─; Ciclón y otras involucradas con tópicos extraliterarios o de perfil abierto, significaron hitos puntuales de la creación artística y el pensamiento, y marcaron tendencias y posiciones en la cultura y la vida nacional. Curiosamente, la nutrida Generación del 50 no tuvo una publicación que la tipificara ─ tal es el caso de la promoción de poetas reconocidos por El Caimán Barbudo─, y parte de los miembros de aquella fueron tildados como hijos bastardos de Orígenes, por aparecer en sus páginas. Se explica que no dispusieron de una revista literaria, porque a partir de 1959 contaban con todas las revistas del país. La pluralidad de espacios ha abolido la otrora excepcional particularidad de la edición de autor y de la revista de autor (de la cual el autor de revistas Lezama Lima es nuestro máximo representante), y ha incrementado la pluralidad de vertientes estilísticas o escolásticas, experimentales o no, de los géneros de literatura o híbridos de géneros, que hoy gozamos… o padecemos. Nos acercamos a una especie de heterodoxia del texto, en cuya efervescencia se está tan distraído, que ya no es necesario ni importa tanto “matar al padre”: nadie recuerda ser primogénito de la generación anterior.
